PABLO ESCOBAR

Escrita por en Entrevista, Libros

Por Alejandro Duchini.

“Te lo resumo en una frase: a mi padre no le interesaban los negocios lícitos. No le parecían rentables. No se involucró en el fútbol nunca. Jamás fue un hombre de empresas. Nunca compró un jugador para lavar dinero. A él le gustaba su plata sucia y así de sucia y manchada de sangre todo el mundo era feliz recibiendo”, me contesta Sebastián Marroquín, el hijo del narco colombiano Pablo Escobar Gaviria, cuando le pregunto sobre su padre y el fútbol. Antes se llamaba Juan Pablo Escobar, pero desde que se vino a vivir a la Argentina junto a su madre y su hermana, a mediados de los 90, se cambiaron los nombres. Por eso ahora es Sebastián Marroquín. Nos juntamos a conversar en el bar Conde, en Colegiales. Me espera sentado a la mesa que da a la esquina, con la ventana abierta de par en par. En la Colombia de los 80 o 90 era impensado para él estar así de expuesto en un bar. Hubiese terminado acribillado. Tiene una botella de Coca Cola y luce, como en cada una de las muchas presentaciones televisivas que hizo en estos días, una chomba negra. Con nosotros está Cecilia Pintos, su asesora de prena, en representación de la editorial Planeta, que acaba de publicar su segundo libro, Pablo Escobar -In fraganti. Se basa en recuerdos de enemigos y allegados a su papá. El primer título, en cambio, que data de 2015, es una biografía: Pablo Escobar – Mi padre.

Algo de lo que cuenta Marroquín se lee en Mi padre: “En los primeros días de agosto de 1983 el presidente Betancur produjo el primer remezón ministerial de su gobierno. Designó a Rodrigo Lara Bonilla como ministro de Justicia. (…) Los primeros anuncios del brioso funcionario estuvieron dirigidos contra los carteles de la droga y específicamente contra mi padre y otros pocos narcos, pero nunca mencionó que Medellín era cuna de una gran cantidad de mafiosos con enorme poder económico. También señaló que el fútbol había sido infiltrado por los dineros calientes del narcotráfico”.

“Era fanático del fútbol, hincha del Independiente de Medellín y no del Nacional, como dice Netflix, que no lo conoció y yo sí, lo que te da la pauta de cuán seria es la serie”, me agrega, con una tranquilidad que no esconde reticencia hacias las películas que se vienen haciendo sobre la figura de su padre en los últimos años. “Me molesta que se inculque a los jóvenes la sensación de que Pablo Escobar es un antihéroe y por lo tanto es un héroe. No está bueno. No me opongo a que se cuenten las historias sino a que las cuenten modificadas, creando una epidemia de jóvenes dispuestos a ser narcos como no pasó nunca. Jóvenes que ven Narcos 1 y 2 y se creen unos ninjas”, se justifica.

En los dos libros, Marroquín escribe sobre la pasión de su padre por el fútbol. Y también por los aviones ultralivianos y las carreras de autos: “En medio del desparpajo por la novedad de participar en una carrera de carros, a mi padre se le ocurrió un chiste: que la Copa Renault debía llamarse Coca Renault. Y no le faltaba razón, porque ese año, además de él y Gustavo, también participaron otros narcos de Medellín y Cali”. Escobar afianzó vínculos con el automovilismo. Hay una anécdota que refiere a Ricardo ‘Cuchilla’ Londoño, el primer colombiano en competir en la Fórmula 1. “Tiempo después sería el encargado de satisfacer los caprichos de mi padre a través de una empresa de importaciones y exportaciones que montó en Miami”.

El fútbol le sirvió a Pablo Escobar como forma literal de escape. Preso en Yarumito, “se escapó durante un partido de fútbol con la complicidad de algunos jugadores, a quienes les pidió que patearan cada vez más fuerte y lejos el balón para ir por él”.

Las motos eran de gran interés para los Escobar. Su hijo recuerda en Mi padre que en la emblemática hacienda Nápoles, una suerte de ciudad familiar en la que había hasta un zoológico, se construyó la pista de motocross más grande de América Latina. Incluía estación gasolinera y taller mecánico. Sebastián Marroquín cuenta que al cumplir los 11 años “ya tenía una colección de cerca de treinta motos de alta velocidad, así como motocrós, triciclos, cuatrimotos, carts y buggies de las mejores marcas”. Y por si no alcanzara, “también treinta motos de agua”.

La inauguración de canchas de fútbol fueron una herramienta social. Pero los lujos de Escobar trascendieron las fronteras colombianas. Una de esas veces fue cuando un séquito numeroso viajó a Río de Janeiro. “Como no había límite en el gasto y la consigna era regresar sin un solo dólar de los 100.000 que había llevado cada uno alquilaron seis automóviles Rolls Royce que había en la ciudad y no tuvieron pudor alguno en ir al estadio Maracaná y entrar en los vehículos hasta la gramilla por el túnel por donde ingresan los futbolista. Ese día jugaban Fluminense y Flamengo por el torneo local. Al día siguiente un diario local publicó una reseña en página interior sobre la visita de una delegación de políticos y prestantes empresarios de Colombia que viajaron a conocer Brasil. Fue en ese viaje que mi padre trajo ilegalmente una hermosa y costosa lora hora azul para la Hacienda Nápoles”.

Pero tal vez lo más interesante para los futboleros sea la anécdota que Marroquín cuenta en el primer libro: “En La Catedral estaba en construcción una cancha de fútbol que como todas las obras del lugar eran financiadas por mi padre. Allí invirtió una fortuna, pues el sistema de drenaje debía garantizar la absorción del agua y evitar que el terreno de juego se llenara de charcos. Tampoco podía faltar la iluminación, tan potente que se veía a lo lejos desde buena parte de la ciudad. Una vez estuvo listo el escenario deportivo, mi padre organizó intensos partidos con invitados especiales que llegaban desde Medellín. El arquero René Higuita, los jugadores Luis Alfonso, el Bendito Fajardo, Leonel Álvarez, Víctor Hugo Aristizábal, Faustino Asprilla y el director técnico Francisco Maturana subieron algunas veces a jugar partidos de fútbol. En uno de esos encuentros me llamó la atención la agresividad de Lionel contra mi papá; le entraba más duro que a cualquiera pero él no decía nada. Sin duda era un jugador muy valiente. Hasta que Mugre (sicario y guardaespaldas de Escobar) lo llamó al lado de la cancha y le dijo: ‘cáigale más suave patrón, pues ese man no dice nada pero ya lo está mirando feo’. No está demás decir que los partidos de fútbol en La Catedral sólo terminaban cuando hubiese ganado el equipo en el que jugaba mi papá. Los encuentros podían durar hasta tres horas y con tal de ganar mi papá no tenía problema alguno en pasar a su equipo a los mejores jugadores contrarios. Y aunque había árbitro, vestido de riguroso negro, la duración del partido dependía de que el equipo de mi papá fuera delante en el marcador. Siempre se ha especulado con que mi padre fue dueño de equipos del fútbol colombiano como Medellín, Atlético Nacional, Envigado e incluso de algunos jugadores. Nada de lo anterior es cierto. El fútbol siempre fue una de sus pasiones, pero nunca le interesó meterse de dirigente o empresario”.

Para Pablo Escobar, la práctica de actividades deportivas era esencial. En una carta a su hijo fechada el 30 de junio de 1990 le recomienda: “Si te dedicas a practicar algún  deporte, podrás encontrar el lugar donde se oculta la felicidad”.

Sebastíán Marroquín ya no tiene tantas motos ni lujos. Escribe libros en los que  denuncia la complicidad de la DEA y la CIA con su padre. No lo justifica, lo sabe un asesino y dice que lo extraña “como cualquier hijo extrañaría a su padre”. Porque por más paradójico que resulte, en el interior de su hogar Pablo Escobar le daba todo el amor del mundo, recuerda, en contraposición con la violencia que ejercía puertas hacia afuera. Ya no tiene vínculos con aquel pasado, dice (aunque vuelve, aunque sea a través de la escritura). Repasa su crianza y los valores que le dieron los sicarios que le hicieron de niñera. Asegura que su papá se suicidó para que no lo apresen: “Él, antes muerto que preso. Se pegó un tiro del lado derecho, donde me dijo que se iba a disparar si alguna vez se encontraba sin salida”. Retomamos el tema futbolero: “Siempre estaba en contra del viejo y por eso era del Nacional. Lo sigo siendo. Me gusta el fútbol, pero sólo cada cuatro años”. Y me sonríe.

Compartir
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestShare on TumblrShare on RedditDigg thisFlattr the authorShare on StumbleUponShare on VKShare on YummlyBuffer this pageEmail this to someonePrint this page