“Japi hour” de Moyano

Escrita por en Columnistas

Por Alejandro Perandones

El lado erótico de la manifestación

El miércoles 27 de junio el centro porteño vivió de manera diferente. No es mi objetivo precisar los desvíos de los transportes, los cortes de calles y la actividad trastocada. Tampoco me voy a enredar en la estimación de los asistentes a la movilización convocada por el líder de los muchachos del camión ni, mucho menos, en analizar sus motivaciones –las explícitas y las reales.

Por esta vez, solo se trata de una mirada sobre el efecto del desembarco articulado de legiones de trabajadores y militantes de organizaciones en el erotismo regular de la ciudad capital de los argentinos.

Un mediodía cualquiera, los bares, kioscos, restaurantes o fondas de Buenos Aires (alternativas gastronómicas para todos los poderes adquisitivos) lucen abarrotados. Corredores de seguros, oficinistas, estudiantes, abogados, profesionales de toda laya, chantas y funcionarios, y funcionarios chantas completan las apretadas plazas de los locales. El propósito es simple: saciar el hambre y seguir, cuanto más rápido mejor, a la rutina que espera ahí nomás.

Este miércoles, la secuencia se vio forzada a cambiar. El miedo a algún destrozo y la ausencia de las “fuerzas federales” inclinaron la balanza para que numerosos propietarios decidieran mantener las cortinas bajas.

Los que siempre están aunque no los veamos -como el sol- son los chinos. Los supermercados trancaron sus puertas y tras una ventanita improvisada del tipo farmacia de turno despacharon miles de cervezas. Era común ver un ramillete de muchachos de verde o azul, los colores predominantes de las ropas sindicales, apretujados buscando una bebida. Me encantaría saber cómo estos orientales describen a sus familiares y amigos del otro lado del mundo estos acontecimientos nuestros

Los puestos de choripán fueron las estrellas de la jornada. Contados por decenas, se desplegaron al margen de las calles y avenidas de acceso al escenario (“de espaldas a la Casa de Gobierno”, se publicitaba ¿qué novedad hay en esto?, si siempre es así). El marketing fue el de siempre, el humito perfumado que tuerce las voluntades hasta de los hare krishna.

Pude ver que la carta estaba renovada en varios: al tradicional chimi, mayonesa y kétchup le agregaron cebolla salteada. Nunca vi un mejor ejemplo de compra compulsiva. Las atildadas señoritas de mi trabajo, que normalmente se hacen traer cada mediodía un almuerzo de 400 calorías –postre incluido-, bajaron en alegre manada a clavarse unos “mariposa”.

La escasez de estructura sanitaria se resolvió fácil. Kiosquitos de diarios y flores, ochavas perdidas, locales cerrados y carteleras de obras de construcción fueron consistentemente meados. Al principio, con cierto recato. El avance de las horas traía dos factores que  vencieron la inhibición de sacar el miembro al viento, cada vez había menos lugares desiertos  por la multiplicación de los manifestantes y la cerveza hacía lo suyo achicando los tiempos de búsqueda.

A la hora de los piropos y las propuestas pude recabar, en una estadística módica tras dos cruces de la manifestación completa, que las que lideraron cómodamente el ranking fueron las chicas de jeans.
La temperatura de las propuestas también fue escalando con el paso del tiempo y la inminencia del discurso. En sintonía con “el jefe”, la tropa estaba preocupada por las ganancias. Ganarse alguna mina parecía ser,  alrededor de las 15, un propósito no sé si alcanzable, pero al menos más concreto.  A la hora de la verdad, las cosas que más cuentan son las que están en nuestras manos. Las intrigas del poder nos dejan la justicia y las reivindicaciones mucho más lejos que esos culos tapizados en denim y las remeras ajustadas. Además, puestos a elegir, el premio llega más rápido.

Mujeres de aspecto y producción  profesionales también capitalizaron rebotes y se llevaron silbidos y proposiciones. Podría arriesgar que algunos pequeños grupos de dos o tres de ellas llevaban esa tarde sonrisas -mal contenidas- en sus rostros que difícilmente luzcan otros días. Estimo, además, que varias podrían haber evitado el cruce  a esas horas y que todo el trámite fue una excusa, un recurso para recuperar autoestima y el instinto.

No presencié ninguna agresión verbal aunque fui testigo de mil intentos de acercamiento caliente. Me hace pensar que tiene razón Beto Casella cuando afirma que una mujer logrará parejas más felices  a medida que se vaya internando en el conurbano y se aleje de los hombres del centro.

Tengo documentada esta secuencia: una chica de mi entorno atravesó  Diagonal Sur a la hora de la concentración. Es una linda pendeja. Un muchachito de su edad, con  gorra y campera de la organización la siguió una cuantas cuadras. El relato de la chica asegura que  durante las tres primeras el chico “la venía remando bien”, con invitaciones a charlar un rato, a dejar las asignaciones familiares para otro día y hacer un café por ahí. La indiferencia de la dueña de sus deseos le disparó la imaginación y el costado poético, hasta que la suma de las negativas lo hizo  adelantarse para preguntar incrédulo y  lleno de angustia, “Pero qué pasa ¿no te gusto???”. La chica siguió avanzando indiferente. Él ya moqueaba cuando suplicó, “Dale mamá, dale que ¡te chupo todaaa!!!”. Ella, con el control de  todas las palancas del camión en sus manos, lo esquivó grácil, para alejarse para siempre.

Al llegar a su departamento le contó todo al novio, con mucha precisión en  los detalles de la evolución de la anécdota. A la mañana siguiente, el joven la compartió en la redacción donde trabaja. Tras las mil bromas disparadas, quedaron algunos comentarios  de los más veteranos. “Vas a tener que ir a rezar más seguido al pesebre”, o “Bajá a tomar agua del pozo” es, más o menos, el promedio  de las guarangadas.
Aquel morocho, que volvió  cabizbajo y tristón a la concentración, nunca supo ni sabrá que había ganado un lugar entre las fantasías de la protagonista.

Buenos Aires vivió, por unas horas, una reposición en pequeña escala del carnaval. El calorcito de la jornada, la cerveza, la percusión y los fuegos artificiales brindaron el marco. El espíritu, supongo, debe generarse por el optimismo que despierta un reclamo colectivo. La soledad cae, derrotada, en esas horas donde se ponen en fase los intereses de miles de individuos.

La vida se transforma, las penas se toman un respiro y los sueños de todos parecen quedar más a mano. Se termina la suma cero y campea la sensación de que juntos todo es posible.

Cuando eso pasa, la muerte pira. Sabia, sabe que podrá volver, pero no presenta batalla cuando reconoce la  batalla como segura derrota. Y si la parca se va, y estamos juntos, y hace calor, y nos tomamos unas cervezas, y los tambores, trompetas y trombones nos marcan el paso, no tardan en aflorar las ganas de ligar.

Las calles, normalmente espacios ajenos, anónimos, indiferentes, vuelven a ser la plaza griega. Devienen espacios de encuentro. Los autos, soberbios, dominadores absolutos de cada bocacalle, quedan apichonados ante los transeúntes recién llegados, que marcan el territorio como los lobos, a puro canto y meadas.

Un turista de aspecto nórdico estaba tan sorprendido en Diagonal Norte y Esmeralda que no acertaba entre sacar más y más fotos o mezclarse  en las columnas. Había contratado un tour hacia el invierno de una ciudad austral, previsto unas recorridas de shopping y gastronomía y, con suerte, pasar un rato por alguna tanguería sin onda, armada para currarlo antes de viajar al Perito Moreno. A él, la danza del abrazo lo alcanzó en plena calle, en la cotidianeidad de una metrópoli  que no paraba de estimular al máximo todos los sentidos. Al llegar a su hotel se comunicó con la agencia –Hielo ya tengo mucho en mi país, quiero dos días más aquí, por favor-imploró.

Como fenómeno, un día es poco para medir sus consecuencias a futuro. Pero creo no equivocarme al pensar que si pudiéramos afinar las técnicas estadísticas encontraríamos, en un horizonte ubicado a nueve meses del ahora, un nítido baby boom. Creo que pasaría lo mismo si midiéramos la actividad de las maternidades nueve lunas después de los festejos de San Patricio. Sé que no será de la magnitud del producido luego de la Segunda Guerra, pero tendrá sus efectos también.

En toda charla política cualunque, no falta nunca un opinador que pondere la “cultura cívica del pueblo uruguayo”. Uno de los ejemplos que usan para sostenerlo es la falta, del otro lado del río, de este tipo de manifestaciones. Yo arriesgo que tal vez por eso mismo hace 40 años que son 3 millones, exactos, ni uno más.

Considerando todo, tengo una sugerencia para la dirigencia sindical. Organizar estas marchas en localidades poco habitadas. Los beneficios serán múltiples: la clase media reaccionaria no se pondrá en la vereda de enfrente por las dificultades de tránsito que acarrean, y estarán en fase con la política de estado sarmientina “gobernar es poblar”.

De la mano de los operadores turísticos, podrían articularse con excursiones a puntos de interés histórico y parques nacionales. Si la idea es persistir en la organización donde está la crema y nata de la Reina del Plata, propongo  hacerlas un poco más tarde, luego de las 17 horas y, si es posible, los viernes. Ahí contarán, si duda alguna con millares de oficinistas del montón con pretensión de yuppies, que mutan de pub en busca del mejor happy hour de la zona.

Yo ya sé cuál es.

 

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