ORIÓN NO LE PEGÓ A NADIE… PORQUE NO JUGÓ

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

Recuerdo de mis tiempos de quinto año a Extra Large, un compañero alto y flaco que cuando se enojaba no hablaba. Pegaba. Así, directamente. Una tarde, mientras se hacía de noche y la clase de gimnasia, fuera del horario escolar, llegaba a su fin, XL se la tomó con otro de una división menor. El pecado que había cometido el más chico, que también era grandote, fue enojarse por una jugada en un partido y lanzarle con la mano la pelota a la cara. El silencio, les juro, se escuchó. Nadie dijo nada. Todos miramos a XL avanzar a paso lento y decidido hacia su futura víctima. No dudó en hacer lo de siempre: le pegó un trompazo mientras el otro volvía sobre sus pasos. Pero ya era tarde. Había sido alcanzado de tal manera que terminó sentado, groggy, al lado de la pelota. Los ecos del trompazo deben resonar aún entre las paredes de aquel patio escolar.

El profesor, que respetaba demasiado a nuestro compañero porque conocía su mal genio, dudó. En su duda se notaba miedo. De repente, y por una boludez, había quedado desnudo ante sus alumnos, que lo mirábamos expectantes por saber qué haría. No podía quedarse como nosotros, meros espectadores. Tenía que imponer su autoridad. En milésimas de segundos. Pero cómo hacerlo cuando sabía que el otro estaba enojado y no tendría problemas en darle también a él una trompada. Si eso pasaba, habrá pensado, no le quedaría ni un mínimo de respeto ante quienes observábamos. Humillado, tendría que renunciar; buscarse otro colegio donde enseñar. Estaba perdido y desde esa posición alcanzó a murmurar un “¡noooo!”. Fingió una fuerza que no tenía pero que era su obligado manotazo de ahogado. Cuando XL lo miró como un Rambo acorralado, con ojos furiosos, a nuestro profesor ya no le quedaba nada de valor, si es que alguna vez lo había tenido. Era un treintañero a merced de un pibe de barrio. Creo que le tuvimos lástima. Nadie quería estar en sus zapatillas. Si teníamos, le habríamos convidado mate. Lo hubiésemos invitado a que se siente a un costado mientras llorara su impotencia. Hasta lo palmearíamos para consolarlo. Alguno le hubiese dicho “ya está, ya pasó”. Otro lo animaría a seguir como si no hubiese ocurrido nada. No faltaría el que le indicara qué otras escuelas podían ser su alternativa para el futuro. En el barrio había varias.

Pero no fue así. No hubo mate ni consuelo ni palmada. Hubo silencio. El profesor no avanzó. Nuestro compañero, tampoco. Se miraron un segundo eterno y como los demás éramos tan valientes fuimos a consolar al más chico, que nos miraba desde el piso y no sabía si correr o quedarse refugiado en nosotros. Cuando el profe intentó algún otro gesto estéril, XL ya se había alejado de la escena del crimen. Tomó su campera y se fue del colegio. Tal vez a fumar a la vereda, donde se le sumarían los de su grupo más cercano.

Nadie quería tener problemas con XL, un John Wayne del lejano oeste pero en el Mataderos de finales del Siglo XX. Al día siguiente no se hablaba de otra cosa más que de esa trompada para la historia y del temor que demostró el profesor con su cara pálida y su voz aflautada por el miedo. No recuerdo si XL fue sancionado ni qué fue de su víctima. Pero sí me acuerdo del terror de otro compañero que unos meses antes se había acostado con la novia de XL. En ese momento se le aparecieron, luminosos, todos los fantasmas juntos. Aquella infidelidad era un secreto a voces pero antes de que la sangre llegase al río (y a oídos de XL), este muchacho desapareció. No venía bien con las notas, como casi todos, pero su caso era en extremo perdido. La mayoría sabíamos que aprobaríamos en diciembre o a más tardar en marzo. Pero él sólo iba al colegio a pasar el rato para no quedarse en su casa. Entregaba las pruebas en blanco y su destino ni siquiera eran las previas. Su futuro no estaba en el estudio, definitivamente. Así que abandonó la escuela y como era amigo lo veíamos cada fin de semana pero en otros ámbitos. Después llegó el verano del ’90, todos rendimos con mejor o peor suerte nuestras materias y muchos no volvimos a vernos.

Aquella anécdota me vino a la cabeza desde el fondo de los tiempos poco después de ver a Agustín Orión salir como un asesino contra Lucas Gamba, el jugador de Unión. Porque cuando alguien irrumpe con tanta violencia termina aguando cualquier fiesta. Eso pasa en todo ámbito. Pienso que eso no es guapeza. Aquella vez del colegio, XL agachó la cabeza y se retiró consciente de que no fue buena su reacción. Pero Orión, que tiene años en el fútbol, se quedó tirado en el suelo como si la víctima fuese él. Buscaba salvarse y, de paso, que sancionen al rival. Ni Boca ni un juego merecen a alguien que hace estas cosas. Alguien que sale a lastimar. Hay tanta bronca en esa salida que uno no sabe quién es peor: si él o el Gato Sessa. Y si te comparan con Sessa quiere decir que no estás haciendo las cosas muy bien.

Orión es el mismo que camina a lo matón. El que ordena a sus compañeros que saluden a la barra. El que quiebra a Carlos Bueno, de San Martín de San Juan. El que le rompe los ligamentos a su compañero Leandro Paredes en una práctica. El que le da un cabezazo a Juan Ignacio Dinenno, de Temperley. Pero nadie lo para.

Al menos queda el consuelo de los silbidos de algunos hinchas en la cancha que reprobaron el gesto. Que entendieron que ahí se perjudicaba a un equipo. Que Boca es más grande que un solo jugador que ni siquiera es ídolo. Otros recordarán, de una lista enorme, a guapos de verdad, como Blas Armando Giunta, Ubaldo Rattín, el Patrón Bermúdez o el mismo Carlos Tévez. Eran-son tipos que iban duro a la pelota, que no regalaban nada. Pero carecían de mala fe. Guapos de verdad.

No volví a ver a XL ni a casi nadie de aquella división. Un ex compañero me contó hace un tiempo que -canosos, panzones, pelados, divorciados, solos y solas- se juntan a través de Facebook para, casi treinta años después, aferrarse a un pasado del que ya no queda nada. Apenas, tal vez, algunos recuerdos. Como el de esa trompada que aún debe resonar entre las paredes del enorme patio de aquella escuela.

 

Compartir
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestShare on TumblrShare on RedditDigg thisFlattr the authorShare on StumbleUponShare on VKShare on YummlyBuffer this pageEmail this to someonePrint this page