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Hace tres días la vida futbolera sorprendía: Alemania le hacía 7 a Brasil en lo que parecía un partido de tenis. Historia en estado puro. Nadie podrá olvidarlo.

Hace dos días no daba más del sufrimiento mientras empatábamos con los holandeses. Afuera hacía un frío de perros. Hace dos días le tenía miedo a Robben, para mí el mejor de este Mundial. Hace dos días quedé con lágrimas en los ojos porque estábamos en la final. No esperaba esa emoción. Pero me llegó hace dos días. Después de unos penales interminables. ¡Cómo los sufrí, por Dios!

Hace una semana llovía a cántaros en Buenos Aires y yo corría por las calles para llegar a las 13 y ver el partido con Bélgica. Costó, pero ganamos. Me comí el televisor. El “Brasil decíme qué se siente…” ya se había impuesto como trompada. Santiago, mi hijo, me la cantaba mientras almorzábamos al día siguiente y me hablaba de lo que se venía, de que quería ver a la Argentina campeona del mundo. Este es su tercer Mundial. En el de Alemania tenía unos meses y en el Sudáfrica aún no entendía del tema. Ahora está a punto de ver a nuestra selección campeona. Ojalá pueda disfrutar a sus 8 años lo que yo disfruté a mis 6, en 1978.

Hace dos semanas hinchaba por los mexicanos en su partido ante Holanda. Esa cosa de que sea el chico frente al poderoso me puso de su lado. A falta de unos minutos, México clasificaba. A falta de cinco se lo empataron y en un ratito se quedó afuera. Los holandeses siempre sacan algo de su galera. Unas horas antes me había descubierto hinchado por un Chile que fue mejor que Brasil. Los chilenos estuvieron a centímetros de la gloria de clasificar en tierras cariocas. No fue por un travesaño. La vida y el fútbol tienen esas cosas. Después fui testigo de cómo Uruguay se convertía en una sombra del que fuera cuatro años antes y viviera en carne propia su dolor de ya no ser. Todo eso en un fin de semana. Demasiado para un Mundial tan intenso en el que ví partidos en lugares insospechados.

Hace tres semanas, por ejemplo, me tocó estar en una clínica. Fue el del 21 de junio, cuando jugamos contra Irán. Costó pero ganamos 1 a 0 y al terminar el partido vino la doctora para decir que a Malena, de 6 meses, le daban el alta. Los otros los miré con compañeros de trabajo o en casa. No pude ni armar cábalas. Sufrí como pocas veces; igual que como me pasa cada cuatro años. Me senté en diferentes sillones, comí cualquier cosa antes, durante y después de cada partido. El corazón, por suerte, me aguantó. Sigo entero. Disfruté de cada partido. Fui testigo de casi todos. No recuerdo si quiera qué ropa me puse para cada partido.

Hace casi un mes pegué mi primer grito de gol mundialista 2014 en un Día del Padre. Ahí empezó esta historia que está a punto de terminar de escribirse. Esta historia que se parece a una buena novela, de esas en que nunca se sabe cómo van a terminar. Estoy tan metido que quiero seguir hasta la última página. El reloj avanza y con él el miedo, la ansiedad, la fe, la confianza. Todo se mezcla en esta carrera interminable que se escribe en Brasil y, espero, se disfrute en Argentina.

Hace unas horas, hecho un manojo de nervios, me puse a escribir a esto porque, dicen, en la escritura uno puede descargar lo que tiene adentro. No se si ahora que se acerca el punto final de este texto estoy más tranquilo. Lo único que sé es que en unas horas más, en una tarde de domingo seguramente fría, como la de todos los mundiales que se viven en esta ciudad, estaré demasiado feliz o demasiado triste. Y lo peor de todo es que no depende de mí.

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