LA PALABRA HECHA PELOTA, SEGÚN EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES

Escrita por en Destacadas, Libros

Por Ezequiel Fernández Moores

Leer las entrevistas de Alejandro Duchini me produjo una mezcla de envidia y de admiración. Envidia, de la buena, claro, porque supo parar la pelota en medio de la locura y hacerse tiempo para  hablar de fútbol –y de la vida- con personajes que pacecen acaso más felices que él mismo con la charla. Y admiración por esto último. Porque logra que sus entrevistados hablen sin temores al ridículo. A ese ridículo que, cómo no, más de una vez nos ha expuesto la locura por el fútbol. Para comprobar, además, que es mentira el viejo dicho (“de lo único de lo que no se vuelve es del ridículo”). No sólo hemos vuelto muchas veces del ridículo. Sino que, fútbol mediante, seguimos yendo hacia él semana a semana. Partido a partido.

¿Cómo imaginarse al filósofo Tomás Abraham, nacido en Rumania y gran hincha de Vélez, rezando dentro de una chimenea en el partido que Argentina terminó ganándole por penales a Inglaterra en el Mundial de Francia 98? “Eso es sufrir”, le dice Abraham a Duchini. El mismo Abraham, ex número 10 en un club de Normandía, que nos habla de un Marcelo Bielsa “arrogante”, que vio jugar a Enrique Omar Sívori en la tercera de River y también a Diego Maradona debutando contra Talleres, con mochila incluída, porque su mujer lo había echado ese día de la casa. El mismo Maradona al que Abraham describe como  “ héroe shakesperiano”. O o como Nietzsche, porque Diego “discute consigo mismo”.

¿Y cómo imaginarse al escritor Eduardo Sacheri jugando uno contra uno con su padre en la vereda de su casa con una pelota pinchada de basquetbol, porque no tenían de fútbol? El Sacheri que le dice a Duchini que la literatura le permite “emparchar un poco la vida” y embellece así un recuerdo del Independiente copero. “¿Qué es que esté mal un recuerdo?”, pregunta Sacheri. Y nos da ganas de abrazarlo con Duchini. Porque, además, le dice luego que “cuando jugamos fútbol y vemos fútbol nos olvidamos de ponernos las máscaras que usamos en la vida cotidiana”.

¿Y qué de La Mona Jiménez que no se arrepiente de no haber triunfado como futbolista porque “gracias al cuarteto” lleva 85 discos grabados y sigue cantando aún a los 63 años? ¿Para qué arrepentirse si las hinchadas cantan su “Beso a Beso” como un himno de amor a su equipo? Y no sólo en Argentina, sino también en Uruguay, Real Madrid y hasta en Japón. La misma Mona Jiménez que recuerda como si fuera hoy un golazo de Daniel Willington para Talleres y contra su amado Belgrano. O el día que a los 21 años casi muere en un Talleres-Boca, en medio de una batalla entre hinchas de Belgrano y vendedores de Coca Cola.

El exárbitro Horacio Elizondo le recuerda a Duchini –y Duchini nos cuenta a todos- el día que su padre no aguantó más los insultos. “¿Sabés quién es ese? Es mi hijo”. Y le respondió el hincha furioso: “¿Es tu hijo, la puta que te parió?”. Lo escribo y me sigo riendo. Igual que cuando me imagino al dibujante Rep jugando fútbol: “Ojo –le dice Rep a Duchini- no digo que jugaba mal. Es tiempo presente: juego mal”. El mismo Rep que admira a Riquelme y al Negro Fontanarrosa y que nos habla de la vida cuando cuenta un partido en el que sus compañeros, aún estando solo, no le hacían llegar la pelota. “Entonces tuve que dejar mi lugar en la cancha e ir más hacia el medio, para tratar de recuperar alguna”.

Es como cuando Teté Coustarot, que de piba servía Coca Cola en la cancha de Estudiantes, el Estudiantes de Zubeldía, recuerda su primera vez en la platea de su amado Boca. “Yo pensaba que me miraban porque era conocida (y hermosa, añadiríamos nosotros), pero me miraban para saber si era mufa”. Es la Teté madrina de la autobomba de los Bomberos Voluntarios de la Boca, que conoce hasta a la señora que cuida el baño en la Bombonera y que siente a Boca como “un homenaje” a su padre. Y eso que a Teté no le pasaba lo de Mónica Santino, entrenadora de pibas en la Villa 31, que dormía de niña con una pelota de fútbol debajo de su cama. Santino nos dice que para sus quince años le pidió de regalo a sus compañeros de escuela una pelota de cuero roja y blanca. Inolvidable.

Nos conocemos hace mucho con Alejandro. Se de su sensibilidad y calidad profesional. Este libro es una confirmación. Cité apenas algunos de los pasajes de entrevistas sólo para adelantarles algo de los hermosas charlas que nos regala. Es una invitación a pasarla bien con la lectura, con el fútbol y con la vida.

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