PARA CONOCER A MATTHYSSE

Escrita por en Notas

Este sábado pelea Lucas Matthysse, para muchos el mejor boxeador argentino de los últimos tiempos. Frente a él estará el invicto ucraniano Viktor Postol. Pelearán por el vacante campeonato súper ligero del Consejo Mundial de Boxeo. Hace unos meses, entrevisté al argentino para El Gráfico. Compartimos un largo rato hablando de todo. Me contó cosas muy íntimas, como aquella de la muerte de un amigo. También me habló de cuánto lo alegra que su vieja pueda tener una casa gracias a su ayuda. Lo que sigue es esa misma entrevista, que ahora publico para que se conozca el lado más humano de Matthysse.

Por Alejandro Duchini

Elogiado por todos lados, Lucas Matthysse sueña con pelearle a Mayweather. En esta charla con El Gráfico, el boxeador chubutense llora, ríe y se emociona mientras habla de tentaciones, amistades, padres y hasta de Dios.

Para su edición de febrero, El Gráfico convocó a referentes del boxeo con el fin de realizar una nota que se tituló “¿Quién fue el mejor boxeador argentino?”. Entre púgiles y periodistas especializados, uno de los más mencionados fue Lucas Matthysse. Chubutense, de 32 años, poco después lograría un durísimo triunfo ante el ruso Ruslan Provodnikov. La pelea fue el 18 de abril en Verona, New York. Muchos la recordarán por cómo quedó el rostro de su rival. Tras esa victoria, se lo señalaba como el futuro rival del ganador del duelo Mayweather-Pacquiao. El rumor lo inició el ex campeón del mundo y actual promotor Oscar de la Hoya, quien no escatima elogios para el argentino. Pero después de que el norteamericano ganara ese combate y anunciara su posible retiro, la chance quedó en espera. Mario Arano, el representante de Matthysse, lo presenta como “el Messi del boxeo”. Se lo dice a esta revista en su oficina del barrio porteño de Almagro. “Claro, no tengas dudas”, ratifica con una gran seguridad.
A centímetros, sobre la mesa que compartimos, Matthysse no deja de chequear esa vida que transcurre a través del celular. Aguarda, tal vez impaciente, que comience la charla con El Gráfico. No le gustan las entrevistas. Tampoco Buenos Aires. Quiere volver a Junín, donde vive con su esposa, María, y su hija Priscila, de 9 años. Si demoró unas horas más el viaje fue para cumplir con este compromiso. No muestra mayores emociones cuando se le pregunta si empezamos. Serio, dice que sí, que arranquemos. Deja su teléfono al costado, junta las manos y comienza a hablar en un tono bien bajo. Como si estuviese en el ring, al principio mide, contesta lo justo. Después sonreirá o se entristecerá, dependiendo del tema. Para entonces ya se habrá lanzado definitivamente a conversar. Parece otra persona. No es el que pelea. Es el Matthysse más íntimo.
-¿Cómo calificás tu momento deportivo?
-Vengo muy bien. Gané una pelea que encaré con muchas expectativas por ver qué pasaba, como la que tuve contra Provodnikov. Era un rival duro, de primer nivel. Nos preparamos y nos concentramos bien. Traer un triunfo siempre es una alegría. Para mí, para mi equipo y para el país. Me encanta el reconocimiento de la gente.
-¿Cuándo dejás de pensar en la pelea que pasó y te mentalizás en la que viene?
-Todavía sigo enchufado con la última. La gente siempre me pregunta por el tema y eso me lleva a pensar. En cuanto al futuro, como no tengo aún rival ni fecha, sólo sé que tengo que prepararme fuerte para lo que venga. Seguro será un rival de primer nivel. En septiembre, octubre o noviembre.
-Hablabas del reconocimiento de la gente. ¿Qué significa eso?
-Estar cinco años en la selección habla de un reconocimiento. Pero hay otro, que es el del público, que se hizo mayor con el profesionalismo y los viajes. Y ahora, con peleas importantes. Cuando uno sale afuera tiene mayor reconocimiento. Me gusta porque es una forma de decirte que estás haciendo las cosas bien.
-¿No te gustan las entrevistas?
-La verdad es que me cuesta el tema de las fotos y esas cosas. No tengo problemas, pero soy algo tímido. Chicos, jóvenes, señoras grandes, otros deportistas, me piden saludos, sacarnos una foto… eso me pone contento. Pero me cuesta.
-¿Cómo es tu vida en Junín?
-Tranquila. Me miran, me saludan, me gritan por la calle. Entreno a la mañana bien temprano, vuelvo a casa a tomar mate y al mediodía llevo a la nena al colegio. A la tarde sigo entrenando y después me meto de nuevo en casa. No mucho más. Pero mi lugar es Trelew, porque soy de allá. Voy cada seis meses. No puedo ir más seguido. Cuando voy, me esperan todos: los amigos, la gente del barrio Las mil (Las mil casitas).
-¿Extrañás Trelew?
-Ya no tanto. Lo que pasa es que desde chico me la paso viajando, siempre por el boxeo, y ya me acostumbré. A los 14 años me fui de mi casa a Santa Fe por el boxeo, cuando mis viejos se separaron… Esperanza, Rafaela, Vera. Un año. Después fui a un Campeonato Argentino, fui subcampeón y me llamaron de la selección, donde estuve cinco años viviendo en el CENARD. Me volví a Trelew, conocí a mi señora, nació la nena. En ese momento mi hermano Walter empezó a trabajar con Mario Arano y yo me quedaba en la pensión con él. Ahí debuté como profesional y Mario me invitó a vivir a Junín con mi familia. Agarramos a la nena, que tenía dos meses, muy chiquita, la bautizamos y nos fuimos, hace ya 10 años.
-Te puso mal recordar el divorcio de tus padres.
-Es que es algo que me marcó mucho. A todos los pibes los marca una cosa así. Yo tenía 12 años para 13 cuando se separaron. Mi viejo, Mario, era boxeador y se fue a hacer la carrera a Trelew. Nosotros nos quedamos con mi mamá, Doris, en Santa Fe. Eso me marcó. Pero siempre seguí mi ritmo de vida, porque quería ser boxeador.
-¿Por qué llegás al boxeo?
-Lo mamé de chico. Estaba ligado al gimnasio por mi papá, al que lo iba a ver pelear. Mi tío, Miguel Ángel Steinberg, también boxeaba. A los 10 u 11 años empecé a entrenar, a los 12 abandoné la escuela, antes de empezar primer año, y ya hacía exhibiciones con el hermano de Omar Narváez. Debuté a los 14. Era chiquito, pesaba 48 kilos. Fue un día especial, el del debut, el del primer viaje en avión. Ahí ratifiqué que el boxeo era lo mío. Gracias a él conozco mucho del mundo, tanto siendo amateur como profesional. Si no hubiese sido por el boxeo, no habría viajado jamás en avión y tal vez ni salía de Trelew.
-¿Una infancia humilde la tuya?
-Si: un papá boxeador y trabajador municipal y una mamá ama de casa. Familia humilde, clase media. Teníamos lo justo y necesario. Mi papá se concentraba, como hacía después yo. Walter, mi hermano mayor, se quedaba a cargo de nosotros. Estaban también mis hermanas Soledad y Jenny. Nos tenían cortitos. Nunca nos faltó para comer. En el boxeo hay muchos pibes que no tenían para comer, pero no fue mi caso. Para comer teníamos todo los días. Y eso, gracias a mi vieja. Hubo cosas lindas y cosas malas en mi infancia. Pero fue linda.
-¿Qué significa viajar?
-Es algo hermoso. Ya lo hacía con la selección, representando al país, cuando cada viaje era una ilusión. La de viajar y la de competir. Cada viaje es eso: una ilusión. Eso me marcó. Y me sirvió como experiencia para lo que vivo hoy.
-¿Qué te dio el boxeo?
-Todo. Pero yo también le di todo al boxeo: mi adolescencia, mi vida desde los 14 a los 32 años que tengo hoy. No estoy arrepentido de nada. Nos dimos muchas cosas ambos. Desde los 14, que dejé mi casa para ser boxeador, siempre fui a donde me llevaba el boxeo: Santa Fe, Rafaela, Vera, Buenos Aires, Trelew. Después nació mi hija y por llevar la familia adelante y tener un futuro me fui a Junín. Y llegué a los Estados Unidos y a todos lados.
-¿Y qué sentís que te quitó o que relegaste por tu sueño de boxear?
-¡Tanto esfuerzo! Dejé mucho. Ayer se me mató un amigo de Trelew. Siempre se me están muriendo amigos, gente cercana (se emociona, lagrimea). Se ahorcó. Yo no soy médico ni hubiese podido evitarlo, pero a veces uno se siente mejor estando cerca de los afectos en momentos como esos. Me hubiese gustado estar. Son cosas que… Y hace dos meses a un amigo lo mató la policía. Las mil es un barrio jodido. De ahí se fueron varios amigos. Son cosas de la vida, que pasan por más que uno no esté. Otra cosa que lamento es que no puedo ver crecer a mis sobrinos. Pero destaco las cosas lindas.
-¿Muchos amigos en Trelew?
-Me quedan, sí. Siempre que voy nos juntamos. Ya todos pasamos los 30. Estamos grandes, cada uno armó su familia. Pero me gusta verlos. Me quedaron lindas amistades.
-¿Y las tentaciones?
-Me cuidé de todo. Salí, tomé cerveza, como cualquiera, pero siempre fui consciente del límite. Yo era boxeador. No andaba en la joda ni nada. Me privé de muchas cosas: salidas, cumpleaños, fiestas, un montón de salidas que hay que dejar pasar para llegar a este nivel. Pero el esfuerzo valió la pena. Me quedé en Junín y valió la pena que haya pasado todo lo que pasó. Por algo es. Hoy mi vida es tranquila. Después de pelear me voy con mi familia. Soy familiero. Veo amigos, tomamos mate, y no hago mucho más. Mi jermu me banca, aunque es muy celosa. Siempre hay posibilidades de salir: me invitan a asados, salidas, esas cosas. Pero tengo todo en mi casa. Pude recuperar a mi familia. Ese es un gran logro. Por parte de los dos. Volvimos a armar lo que teníamos.
-¿Sos creyente?
-Un poco. Creo y no creo, como todos. A veces creo, a veces pido. Cada vez que hay que pelear pido a Dios. Creo que alguien nos está cuidando. Tengo además un pastor en Junín que me ayuda. Hugo, se llama. Me recomienda que vaya a la Iglesia. Pero no soy amante de eso. Él me dice que Dios nos cuida y que me le entregue a Dios cada vez que suba al ring. El diálogo con Dios está dentro de uno mismo. De ahí salen las cosas. Uno es fuerte adentro.
-¿Cómo es la relación actual con tus viejos?
-Mi papá vive en Trelew y mamá en Rawson. A ella la veo más seguido. Cuando llegué a Junín, después de la pelea con Provodnikov, el lunes, mamá estaba allá para recibirme. Se hizo semejante viaje para verme. La verdad es que siempre estuvo, me apoyó. Siempre. Tanto ella a mí como yo a ella. Siempre llora, se emociona. Mi papá también está contento.
-¿Sos de llorar?
-Si. Mucho. Siempre. Soy sensible, de lágrima fácil. Después de cada pelea, nombro a mi hija y se me quiebra la voz. Mi hija es todo. Me dio todo. Por ella la peleo día a día. Me da fuerza. Es lo mejor que me pasó.
-¿Qué hacés si te dice que quiere ser boxeadora?
-(Se ríe) No sé. Ahora hace aeróbica deportiva y va a competir en Estados Unidos. La apoyamos mucho. Me dejaste pensando: si quiere boxear no se qué haré. ¡Qué le voy a hacer!
-En febrero, fuiste uno de los elegidos en una encuesta hecha por El Gráfico entre gente del boxeo, acerca de quién fue el mejor argentino en este deporte.
-Eso me pone muy contento. Me gusta ser parte de la historia del boxeo. Eso es muy lindo.
-¿Y que Oscar de la Hoya hable tan bien de vos?
-Otra alegría. Siempre que lo veo le digo cuánto lo admiraba. Con mis hermanos y amigos nos quedábamos a ver sus peleas. Trabajar ahora con él… La primera vez que se me sentó al lado, en Estados Unidos, en una conferencia de prensa, lo tocaba con la pierna. ¡Para tocar a Oscar de la Hoya! Para darme cuenta de que estaba ahí, con él. Como un chico ja ja. ¡Tocar a Oscar de la Hoya! Y ahora me representa, es mi promotor. Es como un sueño. Porque hasta el día de hoy cada vez que lo veo lo abrazo, me saco veinte mil fotos. Fue el mejor del mundo.
-¿Cuál fue tu peor momento?
-Cuando perdí con Danny García (estadounidense de origen portorriqueño; pelearon en 2013). Se me habían ido las ganas de seguir. Las recuperé por mi equipo. Algunos se fueron y yo me había bajoneado, no quería pelear. Estaba separado de María. Nos separamos dos años. Me pasó todo junto. Y extrañaba a mi hija. Empezamos a mejorar con mi mujer, entré a agarrar confianza de vuelta, a entrenar, y acá estoy.
-¿Tenés amigos en el ambiente?
-No muchos. Conocidos sí, pero amigos amigos, no. Los amigos son de la infancia, de Trelew, algunos de Junín. Tengo, sí, muy buenos compañeros. Pero la palabra amigo es otra cosa. Ahora cualquiera te dice “!hey amigo! ¡hey amigo!”. Conocidos sí, muchísimos. Pero amigos amigos, pocos.
-¿Qué es un rival?
-Alguien por el que, al momento de pelear, no siento nada. Somos él y yo y me juego el futuro de mi hija y el mío en cada pelea. Después del último round podemos ser los mejores amigos. Pero antes, no.
-¿Cómo te llevás con Marcos Maidana? Pelearon siendo amateurs y ambos llegaron a ser referentes del boxeo argentino.
-Tres veces peleamos. Me ganó dos y empatamos la otra. Hoy no tenemos relación. Éramos amigos, nos conocimos en Vera, Santa Fe. Vivíamos en una habitación chiquita, en tiempos en que peleábamos en pueblos cercanos. Viajábamos en camión jaula. Después El Chino cayó en la Selección y con el profesionalismo cada uno siguió por su lado. No nos vimos más, salvo cuando peleé con Danny García, que nos encontramos en el avión. Ahí hablamos. “Mirá: antes viajábamos en un camión jaula y ahora en primera clase”, nos dijimos Ja ja… Nos vimos crecer. No lo podíamos creer.
-¿Te imaginás una pelea con él, hoy?
-No. Pero si nos tenemos que subir, nos subiremos, como antes, que peleábamos y después íbamos a dormir a la misma habitación.
-Ahora que estás crecido y tenés un nombre en el boxeo, ¿cuál es tu sueño?
-Ser campeón del mundo, que todavía no pude… no se qué falta para eso. Siempre pasa algo. Tuve un título interino, pero quiero ser campeón del mundo. Igual, no me bajoneo. La sigo peleando. Cada pelea es importante. Un paso más. En eso me mentalizo.
-¿Y aquello de pelear con Mayweather, después de que le ganara a Pacquiao?
-Esperar. Espero a ver qué me dicen. Sigo esperando. Me prometieron una cosa. No sé qué se puede dar. El que ganaba de ellos peleaba conmigo, así que veremos. Yo estaba en Esperanza, Santa Fe, el 2 de mayo, cuando pelearon, y todos decían que ahora iba yo. Ojalá me toque. En lo deportivo sería muy bueno. Pelear con Mayweather sería llegar a lo máximo, porque es competir con el mejor boxeador del mundo, el mejor libra por libra.
-Recién, cuando veíamos viejas fotos tuyas, había una de un señor mayor que te hizo emocionar. ¿Quién es?
-¿Esa en la que estamos los dos en el ring? Mi abuelo materno, Miguel Ángel. Un hombre de campo, de Santa Fe. Ese día cumplía 15 años y era mi segunda pelea. Estaba de vacaciones y había venido a verme. Tenía unas copitas de más cuando se subió al ring a saludarme. La gente me cantaba el Feliz Cumpleaños. Fue la primera y última vez que me vio pelear. Un día re-lindo.
-Y lo extrañás.
-Como a mi vieja, que también la extraño mucho. Es la persona que más extraño, mi mamá. Y eso que la veo seguido. ¿Sabés qué es lo que me pone más feliz de ella?
-¿Qué?
-Que a sus 54 años tenga casa propia. La pasó muy mal. Hubo un tiempo en que no tenía dónde vivir. Pero yo le pude comprar la casa. Para eso también sirve el boxeo.

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