MONZÓN

Escrita por en Libros, Notas

Por Alejandro Duchini

 

“La anécdota de verano que más recuerdo en mi vida es aquella que también recuerdan muchos por haberla contado tantas veces. Fue aquella que sucedió en Mar del Plata, cuando me escapé en el baúl de un auto ante la llegada de ‘El hombre’ a la casa de Susana. Fue el verano con más estrés que viví, pero también el que a la distancia recuerdo con más simpatía. Hacía rato que venía pasando las noches ahí, en la casa de Susana. Era una casa muy grande y allí trabajaba mi amigo Adrián, albañil, y mi gran salvador. Un día, mi amigo estaba en el patio cuando vio que llegaba el auto de ‘El hombre’, en aquel entonces, pareja de Susana. Vio que hacía luces en la puerta de entrada. Entonces, Adrián subió corriendo al primer piso para avisarme y sacarme de los pelos de la casa. Con susto, nos tiramos por una de las ventanas de atrás, caímos en las cajas de los tubos de gas y de ahí al suelo sin más escalas. Adrián me metió en el baúl de mi auto y él se subió a conducirlo. ‘Adónde vas con ese auto?’, le preguntó ‘El hombre’. ‘Me lo prestó un amigo’, atinó a decir Adrián, mientras yo me moría de calor y de claustrofobia en el baúl. En la esquina paramos y del miedo salimos corriendo hasta la calle Santa Fe, dejando el auto en una esquina. Me gusta mucho contar esta anécdota porque me remonta a aquella Mar del Plata de la temporada 79-80”. La anécdota se la contó Cacho Castaña al diario La Nación y la cita el periodista Carlos Irusta en su gran Monzón – la biografía definitiva, que por estos días publicó la editorial Planeta a través de la revista Un caño.

Irusta recuerda la relación entre Carlos Monzón y Susana Giménez. Entonces, Monzón ya era una celebridad que iba más allá del boxeo. La farándula se volvió su hábitat natural. Alain Delón, Jacqueline Bisset (el amor imposible de mi viejo), los mejores trajes del mundo, los hoteles con la mayor cantidad de estrellas posibles. Monzón ya es El macho. Tiene fama de semental. Y dinero en el banco. Propiedades. Atrás queda el Monzón sobre el que habla Irusta en las primeras páginas, el que creció en la pobreza extrema en Santa Fe: “Se tuvo que hacer respetar en base a sus puños. Y la vida lo fue marcando. Un comisario le hizo meter las manos en agua hirviendo, porque fue acusado de haber robado el puchero de una vecina. O la muerte de su hermanito, Edgardo, su preferido. ‘Mi mamá lo llevó al Hospital de Niños -recordó en su libro Mi verdadera vida-, y lo tuvo en brazos como cuatro horas hasta que lo atendieron. El pibe se derretía de fiebre. Nadie aparecía para revisarlo, a lo mejor porque éramos de piel oscura, de Barranquitas. Digo con pena y bronca que lo dejaron morir en el Hospital de Niños de Santa Fe. Y ese era un motivo para que yo tuviera ganas de pegarle a cualquiera que pasara a mi lado”.

Monzón, quien murió trágicamente el 8 de enero de 1995, mientras conducía un auto en Santa Fe para regresar a la cárcel, en la que cumplía libertad con salidas transitorias por la muerte de su pareja, Alicia Muñiz, es elegido en encuestas entre los mejores deportistas de la historia argentina. Maradona, Vilas, Fangio, Ginóbili y De Vicenzo ocupan los otros lugares. Los históricos se niegan todavía a subir a ese grupo a Messi. Sin embargo, cuenta Irusta, nunca tuvo en el Luna Park la convocatoria de otros colegas, como Ringo Bonavena, con el que compartía cenas y viajes pero siempre con un halo de tensión. Hay partes del libro que llevan a la sonrisa. Como las que cuentan acerca de las cargadas de Ringo a Monzón. Una de ellas estuvo a punto de terminar en una pelea en un restaurante. Y si Monzón está entre los mejores del deporte, Irusta está entre los mejores del periodismo especializado en boxeo. Sin dudas. Es más, sus conocimientos no sólo pasan por lo estadístico, sino también por su experiencia como testigo de las peleas de primer nivel. Y en el caso de Monzón, van por el recuerdo de su relación. Lo entrevistó varias veces para El Gráfico y cubrió sus entrenamientos. Pero nunca fueron amigos. Monzón, cuenta, era terco. En ese sentido, hay una entrevista genial de Rodolfo Braceli en la que lo describe de manera formidable.

Irusta, divide el relato dos partes. La primera, la que tiene que ver con lo deportivo. Su ascenso, su momento de gloria. La segunda, a partir de la filmación de La Mary, la película que protagonizó junto a Susana Giménez y que fue el punto de partida para una relación que combinó sexo y violencia. Hay más mujeres. Y otro punto álgido: el del verano del 88, cuando en Mar del Plata mató  su ex pareja Alicia Muñiz y fue condenado a prisión. Por esos tiempos moriría su amigo Alberto Olmedo, en la misma ciudad y también de forma trágica.

La cárcel, cuenta Irusta, lo cambia. Lo vuelve más sumiso. Ya no es quien da las órdenes; ahora los guardiacárceles la marcan la cancha. Las páginas que el autor dedica a su muerte son imperdibles. No sólo porque dejan en claro cuántas paradojas hay en la vida. Ni porque ratifican ese morboso y vendedor destino de los boxeadores: nacer pobres, hacerse ricos y terminar en la ruina. Son imperdibles porque Irusta utiliza las palabras justas para contar una vida. Porque Irusta nos deja, como lectores, con más preguntas que respuestas. Y, sobre todo, porque retrata un país que vivió al ritmo de un chico pobre, morochito y del interior; alguien que creció, trascendió fronteras, llegó a la cima y se estrelló contra su destino.

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