IMPERDIBLE BIOGRAFÍA DEL TURCO GARCÍA

Escrita por en Libros

Por Alejandro Duchini.

Las biografías de los deportistas suelen ser formales. Muy parecidas unas a otras. Pero “Este soy yo”, la del ex jugador de Huracán y Racing Claudio García, que acaba de publicar editorial Planeta, saca una gran ventaja en el género. Quien pensó en él como personaje, sin dudas tuvo una idea brillante. Porque encontró en García a alguien que supo dotar de humor a la parte de su vida que se lo merecía y contar con seriedad la más triste.

Más allá de sus goles y provocaciones dentro de la cancha entre los años 80 y 90, cuando jugaba, el Turco es conocido en el ambiente futbolero por su adicción a las drogas. Que es un tema que tienta a cualquier editorial. Pero en estas casi doscientas páginas no se apela al golpe bajo ni ejemplificador. Por el contrario, el libro se podría dividir en dos partes. En la primera se cuenta su paso desde la niñez hasta el retiro; la otra tiene que ver con el descontrol y la lucha por salir.

La forma en que el ex futbolista y actual descubridor de talentos de Racing describe lo que le pasaba sacará una sonrisa al lector. Y habrá varias en el camino. Así como está contada su vida, “Este soy yo” se asemeja a una buena novela, porque se lee como tal. Es una historia de ascenso, caída y lucha por reencaminarse. García escupe todo. Y muestra que la vida del jugador de fútbol no es tan bella como creemos. Sobre todo tras el retiro. Ahí aparecen las drogas duras, la adicción, la desesperación por conseguir cocaína, las visitas en madrugadas a las villas donde se ha convertido en un cliente habitual. También las noches en que, colocado, se acostaba con prostitutas, se trompeaba con algunos -incluyendo futbolistas a los que dirigía- y se quedaba solo durante días en su casa para pasarse de merca.

Hay una pareja -Mariela- que lo banca, recuerda García. Un hijo al que no acompaña y a quien le pide disculpas desde este libro que, tal vez, sea una forma de redimirse. Y hay también alguien que lo encamina hacia la recuperación. Esa experiencia positiva le sirve ahora para aconsejar que el de las drogas es un camino triste y casi siempre sin retorno.

A continuación, algunos pequeños textos de “Este soy yo”.

“Mi historia no empieza como la de muchos futbolistas. No tengo fotos en las que duermo abrazado a la pelota ni en las que soy la mascota de un club de baby fútbol. Tampoco los domingos pegaba la oreja a la radio portátil para escuchar los partidos. El fútbol recién apareció en la segunda parte de mi infancia, cuando nos mudamos a Lugano 1 y 2. Yo tendría 8 o 9 años. Antes habíamos vivido en Fiorito, a seis cuadras de la casa de Diego Maradona, pero yo no tuve nada que ver con los Cebollitas. A él siempre lo jodo con que mi casa era más linda porque tenía vista al mar. Al Riachuelo, en realidad”.

“Cuando la selección argentina ganó el Mundial del 78 nos fuimos de Lugano con los camiones a festejar al Obelisco. En vez de campera, yo llevaba una frazada y, no me olvido más, me tiré arriba de una vidriera y me llevé un Grundig. Veo las teles finitas de ahora y me río. ¡Este era recontra pesado! Cuando llegué, agotado, a mi casa, mi viejo me quería matar. Y le dije: ‘Si no querés que salga a chorear con un fierro, dejá el Grundito acá. Esto fue un descuido’. Hasta ese momento, para ver en colores, yo ponía el celofán delante de la tele. Si ponía azul, veía todo azul. Lo cambiaba y ponía uno rojo y veía todo rojo. Veía colores pero de a uno. Igual se me armó flor de quilombo con mi viejo y le prometí que nunca más iba a robar nada y le cumplí: nunca más toqué nada. Las opciones eran chorro o vivir del fútbol, laburar nunca”.

“En las canchas que estaban entre los edificios empecé a jugar a los 11 o 12 años. Era muy amigo de Roberto y Rubén Juntade, que son los que hoy enseñan a manejar en el Autódromo. Ellos me pusieron Turco. Yo me desesperaba cuando jugaba y les decía “dejala, dejala”, y de decirlo tan rápido me salía ‘jala, jala, jala’. ‘Parecés un turco’, me jodían. Y de ahí quedó”.

“Yo estaba jugando al truco con unos jubilados en Lugano. Cuando necesitaba unos mangos, jugaba contra ellos porque les miraba en el reflejo de los anteojos las cartas que tenían”.

“Terminó el primer tiempo, uno a cero abajo, nos fuimos al vestuario. Mientras Houseman se fumaba un cigarrillo, Vigo hablaba y pasaban los minutos y yo por dentro decía ‘este viejo me dijo que me iba a poner y no me pone’, estaba re-caliente. Termino de decir eso y escucho: ‘Nene, caliente’. ¡No me podía levantar! me faltaba el aire, me ahogué, no sé si era ataque de pánico o qué. Empecé a calentar en el vestuario y cuando salimos me llevé puesta la tapa del túnel, que era de chapa, y me hice un tajo en la espalda. No necesité puntos pero cómo me dolía. Así y todo salí a jugar”. (De su debut en la Bombonera, contra Boca. Esa tarde le hizo un gol a Hugo Gatti. Huracán perdió 3 a 1).

“Cuando entré un poco más en confianza, era un planazo ir a la concentración, la pasaba mejor que en mi casa. Teníamos pool, flipper, jugábamos a las cartas, mirábamos la tele. A la noche me levantaba con un hambre tremendo. Teníamos una heladera tipo comercial que tenía jamón, queso, frutas, de todo. Yo el jamón lo conocía de las revistas, nomás, la fruta en casa era artificial y se usaba de centro de mesa. Me levantaba y cuando no me veía nadie me comía 3 o 4 fetas de jamón, tomaba un vaso de Coca, no lo podía creer”.

“A la gente de la Academia me la gané no tanto con goles, como se esperaba de un delantero, sino con ganas, con huevo. Como los que tuve en la 6ta (fecha) para ponerme el buzo horrible del Goyco. !Qué mal gusto que tenía Sergio Goycochea para la ropa! Lo echaron cuando iban 21 minutos del segundo tiempo, no teníamos más cambios y alguien tenía que ir al arco”.

“Mucha gente habla del código de fútbol, del vestuario. Eso es una mentira. Los códigos del vestuario son los mismos que tiene cualquiera en un bar. Son los de la vida”.

“Lo más divertido de ese viaje me pasó con el Loco Enrique. Fuimos a comprar alhajas y justo se escuchó la sirena que indica que es la hora de rezar. Ellos dejan todo, donde sea, se arrodillan en el piso y empiezan con su ritual. Delante nosotros teníamos las alfombras con los dijes de oro. Con el Loco nos miramos y no lo podíamos creer. Los dos veníamos bien de abajo, habíamos pasado hambre y sabíamos que no teníamos que afanar nada. Pero estaba muy tentador. ‘Ezto ez todo para nozotroz’, me decía él. Lo tuve que frenar un poco porque andá a saber cómo reaccionaban ellos si se daban cuenta. Era divino el Loco, ¡cada salida tenía!” (De su paso por Arabia, con la selección argentina).

“Una obsesión. La droga para mí fue eso. Todos los días pensaba en cómo conseguir plata para tomar cocaína. Pensaba si me iba a alcanzar. Cuánto me iba a durar. Una enfermedad total. La cocaína era mi vida”.

“Esos años fueron los peores. Mi señora empezó a verme distinto, yo tomaba a escondidas. Nunca blanqueé con ella hasta que me descubrió tomando en el baño. No sabía qué decirle”.

“La adicción la divido en tres etapas. Primero, la del disfrute. Me encantaba ir a comprar, esperar a que llegaran las minas, salir, divertirme. Después vino la etapa en la que se la tenía que caretear a mi mujer Ya empezó el sufrimiento de querer tomar a cada rato. Sentía que tenía que estar con el nene, pero yo quería tomar cocaína. Me iba al baño, me mojaba la cara, la quería pilotear cuando salía pero nada servía. Ella se daba cuenta. Seguía el disfrute pero solamente cuando estaba lejos de ella y del bebé. La tercera época fue cuando ya no me importaba nada: no iba a su casa, no le atendía el teléfono a mi mujer a la noche. Sólo pensaba en la cocaína”.

“Mi situación sólo empeoraba. Mucha guita se me fue en el vicio, pero mucho más en los gastos extra: nafta, hoteles, minas, lo que fuera. Ya no tenía ocupaciones, ni actividades, ni ingresos”.

“Si tenés la suerte de recuperarte, como la tuve yo, hay cosas que ya perdiste, como ver caminar a tu hijo por primera vez. A Yamil el primero que le hizo patear una pelota fue su abuelo. Eso me duele pero prefiero no encerrarme en ese dolor”.

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