LA SOMBRA DE ERNESTO DUCHINI

Escrita por en Destacadas, Notas

Por Alejandro Duchini.

Foto: Gastón Suárez Guerrini.

Nunca voy a olvidar que el 19 de marzo de 2006 manejaba por la Panamericana cuando Alejandro Apo, creo que desde su clásico programa Todo con afecto, anunció que había muerto Ernesto Duchini. Recuerdo la fecha porque unas horas antes había nacido Santiago, mi hijo. Yo iba hacia Campana, donde vivía, a buscar a mi hija Ludmila para volver con ella al Hospital Italiano y que lo conozca. “Un Duchini por otro Duchini”, pensé al escuchar la noticia. Fue muy loco que se dé esa casualidad.

La sombra de Ernesto Duchini cruzó mi vida y la de mi papá desde que tengo uso de razón. Cada vez que nos presentábamos, nos preguntaban si teníamos algo que ver con “el Duchini director técnico”. Y siempre decíamos que no. Sabíamos que no pasaría mucho hasta volver a escuchar la pregunta. Y acertábamos: “¿tienen algo que ver con Duchini, el director técnico?”, escuchábamos de nuevo.

Cuando empecé en el periodismo deportivo la pregunta se replicó por una cuestión de ambiente. Me lo preguntaban en una redacción, en una entrevista, en una cancha o cuando tomaba café con un colega. “Che: ¿vos tenés algo que ver con Duchini, el técnico que armó el seleccionado juvenil campeón del 79?”. “No”, soltaba yo, que tenía la respuesta siempre a mano. Imaginen: desde mi más tierna infancia.

Así que un día de comienzos de los 90 llamé al famoso don Ernesto Duchini a su oficina de la AFA. Me atendió, le conté quién era y qué me pasaba con él y quedamos en vernos en la semana. Me citó en una oficina suya en la AFA y hablamos un rato largo de fútbol y, después, de la vida. Obviamente, lo primero fue aquello del parentezco. Buscamos en el pasado, repasamos en los posibles orígenes de los Duchini y sin embargo no encontramos nada. Un poco porque yo no conocía mucho más allá de mis abuelos paternos y otro tanto porque no eran tiempos de Google. Así que, debo admitir, algo me decepcioné. ¡Lo que hubiera dado por ser familiar, aunque sea lejano, de Ernesto Duchini! ¡Qué lindo hubiese sido contar, en la mesa familiar, cuando fuese más viejo y la memoria me empezara a fallar, que un antepasado había armado un equipo campeón del mundo! ¡Qué vanidad la de decirles a los amigos que mi tío lejano había jugado en Primera y que, después, se había codeado con Diego Maradona y Ramón Díaz! ¡Qué placer responder a los que me preguntaban que sí, que don Ernesto era conocido en la familia y que solía regalarnos las camisetas de fútbol y que me llevaba a la cancha gratis! Tendría algo para vanagloriarme. Conseguiría acceso a anécdotas que otros no. Repetiría sus historias, aunque exageradas. Diría que hizo goles que no hizo. Que me quiso llevar a jugar en el fútbol profesional pero que no se dio porque en casa querían que estudie. No sé. Tener parentezco con un Duchini célebre debía ser algo bueno. Desconozco qué, pero tenía que ser bueno.

Casi diez años más tarde salió la posibilidad de entrevistarlo para la revista Un Caño. La idea era jugar con el apellido. Así que la nota iba con un Duchini x Duchini. Se sumaba a una seguidilla que había iniciado Fabián Casas, con su (Victorio) Casa por Casas, en la que se agregaba que era el único mozo con una sola mano: el ex carasucia, que tenía una parrilla en Mar del Plata, había perdido su brazo derecho tras un disparo que le dió un centinela de la ESMA, en abril del 65. Había estacionado su auto en la zona y se quedó dentro con su novia. No escuchó la advertencia y el militar tomó una decisión sin vueltas. Si la encuentran, no se pierdan esa nota de Fabián Casas porque es genial.

El tema es que Duchini me citó para aquella charla de Un caño en su departamento de la avenida Cramer. No fue la mejor nota. Don Ernesto disparaba conceptos, contestaba, pero no terminaba sus frases. Vivía con su esposa y una señora que los cuidaba. Las imágenes, días después, se hicieron en la pizzería Imperio, en el corazón de Chacarita. Creo que el autor de esas fotos fue Fabián Mauri. Ahí se lo ve a Don Ernesto posando como un tanguero de ley en la barra.

Nunca más volví a ver ni a hablar con Ernesto Duchini. Todavía los más futboleros me preguntan, cuando digo que me apellido Duchini, si tengo algo en común con el tipo que le armó aquel seleccionado a Menotti. Sólo que ahora tengo una respuesta mejor armada. “No, nada. Estuvimos una vez en la AFA viendo si había algún familiar en común y no encontramos nada”, digo. Les puedo asegurar que se quedan tranquilos y tema terminado. Alguna vez diré que era mi abuelo. Será otro avance.

Sin embargo, la sombra de Don Ernesto continúa acechándome. Aunque amigable, ahí está. Nunca tendré respuestas acerca de cómo es posible que se haya dado la casualidad de que el mismo día en que él murió, nació Santiago: Duchini x Duchini. ¿Habrá sido, aquella entrevista, una premonición?

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