“PAPÁ, SOY DE BOCA”

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

@aleduchini

Imágenes: Nicolás Borojovich

Mi ex esposa y madre de mis dos hijos mayores es una persona de palabra. A pocos días de separarnos me prometió que haría lo posible para que ellos no me quieran. Me lo gritó después de una discusión, cuando yo me iba de la que había sido mi casa. “Voy a hacer todo para que los chicos te odien”, gritaba mientras me alejaba y me taladraba con su voz. Se ve que en verdad se ocupó del tema porque tres años después Ludmila dejó de hablarme. Tenía 9 cuando me mandó un mensaje en el que me pedía que me alejara de sus vidas, que yo era un escollo para ella, su hermano y su mamá. Años después, cuando cumplió 15, lo único que supe de su fiesta fue el nombre del salón.

Santiago, más chico, solía hablarme a pesar de que le decían que yo era como un Darth Vader sin retorno. Aunque a veces se enojaba por nada y ni el teléfono me atendía. Inclusive, manejaba 250 kilómetros para visitarlo en su pueblo y al llegar me decía que no me quería ver. Resignado, me volvía sintiendo que era Han Solo sin Leia ni Chewbacca y rezaba para que el Halcón Milenario no me dejara a pie en aquellas rutas desoladas.

Pero hay un detalle en el que quiero detenerme. Tiene que ver con esa estocada que los padres futboleros, cuando recibimos, sabemos que es poco menos que una herida de muerte. Se trata de la maldición de que a un hijo lo hagan hincha de otro club. ¡Ah! ¡No hay golpe peor! Es como que tu propio ego te moje la oreja.

Jamás olvidaré la sonrisa de Santiago aquel sábado a la tarde en que al pasar a buscarlo salió de su casa con una camiseta de Boca. Era una Nike nuevita, sin número ni nombre. Tampoco tenía dedicatoria: bien podrían haberle puesto -reluciente y en la espalda- algo así como “Para papá. Con cariño”. Al menos en eso hubo piedad.

Lo miré y no pude disimular mi asombro. Pensé varias cosas en escasos segundos. Entre ellas, hacernos un ADN. ¿Será hijo natural mío ese chico igual a mí, que tiene mis mismos rasgos y del que todos dicen que de cara somos idénticos? ¿Será posible que me salga bostero, cuando la herencia indicaba otra cosa?

Yo había planificado de manera meticulosa cómo manejar el tema del club de fútbol con cada uno de mis hijos. Pero se ve que no hice bien los deberes. No contaba con que del otro lado había una fundamentalista del mal tan dispuesta a todo. A Ludmila le conseguí una mamadera con el escudo del Rojo en plena gestación. Fue la primera que utilizó. Encima, fue testigo directa del título de 2002. Ella también tenía su camiseta, que se la compré en la cancha, tras un partido que se jugó un sábado a la noche cuando el campeonato era casi un hecho. Al nacer, Santiago ya tenía remera y calzón para cuando dejara los pañales. Después fue el turno de la pelota. Era una Umbro número cinco que le regalé para un cumpleaños. Ahora la tengo guardada en un placard, desinflada y a la espera de que alguna vez cambie de idea. A Malena, primera hija de mi matrimonio actual, la recibimos con gorrito y babero del CAI. Están las pruebas: los luce en sus primeras fotos, en la clínica. También recibió su roja ropa alusiva.

AleWarhol03Como la infancia de Santi fue de vacas flacas en cuanto a resultados deportivos, cuando venía a mi casa en Buenos Aires a pasar su fin de semana ponía manos a la obra a lo planificado. Le hacía ver videos de Bochini sin decirle que eran del tiempo en que yo tenía su edad. Le mostraba a los jugadores de los ochenta dando vueltas olímpicas: después de algunos minutos paraba, ponía cara de agotado y le decía que seguiríamos después porque me mareaba de tantas vueltas. Antes me aseguraba de que las imágenes fuesen a color. Le cantaba canciones futboleras y le mostraba a la hinchada roja envuelta en banderas y celebrando títulos del pasado. Los parlantes a un volumen relativamente alto hacían más épico el momento. Como el estadio había sido demolido y en su lugar sólo había escombros, le mostraba fotos de cuando estaba habilitado. En ellas, siempre lleno de hinchas. Le decía que la cancha de River la habían reconstruido unos militares asesinos y que a la de Boca le faltaba un pedazo. Que la de Racing había estado embrujada y que la de San Lorenzo no se sabía dónde estaría ubicada en el futuro. Si Independiente perdía, en vez de noticieros le ponía los canales con dibujitos. Así, vio casi todos los capítulos de los Backyardigans. Si ganaba, celebrábamos con Coca Cola, hamburguesas de McDonalds, helados y lo llevaba a PlayLand. Si quería cine, también. Pero en esos años se hizo habitual comer milanesas, carne al horno y patitas de pollo compradas en Carrefour.

A medida que crecía, le compraba otra camiseta roja acorde a su tamaño. También trataba de que no faltaran en casa los productos que se publicitaban sobre el pecho de los jugadores. Hubo un tiempo en que se promocionaba a Ibupirac. Me inventaba dolores de cabeza que me curaba con esas capsulitas. “¡Qué bien me siento ahora, Santi!”, le decía. “Tomé la pastilla de Independiente y estoy genial. Vamos a la plaza”, lo invitaba con una vitalidad demasiado exagerada. A partir de ese momento no dejaba de sonreírle. ¡Up! La vida color de rojo.

AleWarhol02Pero ahora estamos en su pueblo y el panorama es desalentador.

-¿Qué hacés con esa remera, enano? Si vos sos del Rojo…-, fue lo único que me salió.

-No, soy de Boca. Mamá me dijo que te ibas a poner contento de verme con esta camiseta.

Él sonreía y yo lo miraba perplejo. Pensé en mis esfuerzos por hacerlo de Independiente. ¡Tanta planificación para nada! ¡Diablos! Iluso, yo, que imaginaba que él continuaría el camino iniciado por mi papá. Que soñaba con que alguna vez iríamos juntos al Libertadores de América y celebraríamos un título de campeón, abrazados como solo un padre y un hijo se pueden abrazar en una cancha.

¡No! Al contrario. Lo imaginé frente en el probador de una casa de deportes luciendo la de Riquelme. Me pregunté si se habría llegado a probar aquella suplente de color rosa. ¿Con cuál de todas las combinaciones de camisetas modernas creadas por la historia y reafirmadas por el mercado habrán planeado este crimen? ¿Con qué color querían pintar la escena de mi asesinato? ¿Qué flores mandarían a mi entierro? ¿Azules, amarillas?

Hice como si nada y nos subimos al auto. Tal como le había prometido el día anterior, fuimos al cine. En el viaje casi no hablamos. Mi cabeza era una coctelera de amargura y bronca. No me salían palabras. Dios y el diablo definían a penales mi destino mental.

Hasta que llegamos, estacioné y le dije que tenía que cambiarse la remera para ir a ver la película. Así que le alcancé una con el escudo de Superman, comprada unos días antes y prolijamente guardada en el baúl del coche.

-Ponéte ésta, campeón, que está buenísima y es nueva. Te la compré para que la estrenes hoy.

-No, papá, voy con la de Boca-, me dijo.

-No, con la de Boca, no. No podés entrar al cine llevando una de Boca. Ponéte ésta.

-No.

-Si.

-Entonces no bajo. No voy.

-Bueno, como quieras. No vamos al cine. Nos volvemos.

-Bueno, dame la de Superman.AleWarhol04

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