MI NOCHE CON LOS JONAS BROTHERS

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Por Alejandro Duchini.

Hay un momento, un segundo, un hecho determinado o un pensamiento -un instante de conciencia-, en el que una persona se da cuenta de que ya no es eterna. Que la eternidad no es tal y lo que le sigue se llama vejez. Recuerdo cuándo y dónde me di cuenta de eso. Fue el 21 de mayo de 2009 en la cancha de River. A mi alrededor, miles de adolescentes saltaban y gritaban -como desaforadas- cada canción del grupo norteamericano Jonas Brothers. Una de esas desaforadas estaba sobre mis hombros. Esa noche tenía 8 años -casi 9-: se llama Ludmila y es mi hija. Hasta poco antes escuchaba a Piñón Fijo, cuyos cds y muñecos duermen el sueño eterno en la baulera de su casa. Ahora, desde hace un buen tiempo, su música es otra. Es el rock para adolescentes incipientes. En un segundo, al hacer un movimiento leve para mirarla aplaudir, tan chica y feliz en ese mundo de recitales que ella vivía por primera vez, sentí un crrrrraaaack en el cuello y quedé duro. El dolor fue como una puntada que lentamente bajó hasta el final de la espalda y me dejó torcido. Disimulé cómo pude. Fui moviendo el cuello hacia adelante mientras acomodaba la espalda, lo más derecho posible, y unos segundos después, al notar que el dolor no se iba, empecé a preocuparme.

“Ya estoy grande”, pensé. Ahí fue que tomé conciencia de que no era eterno. Entendí que a mis movimientos les faltaban la agilidad de otros tiempos y que los dolores iban más allá del Ibupirac 600. Comprendí por qué desde hacía unos meses amagaba con dejar de jugar al fútbol cinco con mis amigos y que mi retiro era inexorable. Que tendría que empezar a correr en la plaza, si es que me aguantaban las rodillas; o que, en el peor de los casos, saldría a caminar por la plaza del barrio, al menos para hacer algún ejercicio, junto con los jubilados. No quería terminar como mi abuelo Gorio, que respiraba con dificultad de tan gordo y sedentario. Supe que mi destino podría tener otra alternativa en el ciclismo: sí, esa noche decidí que me compraría una bicicleta. Fija.

“Me llegó la vejez, no más”, me dije. Y recé para que el recital, que ya llevaba cerca de una hora y media, no terminara en ese momento, así no tenía que moverme para que Ludmila se bajara. “Un tema más, sólo un tema más”, pedía por dentro, seguro de que el dolor se me iría pronto. Tan concentrado estaba en mi cuerpo que dejé de escuchar la música y los gritos. Lo que ocurría alrededor había dejado de existir. Como pude metí una mano en el bolsillo y me tragué sin agua una pastilla de Ibuprofeno.

Por suerte, unas canciones después el cuerpo no me dolía y los gritos adolescentes se me habían vuelto torturadores de nuevo. Hubo bises, Jonas Brothers terminó su recital, encendieron las luces, Ludmila se bajó de mis hombros y emprendimos la retirada en medio de la multitud. Felices ambos. Yo, como padre divorciado que la había llevado a su primer recital; ella porque había visto a su grupo preferido.

Ese día había empezado muy temprano: me levanté a las 5 de la mañana porque a las 6 tenía que entrar a Infobae.com. A las 14 empecé a manejar hacia Rojas, el pueblo donde Ludmila y mi otro hijo, Santiago, viven con la madre. Son 250 kilómetros que, con una parada para almorzar, habría hecho para las 17. Sabía que contaba con el tiempo justo porque el recital estaba anunciado para las 21, pero la idea era llegar antes porque también cantaba su otra ídola, Demi Lovato, y además había que cruzar medio Buenos Aires en una hora complicada para el tránsito.

El viaje de ida lo hice escuchando Marley, Pearl Jam, Lou Reed y los Stones y el de vuelta fue con Demi Lovato, Selena Gómez, Jonas Brothers y… ¡Miley Cyrus! Mi hija trajo todos sus cds. Llegó un momento en el que no sabía si quería llegar por el cansancio o para dejar de escuchar esa música. Pero lo que siguió al llegar a River no fue distinto. Cansado, nos metimos en la multitud de adolescentes eufóricas y padres con cara de “qué hago acá”. Atravesamos la popular y nos acomodamos en el campo entre codazos y empujones femeninos y gritos de “hay bandera, gorro y vincha”. Lejos, y empequeñecida por la distancia, Lovato se despedía de su público argentino y unas pantallas a cada lado del escenario me tranquilizaban porque al menos mi hija podría ver a su grupo. Que llegó pronto: se apagaron las luces, las chicas gritaron y Ludmila, para ver algo, se trepó a mis hombros como Tarzán a los árboles en la selva. Ahí estaban, con camiseta de Argentina puesta, los héroes de mi hija. Se escuchaban más los gritos que sus canciones. De las 48 mil personas que habían ido esa noche, 40 mil eran chicas que lloraban y gritaban de la emoción. Escuchar, no escuchaba nadie. Todo era euforia: te amo, te adoro y cosas así mientras aullaban el nombre de cada uno de los integrantes del grupo. El tiempo se me fue en esa observación y en mi hija, a la que miraba aplaudir con esa timidez tan propia de aquel que está maravillado. Me hubiese quedado eternamente viéndola así.

Me acordé de aquella tarde de diciembre de 2002 en la que Independiente fue campeón después de ganarle en la última fecha a San Lorenzo, en el Nuevo Gasómetro. Cuando volví a mi casa, alegre por el título, ella me esperaba envuelta en una bandera del Rojo y con una sonrisa que nunca, nunca, voy a olvidar. Tenía dos años, una edad en la que, obviamente, no entendía nada de fútbol. Igual que yo esa noche, en River, que desconocía a los Jonas Brothers. Pero en casos así, lo que vale es la alegría del otro.

Cuando terminó el recital y las adolescentes ya habían llorado todo lo que se podía llorar y se habían emocionado hasta quedarse sin voz, cuando logramos salir del estadio y volver al auto, por mi parte sin dolores de cuello ni de espalda, aunque consciente de haber perdido la eternidad, partimos hacia mi departamento. En el camino pasamos por un McDonalds. A Ludmila le encantaba la comida de ahí, por lo que cada vez que venía a Buenos Aires la llevaba.

Así que esa noche me bastaba con girar la cabeza, verla tan en su mundo, con una vincha de su banda preferida, para no sentir ya el cansancio por el madrugón ni por los 500 kilómetros de ruta. Me moría de ganas de tirarme a dormir pero a la vez quería que ese día no tuviese final. Hubiera dado cualquier cosa por despejar de mi cabeza la tristeza anticipada de saber que unas horas después tendría que llevarla de nuevo a la casa de su madre. Que nos volverían a separar, además de los 250 kilómetros, los quince días del régimen de visitas.

Me acuerdo de esa noche de música porque en estas horas Ludmila cumple 16 años. Lejos está de aquella chica de primeros recitales. De ayer a hoy, los Jonas Brothers se separaron, me enamoré, ella celebró sus 15, tuve otra hija, Santiago se me hizo de Boca y yo, en ese McDonalds, viéndola extasiada por su primer recital mientras comía su hamburguesa, fui feliz.

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