RIVER – BOCA TAMBIÉN SE PUEDE LEER

Escrita por en Libros

Hace unas semanas, en esta nota, Diego Estévez escribía sobre La Final, el libro que publicó a través de la editorial Aguilar sobre el encuentro decisivo entre Boca y River por el torneo Nacional del 76, que se jugó en una colmadísima cancha de Racing. Los xeneizes ganaron 1 a 0, con un avivada de Rubén Suñé al patear un tiro libre mientras Ubaldo Fillol y su defensa armaban la barrera. Fue en el segundo tiempo. Y aunque quedaban minutos por jugar, la fuerza anímica de los entonces dirigidos por Juan Carlos Lorenzo fue imparable para los de Omar Labruna. Ahora que se viene el River – Boca, queremos comentarles ese libro.

Ese partido está tan bien contado que mientras se lee, uno siente que se traslada a aquellos tiempos duros (acababa de asumir la dictadura militar) y nostálgicos para quienes hoy somos adultos encaminados para viejos. Ese Boca y ese River tenían jugadorazos. Gatti, Mastrángelo, el mencionado Suñé y Mouzo, entre otros, por un lado. Passarella, el Pato Fillol, Merlo y Mas por el otro. Todos son glorias de nuestro fútbol.

Pero además se trató de la única vez que Boca y River protagonizaron una final. Estévez cuenta cómo se gestaron esos equipos; va desde la llegada de Lorenzo y Labruna como técnicos hasta la de los jugadores. Después nos traslada a la noche del 22 de diciembre, cuando se jugó el partido, previo paso por el resumen de los torneos de 1975 y 1976, entonces divididos en Nacional y Metropolitano. ¡Ay, qué lindos tiempos, por Dios!

Recorre también las tapas y los comentarios de los diarios y colma La Final con fotos de la época. En este sentido, la imagen de la portada de la revista River tras la derrota es tremenda. Se observa a Fillol de espaldas, caminando por el túnel hacia un vestuario atrapado por la desazón. Hay además testimonios de periodistas y jugadores.

Pero lo destacable es que reinvindica la figura de Rubén Suñé, alguien que hubiese merecido un lugar mejor en la historia de nuestro fútbol. Sobre todo por lo que significó para Boca en sus distintas etapas. Estévez le dedica un capítulo aparte, titulado Caída y resurrección de un ídolo. Escribe sobre sus inicios futboleros, su llegada a Boca, el apogeo con lso dos títulos del 76, la Libertadores y el principio del fin de su carrera, cuando se puso la camiseta de un San Lorenzo que quedaría en la historia como el primer grande que descendió. Fue el 15 de agosto de 1981, el mismo día en que Boca -con Maradona como símbolo- era campeón del Metro tras igualar con Racing 1 a 1. Ironía del destino. El texto que sigue es sobre una decadencia silenciosa que se vuelve más dolorosa cuando quien la sufre supo tocar el cielo con las manos. Habla, entonces, de su intento de suicido al arrojarse desde un séptimo piso de su departamento de Tilcara al 3000, en el barrio de Pompeya.

Entre testimonios obtenidos de El Gráfico, Clarín y Olé y los libros Desde el alma, de Marina Zucchi, y Psicología del Deporte, de Rafael Linares, Suñé dice cosas como las que siguen. Tras el retiro: “Ya no tenía ganas de nada, creía que no servía para nada y me fui a mi casa. Ahí comenzó el calvario. Antes del intento laburé con Armando vendiendo coches y no vendí ni un matafuegos, y también con mi viejo”.

chapa suñeSuñé recuerda además: “Cuando yo jugaba estaba encerrado en una burbuja de plástico, no me llegaban los problemas. Mi padre me manejaba la plata, iba al banco y me lavaba el coche para que no me cansara. Mi madre, igual. Ella vio en mis triunfos deportivos su éxito personal. Me sobreprotegía. Cuando me casé, la cosa no varió demasiado. Las comidas especiales eran para mí, los chicos no me molestaban a la hora de la siesta. Cuando el fútbol se acabó, el mundo se me cayó encima, no supe qué hacer y me deprimí”.

Al hablar sobre el mediodía en que se arrojó al vacío, se lee en boca de Suñé: “Una tarde me agarró de golpe y me fui al balcón. Mi señora se había ido a hacer los mandados, los chicos dormían y la chica que trabajaba en casa estaba en el lavadero. Cuando se fue ella, me tiré. No me preguntes cómo fue porque no me acuerdo de nada. No sé cómo hice, cómo me subí, cómo me tiré, ni cómo iba en el aire… Me salvé porque caí parado y por la contextura física del deportista”.

Por último, opina: “Con la muerte iba a desligarme de los problemas y ahora que vivo los tengo que afrontar. Sé valorar la vida, la amistad. Tengo una nueva comunicación con mi señora, con mis hijos, con mi familia. Antes era un tipo gruñón, metido para adentro, egoísta. (…) Era el tipo serio, que nunca tenía miedo, jamás se permitía una duda o una declaración fuera de lugar. Era el perfecto. Gradualmente voy sintiendo de otra manera”.

Este capítulo termina con su regreso a La Bombonera, el 22 de septiembre de 1985, ya recuperado y acompañado por dirigentes y uno de sus hijos. Desde los cuatro costados, la gente lo ovacionaba. Por cosas como éstas el fútbol es tan lindo.

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