Mundiales

Escrita por en Notas

Nunca un Mundial me pareció tan literario como el del 94, cuando Osvaldo Soriano la rompía escribiendo sobre fútbol desde las contratapas de Página 12. Pero a la vez, ese campeonato de los Estados Unidos fue uno de los más aburridos. La final que Brasil le ganó a Italia fue el resumen perfecto del bodrio. Sin embargo, lo inolvidable de aquello no pasó en la cancha sino afuera. Hablo del doping positivo de Maradona; el eternizado “me cortaron las piernas”. Nadie que haya seguido a la Sele

cción argentina ese año puede olvidar los sentimientos que generó su expulsión del plantel. Porque cuando se supo lo de Diego, el país se convirtió en otro. Pasamos de la euforia a la tristeza en segundos. Los argentinos, al fin de cuentas, estamos acostumbrados a los vaivenes. Siempre nos faltan cinco para el peso. El país levanta y antes de llegar a destino, cualquier vuelo se nos cae o tenemos que hacer un aterrizaje de emergencia. El fútbol es la metáfora que nos pinta.

Osvaldo SorianoPodría resumir mi vida en base a los mundiales. La euforia con el del 78, la decepción con el del 82, la tristeza y la búsqueda de alegría a la vez con el del 86 porque mi vieja empezaba a morirse mientras Argentina daba la vuelta, un amor imposible y de juventud en el de los 90 y así… Pero el del 94 tuvo su lado bueno, también, porque estaba Osvaldo Soriano, les recordaba. Yo compraba Página para leer lo que escribía. Pintaba de cuerpo entero a cada uno de los jugadores elegidos por el Coco Basile. Su forma de ver el fútbol y de escribirlo era única. Y al hacerlo, daba cuenta de cómo somos. Él también se esperanzaba con ese equipo que jugaba lindo y ganaba y encima tenía algo de épico: el regreso de Maradona. Diego había quedado afuera de las Eliminatorias. Estaba metido en mil quilombos y no se vislumbraba un lugar para él en la Selección. Hasta que nos agarró Colombia en la cancha de River y nos metió 5. El desastre nacional fue tremendo. Terminamos jugando un repechaje con Australia a las 3 de la mañana de un domingo y llamando a Diego de urgencia. Salvador, clasificamos con él para Estados Unidos y el equipo resucitó. En el Mundial empezamos con el pie derecho y todo fue bien hasta que una enfermera se llevó a Maradona de la mano al control antidoping y después se supo lo del positivo.
El de aquel invierno era el primer Mundial en el que trabajaba como periodista. Era en un diario que se llamaba Cuarto Poder y dirigía José Pirillo, un tipo que había fundido La Razón unos cuantos años antes. Allí había dejado a los trabajadores en la calle. En ese Cuarto Poder, que tenía la redacción en Moreno y Belgrano, en el barrio de Once, hizo lo mismo. Venía de estar en la cárcel por administración fraudulenta. Primero se atrasó en los pagos, después se acumularon sueldos de deuda y por último nos fue rajando de a poco. Sin un peso, claro. Era un matón que llegaba siempre colgado de su Movicom enorme. Entonces, el celular era un lujo. Todos jóvenes, lo mirábamos con asco. Y seguíamos laburando. Soñábamos con escribir la gran nota, hacernos conocidos, publicar la mejor novela argentina y largarnos a vivir a la montaña. De todo eso, lo único que nos pasó fue que quedamos en la calle. Pero el Mundial lo vivimos trabajando. Teníamos el entusiasmo de los que recién empiezan y un par de televisores en los que veíamos los partidos que después comentábamos como si estuviésemos en la cancha. Dentro de todo, hicimos algo digno. Aquel pasquín nunca tuvo trascendencia, pero a muchos nos sirvió de escuela.

Poco antes que se sepa lo de Maradona una gripe me había dejado de cama. A la noche me llamó Alejandro Ansaldi, uno de mis compañeros y hoy amigo, y me dijo “che, parece que hay un doping positivo y es de Diego”. Yo no lo podía creer. Puse la televisión y en los noticieros no se hablaba de otra cosa. No quise saber nada más y me fui a dormir. Al día siguiente me levanté y salí a la calle, apestado como estaba. Más por lo de Maradona que por el invierno, la gente andaba apagada. Después, Soriano describiría esa misma sensación tan argentina al resumir que nunca había visto tanta tristeza como ese día y el de la muerte de Olmedo. Tenía razón.

El fútbol seguía y había que jugar. Estábamos clasificados pero con la mente en otra parte. Sabíamos que sin Diego la cosa no era la misma. Quedamos afuera. Los once que estaban en la cancha parecían tener menos alma que nosotros. Esa vez perdíamos con cualquiera. En ese caso, Rumania. El Mundial había terminado. Que siguieran Romario, Bebeto y Roberto Baggio era apenas un dato. Nosotros estábamos afuera y era lo único que importaba.

Los mundiales tienen como condición que cuando el equipo de tu país se queda afuera, enseguida todo vuelve a la normalidad. Ya no cuenta eso de que se paraliza la vida y por un mes lo que único que importa es el fútbol. En realidad, lo del mes corre sólo para los de los cuatro equipos que logran llegar más lejos en el tiempo: los finalistas y los que juegan por el tercer y cuarto puesto. Hay que tener mucha suerte para darse el lujo de dedicarse sólo a mirar los partidos de los otros. A lo sumo mirás algunos, pero la cosa pierde bastante interés sin tu Selección.

El día de la final del 94, después de trabajar en aquel diario, me fui a dormir a la casa de mi novia, que vivía sola. El fútbol era lo de menos y mientras cenábamos hablamos de casarnos. El tema salió de la nada; me tomó por sorpresa. Y en vez de atragantarme con la comida, le dimos para adelante y pusimos fecha tentativa para marzo del 95. Pero lo que más recuerdo de ese domingo es que desde entonces me quedé a vivir con ella. Todo se precipitó. No había nada pensado en ese sentido pero decidimos que viviríamos juntos en ese pequeño departamento hasta mudarnos a uno más grande cuando nos casemos. Así, yo dejaba la casa que compartía con mi viejo, en Liniers. Aquel matrimonio terminó muy mal.

Ahora que lo pienso, el fútbol tiene demasiada incidencia en la vida de quienes nos consideramos futboleros. Si a Maradona no lo descubrían, o si no hacía nada de lo dicen que hizo, tal vez la Selección se hubiese envalentando en vez de apichonarse. Rumania habría sido un trámite y aquel Brasil aburrido y esa Italia somnífera no habrían podido con Diego, Canniggia, Redondo y los cigarrillos y las cábalas del Coco. Habríamos sido campeones. ¡Campeones del mundo, carajo! Luis Islas habría pasado a la historia como uno de los mejores arqueros argentinos de todos los tiempos. En el 98 nadie hubiese hablado de Carlos Roa ni de sus principios religiosos. Fernando Redondo habría sido un medio increíble y se habría ahorrado la mala sangre de negarse a jugar cuatro años después bajo las órdenes de Daniel Passarella. Dicho sea de paso, Passarella no habría pasado a la historia por la rinoscopía ni por ordenar el corte de pelo al plantel. Al Burrito Ortega nadie le hubiese impuesto ser el sucesor, en cuestión de horas, del propio Maradona en los Estados Unidos. Campeón, Basile habría seguido como técnico y, quién sabe, Maradona jugaba un Mundial más y eclipsada a Ronaldo en Francia. Tendríamos entonces tres títulos mundiales. Ortega, además, no le hubiese dado aquel inolvidable cabezazo al arquero holandés Van der Sar cuatro años después. La figura de Claudio Caniggia sería más importante todavía y Mariana Nannis podría haber llegado al “desnudo cuidado” en la tapa de Playboy. Una Susana Giménez botinera.Grecia maradona mundial 94

Por mi parte, hubiese visto las cosas de otra manera. En vez de aquella final soporífera entre Brasil e Italia habría celebrado el triunfo argentino. Hubiese trabajado todo el domingo. Después de la final y de las fotos de Diego levantando la tercera Copa del Mundo mi viejo y yo tendríamos la excusa para ir a cenar y hablar de fútbol, como solíamos hacer cada vez que se jugaba un partido importante. A él lo habría visto medianamente feliz, algo que no le pasaba desde hacía tiempo. El lunes nos encontraría, ya de madrugada, dándole y dándole al tema de la pelota en algún bar del centro, donde solíamos juntarnos para hablar de todo. Me habría sentido cómodo con él, en vez de aguantar su permanente tristeza y su intención de –todavía- querer arreglar mi vida. No hubiese ido a dormir a la casa de mi novia. Por lo tanto, no habríamos conversado de convivencia ni de casamiento. Hay temas que son un estado de ánimo. Feliz con el triunfo argentino, habría visto las cosas de otra manera y ni hablaría de algo así. Estaría mucho más ocupado escribiendo sobre fútbol. La Selección sería todo mi interés. Es más; pasaría unas cuantas noches sin ir a dormir a su casa. Y tal vez me acusaría de abandonarla y dejaría de hablarme durante unos días, como hacía cuando se enojaba. En tanto, yo seguiría escribiendo sobre fútbol. Sobre el regreso triunfal a Ezeiza de la Selección. Sobre otro renacimiento de Diego Maradona, quien a esas alturas ya sería prócer entre próceres. El bronce sonaría a poco. Carlos Menem lo abrazaría en el balcón de la Casa Rosada. Los dos, felices. El país, ni te cuento. Vaya uno a saber con qué cábala se asomaría ante la multitud el Coco Basile.

Pero nada de eso pasó. Por el contrario, mi viejo vio la final en su casa sin sospechar que me convertiría en un visitante. Yo trabajé en el diario sin saber que unas horas después me quedaría a vivir con mi novia y que además hablaríamos de casamiento. En tanto, los argentinos seguíamos dolidos por lo de Diego y acusando a la FIFA de todos nuestros males. Buscamos en Passarella el orden que faltaba en el equipo y, otra vez, pedimos la renuncia de Julio Grondona. Aplaudimos a una Selección renovada con pibes como Gustavo López y Ariel Ortega, entre otros. Unos pocos años después Soriano se moriría, pero en ese invierno del 94 escribiría aquellas crónicas futboleras geniales. Pirillo cerraría el diario meses más tarde. Y yo ¡qué boludo! me casaba al año siguiente.

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