Malena cumple años

Escrita por en Notas

Cortázar escribió una vez que ser feliz de chicos es un mal comienzo para la vida. Que uno se acostumbra a eso, a las cosas buenas, pero que después vienen los verdaderos golpes, inesperados, duros. Algo así es lo que le hace decir a uno de los personajes de Los premios. Me acuerdo de eso ahora que mi hija Malena cumple un año y la veo reírse todo el tiempo. Me pregunto qué futuro le depara, cómo serán sus próximos años, hasta cuándo seguirá sonriendo así, con esas ganas tan naturales. Cuál será el primer nocaut que recibirá. Cómo se llamará su primera amiga. Quién de todos sus amigos será el primero en traicionarla. Qué pena entre todas las penas la marcará para siempre. Cómo será la historia de amor que le mueva el piso. En qué momento la risa –su risa constante de ahora- menguará hasta convertirse en una llamativa excepción, como nos pasa a casi todos. Qué preocupaciones la ocuparán. ¿Qué Malena le devolverá el espejo?

Los hijos nos enseñan a ser padres pero nosotros no podemos enseñarles a ser hijos. Les tiramos pautas, les damos consejos sobre cosas de las que muchas veces no tenemos ni idea y podemos a lo sumo acompañarlos. Suelo decirle a Malena que “no” cuando estira su mano hacia el cajón de los cds o al estante de la biblioteca que está a su altura. Ella me mira y se queda a medio camino, pero a veces sigue de largo para ver hasta dónde llega mi límite. La estoy cargando con demasiados “no”, pienso. Pero si hiciera lo contrario ya hubiese rayado un compact de Spinetta o el Into the wild de Vedder, o habría roto la tapa de La novela de Perón o arrancado una página. Todo eso porque camina desde poco antes de sus once meses. Se escapa hacia cada rincón en el que descubre algo. Y cada cosa que hay en su camino es un descubrimiento. Entonces uno se alegra de que sea así, pero también es un peligro dentro de sus lejanas fronteras que son las paredes de un departamento. Ya pusimos la red en el balcón, las tapitas para los enchufes, nos acostumbramos a cerrar la puerta de cada habitación para que no entre sola, trabamos los cajones de la cocina, sacamos los imanes del frente de la heladera para que no se los coma (parece que le encantan; los mastica como si fuesen helados de chocolate) y hasta escondimos cualquier otra cosa que se pueda llevar a la boca. Así y todo, la casa es un peligro latente.

IMG_20140727_120246666_HDRDe este primer año de Malena, voy a escribir sobre la tarde del 13 de julio, cuando lloró como nunca. Fue el día de la final del Mundial de Brasil. En casa estábamos los tres: ella, su madre y yo. Mirábamos el partido y no pasaba demasiado. Hacía frío y el día se iba. Podía ser un domingo triste, pero el fútbol suele atajar la tristeza dominguera. Claro que cuando se pierde el partido más importante de un Mundial no hay nada que detenga esa frustración. Pero para eso todavía falta. Sigo. Malena, que tenía seis meses, acababa de dormirse en mis brazos. Yo la paseaba por el comedor mientras miraba la televisión. Iban 0 a 0 y de repente Higuaín hace un gol y sale a la carrera para gritarlo junto con todo un país. Fue un segundo, sólo un segundo. Nada más que eso. Tal vez menos. Medio segundo, inclusive. Vi al Pipita corriendo y no pude menos que gritar lo mismo que él: “Gooooooooooooollllllll”, como un desaforado. Mi grito fue más fuerte y más intenso que el “guardiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaassss” de Diego Torres en La Furia. No me salió de la garganta. Me salió del fondo del estómago. Tal vez del corazón. Las vibraciones sonoras atravesaron mi garganta y se mezclaron con el mismo ritual de los vecinos. Sólo que mi “gooooooooooolllllllll” despertó a Malena de su siesta. Ella gritó pero por miedo, por terror. Lanzó un suspiro que parecía venir de lo más profundo de su siesta. Desde ahí, no dejó de llorar. Los lagrimones le caían como si fuesen las Cataratas del Iguazú. Empezó a contorsionarse de tanto espanto. La madre casi me mata: creo que me dijo algo así como “¡qué pelotudo!” mientras me sacaba a la nena y la acurrucaba en sus brazos. Malena seguía llorando, su mamá me miraba como si me quisiera asesinar y yo me quería matar porque el árbitro decía que no, que era off side y que el gol no valía. De repente estábamos los tres en sintonías diferentes. Male tardó en dejar de llorar. Los suspiros le duraron mucho más. La madre dejó de hablarme y un rato después el que tenía ganas de llorar era yo. Alemania ganó la final y el mundo se me venía abajo.

No sé si Malena será futbolera. De momento, por las dudas ya le compré la camiseta de Independiente y le saqué unas fotos con la pelota del club, que es de su hermano Santiago. Para convencerla de que sea del Rojo, no le diré que cuando estaba en la panza de su madre nos fuimos a la B ni que ascendimos a poco de que naciera. Tampoco le contaré que hace años que dejamos de ganar campeonatos ni que a la primera cancha de cemento de Sudamérica, que fue nuestro orgullo, la tiraron abajo para levantar otra –en el mismo lugar- que parece armada con piezas de Lego. De todo eso deberá darse cuenta sola. Si no es futbolera, no habrá pasado nada. Si se hace del Rojo estaré tranquilo porque sé que es difícil que alguien cambie de club y posiblemente no haya vuelta atrás. Si de todos modos así lo quiere, podrá hacerlo.

Es lo de menos, en realidad. El club de fútbol o la Selección son intereses íntimos y personales que nos ocupan mientras a nuestro alrededor ocurren cosas importantes de verdad. Como que Malena cumpla un año, por ejemplo. O que camina y se ríe e intenta decir sus primeras palabras. Aunque no estaría de más que una mañana de éstas, mientras desayunamos, me mire a los ojos, me sonría y me diga algo así como “papá, te quiero, sos el mejor del mundo y encima soy del Rojo”.

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