PELOTA DE PAPEL: LOS JUGADORES TIENEN LA PALABRA

Escrita por en Libros

Por Alejandro Duchini

No es común que un libro se presente dos veces en casi 48 horas. Ése es un lujo que pueden darse quienes participaron en Pelota de papel (Planeta): el lunes 2 de mayo se presentó en el teatro Metropolitan y poco más de 48 horas después en la Feria del Libro. Es, casi, casi, como jugar un partido de definición del campeonato un domingo y la final de la Libertadores entre semana. En ambos encuentros hubo multitud, gente que quiso acompañar este proyecto de historias breves, dibujos hermosos y presentaciones increíbles liderado por los futbolistas Sebastián Domínguez, Agustín Lucas y Jorge Cazulo y los periodistas Ariel Scher y Juanky Jurado.

“Se abrió la puerta y entraron todos. Fue increíble. Le conté a Fernando Cavenaghi en un chat y se sumaron otros. Ariel Scher nos acercó a Mónica Santino, Sampaoli me dijo que también participaba, Cappa y Valdano me cedieron cuentos… ¡Era una locura! Cuando hablé con Ariel Scher le dije que quería un libro en el que ‘los jugadores no entren solos’ porque tenían que debutar en un terreno como el de la literatura deportiva. Entonces empecé a llamar a escritores, artistas y se fue armando”, me dice en La Rural Juanky Jurado, emocionado aún por la cantidad de gente que asistió a ver de qué se trataba Pelota de papel. Y agrega: “La literatura deportiva hoy es un género que además tiene venta y aceptación en el mundo. A la gente le encantan las historias deportivas”.

El equipo de Pelota de papel está compuesto por los escritores-futbolistas Sebastián Domínguez, Roberto Bonano, Pablo Aimar, Nicolás Burdisso, Sebastián Saja, Gustavo López, Agustín Lucas, Mónica Santino, Javier Mascherano, Jorge Bermúdez, Adrián Bianchi, Fernando Cavenaghi, Facundo Sava, Jorge Valdano, Sebastián Fernández, Jorge Cazulo, Juan Pablo Sorin, Ángel Cappa, Kurt Lutman, Juan Manuel Herbella, Nahuel Guzmán, Rubén Capria, Gustavo Lombardi y Jorge Sampaoli.

Presentan, cada uno un texto, Eduardo Sacheri, Alejandro Dolina, Verónica Brunati, Ariel Scher (quien fue el editor general de los cuentos), Norberto Verea, Juan José Panno, Julio Marini, Mario Delgado, Paula Rodríguez, Ingrid Beck, Ezequiel Fernández Moores, Diego Fucks, Débora D’Amato, Marcelo Máximo, Walter Vargas, Sebastián Wainraich, Ezequiel Scher, Rodolfo Santullo, Reynaldo Sietecase, Fermín Méndez, Daniel Arcucci, Marcelo Gantman, Pablo Paván y Nicolás Miguelez. Los dibujan Sebastián Domenech, Augusto Costhanzo, Gonzalo Rodríguez, Alejandra Lunik, Eduardo Maicas, Tute, Bruno Fossatti Iglesias, Fefo Martorell, Jorge Doneiger, Pablo Bernasconi, Max Aguirre, Fernando Ramos, Jorge Guzmán (padre de Nahuel Guzmán), Martín Tognola, El Niño Rodríguez, Sergio Langer, Diego Bonilla, Mariano Lucano, Marcos Ibarra, Paula Adamo, Decur, Flor Balestra, Bernardo Erlich y Maca.

Algunos cuentos son de ficción pura y otros, más intimistas. Pero en cada uno se nota que su autor dejó todo en la cancha. Que la buena literatura necesita del sentimiento. A Pablo Aimar, Sebastián Domenech y Ariel Scher les tocó jugar la primera pelota y lo hicieron más que bien, aludiendo a un recuerdo futbolero, El Maracaná de la calle España. Desde entonces uno, como lector, empieza a entrar en calor junto a los autores y se da cuenta de que cada relato se lee sin apelar al prejuicio típico de “¿qué puede escribir un jugador de fútbol?”. Sobre este punto, me dice Jurado: “La idea no era tener un escritor fantasma, sino que los jugadores experimenten el momento hermoso de ponerse ante la hoja en blanco. Que es el peor momento para el periodista. Un miedo parecido al de una final. Siempre hay un final y después viene otro partido. Ariel (Scher) fue un guía. ‘Escriban qué sienten. Escriban, escriban, escriban’, decía”. Y continúa: “Que un futbolista acerque la literatura a la gente es un golazo. Lo digo en el prólogo: Ojalá que un pibe llegue a una historia por un jugador que le gusta”.

“Se trata de un libro que le hace goles a muchos prejuicios. Lo segundo es que, sobre todo, es un libro de buenos cuentos: el fútbol, como casi todas las veces en las que escribimos de fútbol, es el tema, pero lo que importa es que es una colección de buenos cuentos”, me contesta Ariel Scher durante un diálogo acerca de Pelota de papel, para recordar: “Enseguida tuve fascinación con la propuesta: gente que quiere escribir, gente que quiere contar, gente que quiere ayudar, gente que quiere hacer todo eso con el fútbol. Imposible que no fuera una tentación formar parte”.

Como lector, me emocioné con varios relatos (y prólogos y dibujos). Entre ellos, el del Patrón Bermúdez (Sueño de debut es genial); la mención a Spinetta de Marcelo Máximo al presentar el cuento El mozo y el sabio, de Facundo Sava; la republicación de Creo, vieja, que tu hijo la cagó, el clásico futbolero de Jorge Valdano; la formidable ilustración que Maicas le hizo al relato de Gustavo López (¡cómo me emocionaría si alguien ilustrara así cualquier historia mía! ¡Y cómo me emocionaría, también, si me prologaran como Minxto, quien escribe ‘los jóvenes ponen la atención en dos cosas: las alineaciones completas de cualquier equipo, suplentes incluidos, y en el desesperado amor por una chica. Es decir, en el primer corazón que nace, en el primer aspirante al querer. Cuando adolescente, en el borrador de la vida, siempre se es todo’ cuando presenta Opyo, de Agustín Lucas. Y unas líneas después Lucas la rompe con sus metáforas: “…Cumbia y alcohol. Las bolas de espejos son como los ojos de las moscas. Casi con el mismo asco. Las luces se refractan hacia un mundo de sombras y humo. La gente delira, los trajes se repiten, los vestidos se escotan. La gente suda. Los vasos se rompen y Gilda revive una vez más”. Su historia es sobre el amor frustrado entre un futbolista al que le va bien y una joven uruguaya de clase alta. Pero Lucas parece más inspirado que Bochini cuando jugaba contra Boca, River o Racing y repite sus lujos de prosa al escribir también que “la buena onda y la ostentación tiran paredes por la noche. (…) Hay cada vez más muertos en el ropero, y hay noches, las más negras, en las que ahí dormimos directamente”).

¿Cómo no sentir la misma tristeza que habrá sentido Fernando Cavenaghi al escribir El loco del pueblo? ¿Cómo no maravillarse con Hola y adiós, de Cappa, o el imperdible prólogo de Paula RodríguezEl portón de Lelio, del Mago Capria, una invitación a la melancolía de aquel pibe que, igual que muchos de nosotros, jugaba a la pelota en la vereda? Pero si a esa jugada le faltaba el toque, el lujo final, ahí está Alejandra Lunik para hacer un dibujo que parece el gol que vos quieras imaginar.

Vuelvo a ver qué marqué en mi ejemplar de Pelota de papel y pienso que nadie debería dejar de leer De barrio, de Sebastián Fernández, una historia de melancolía sin golpes bajos. Hay, en todo el libro, mucho fútbol, pero no falta el misterio. Lo demuestra Juan Manuel Herbella -experimentado en esto del relato- con su La pregunta no respondida. Hay algo de humor en El coleccionista, de Nahuel Guzmán, donde describe a un arquero: “Acumulaba como doscientos goles recibidos, pero decía que sólo contaban cuarenta y tres, que de los goles feos ni se acordaba”. Hay ficción -y no la de Fariña y Lanata- en Un mundo sin fútbol, donde Gustavo Lombardi nos traslada a 450 años en el futuro.

Sebastián Wainraich la rompe con su prólogo al cuento de Juan Pablo Sorín, ¿Ese es el ‘Terror’ Gutiérrez?, cuando cuenta que “hay noches en las que pienso que salvo una pelota en la línea o que hago el gol en la final. Y, por suerte para todos, no me dediqué al fútbol. Entonces imagino qué sentirán los que sí lo hicieron y a los treinta y pico, cuando muchos estamos empezando, están terminando”. O el simple remate de cierre: “Bienvenidos los futbolistas que escriben y leen”.

Otro trío perfecto lo componen Ingrid Beck con la espectacular presentación de Tragarse la llave, Kurt Lutman con el relato -durísimo, pero con clase- y Fefo Martorell con su ilustración. Los tres la rompen, la dejan chiquita. Igual que Mónica Santino, con su historia tan personal e impecable: El gol de todas. No dejen de leerla. Y Verónica Brunati, cuando escribe que “las victorias son excepciones” y la deja picando para que se lea Barrio de fútbol, un viaje al pasado comandado por Tito Bonano: “Pero esa tarde, si bien perdí unas zapatillas, te aseguro que gané para la eternidad la gloria de los momentos más felices de mi vida”, cierra el arquero.

Pelota de papel termina con un relato íntimo de Javier Mascherano, un homenaje a Tito Vilanova que nos acerca más a esa persona que desde un banco de suplentes alentó la vida cuando asomaba la muerte.

Se entiende, mientras y al terminar la lectura del libro, por qué Juanky Jurado me dice que “el momento más lindo de la producción fue cuando llegaban las historias y cada uno entendía que debía pulirlas”.

Se viene, posiblemente, una segunda tanda de relatos, con otros protagonistas. También, las historias en formato video. Todo acompañado por la ilusión: “Ojalá que se venda, que llegue a todos lados. La idea es que la gente lea. No importa qué: puede ser esta histórica, algo de humor o ésta revista uruguaya que tenés en esta mesa, Túnel, que es hermosa. Lo importante es que te guste lo que lees, que lo leas con pasión. Hay que defender la cultura popular a muerte, siempre”, opina Jurado. Y después: “A los snobs no les hago caso. El arte es popular. La escritura tiene que ser popular. Todo tiene que ir a la pasión. La soberbia intelectual es lo que caga la literatura”.

“Sentí que se podía. Sentí que se puede”, me dice Ariel Scher cuando le pregunto qué sintió al ver impreso Pelota de papel. Se lo pregunto porque sé lo que significan los libros para él, que me contó, cuando lo entrevisté para el libro La Palabra Hecha Pelota, que en su casa, si se caía uno, lo levantaban mientras lo acariciaban. Y luego: “Es que este trabajo, puntualmente, es para mí un espacio entrañable. El espacio que merecen los sueños colectivos, el espacio que merecen los sueños colectivos que nunca dejan de ser sueños, pero, además, se vuelven más que eso”.

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