Mi amigo, el periodista

Escrita por en Columnistas

Me encantaría poder afirmar ahora que lo supe desde siempre, que nunca pensé en dedicarme a otra cosa, que toda mi familia y mis amigos estaban seguros de que mi destino era éste.

Pero no, no es así.

Como Dolina, soné (sueño) con mil “oficios”: astronauta (mi mamá afirma todavía hoy que no me despegué ni un instante del televisor el 20 de julio de 1969, viendo a Neil Armstrong descender en la luna –o sobre lo que haya bajado ese muchacho-); bombero (a cuatro cuadras de mi casa en Villa Sarmiento había un destacamento); campeón mundial welter, 9 de Vélez, a veces 10; aviador, ingeniero, campeón de automovilismo, físico, guitarrista, guionista de cine.

Algunas de esas “vocaciones” se me fueron complicando, o no llegué.

Intenté el destino de los aviones y me quedé en técnico aeronáutico. Imaginé que se iba a poner cuesta arriba el pilotaje de un avión caza si todavía me dura el mareo de un vuelito movido en un Cessna 182 sobre Luján.

Mis amigos me aconsejaron dejar de buscar la corona de los welters luego de perder, claramente, en un recreo de 6° grado contra el Flaco Alfano.

Tuve una segunda oportunidad, esta vez en el Centro Lucense de Buenos Aires un domingo de verano. Un par de pibes me estuvieron hostigando buena parte de la tarde. Devastado llegué a la mesita de camping de mis viejos y les conté. Mi papá me tomó del hombro y juntos nos fuimos a buscar a los agresores. Cuando encontramos al cabecilla, el viejo le espetó “¿Por qué no le pegás ahora?”. El vaguito aquel hizo un gesto indescifrable y le hizo caso, me pegó de vuelta.

Mucho mas adelante, la Ingeniería me aburrió, no lograba desafiarme. Realmente, lo único que recuerdo de ese único año (pero completo, eh) eran los panchos que me clavaba en el kiosco todos los recreos.

En el automovilismo, no pasé de ayudante esporádico en una peña que preparaba un Chevy de Stock Car. No me dejaban subir, pero lo podía lavar todas las veces que quisiera. Un fin de año, tal vez uno de los últimos que pasé con todos mis primos y los esposos de mis primas, fuimos a una pista de karting de San Justo. Todos pasábamos largamente los 30. Quedaba un kart vacante y los encargados se lo dieron a un nene de unos… nueve años.

Cuando me sacó dos vueltas por tercera vez en la misma noche concluí, no sin dolor, que era tiempo de migrar otra vez.

La prueba de Vélez tarda en llegar. Si bien algo de fútbol actual juega a favor (casi todos los jugadores usan la camiseta fuera del pantalón y eso ayuda a disimular la panza) ya estoy grande hasta para técnico.

En la Facultad de Ciencias Exactas no me van a extrañar, ya que en cuatro años de esfuerzo debo haber metido tres finales.

La guitarra ya fue, ni siquiera llegué a tocar en los cumpleaños. Estoy fuera de tempo hasta para aplaudir.

Quise estudiar guion en el Instituto de Cinematografía pero no logré estar entre los seleccionados para la beca. Tras algunos intentos empresariales con poca estrella, veo publicado en algún lado el plan de estudios de Periodismo en Morón. Me gustó eso, más que la carrera me atraían algunas materias. Sobre todo, un par de talleres de guion.

En la universidad me encontré con un grupo de gente muy especial. Hoy, varios de ellos son amigos muy queridos. A los interminables cafés en Job, un bar de Machado y Cabildo (donde laburaba Lucio –el mozo al que nunca, nunca le dimos propina) van a pasar tres vidas y los voy a seguir recordando. En las cursadas, no muy interesantes en general, encontré dos profesores que me marcaron: Alberto Catena y Mario Berardi. Mario no es periodista, es realizador audiovisual, pero en sus clases logré engancharme mucho con las posibilidades de la tele. En esa época era algo “apocalíptico”, hoy soy un fanático de las sitcoms.

Alberto es el modelo de periodista que me gustaría ser. Gran escritor, cultura vasta, una de esas personas que al hablar un rato te generan la sensación de que conocen todos los códigos de esta ciudad. Un gran ejecutante del oficio: un redactor que puede trabajar en una revista de lírica, en una publicación de interés general de escaso vuelo, o sacarle jugo a una entrevista con un artista sin muchas luces.

Mario maneja bien algo que para mí está en la esencia de este trabajo. La otra mirada, la búsqueda de lo que está en segundo plano. Aquello que la mayoría de la gente no ve aún al pasarle al lado. Con eso, con ese material de segunda selección él construye.

Como lector y escucha, luego, me fueron ganando el corazón varios maestros: Osvaldo Soriano, Rolando Hanglin, Hugo Paredero, Abrevaya, Polo. Sé que son distintos, pero tienen algo en común: hacen buen periodismo de costumbres. Pintan su aldea. No necesitan una exclusiva con el ministro, pueden hablar profundamente de economía contando cómo es la verdulería del barrio. No van por las celebridades que ganan las tapas de las revistas, prefieren el material de los cómicos de las despedidas de soltero.

Hablan desde la gente, porque la respetan y la conocen bien, porque son de esos barrios.
Obviamente, después admiré el trabajo de muchos más y conocí otros géneros, como el periodismo cívico, pero esos primeros estímulos fueron decisivos.

El periodismo es una de las pocas profesiones que permite trabajar con todos los repertorios. Tal vez no vayas a la luna, pero podés entrevistar a Amstrong. O en una línea, como en la película Apolo 13, dejar todo dicho poniendo en boca de unos de los astronautas que mira la tierra por la ventana del módulo: “Ninguno de los chicos de mi escuela salió del vecindario”.

Además, para ejercerlo, la panza no es ningún inconveniente.

Sigo pensando que vale la pena el intento. Feliz día.

Por Alejandro Perandones

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