LA REVISTA DE ANA

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini.

Este domingo será el último en el que podrá leerse la revista Nueva en papel, acompañando a unos cuantos diarios del interior. La semana pasada se anunció su sorpresivo cierre, después de 27 años. No se sabe si continuará on line ni qué pasará con sus trabajadores. En lo personal, la noticia no sólo me duele por la incertidumbre de mis compañeros, además de la mía, ya que colaboro desde hace catorce años. También me duele porque Nueva era una revista en la que se podía hacer periodismo.

Su decadencia, acentuada por la crisis económica y los cambios de hábito en la lectura de medios de comunicación, empezó hace unos años, cuando se fue Ana Costa Méndez, su editora histórica. Llegó el momento de la jubilación y adiós. Desconozco si ella no quiso seguir o si le ofrecieron que, a pesar de la edad, continuara al frente de la redacción. Lo cierto es que con su alejamiento, Nueva perdió un nivel que la hacía respetable en un mercado gráfico que empezaba a decaer.

Ana Costa Méndez tenía ojo clínico para la edición de textos. Sabía cómo encarar las notas, cómo hacer interesante el enfoque de una crónica y qué coma o qué frase cambiar en el texto. Y tenía algo que no todos los editores tienen: respeto por el trabajo ajeno. Leía las notas y si algo le parecía que debía cambiarse, llamaba al autor y hacía la sugerencia. No solía meter mano en textos ajenos sin consentimiento. Eso es algo invalorable. Después, cuando el artículo se publicaba, todos quedábamos conformes.

Lamenté muchísimo su partida: Ana sabía, desde su humildad y gracias a su extensa trayectoria, enseñar. Nos conocimos a mediados de los 2000. La llamé y de la nada me ofrecí para colaborar. Me pidió un sumario, se lo mandé y de ahí me aceptó dos entrevistas: una a Marcos Carnevale y otra a Lito Cruz. Yo venía del palo de Deportes, pero aquellas colaboraciones me sirvieron para abrir el abanico periodístico.

No recuerdo la lista de entrevistados desde entonces. Pero Nueva me permitió conocer gente maravillosa y tratar con otros con los que apenas se cumplía el ritual de la pregunta y la respuesta. Me dí el gusto de entrevistar al gran León Giecco en una oficina de Palermo y a mis ídolos Andrés Calamaro y Cachorro López. Me faltó Spinetta. Me emocioné con Osvaldo Laport: fui a conversar con cierto prejuicio y me retiré después de charlar dos horas con un tipazo al que ví llorar por un problema personal. Me reí y tomé unas cuantas cervezas con Ricardo Darín: él no debe recordarme después de tantas entrevistas que dio, pero yo no me olvido más de aquel encuentro. Hablé un largo rato con Matías Almeyda, cuando se retiraba del fútbol, y me dejó mucho más que frases hechas. No hace mucho pasé una mañana con Topa, el ídolo de mi hija Malena, que me acompañó y se sacó fotos con él. Hice notas a través del Skype con la escritora argentina Samanta Schwebling, quien vive en Alemania. De escritores hubo más: Carlos Ruíz Zafón, Ángela Pradelli, Arturo Pérez Reverte y el gran Tomás Abraham son algunos que recuerdo ahora.

La lista de deportistas se me hace larga y difícil de recordar: Gustavo Fernández, Fabricio Oberto y Cachito Vigil son algunos que me fueron enseñando que un reportaje no sólo es para conocer al otro sino que también puede ser una llave para meterse en el alma de las personas. En este sentido, no quiero olvidarme de una historia sobre Javier Saviola, que me significó una comunicación suya que me emocionó. A ellos -y a todos-, gracias. Y sobre todo al recordado artista Adolfo Nigro, quien me recibió en su casa, me mostró sus obras, me invitó a almorzar al lado de su obra y me regaló un dibujo hermoso para mi hija. Nigro falleció hace poco, pero siempre estará.

En algún momento Ana me ofreció trabajo permanente en la redacción, pero entonces yo editaba desde las 6 de la mañana Deportes en Infobae.com y preferí seguir como colaborador. Así que nunca dejamos de contactarnos. Casi siempre hablábamos por trabajo, pero a veces me llamaba para preguntarme cómo estaban mis hijos o cómo sobrellevaba mi divorcio conflictivo. Ella fue alguien en quien confié. Del mismo modo que también fue una de las primeras personas en saber que volvía a enamorarme y que empezaba de nuevo. “Se te nota en la cara y en la forma de escribir que estás bien”, solía decirme. Tenía razón.

Una vez, cerca del 2012, me preguntó a través de un mail si quería hacerle un reportaje a Hernán Piquín, el bailarín del que todos hablaban por su participación en el programa de Marcelo Tinelli. Soberbio, como si lo mío fuese sólo la intelectualidad y esa propuesta me degradara, le contesté con un simple “quién es Piquín”. De todos modos quise hacer la nota, pero no la conseguí. Ahora Piquín estará bailando por el mundo mientras yo escribo que perdí un trabajo. La soberbia no es buena consejera.

Nunca le pude decir a Ana cuánto la aprecio. Supongo que lo debe saber; y si no, aprovecho estas líneas para que lo sepa. Mi participaciones en Nueva se hicieron más esporádicas cuando se fue. Siento que desde entonces se perdió algún encanto. Posiblemente el encanto de hacer periodismo, de elegir temas que a mi me gustan y sentarme a escribir con la libertad, con el orgullo de ver, cada domingo, mi firma al final de determinada nota.

Como les contaba, el domingo que viene será el de la última aparición de Nueva en papel. No siento melancolía ni nada parecido ante el fin de un ciclo. De alguna manera, esa revista que quiero empezó a ser pasado cuando Ana Costa Méndez se fue. En todo caso, me quedé con la sombra del recuerdo. Un muy buen recuerdo.