VILLORO, EN EL GRÁFICO

Escrita por en Entrevista

Como todos los meses, alguien del mundo de las letras habla de fútbol en una larga entrevista que se publica en la conocida revista. Esta vez Duchini charla con el reconocido escritor mexicano. A continuación, un extracto.

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

-¿Cómo llegás al fútbol?

-Mis padres se divorciaron cuando yo tenía nueve años y mi padre enfrentó el predicamento de los divorciados: ¿cómo entretener a su hijo? El fútbol resultó el mejor remedio. Me aficioné de inmediato y creí que él también era un hincha furibundo. Lo conmovedor fue que, muchos años después, descubrí que en realidad el fútbol le gustaba a medias y sólo iba al estadio para estar conmigo.

-Llama la atención que ustedes, en México, a diferencia de Argentina, digan que “le van a” en lugar de “soy hincha de”. ¿Cuál es la diferencia más allá de lo semántico?

-Hay una diferencia identitaria, que he discutido bastante con amigos argentinos. “Irle” al Necaxa significa seguirlo a una distancia prudente, entre otras cosas porque es posible que caiga al abismo. Ahora está en segunda división. En cambio “ser de” Rosario implica asumir la suerte del equipo, pase lo que pase. La calidad del fútbol argentino genera más estímulos de pertenencia, de eso no hay duda.

-¿El mexicano tiene alguna particularidad, en tanto hincha, respecto del argentino?

-La característica principal del hincha mexicano es que se sabe desentender del resultado. Su pasión no requiere de evidencia, es una eficaz forma del autoengaño. Por eso se resigna con facilidad. El verdadero espectáculo en nuestros estadios está en las gradas, donde el público siempre hace más esfuerzo que los jugadores.

-¿Qué te permite el fútbol?

-Cumplir a través de la palabra lo que no logré en la cancha. Fui un esforzado extremo derecho y terminé mis días en la hierba como un lateral de relativa torpeza. Pero la literatura existe para asignarte vidas posibles y ahí le puedes anotar a Brasil en Maracaná, en el último minuto del partido, en claro off-side, y salirte con la tuya.

-¿En qué se emparenta -si es que lo compartís- el fútbol con la vida en general?

-En que no tiene guión ni sentido aparente. Un jugador mete un golazo y el árbitro lo anula injustamente, del mismo modo en que a la mejor persona del mundo le da parálisis cerebral. Otras veces, la diosa Chiripa te depara una remontada de embrujo o que una chica que no mereces se fije en ti. Son muchas las semejanzas, pero como dijo el gran Beckett, hay una diferencia esencial: la vida no tiene partido de vuelta.

-Habitualmente se discute que es mejor perder jugando bien que ganar jugando mal. ¿Tenés alguna postura al respecto?

-Esa es una falacia. Te puedes resignar ante la derrota (en especial si eres mexicano y más en especial si el rival es Argentina), pero el triunfo es decisivo. Prefiero que el Necaxa gane jugando espantosamente a que sea un maravilloso ballet infructuoso. El romanticismo tiene un límite. Por eso es tan importante la lección de Guardiola, que demostró que la belleza puede ser una forma de la eficacia.

-Suele decirse que se aprende más de la derrota que de la victoria. ¿Coincidís?

-Por supuesto, sobre todo si vas a seguir jugando. Después del triunfo sólo se puede tomar vacaciones. Para competir, para escribir, para conquistar a una chica, necesitas tener hambre, capacidad de ponerte a prueba y mejorarte un poco. Por eso las derrotas a medio campeonato son tan pedagógicas. Si llegan más tarde duelen demasiado. También hay que saber perder a tiempo.

-¿Qué significa un Mundial para vos?

-La vida de un hincha tiene plazos de cuatro años. Luego de una larga espera, viene esa ilusión de que los países existen en el fútbol y que las ligas refutan a diario. Puedo recordar mi vida a través de los Mundiales, como cualquier otro aficionado al fútbol. A pesar de las corruptelas de la FIFA, los Mundiales permiten conjeturar en una relación de origen entre los jugadores, en un sentido de pertenencia que, si bien es ilusorio, porque hoy en día todo depende de las marcas y el mercado, genera la impresión de que, en efecto, una tribu se enfrenta con otra. Los Mundiales son tan importantes que Lionel Messi, el incontestable mejor futbolista de todos los tiempos, desde el punto de vista técnico, aún no tiene la estatura de Pelé o Maradona.

-¿Qué opinás de la Selección argentina? ¿Por qué creés que los argentinos siempre tenemos el mejor equipo y terminamos sin ganar mundiales?

-Han ganado dos y eso es bastante. En el pasado llegaron a la final y Messi tuvo una oportunidad de marcar y al final dispuso de un tiro libre que podría haber significado el empate. Los talentos individuales de Argentina son indiscutibles, pero la emigración, la participación en muchas ligas, la mafia de directivos que lleva el fútbol, todo eso elimina un poco el juego de conjunto. Por otra parte, suelen tener grandes jugadores de ataque, pero faltan porteros y defensas centrales. La calidad de la liga argentina es francamente baja y el entrenador no puede lograr una alquimia donde deportistas que militen en diez países encuentren acomodo.

-¿Quién es tu ídolo futbolero?

-Maradona, desde luego, porque es el jugador que más ha gravitado en los demás. Cristiano Ronaldo puede meter miles de goles pero no hace mejores a los suyos. Maradona podía transformar un equipo mediano en el mejor del mundo. Lo hizo con el Nápoles y la Argentina de 1986. Por otra parte, es un mitógrafo perfecto, que perfecciona su leyenda con sus rarezas y sus declaraciones.

-¿El libro de fútbol más lindo que leíste?

-Los cuentos de Fontanarrosa sobre fútbol son la insuperable demostración de que los partidos mejoran con la palabra y que suceden para discutir con los amigos.

-¿Por qué el fútbol refleja miserias de una sociedad? Me refiero, si coincidís, a que en Argentina tiene sus barras bravas; en Europa, muchos hinchas son racistas. Supongo que en cada sociedad debe ocurrir lo algo similar.

-Ningún partido se juega en Marte y si se  jugara representaría la identidad de sus microbios. Los hooligans no nacieron dentro de un estadio, eran el resultado de la descomposición de la sociedad inglesa, del mismo modo en que la “guerra del fútbol” entre Honduras y el Salvador no sucedió para arreglar el marcador. Se derivó de un partido, pero puso en juego las tensiones entre ambos países. El fútbol es un espejo acrecentado de la sociedad. Lo que fuera del estadio es una chispa ahí puede ser una hoguera.

-Fuiste testigo de los River-Boca y Boca-River. ¿Qué te genera el Superclásico argentino?

-Es la forma más exacerbada de la pasión futbolística. He visto dos Superclásicos, uno en el Monumental, otro en la Bombonera. En ambos, el agravio al equipo visitante me hizo simpatizar con él. Las dos experiencias me recordaron que soy mexicano: para nosotros, el fútbol es menos importante que la gente. Es una visión descafeinada de la gesta, lo sé, pero no puedo renunciar a una cultura donde lo mejor del partido es la comida que llevas al estadio.

-¿Boca o River?

-Ninguno de los dos. Hay que saber merecer las pasiones. Yo me esforzado por tener dos, el Necaxa y el Barça. Eso me basta.

Gracias a Daniel de Majo, de El Gráfico.

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