No me lo contaron, los vi jugar

Escrita por en Notas

Como la sangre, roja son las lágrimas que por estos días se derraman y, no por ser adicto a otros colores, voy a dejar de lamentar -sincera y profundamente- el descenso que acaba de experimentar Independiente, un grande de verdad.

No es mi propósito bucear en las causas ocultas -y no tanto- de esa debacle deportiva. Ya bastante se ha dicho, aunque menos de lo que se ha callado, acerca de los despropósitos que catapultaron ese tornado que se abatió sobre el solar que supo albergar a la “doble visera” y ahora sustenta a un desprolijo e inconcluso gigante de cemento, tan frío e impersonal como casi sin excepciones han sido los equipos del “diablo” en la última década. Lo que sí está fuera de discusión es que, como futbolero irredento, no abdico de la rebeldía que me provoca el ser un espectador más de lo que Daniel Arcucci definió como “un drama sin tragedias”, refiriéndose a la bastante civilizada reacción que tuvieron los sufridos simpatizantes del coloso caído. Y el director de la Sección Deportiva de “La Nación” lo definió así porque, es tan profundo el desconcepto que gobierna nuestra sociedad por estos días. que hasta celebramos cuando en una manifestación masiva, sea de la índole y el color fuere, no hay muertos de por medio.

Claro que la promesa que insinué era otra. Como desde lo personal ya viví un sinsabo
r parecido, sé que son momentos en los que el dolor cala el alma y hay que tener bien presente el viejo aforismo gales:”la hora más oscura es la previa al amanecer”. Y en esa inteligencia, nada mejor que apuntalar el espíritu con la evocación de los albañiles que contruyeron esa grandeza ahora bastardeada.

No voy a hablar de Arsenio Erico -el implacable goleador Guarani- ni de sus compinches Juan José Maril, Vicende De la Mata, Antonio Sastre y Juan José Zorrilla, notables y famosos en el final de los ’30 y comienzo de los ’40. Tanto como lo fueron en la década siguiente Rodolfo Mucheli-Carlos Cecconato-Ricardo Lacasia/Ricardo Bonelli-Ernesto Grillo y Osvaldo Cruz. Y no lo voy a hacer porque sencillamente, no los vi jugar y no quiero caer en el facilismo de reproducir lo que los auténticos testigos han documentado a través de los años. Por otra parte, a excepción del “decano” Enrique Macaya Márquez o del una década más joven Horacio Pagani, pocos -muy pocos- son quienes pueden hablar del ahora “Rey de Copas” con la autoridad que concede el “haber estado allí” Y, en esta categoría, modestamente me incluyo, aunque durante las últimas cincuenta temporadas solamente haya sido esporádico federatorio de la estirpe ganadora que entibiaba la frente de los aficionados del “rojo”

Así es como rememoro el aguerrido conjunto que en al década de los ’60 le ofrendó al balompié criollo las dos primeras Copas Libertadores, sustentado en las seguras manos del “Pepe” Santoro, la reciedumbre de “Pipo” Ferreiro, “Hacha Brava” Navarro, Jorge Maldonado, David Acevedo, Tomás Rolán -un mulato uruguayo que metía miedo desde el túnel-, la “garza” Guzmán y el “chivo” Pavoni.
De la mitad hacia delante, tenía a la inteligencia del “enano” Osvaldo Mura y de Raúl Armando Savoy, rematada por la contundencia de Luis Súarez/Eduardo Maglioni/Mario Rodríguez y la magioa de Raúl Emilio Bernao, un “siete” de aquéllos. Solamente fueron doblegados por el “cattenaccio” del Inter de Helenio Herrera y se quedaron sin la Intercontinental.

El paulatino recambio generacional vino de la mano de un caudillo son época -el “Pato” José Omar Pastoriza- y un par de goleadores de los que ya no hay -Luisito Artime y el “Chirola” Héctor Casimiro Yazalde-, hasta que apareció un dúo magistral, una de esas “pequeñas sociedades” que pregonaba el gran César Luis Menotti: Ricardo Enrique Bochini y Daniel Ricardo Bertoni. El fútbol en estado puro. La inteligencia, la creación en continuado y la explosión. Aquella copa del mundo que se les había negado en el “San Ciro” de Milán, ese par de chiquilines la trajo desde el Olímpico de Roma y ante la “vecchia signora”, la Juventus, en 1973.

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Acerca de esta rica parte de la opulenta historia de los “diablos”, debo admitir que en ese grupo yo depositaba un particular sentimiento: en el muy lejano 1968 y con flamantes veinte abriles, fui durante todo ese año preceptor de un rubio que cumpliría catorce en noviembre y que la descosía en las inferiores de Charcarita: Claudio Marangoni. La vida fue muy distinta para ambos pero, a fines de 1991, con él recien retirado del profesionalismo, ella hizo que nos reencontráramos y durante un semestre compartiéramos un mismo ámbito de trabajo, en el cual hasta me di el lujo de ser muchas veces su compañerojugando “fútbol-8” sobre piso sintético. Está de mas detallar el “robo” que era…

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Pero la saga continuó y no de la mejor manera. Los casi treinta años que se sucedieron a los logros de esta última formación, aun jalonados por algunos títulos como el de 1989, con el “Indio” Solari como conductor, el “Clausura” de 1994 -de la mano del mismo Miguelito Brindisi al que injustamente ahora le ha tocado descender. o el del 2002 -conducido por el “Tolo” Gallego-, no lograron enmascarar la decadencia que, en definitiva, la es del fútbol argentino todo. Los delincuentes se pasean indemnes por los desnudos escalones de una popular o por las alfombras de los palcos V.I.P. Lo único que no han podido atesorar es la sensibilidad de la sufrida multitud que genuinamente abona la gramilla con llanto nacido de sus mismas entrañas. Aquéllas, y los “próceres” del ayer, tejerán una alianza imbatible para edificar sobre las ruinas que la vileza impune les legó

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