SABATO

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini.

El 30 de abril de 2011 manejaba por la ruta hacia Rojas para ver a mis hijos, Ludmila y Santiago. Llovía con fuerza, recuerdo. Escuchaba la radio cuando dijeron que “murió el escritor Ernesto Sabato”. Que había nacido justamente en Rojas, casi cien años antes. No podía ser más triste aquella mañana: cuando el locutor leyó toda la noticia sentí que se me terminaba una etapa. Me había relacionado mucho con  Sabato. Primero a través de sus libros y después mediante su presencia física.

Entré a Sabato cuando de adolescente leí el Informe sobre ciegos. Seguí por cada uno de sus libros: los ensayos y las novelas. Textos lúgubres, opresivos; también tristes pero muy inteligentes. Poco recomendables para un domingo a la tarde. Pero lo más importante en relación a Sabato lo viví en los últimos tiempos de mi papá, que amaba su novela Sobre héroes y tumbas. La leía en el hospital Durán, donde estaba internado por su leucemia, o en su departamento de Caballito, en los períodos en que le daban el alta transitoria. Después, cuando iba a visitarlo, me mostraba lo que había subrayado. Si no tenía ganas de leer, me pedía que lo hiciera yo. Así que Sabato fue nuestro compañero en aquellos tiempos que terminaron en abril del 98, cuando murió mi papá: es el día de hoy que me cuesta recordar la fecha exacta de su muerte.

Cuando fui a buscar sus pertenencias al hospital encontré su ejemplar de Sobre héroes y tumbas en su bolso amarillo del que habían desaparecido un walkman Sony y dos casettes de tangos de su querido Carlos Gardel que le había dejado yo. Al menos pude rescatar ese ejemplar que todavía está en mi biblioteca. No volví a abrirlo. No creo que me anime a hacerlo por mucho tiempo.

Unas semanas después de su muerte, Tito Jacobson, mi jefe en la desaparecida revista Flash, me mandó a cubrir una charla que Sabato daba en una sociedad de fomento en La Boca. Hasta entonces nunca lo había visto personalmente. Cuando terminó de hablar me acerqué a su compañera, Elvira Fraga, y le comenté cuánto admiraba a Sabato y que sus libros nos habían acompañado a mi y a mi padre durante su enfermedad. Además le conté que gracias a lo que él escribió nos habíamos sentido menos solos en la incertidumbre de una enfermedad. Eso le dije y ella se lo dijo a Sabato y Sabato se me acercó y hablamos un rato, pero era tanta la gente que nos rodeaba que no quedó otra que despedirnos. Sin embargo recuerdo su comentario ante la palabra leucemia: la buscó a Elvira y le dijo lo que me había pasado. Unos años después, un periodista amigo rescató del archivo del diario una foto de aquel encuentro y me la hizo llegar. La conservo como un tesoro.

Ni loco hubiese imaginado que unos meses más tarde -justamente el día del padre (el primero sin mi padre)- estaría con Sabato en Rojas, el pueblo al que él regresaba tras años y años de ausencia. Tal vez décadas. El sábado a la noche le hacían un homenaje. Yo estaba en ese pueblo porque mi esposa de entonces era de ahí y fuimos a pasar el fin de semana con su papá. Curioso, me acerqué y Elvira me reconoció enseguida. “Ernesto, acá está el periodista de Buenos Aires que tanto te conmovió”, le dijo. Sabato dejó todo y vino a abrazarme. Pero como no lo dejaban solo me propuso desayunar juntos al día siguiente. Así que aquel, mi primer día del padre sin mi padre, lo empecé con Ernesto Sabato en el bar del Hotel Victoria, donde muchos años después -y con un divorcio de por medio- dormiría cada vez que visitara a mis hijos, que viven en Rojas con su madre.

Aquel domingo de junio del 98 hacía un frío de perros. Nos juntamos Sabato, Elvira y yo y tomamos café con leche y comimos medialunas. Destacamos la coincidencia de encontrarnos ahí, en Rojas. Hablamos de libros, de la importancia que le daba a la quiromancia y de fútbol. Me contó de sus tiempos de universitario en La Plata y de cómo se vivía la antonomasia Estudiantes-Gimnasia y Esgrima.

Resultaba increíble que mi primer día del padre sin mi padre desayunara con el hombre que, a través de sus libros, nos había acompañado en la incertidumbre de una enfermedad fiera e “insensata”. Ese domingo, gracias a Sabato, me sentía menos solo.

No volví a verlo. Supe a través de las noticias que estaba retirado y, se decía, enfermo. Hasta que el 30 de abril de 2011, en la ruta y rumbo a Rojas, su pueblo, me enteré de su muerte. ¡Cómo llovía esa mañana, la puta madre!

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