MARTÍN KOHAN, EL ESCRITOR BOSTERO

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

Autor de libros buenísimos y fanático de Boca, dispara contra River con munición demasiado gruesa en la entrevista que le hice para la edición de este mes de El Gráfico. A continuación, va una parte de la charla que se titula con una declaración suya: “Boca es grande: nunca va a descender”.

“No soy de los que pensaban que sería bueno que le ganara a Barcelona en la final del Mundial de Clubes. Por mí, hubiera perdido 19 a 0.
-¿Tenés amigos “millonarios”?
-Si. Uno. Lo veo imperfecto, pero la amistad tiene esas cosas: mi amigo tiene una falla constitutiva. Pero como lo quiero y es mi amigo, convivo con eso. La prueba del afecto que le tengo es que cuando descendieron no le dije nada. Ahí confirmé cuánto lo quería. Pero no fue por consuelo. ¡Qué desciendan! Se lo merecían por petulantes, prepotentes, por acostumbrarse a entongarse y ser favorecidos, por habituarse a los privilegios, a las ventajas y al poder. El del descenso es un daño irreparable. No sólo por haber descendido en sí, sino por esa autoimagen del poderoso. ¡Te te fuiste a la B! Perdiste con Boca… Unidos.
-¡Estás con todo!
-Es que el imaginario de grandeza de River se construye con materiales muy miserables, de opulencia, prepotencia, poder. Esa falla, esa caída, no es como el descenso de Racing, Independiente o San Lorenzo. Es un hecho más histórico aún. Es como la caída económica de la familia opulenta de pueblo, esa familia acostumbrada a llevarse a todos por delante y que al quebrar tienen que comer polenta todos los días. No extrañé a River cuando estuvo en la B. Podrían no estar nunca más: igual, ya les ganamos lo suficiente. Me gustaría de todos modos seguir ganándoles. Boca no va a descender, por ejemplo. ¡Boca es grande! Imposible que pase eso. En el 80 no se me ocurrió que descienda, cuando estaba (Antonio) Rattín de técnico. No puede ser. Son cosas que a Boca no le pueden pasar.

TODO POR UNA CHICA
-¿Por qué sos de Boca?
-Por Norma, la chica que nos cuidaba, una santiagueña que era hincha de Boca. Estábamos todo el día con ella porque mi mamá, Sara, trabajaba desde la mañana a la noche. Después Norma se casó y se fue a su provincia. Sufrí mucho porque no la iba a ver más. Fue la primera persona a la que quería y que no volvería a ver. Tuve la suerte de que hasta mis 30 años nunca hubo una muerte en mi familia. Un abuelo falleció antes de que naciera, así que no existió una pérdida sino ausencia. Mi historia es particular en cuanto a la tradición futbolera. El fútbol en la cultura argentina es una de las escenas privilegiadas en la relación padre-hijo. Tanto como que la imagen del papá enseñando a afeitarse o a manejar. Pero mi viejo (Aaron) no era tan futbolero. En cambio con mi hijo (Agustín) sí tengo una relación por ese lado. Mi padre era de Argentinos porque en su infancia vivió en La Paternal. Pero tampoco puso mucha expectativa en eso. Yo me crié en el Bajo Belgrano, que es mi territorio, aunque éramos de una clase media baja, averiada. No me marcó River ni la cercanía con su cancha sino la chica que me cuidaba, quien me vinculó con un entorno más popular. Además, ni el colegio había mayoría de Boca, sino de Independiente.
-¿Qué te da el fútbol?
-Me hace mejor y peor. Algunas de mis cosas más indefendibles vienen del fútbol, que activa en mí un tipo de fanatismo que no puedo defender: pensamientos mágicos, cábalas, cosas a las que habitualmente me opongo. Pero el fútbol también me permite otras ventajas, como tener tiempo. Cuando voy a la cancha, salgo de casa al mediodía y vuelvo a la noche, a pesar de todo lo que tengo que laburar. Si vos me decís de ir todo un día a pasear al Tigre te acompaño, pero me llevo un libro para trabajar un rato. En las vacaciones, lo mismo. Leer es parte de mi trabajo y no me permito no trabajar. Ahora, a la cancha no llevo un libro. La cancha es el lugar en el que me libero, donde el tiempo no se aprovecha más que para Boca. Cuando me baño antes de salir para La Bombonera ya me pongo a cantar “señores dejo todo…”. Si, dejo todo. Como no lo hago con otras cosas.
-¿Sos de insultar?
-No, aunque suelo sumarme al insulto colectivo. Una sola vez insulté y es una de las grandes vergüenzas de mi vida. Fue en un Boca-Vélez, en nuestra cancha. Yo estaba en la tribuna de socios cuando Chilavert rechazó la pelota y (Guillermo) Barros Schellotto se le acercó y sin abrir la boca lo miró con esa cara de nada tan rara que sabía poner, que no sabés si sonríe o no, como La Gioconda. Lo miró mientras le pasa por delante trotando. Ahí Chilavert le tiró una patada. No llegó a tocarlo. Tampoco fue como para quebrarlo sino como diciendo “salí de acá”. Yo, que soy una nada, un profesor de Literatura, con una formación en estudios culturales y esas cosas, me colgué del alambrado y le grité “¡paraguayo hijo de puta!”. Enseguida me dije “¿qué hice? ¿cómo voy a decir eso?”. Fue mi mi momento salvaje en 40 años de ir a la cancha, donde tengo niveles de euforia o mortificación que no muestro en otra actividad.
-¿Qué sentiste cuando Pastoriza sacó a Gatti, tu ídolo, del equipo?
-Lo viví muy mal. En aquel partido contra Armenio en que “El Loco” se equivocó, además había una mala defensa. Pagó los errores ajenos. Yo tenía 22 años, pero el mismo fervor que a mis 9 o 10, cuando era el arquero del Boca campeón del mundo, en el 77. Cuando me tocaba atajar, lo copiaba: vincha y bermudas.
-¿Alguna otra vez estuviste con él?
-A mis 10 años, cuando me firmó el primer autógrafo en la que fue una de las grandes noches de mi vida. Estaba con mi papá. Gatti había sacado un libro y se hizo una cena de presentación. Mi viejo compró dos tarjetas y me llevó. Creo que éramos los únicos invitados en esa cantina en La Boca. No había ubicación, así que nos podíamos sentar donde quisiéramos, según nos dijo el portero. Lo tomé literal y me senté donde yo quería: al lado de Gatti. Estaban Nacha, él y yo. Incluso salí en la foto de la revista Siete días. Mi viejo se había quedado a unos metros, solo. ¡Esa noche tomé vino! Pancho Sá me preguntó si quería vino y le dije que sí: ¿cómo iba a decir que no a ellos: Sá, Veglio, Gatti? En un momento mi papá se acercó y me vio tomando: fue la única vez en mi vida que tomé vino. Yo no tomo. Ni siquiera hoy. Al final me fui con el libro firmado. En cuanto al fútbol, fue la noche más feliz. Después me tocó entrevistarlo.
-¿Cómo fue eso?
-Lo entrevisté en un vestuario, en cancha de River, cuando laburaba como periodista deportivo. No recuerdo qué partido era. Yo trabajaba en una radio para Carlos Parnisari, no me acuerdo si Colonia, Belgrano o América, y fui con un grabador de esos a cassette y él me contestaba la entrevista sin apagar el secador de pelo. Parecía que estábamos en un avión. Alguna vez me tocó entrevistar a Mario Vargas Llosa o dar conferencias en la Universidad de Princeton o en La Sorbona y no me puse nervioso. Pero hablarle a Gatti me da nervios. Porque lo admiro mucho. Hasta hace poco lo veía también en un bar de la zona de Colegiales y sentía la misma admiración. Te hablo de hace unos años, cuando compré en Parque Rivadavia una revista El Gráfico de fines de los setenta en que él estaba en la tapa y se lo llevé para que me lo firme. O sea, te cuento sensaciones que tengo a mis 49, que son las mismas que tenía a mis 10.
-¿Cómo viviste la mala racha de los 80, entre el título del 81 y la llegada del Maestro Óscar Tabárez?
-No sé si fue tan negativa esa época. En esos años hubo una Supercopa, una Liguilla en Rosario, se le ganó al River del 86 con gol de Comas. Siempre hubo con qué estar orgulloso. Además, cada cosa mala que pasa, uno la vive como una prueba de lealtad. Cuando se anda mal, pasa eso.
-¿Qué sentís por el Maradona boquense?
-Lo quiero. Hizo uno de los goles de mi vida: un 3 a 0 a River, cuando Tarantini, un traidor, quedó en el suelo. Se lo anotó a Fillol, la contra de Gatti. Queda para siempre la imagen de Passarella descolocado. ¡Ese es el gol! No lo tengo ni que pensar si me lo comparás con el que Diego le hizo a los ingleses en el Mundial del 86. También tiene otro, en un 2 a 2, de tiro libre al ángulo a Fillol: el gol perfecto. Esa bestia que era Fillol voló de palo a palo y casi la saca. Esos goles son insuperables. Porque lo quiero, y con el tipo de dolor que proviene de aquello que queremos, lo que pasó en el 95-96 me lastimó, cuando en un partido definitorio contra Estudiantes en cancha de Independiente no jugó. Boca estaba en carrera. Había perdido la punta pero podía dar pelea. Caminando a la cancha escuchaba por radio que no jugaba. Después esas cosas de que la camiseta con raya blanca no, que las nenas me dicen que no juegue, llego con el Scania al entrenamiento, el doping positivo en un partido contra Argentinos… y mientras tanto River salía campeón. Eso me lastimó. Como Caniggia me hirió también: un jugador debe estar en la Selección con la expectativa de llegar a Boca y no jugar en Boca para ir a la Selección.
-¿Qué opinás de la salida de Riquelme del club?
-Tengo un tipo de incondicionalidad con los ídolos que me enorgullece. Es otro contraste con los hinchas de River, que han puteado a sus ídolos, Como al Beto Alonso. ¡Putearon al Beto Alonso! Lo tuve que entrevistar también, tras un Ferro 0 – River 1, en Caballito, porque hizo el gol. Fue tremendo para mí. Con Riquelme, en todo caso, lo que me plantea discordancia es un estilo dirigencial que se mete en Boca vía Macri y que introduce en el club algo que no me gusta. Discuto la exitosa gestión de Macri en Boca. ¿Qué jugadores trajo Macri y cuáles Pompillo? Macri trajo a La Volpe, no a Bianchi. Trajo a Takahara, no a Rodrigo Palacio. ¿Él eligió a Bianchi?, ¿él lo propuso? Lo asocio más a algo infantil, del tipo México le hace partido a la Selección argentina y entonces quiere a La Volpe, sin saber cómo dirige. ¿Cuáles fueron ideas de él y cuáles de una comisión directiva? Quería traer un jugador de Georgia y mientras boludeaban alguien que sabe de fútbol dijo “Rodrigo Palacio”. Aquel gesto del Topo Gigio, Riquelme se lo hizo a Macri. Recuerdo también cómo se peleó con Bianchi, que se levantó y se fue en una conferencia de prensa. Hay algo ahí que no comparto. Además, Riquelme le hizo un caño a Yepes. Sólo por eso, y porque hizo los goles en la Libertadores, tenían que resolver su situación. Es el trabajo de los dirigentes. ¡Porque es Riquelme! Si no sabés hacer eso, como dirigente de Boca me defraudás. Hay que quererlo. ¿Es complicado?: hay que resolverlo igual.
-¿Qué es Boca, a tus 49 años?
-Boca es una de las zonas de fervor más intensas que tengo. Hay pocas cosa que me importan. Soy muy acotado. Casi todo lo que me interesa o me gusta está desde chico. Los músicos no cambiaron tanto. Después, la literatura, Buenos Aires. Un puñado de cosas que vivo con intensidad. Cuando viajo extraño mucho la ciudad. Inclusive este bar: estoy en Londres y me pregunto cómo estará La Orquídea. Con Boca tengo una intensidad muy particular. Está en ese puñado de cosas que me importan muchísimo. Boca pierde y me amarga aunque acabe de sacar un libro. El dia que me recibí River salió campeón: fue un día malísimo. Y su descenso lo vi con mi hijo por la tele. No podía creerlo. Pensé que iban a querer jugar los tres minutos que faltaban. “¿Sabés qué cara tenía el día que naciste?”, le pregunté a Agustín. Y con mi mejor sonrisa, le dije: “¡Ésta!”.

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