MIS HÉROES DE NAVIDAD

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Estamos en los últimos días de 1983. Independiente tiene a Ricardo Bochini, Enzo Trossero, Claudio Marangoni y Ricardo Giusti. Juega fenómeno y será el campeón del Metropolitano de ese año. Para colmo, en ese mismo torneo Racing se va a la B. “Cosa maravillosa, cosa de no creer, el Rojo campeón del Metro y Racing se va a la B”, se burlan los hinchas desde la repleta Doble Visera. Pero hay otro colmo: Racing había descendido una fecha antes, perdiendo con Racing de Córdoba, y su partido siguiente es fatalmente con Independiente, que le gana 2 a 0 y da la vuelta olímpica mientras los otros padecen lo peor que se pueda padecer en el fútbol. Deberán esperar casi 30 años para tomarse revancha en la cargada. De esa tarde no me olvido la cancha colmada por hinchas rojos y unos pocos de Racing a los que admiraba porque hacían el aguante ahí, donde tenían casi todo para perder. La única que les quedaba era que aquel equipo arruinado hasta en lo económico diese el batacazo, gane y el campeón fuese San Lorenzo o Ferro, los otros que estaban en la pelea.

Tengo 12 o 13 años. Recuerdo el estado de alegría que había estallado socialmente: Raúl Alfonsín acababa de ganar las elecciones que ponían fin a la dictadura asesina. El 10 de diciembre había asumido. En las radios sonaban bandas de rock increíbles. Serú Girán acababa de despedirse y se escuchaba su disco en vivo ; aparecían Virus, Los abuelos de la nada, GIT, Soda Stéreo, Miguel Mateos – Zas; Charly García y el Flaco Spinetta la rompían como solistas, Juan Carlos Baglietto era un rockero más y asomaba Fito Páez. También estaba Alejandro Lerner. Mis juguetes preferidos eran los muñecos Top Toys de Star Wars y mi nuevo personaje televisivo era He-Man, estrenado en el renovado y democrático Canal 9. Y el 22 de diciembre los hinchas de Independiente celebrábamos, por fin, un campeonato después de quedarnos con las ganas en los dos anteriores, que se llevó el Estudiantes de La Plata armado por Carlos Bilardo. Uno por un gol y otro por un punto.

Así que en aquel primer diciembre democrático de mi vida podíamos respirar tranquilos después de sufrir el acoso del San Lorenzo recién ascendido, que jugaba bárbaro, llenaba las canchas y quedó con 47 puntos, a sólo uno de nosotros.

¡Éramos campeones! Dos días después se celebraba la Navidad. En la mesa con mi papá no hablábamos de otra cosa que del 2 a 0 a Racing con goles de Giusti y Trossero que habíamos visto en la cancha. En esos tiempos teníamos abono a platea y no nos perdíamos ni un partido. Nos acompañaba Antonio, mi padrino, a quien siempre consideré mi segundo padre. El año siguiente nos esperaban noches de Copa Libertadores, que la ganaríamos, y para fines del 84, la Intercontinental ante el Liverpool inglés. ¡Cómo no iban a ser mis héroes aquellos 11 tipos liderados por Bochini que, además, nos vengaban de los ingleses después de la Guerra de Malvinas!

Amaba a Bochini. A Trossero, el Gran Capitán del Rojo. También a Pastoriza, el técnico que había vuelto para reemplazar a Nito Veiga, un fenómeno que al frente del equipo logró dos subcampeonatos y se tuvo que ir, dejando el equipo armado. Y Burruchaga, un pibe humilde, salido de inferiores, que jugaba en cualquier puesto y la rompía. Y Hugo Villaverde, que paraba a los rivales y no hablaba con la prensa. Asomaba Percudani, que un año después le haría el gol de la victoria al Liverpool, en Japón, y se llevaría una llave gigante y simbólica para quedarse con un coche que se repartiría con el plantel.

Así que a horas de aquella Navidad mi viejo salió a comprar El Gráfico en cuya tapa estaban Trossero y Giusti. Unos días después compraría también El Gráfico Especial Independiente Campeón. Conservo los dos ejemplares.

A la salida de la cancha, después del 2 a 0 a Racing, mi papá manejaba el Torino por Avellaneda cuando se quedó. Atrás venía un micro lleno de hinchas que se bajaron a empujarnos. La buena onda se notaba hasta en esos detalles. El coche arrancó y fuimos a buscar a mi mamá y a mi hermana para volver a casa. En el camino a Liniers, por Rivadavia, yo iba feliz en el asiento trasero con una bandera de Independiente que me había hecho mi mamá porque comprar la tela y hacerla era más barato que comprar una en la cancha. “Además, esta tela es mejor” se justificaban mis viejos para no pagar la otra, que a mí me gustaba porque tenía el escudo original. La de mi vieja, en cambio, era roja con el C.A.I. en tela blanca. Muy artesanal para lo que yo quería. Cuando llegamos a la altura de Rivadavia y la avenida La Plata el tránsito estaba parado. Era de noche y yo llevaba la bandera colgada sobre la ventanilla trasera, del lado izquierdo. Cuando nos dimos cuenta de que la demora se debía a que los hinchas de San Lorenzo habían cortado el tránsito para celebrar el subcampeonato ya era tarde. Vieron mi bandera y se vinieron lento hacia nosotros. Pocas veces tuve tanto miedo como esa vez en la que aquellos tipos se acercaban. No sé qué les pasó por la cabeza a mis padres ni a mi hermana. No lo sé como tampoco puedo saber qué me pasó a mí. Quedé como abstraído, en trance. Como un budista urgente. Hasta que escuché que alguien decía “dejálos que hay pibes”. Y con un flaco de mi edad que llevaba una camiseta de San Lorenzo nos miramos fijo. Él, desafiante, como esperando el menor gesto en mi rostro pálido para atacarme y quitarme la bandera. Yo lo miraba sin saber que me iba a acordar de él para siempre. Que durante noches y días su cara me amenazaría desde el fondo de mis miedos.

Un rato después yo ensayaría una respuesta valiente desde que sabía que aquello había pasado y habíamos vuelto a mi casa, en Liniers, vivos y sanos para celebrar la Navidad unos días después. En esa respuesta le decía, con mi mejor cara de Rambo y mientras flameaba mi bandera en la feliz noche porteña: “Sí, sí, señores, yo soy del Rojo, porque este año, de Avellaneda, de Avellaneda, salió el nuevo campeón”.