LOS MUCHACHOS DE MATADEROS

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini.

En estas horas en las que se cumplieron 43 años del inicio de la dictadura militar más sangrienta de la historia argentina, hay un hecho particular y medio perdido en el fondo de los tiempos: el 24 de octubre de 1981, 49 hinchas de Nueva Chicago fueron detenidos por cantar la Marcha Peronista. Los reprimió la Policía que los obligó, literalmente, a trotar hasta la comisaría 42, a unas seis cuadras de la cancha del club de Mataderos. Nueve fueron a la cárcel de Devoto por treinta días y los otros quedaron en libertad. Era la primera vez desde el 24 de marzo del 76, cuando asumieron los genocidas, que se producía una manifestación popular de esta envergadura. Desde el fútbol se desafiaba al régimen. 

Esa tarde Chicago le ganó a Defensores de Belgrano 3 a 0, se afianzaba en la punta de la tabla de posiciones de la B y se preparaba para dar el salto a Primera División. Imaginen, entonces, una cancha completa. Un barrio popular como pocos otros barrios de Buenos Aires. E imaginen, también, un barrio feliz. 

La historia de Mataderos no se puede contar sin Chicago y sin el peronismo. Dicen que su hinchada es como la de Boca pero en versión ascenso. Chicago siempre fue para los vecinos su lugar de pertenencia. Su modo de pertenecer al deporte y la cultura. Todos pertenecen, de alguna manera, a Chicago. Hasta los hinchas de cualquier club grande de Primera que hayan nacido en Mataderos van a decir que Chicago tiene un lugar en su corazón. 

Tampoco se puede hablar de Mataderos sin hablar de luchas sociales. Va como ejemplo el Frigorífico Lisandro de la Torre. Casi 9.000 empleados. Buenos sueldos. La pertenencia barrial era total. Hasta que en 1959 el gobierno de Frondizi decidió su privatización. Hubo una revuelta de obreros y toma del edificio. Los vecinos cerraron sus comercios y ayudaron a los trabajadores con barricadas y huelgas. La represión no se hizo esperar. Las fuerzas del supuesto orden arreciaron con los empleados, que tenían el apoyo de otros 10 mil trabajadores de otros rubros. Después, 6.000 despidos. La desocupación se expandió por el barrio. La historia argentina y su eterno retorno. Antes, el peronismo había hecho pie con la inauguración de barrios. Entre ellos, el Manuel Dorrego, conocido como Los Perales, a metros de la cancha. Lo inauguró Evita en persona en 1949. Los sindicatos, ligados al peronismo, también se vincularon al barrio y por ende al club. Lorenzo Miguel, histórico dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica, era del vecino Lugano y aquel sábado de 1981 estaba en la cancha. Me lo asegura Gerardo Scola, uno de los 49 detenidos, desde su casa de Mataderos, llena de cuadros alusivos a Chicago. 

Scola me cuenta también que en Devoto no les pegaron porque eran algo así como detenidos políticos. Y recuerda: “Cuando nos enteramos de que Lorenzo Miguel estaba en la platea, lo aplaudimos, se paró y entonces se cantó más. El doble de lo que se cantaba. Para nosotros, cantar la Marcha Peronista era como cantar Chicago campeón”. La presencia de Miguel, sindicalista de la vieja guardia, de esos que metían miedo y a cuyo alrededor giraban historias tenebrosas, era un respaldo implícito para los hinchas.

“Lorenzo Miguel ayudó mucho a Chicago. Donaba bombos, banderas para la barra. También los frigoríficos ayudaban para que Chicago ascienda. ¿Sabés qué pasa?”, me dice y me pregunta Scola antes de responder su fanatismo: “Que grandes hay cinco, pero gigantes, uno solo”.

Aquel episodio tiene un documental. Se llama “Al trote”, dura poco más de media hora y fue dirigido por Gabriel Dodero, hijo de Enrique, un ex arquero del club, además de hincha. Una de las entrevistadas es la filósofa María Teresa Sirvent, exiliada durante la dictadura y que a su regreso al país hizo un trabajo social sobre Mataderos, tras un convenio entre la Facultad de Filosofía y Nueva Chicago. Su conclusión la publicó en el libro “Cultura popular y participación social”. 

El domingo pasado, en su casa de La Paternal, cuando le pregunté por qué se dio justamente en la cancha de Chicago y no en otro lugar eso de cantar la prohibida Marcha Peronista, Sirvent me dijo: “Mi supuesto es que se trata de un barrio peronista y el club pertenece a un barrio peronista. Hay algo especial de valentía de ese momento. Era 1981. Creo que en el 76 hubiese sido imposible. Pero, pensando un poco más, no tengo una respuesta exacta”.

Otro de los detenidos de aquella tarde, Miguel Aquino, me cuenta por estos días, sentado a la mesa de la pizzería El Cedrón, ícono gastronómico del barrio, que “Mataderos fue siempre un foco de la resistencia peronista”. 

“Para muchos de nosotros, cantar la marcha era un grito de guerra. Porque éramos peronistas. Pero en ese momento, cuando la cantamos, se sumó toda la cancha. Era una cuestión de identificación”, me dijo.

Las detenciones llegaron a tapas de Crónica y Clarín. “Por cantar veinticinco marcharon a la gayola”, tituló Crónica. Y debajo se puede leer: “Hubo algunos excesos verbales por parte de los muchachos del tablón, quienes además entonaron durante varios minutos una marcha partidaria. Ello motivó la intervención de la policía, que se hizo presente en las graderías que dan la espalda al barrio Los Perales para llevarse a algunos revoltosos”.

Clarín fue en su tapa con “Incidentes y detenidos, en una cancha de fútbol”, y agregó que “La Policía arrestó a 49 personas en Nueva Chicago por cantar la marcha peronista”. 

El Partido Justicialista, bajo la conducción de Deolindo Bittel debido a que María Estela Martínez de Perón estaba prohibida por los militares, reclamó la libertad de los detenidos y envió un telegrama al ministro del Interior, general Horacio Liendo. “En homenaje a la paz social, respeto por las ideas y convivencia democrática en la República, solicito la libertad de simpatizantes peronistas que aún permanecen detenidos por haber entonado la Marcha partidaria”. La comisión directiva de Chicago, por su lado, denunció excesos en la intervención policial y pidió una urgente investigación.

Estas detenciones complicaban un llamado a la paz social que por esas horas hacía el gobierno. 

Sin embargo, dos semanas después, el 7 de noviembre, Mataderos volvería a ser una fiesta. Chicago le ganó 1 a 0 a Estudiantes de Buenos Aires y logró el ascenso. Hubo dos invitados especiales: el ministro de Acción Social, Carlos Lacoste; y el Jefe de la Policía Federal, general de Brigada (RE) Juan Bautista Sasiaiñ. Ambos integrantes de la maquinaria asesina de la dictadura.

Soy nacido en el barrio de Mataderos. Celebré con mis amigos aquel ascenso del 81 desde la vereda de mi casa, en la calle Guardia Nacional. Tenía 9 años. Crecí con aquella historia que el tiempo y los vecinos se encargaron de agrandar hasta darle rasgos épicos. Hoy creo que fue épica de verdad. Tanto como cuando al sábado siguiente a la detención Chicago le ganó a Atlanta en Villa Crespo. De regreso al barrio, la barra se detuvo frente a la comisaría 42, en la avenida Tellier, y ante la adusta mirada de los policías cantó el Arroz con leche. “Arroz con leche, me quiero casar, con una señorita de San Nicolás”. A los policías no les salió otra que reírse.