Morbo para todos

Escrita por en Notas

Seguramente desde mi inocencia, me pregunto por qué cada vez son más quienes ponen por encima de sus alegrías, las tristezas ajenas para sentirse mejores. ¿Mejores qué?, me pregunto. Un ejemplo sólido de este gozo a partir de las miserias de otros lo regala, una vez más, nuestro querido y destrozado fútbol doméstico. El deporte más lindo del mundo, practicado en uno de los mejores lugares del planeta, día a día expulsa morbo en cantidades infinitas desde los hinchas de la mayoría de los equipos.

La idea, que se repite y escucho al paso en cada rincón de mi vida cotidiana, es la siguiente: ojalá que pierda tal o cual equipo y que se vaya al descenso o, por lo menos, que juegue la promoción y, si se salva, que sea en el último minuto. Algo así como fue la definición de película que tuvo la promo entre Chicago y Chacarita, en la que unos y otros sufrieron hasta quedar al borde del infarto o de un mortífero ACV. Eso es lo que le gustaría ver a la mayoría, siempre y cuando no se trata del equipo de sus amores, claro.

La premisa es, sencillamente, que el otro sufra. Y que sufra mucho, que llore si es posible, que se desangre hasta el último minuto, que quede maltrecho. Porque de esa manera me voy a sentir mejor yo, mejor persona, mejor equipo el mío, mejor hinchada la mía, mejor que todos, mejor de los mejores.

River pareció marcar el camino hace ya más de un año en ese sentido, cuando perdió la categoría y le dio pasta a las fieras boquenses, en una situación imaginable y esperada, pero que tuvo correlato en simpatizantes de otros cuadros, quienes también celebraron como un logro propio la caída del gigante. Y en esta temporada el que levantó la ilusión de los maldicientes fue San Lorenzo, equipo que penó hasta el último minuto de la Promoción frente a Instituto tratando de salvarse.

La situación, esa del goce por un resultado adverso del contrario –y ya no tanto de la celebración por la cosecha positiva del propio-, parece inocente, casi normal y cotidiana. Pero, ¿no encerrará escondida cierta maldad que puede salir a la luz en cualquier otro momento de la vida de ese deseante de amarguras ajenas? ¿No hablará, en definitiva, de cómo somos? Ojalá que no.

Alejandro Ansaldi

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