RELOJES

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

La primera vez que vi tan vulnerable a mi padre fue aquella noche en la que salimos campeones de la Copa Libertadores, en el 84. Empatamos 0 a 0 la revancha con Gremio, en Avellaneda, y nos quedamos con el título porque en la ida, en Porto Alegre, ganamos 1 a 0 en el que todavía se recuerda como el partido perfecto. Aquellos eran tiempos en que todo iba bien. Independiente tenía un equipazo, contaba con su máximo ídolo (Ricardo Bochini) y era campeón de cada cosa que jugaba. Todavía iba a la cancha con mi papá y mi padrino. Tenía 12 años y todo, pero todo, estaba por hacerse.

Después del partido, cuando enfilamos hacia el estacionamiento, donde estaba nuestro Torino, y en medio de la euforia, vimos que la gente empezaba a desbandarse. Volvían a las corridas desde la calle. Después sabríamos que un grupo de barras empezó a robar a los mismos hinchas del Rojo. Mi viejo alcanzó a meterme en el auto para protegerme y se quedó afuera, con otras personas, mirando qué pasaba. Lo que siguió habrá durado dos o tres segundos, pero todavía lo recuerdo en cámara lenta. Alguien le levantó el puño de la campera a mi papá y cuando vio su reloj tironeó y salió corriendo. Mi padre reaccionó tarde. Alcanzó a gritarle algo, pero el ladrón ya estaría por la cancha de Racing de tan rápido que corría. Algunos le preguntaron si estaba bien y esas cosas, pero un instante después ya se habían olvidado del asunto. Menos mi papá y yo, que siempre recordamos aquel Seiko blanco que tanto orgullo le daba.

Lo recuerdo porque en estos días, para su cumpleaños, le regalé a mi hijo Santiago su primer reloj “de verdad”. Quiero decir, ya le había comprado otros pero eran de esos para chicos. El que le regalé ahora es de los que pueden usar los adultos que quieran algo moderno. Lleva un dibujo de un personaje que le gusta mucho: Kylo Ren, de Star Wars. El primer reloj “de verdad” (junto a las llaves de casa) marca algo especial. Al menos a mí me pasó. No soy el único. Osvaldo Soriano escribió en una columna titulada Reloj: “Pierre Ausoline cuenta, en su monumental biografía de George Simenon, que una de las mayores culpas que pesaron sobre la conciencia de creador de Maigret fue la de haber entregado el reloj que le había dejado su padre a cambio de una noche de prostíbulo. Simenon nunca pudo recuperarlo y desde entonces vivió rodeado de péndulos, despertadores y minuteros. A todo el mundo le regalaba relojes pero, perdido el de su padre, nunca pudo tener uno que fuese realmente suyo. ‘La fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre. Es cuando no tienen más necesidad de él que los hijos comprenden que era el mejor amigo’. Con esa cita de Simenon abre Ausoline el meticuloso recorrido de una vida tantas veces maquillada por el escritor en sus Memorias íntimas y otros libros de recuerdos. El reloj perdido en las bragas de una prostituta negra recorre una colosal obra de trescientos cincuenta títulos”.

Desde aquel robo en la cancha, papá no volvió a usar reloj hasta muchos años después. Tal vez porque la plata no le alcanzaba para uno de similar calidad y no quería reemplazarlo por otro todoterreno. Pero para mi cumpleaños siguiente me llevó a una relojería de la avenida Alberdi, en Mataderos, y me compró un Election azul, con agujas. Era demasiado formal, elegante. Para adultos. Yo quería uno digital, marca Cassio, y de ser posible con la novedosa calculadora, como tenían algunos de mis amigos. Algo más moderno. Pero no dije nada porque entendía que había que respetar esa solemnidad. Le dije que me gustaba y defendí aquella formalidad frente a la canchereada de mis amigos con Cassio de última tecnología. Supongo que esa defensa era, en el fondo, una defensa a mi padre. ¿De qué? No lo sé. Pero algo de eso hay.

Con el tiempo tuve mi digital. Y más relojes. Hasta que dejé de usar: en los últimos años, para saber la hora miraba el teléfono celular. Pero no era lo mismo. Hace unos meses me compré un reloj negro con agujas blancas. Muy parecido a uno que me regaló mi tío Eduardo a mis 7 años. Lo trajo de un viaje al exterior. Era sumergible y de buena calidad. Similar a los que se usaban en la Fórmula 1. Me duró 24 horas: al día siguiente, mientras jugaba en la vereda con mi amigo Alejandro, vi -no sin estupor- que se había roto el vidrio justo en el medio. Enseguida, mi mamá me llevó a varias relojerías del barrio pero no encontramos un cristal de la misma calidad. Así que le pusimos uno barato que se despegaba cada dos por tres. No duró mucho más, y nunca lo pude olvidar. Igual que el Election. Esos fueron los relojes que me marcaron.

Para darle el reloj a Santi viajé cinco horas hasta su casa, donde vive con su hermana y su mamá. Durante el viaje no pude dejar de pensar en aquel Seiko ni en el Election ni en el de mi tío. Como ahora, que pienso en el original de Star Wars. Con Santiago tenemos en común el gusto por Star Wars. No se hizo de Independiente. Independiente ya no gana copas. Cada vez que pienso en aquella noche en la que le robaron a mi papá caigo en la cuenta de que pasaron más de treinta años, apenas algunos pocos campeonatos más y un descenso. No sé si estas líneas las escribo para reiventar los hechos o para conservarlos.

El tiempo no deja de avanzar. Y lo marcan las agujas de cada reloj propio o ajeno al que me aferro.

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