MATEN AL RUGBIER

Escrita por en Destacadas, Libros

Por Alejandro Duchini

Es el 20 de diciembre de 2006. El juez Julio Reboredo le toma declaración a Miguel Etchecolatz, uno de los asesinos más asesinos de la historia argentina. En la sala se juega parte de lo más sangriento de nuestro país. En el ex policía se resume el terrorismo de Estado de los 70. Soberbio, imperturbable. Jamás arrepentido. Ese es Etchecolatz, que desafía a Reboredo. Su verborragia causa impotencia. La gente se impacienta. Reboredo le retruca con clase. Lo deja chiquito.

La escena pertenece al libro Maten al rugbier (Sudamericana) y está perfectamente contada por su autor, Claudio Gómez. Son en total casi 250 páginas de periodismo puro. Se cuenta la vida y la desaparición de los 20 jugadores del La Plata Rugby Club durante los años de plomo. Son Hernán Rocca, Pablo del Rivero, Hugo Lavalle, Abigail Attademo, Eduardo Navajas Jáuregui, Abel Vigo, Eduardo Merbilhaá, Marcelo Bettini, Alfredo Reboredo, Mario Mercader, Jorge Moura, Rodolfo Axat, Luis Munitis, Alejandro García Martegani, Pablo Balut, Otilio Pascua, Santiago Sánchez Viamonte, Enrique Sierra, Mariano Montequín y Julio Alvarez. Hay testimonios valiosísimos. El autor entrevistó a sus familiares, amigos y otros testigos. También aparecen sobrevivientes.

Cada historia es durísima, pero necesaria para conocer. Maten al rugbier provoca un viaje a esos hechos. Gómez los relata magistralmente. Tras una introducción genial invita a una lectura comprometida. Porque se nota que él se compromete. Eso es lo que transmite. Su pasión por el relato y el detalle se contagia. Es como que Gómez se tira de cabeza a la historia como en su momento Charly se tiró de un noveno piso a una pileta de hotel. Simplemente lo hizo.

El libro se lee de un tirón. En sus páginas se conocerán casos nuevos y se releerá sobre otros. El de la familia Moura es uno de ellos. Vinculados al grupo Virus, que tuvo su apogeo en los años 80, se hará hincapié en la suerte de Jorge, hermano de los rockeros Federico y Marcelo. En este capítulo se cruza una madre que sufrió la muerte de dos hijos. “Jorge desapareció por la militancia en 1977 y Federido por el sida en 1988”, recuerda Gómez.

La mujer se llama Velia Oliva, tiene 86 años y ahora vive en Barrio Norte, donde recibió a Gómez. “Usted pregunte, yo le cuenta”, le dice ella. Entonces sucede la entrevista. El autor no deja de inmiscuirse, de contar lo que pasó por su cabeza y corazón cuando hablaban. El método, tan efectivo y solidario, se repetirá en cada uno de los casos. En este capítulo el final es contundente: “Perder a un hijo es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Yo perdí a dos. Tengo ochenta y seis años y todos los días me pregunto por qué quiero seguir viviendo”, le dice ella.

En el desfile de personajes sobran torturadores y buchones, entregadores. Traición. Se hace habitual la descripción de agentes ingresando a los departamentos para saquear, pegar y amedrentar. También para matar. Y secuestrar. Suelen aparecer niños. Muchos de ellos pueden hoy recordar ante Gómez lo que vieron o, en otros casos, hablar en base al rompecabezas que pudieron armar.

Duele el capítulo de Mario Mercader. Dejó hijas. Recuerda Gómez: “Monona -la abuela anarquista- también recorrió regimientos, iglesias y juzgados. Fue parte desde el inicio de Madres de Plaza de Mayo y años después dejó su testimonio ante la Conadep. Participó de marchas, movilizaciones y reclamos. Cuando salía de su casa llevaba bolitas en los bolsillos para tirarles a los caballos por si la reprimían. De las dos abuelas, Monona fue la que llevaba a María y Ana Laura a los recitales de Mercedes Sosa y Silvio Rodríguez, y la que para dormir les cantaba canciones anarquistas de la guerra civil española. Era también la abuela que mandaba a Ana Laura a hacer los mandados y se quedaba mirándola en la puerta de su casa. Hasta que un día la nena, sorprendida por ese control excesivo, le preguntó por qué. Y ella le contestó: ‘me gusta mirarte porque caminás igual que tu papá’”.

Ana Laura es la misma joven que recuperó una camisa de su madre. Treinta y cinco años después.

Hay otros testimonios o casos durísimos. Está aquel hijo que sobrevive al pasado a través de los poemas, está aquella madre que siguió pagando la cuota social del club al que iba su hijo y aquel que se salvó de ser “chupado” porque se fue a ver un partido de Independiente. “Ana Demarchi, la madre de Rodolfo Axat, no se resignó. Aún después de aquel 12 de abril de 1977, cuando se lo llevaron del departamento de la calle 9, le siguió pagando la cuota social del LPRC. Todos los meses el cobrador tocaba el timbre y ella lo atendía, después tomaba el carné, sacaba el cartoncito vencido y ponía el nuevo. Hasta que falleció en 2002, Ana Demarchi pagó la cuota de su hijo Rodolfo. Fueron veinticinco años de espera, veinticinco años de resistencia, veinticinco años de madre”.

Gómez, que cuenta que se inmiscuyó en este tema puntual a través de una nota periodística que hizo años atrás, encontró más casos que los iniciales. Lo logró gracias a su perseverancia, intuición y pasión. A eso referirá en el breve capítulo 16, en el que describe qué pasó por su cabeza al momento de empezar este libro. Pero unas pocas páginas antes meterá aún más el dedo en la llaga al ampliar la lista de rugbiers desaparecidos. Contará entonces los casos del Club Universitario, Los Tilos y San Luis. Once más. Todos vinculados a la Universidad Nacional de La Plata.

Para recordar, para conocer o para sentir. Para eso sirve este libro. También, para decir “nunca más”.

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