OWENS, EL ATLETA EMBLEMÁTICO

Escrita por en Notas

Por Martín Méndez

Ser negro en EE.UU. en los años 20, 30 o 40 implicaba no acceder a un restaurant, al teatro, al cine o tener que subir por un monta cargas en vez de ascensor. Ser negro implicaba naturalizar desde pequeño una división que estaba pactada de antemano. El Ku Klux Klan, entraba en su etapa de mayor efervescencia hacia 1915, después de haber sido casi disuelto en el fin del siglo anterior. Pero claro, el casi no era un detalle.

Las leyendas del deporte jamás se destacaron por fuera de los momentos cruciales del resto de la sociedad. Por eso, James Cleveland Owens, quien de niño recogió algodón en Alabama, dejó más que una marca de segundos en la pista.
Más conocido como Jesse, este atleta afroamericano participó de la delegación estadounidense en los Juegos Olímpicos de 1936, en Berlín. Ganó cuatro medallas de oro en atletismo. Pero el dato relevante, fue que las obtuvo en el apogeo de la Alemania nazi.

jesse_owens2El país organizador había “previsto” que fueran sus propios atletas quienes subieran a lo más alto del podio, y de esta manera el mismísimo Hitler extendiera la mano a los vencedores. El Fürer dio la orden de que ningún deportista alemán se quedara afuera en atletismo (y otros deportes también). La propaganda de Goebbels quiso aprovechar esta inmejorable ocasión para demostrarle al mundo que el régimen gozaba de muy buena salud y podía llevar adelante exitosamente los Juegos.

Lo que jamás sospecharon fueron las históricas victorias de Owens. En los 100 y 200 metros, en la posta 4 x100 y en salto en longitud. Adolf Hitler se ofuscó. No era lo planificado. Un “negro” ganador en sus narices salía íntegramente de los esquemas estipulados. En todas esas pruebas, el “gran Jesse” consiguió triunfos contundentes. Se llevó cuatro doradas en su pecho, récords olímpicos y tiró por tierra las teorías fascistas de la raza superior.

jesse_owens3La guerra era inminente. El nazismo avanzaba sobre Europa. Una derecha reaccionaria, asesina y cínica se abatía sobre una parte de la humanidad. Mientras, en otros lugares del mundo se libraban batallas para liberar a los pueblos de sometimientos ancestrales. Y en ese contexto, Jesse retornaba triunfal de los Juegos. Pero lo que nunca se propagandizó en EE.UU., ni en el resto del planeta, fue que el mismo presidente estadounidense, Franklin Roosevelt, jamás quiso recibirlo. Estaba en campaña electoral buscando su reelección y los segregacionistas del sur, los mismos que cien años atrás habían maltratado con su látigo a los abuelos de Owens en las plantaciones de Oakville, podían ser quienes aportaran muchos votos al candidato. Tal vez esa fue una de las razones por las que Franklin ni siquiera enviara un telegrama de felicitación al campeón.

El mundo ha cambiado mucho, pero en otras cuestiones no tanto. Después de la depresión del 30, la guerra vino a ser la solución de quienes optaron por esa instancia para darle salida a sus crisis financieras. Y hoy no estamos tan lejos de esa realidad. “El mundo está en guerra”, asevera Francisco. El racismo continúa vigente en Estados Unidos. Las poblaciones negra y latina son las que más lo sufren a diario. Se consolida un candidato que promete un muro tan vergonzoso como el de Berlín o el de Gaza. Y en el medio de eso, este mes el mundo olímpico asistirá a su cita más preciada en Río de Janeiro.

Qué bueno sería que después de 80 años surgiera otro Owens. Y que las generaciones de atletas actuales y futuros puedan tener un faro que ilumine un camino, no sólo de éxitos deportivos, récords a romper y preseas, sino de ejemplos que luchen por la dignidad del ser humano. Jesse Owens, quizás sin quererlo, se convirtió en eso.

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