NO DEJEN DE LEER A ISABEL HERNÁNDEZ

Escrita por en Libros, Notas

Por Alejandro Duchini

Uno de los mejores libros que leí en 2018 es El esplendor de la derrota, de Isabel Hernández. “Pensaba que los fracasos de un pueblo permanecen encapsulados en su presente y, recorriendo el país mapuche en un jeep de doble tracción, creí respirar el aire de sus viejas derrotas”, escribe al comienzo de esa novela que viaja a una historia de guerra, amor y locura para volver a la actualidad con una mirada sosegada por la distancia del tiempo. Sosiego que bien sabe transmitir la autora.

Hernández nos lleva y nos trae sutilmente. Así que vamos a mediados de 1800. Matilde Callejas Aliaga pertenece a la clase alta y poderosa de Buenos Aires. Sus padres se codean con gente influyente. Entre ellos, el autonombrado rey francés de la patagonia, Orélie Antoine de Tounens. Personaje histórico e inspirador a la vez. Matilde, que podría ser su hija, se enamora y huye con él. Es la rebelde de la familia. Su hermano, Javier, lucha contra los mapuches. Y ella se enrola para combatir con su ahora amado. “Empezaba a entender que elegir era todo un desafío”, le hace decir Hernández a la protagonista, quien se encontrará a sí misma al mirarse al espejo: “Pensé que vivir así, sin que brillaran afeites y en libertad, era justamente lo que desde hacía tiempo estaba buscando”. 

Hernández arma aquel rompecabezas a través de la mirada actual de su alter ego, Mariana Echeverri, abogada de legislación territorial que, en algún punto, se asemeja a Matilde. “Me habían enseñado que los acontecimientos decisivos de la vida de una mujer de mi clase maduran con el tiempo. Me lo habían enseñado en castellano, en griego y en latín, y sin embargo, el Rey francés me amarró vertiginosamente a su destino”, piensa desde la voz de Matilde. Y recuerda Mariana el consejo de otro personaje: “El único, el verdadero acto de violencia, sin ningún sentido para nadie, es concentrarse solamente en el hoy, en el aquí y el ahora, con la ilusión de estar entendiendo lo esencial de la vida. Deja que las cosas viejas y las cosas nuevas penetren en tu vida”.

El esplendor de la derrota cuenta a la vez el derrape de una relación sentimental. Antoine de Tounens, personaje sobre el que la historia en general nunca dejó de hurgar (pueden acercarse apenas con La película del rey, 1986, de Carlos Sorín), amaga ser tan protagonista como Matilde y Mariana. Su locura, que lo llevó a intentar la conquista del sur de Chile y Argentina, convencido de su condición de Rey Francés de La Patagonia y La Araucanía avalado por mapuches locales, es la misma que lo sentenció. Lo que se describe es su decadencia. Se produce un nuevo quiebre en la novela: Matilde observa el estado de un Tounens que también cae físicamente. Luego se encuentra en los brazos de un originario, Rayken. La pasión asoma como señal de cambio. La descripción del primer encuentro sexual entre Rayken y Matilde es genial. Va un ejemplo: “Se acercó y me tocó la cara, los senos, la entrepierna, como descubriendo el don de una extraña dulzura. Mi piel comenzó a reconocer la aspereza de las manos acostumbradas a las riendas y los cuchillos, un temblor de tierra lo agitaba como vértigo y mi cuerpo empezó a entregarse con devoción, sin ataduras”. Las escenas de sexo no son fáciles de describir en la literatura. Suelen estar al borde del ridículo. Pero en este caso Hernández lo hace espectacularmente. Me quedo con algo más: “Junto a Rayken conocí deleites ignorados: la pasión muda, sin palabras, la razón de ser del instinto puro”.

La vida de Tounens es increíble. Su Nueva Francia, como quería llamar al territorio monárquico que quiso fundar entre los ríos chileno Biobío y argentino Negro, el océano Pacífico , el Atlántico y el estrecho de Magallanes, no prosperó. El gobierno francés lo consideró loco y el chileno lo mandó a la cárcel primero y a un manicomio después. Murió el 17 de septiembre de 1878 en París. Nunca dejó de pensar en cómo levantar su propio reino ​del sur.

También Juan Forn se refiere a Tounens, aunque apuntando a Carlos Sorín y La película del rey. Lo hace en su crónica Los grandes relatos y las pequeñas historias, que pueden leer en su libro La tierra elegida. “Todo gran relato refiere, en el fondo, una quimera, una utopía, una épica”, escribe Forn.

No somos de ningún lugar, parece decir Hernández a través de sus personajes que buscan la libertad en caminos por descubrir: la llanura es, a la vez, sinónimo de la soledad. ¿Qué tendrán en común la libertad y la soledad?

“Escribo porque no puedo vivir sin hacerlo. Es mi forma de respirar con cierta tranquilidad”, me dice desde Chile, donde vive, Isabel Hernández, quien se define como “rosarina de pura cepa” e hincha de Rosario Central: “Nací a orillas del Paraná”, me aclaró durante este año en el que mantuvimos una asidua conversación. Gran parte de nuestras charlas giraron en torno de El Esplendor de la derrota.

Me debo para este año la lectura de El tiempo que nos pertenece, que me comentan varios lectores a los que respeto que se trata de una novela tan buena como El esplendor de la derrota. Va como resumen el trailer de El tiempo… Y también la que acaba de publicar y presentar en Chile: El extraño encanto de las impostoras. Son apenas algunos de sus libros publicados. Quienes quieran saber más, pueden ingresar a http://isabelhernandezescritora.blogspot.com/

Yo, de momento, cierro con otra frase suya que marqué durante la lectura de El esplendor de la derrota. “La vida real siempre es un caos, en todos los lugares y en todas las épocas, fluye sin pausa mezclando historias y actores, pero la ficción es diferente. Al escribir yo trataba de poner orden en esa maraña de desatinos. No pretendía recrear la vida de nadie, intentaba ordenar la mía a través de la organización de un relato acotado en un tiempo y en un espacio. Estaba creando apariencias, estaba rectificando errores propios a través de las revelaciones de otras vidas”.