HACE 75 AÑOS EMPEZABA UNA LEYENDA DE NUESTRO BOXEO

Escrita por en Notas

José María Gatica y Alfredo Prada hicieron el Boca-River de los cuadriláteros argentinos. Sus peleas dividían a la gente. El Luna Park quedaba chico para tanta expectativa que con el tiempo se convirtió en mito. Esta nota fue publicada originalmente en El Gráfico de Septiembre 2017.

Por Alejandro Duchini

Hace 75 años, José María Gatica y Alfredo Prada se enfrentaron por primera vez. Fue el 29 de septiembre de 1942 en la Federación Argentina de Box. El rival de Prada esa noche era Livio Sosa, cuenta el periodista Carlos Irusta en una nota de 1999 publicada en esta revista. “Pero no fue”, explica, y en su lugar fue convocado Gatica. “De las rivalidades famosas que existieron en el boxeo argentino, la de Gatica y Prada fue la más grande”, afirma el historiador especialista en la temática Jorge Demárcico. A Gatica (entonces 17 años) lo dieron ganador por descalificación de Prada (18). Pero por siempre quedó que Prada le dio una paliza que lo dejó al borde del ko. La decisión enardeció al público. Y agrega Demárcico: “Muchas crónicas todavía dicen que había ganado Prada, pero la realidad es que fue descalificado. La gente se entera en el momento. Eso provocó mucha bronca entre las partes, sobre todo en los cuerpos técnicos”. El clima se calentó tanto que se pautó la revancha para dos semanas después (el 13 de octubre), en el mismo escenario: la ganó Prada, por puntos. Aunque de manera ajustada. “Fue una pelea apretada. Había quedado mucha bronca entre ellos. Resultó ser una de las peleas de mayor taquilla en la Federación. Quedó gente afuera. Además había como dos barras enfrentadas. Los que estaban con uno y con otro. A Gatica le decían Tigre. Pero el ring side, que estaba con Prada, le empezó a decir Mono, que no le gustaba, pero fue el apodo que le quedó”, recuerda Luis Romio, el actual presidente de la FAB. En aquellos tiempos ya frecuentaba con su padre el ambiente del boxeo. Crecería a la par de Prada y Gatica.

De la Federación pasaron al Luna Park, donde se enfrentaron cuatro veces como profesionales entre 1946 y 1953. Cada pelea fue durísima, con el estadio colmado por público que pedía más y más. Gatica ganó la primera, el 31 de agosto de 1946, y la tercera, el 18 de septiembre de 1948. Prada, la segunda (Gatica abandonó en el sexto round), el 12 de abril de 1947, y la cuarta y última, el 16 de septiembre de 1953, por nocaut. Los festejos de los hinchas de Gatica tras su primera victoria profesional ante Prada fueron dignos del fútbol. Se lo recuerda Demárcico a El Gráfico: “Hubo una fiesta tremenda de parte de los seguidores de Prada, que subían por avenida Corrientes haciendo ruido, cantando”. Ya la rivalidad deportiva trascendía al ring.

Tan diferentes y tan iguales a la vez. Gatica había nacido en Villa Mercedes, provincia de San Luis, el 25 de mayo de 1925. De familia pobre, llegó a Buenos Aires muy chico. “No pudo concurrir a la escuela primaria ya que para llevar algunos centavos a su madre debía trabajar como lustrabotas o canillita en las cercanías de la estación Constitución”, cuenta Víctor Lupo en su libro Historia política del deporte argentino. Desde entonces, la realidad y el mito alrededor de Gatica se dan la mano con la historia. Para defender su lugar de trabajo en la calle, tuvo que pelear. “De pequeño vagabundo, que mantenía a la madre y a la hermana, con la recolección y venta de diarios viejos por la mañana, el expendio de pastillas por la tarde, y el lustrado de zapatos por la noche, pasó repentinamente al poder que representaba manejar los miles de pesos que le reportaban las peleas”, cuenta su amigo y periodista Jorge Montes en una nota que escribió para El Gráfico en diciembre de 1983. En 1978, Montes publicó el libro El Mono Gatica y yo, una biografía espectacular que con esfuerzo se puede conseguir en librerías de saldo. Bien lo vale uno de los pocos ejemplares que deben quedar en la ciudad.

Gatica empezó peleando en el bajo, luego de que lo viera agarrarse a trompadas en las calles Lázaro Koci, un peluquero de la zona que lo subió al ring de un alojamiento para marineros por Paseo Colón y San Juan. En combates a tres rounds, ganó así sus primeras monedas. Montes, recuerda en aquella nota de El Gráfico, contactó a Koci para escribir su libro: “Yo, que jamás le había visto beber una copa -dice Montes sobre su diálogo con Koci-, me asombré cuando me dijo que, después de descubrirlo en la Misión de Marineros de la calle Chile y para ponerlo bajo su protección, lo envió a trabajar como albañil con su suegro. Este regresó un día asombrado por la cantidad de vino que se había chupado el Mono en el almuerzo. Y es que apenas tenía 14 años”.

Prada quedó marcado como el representante de los “cajetillas”. Nació en Rosario el 10 de marzo de 1924. Fue campeón argentino y sudamericano de los livianos. Se retiró vencedor en 1956 tras ganarle al chileno Andrés Osorio. De chico era inválido por un accidente, pero salió adelante con la natación, primero, y el boxeo, después. Ya en Buenos Aires, entrenaba en el Almagro Boxing Club (aunque era de Pompeya), en un barrio considerado de clase media, en oposición con el ambiente del bajo del que provenía su futuro rival. Hasta en eso se pararon en veredas opuestas.

Por creencia popular, el Mono quedó identificado con el peronismo. Pero ambos se ubicaban en la misma línea. Dice Demárcico: “La diferencia estaba en el arrastre que tenían en la gente. Y en esa mentira que decían que Gatica era del pueblo, peronista y de la popular. Los dos eran peronistas confesos. Sólo que Gatica era seguido por una masa de individuos que estaba con él y él, inconscientemente, exacerbaba esa situación saludando, haciendo gestos y esas cosas”. “Fue el primer marketinero del boxeo. Incluso antes que Bonavena. Ni se comparan”, agrega Romio. “Y antes que Bonavena, Selpa”, redobla Demárcico.

LA PELEA DE LA MANDÍBULA

Demárcio recuerda que durante el segundo combate profesional entre ambos, Gatica se quejaba del dolor de muelas. Y sangraba. En el sexto round se paró la pelea porque no podía seguir. “Al final, tenía una fractura en el maxilar. Quedó destrozado. Lo llevaron al Ramos Mejía, donde le hicieron de todo. Es más, los médicos dijeron que se había terminado su carrera, porque no podía boxear más”, cuenta Romio. El Mono, que aguantó cuatro asaltos en ese estado y estaba a punto de casarse con Ema Fernández (tuvo dos parejas más: Nora Guercio y Rita Armellino), gastó su dinero en “médicos, curaciones, dentistas y mantenimiento de su larga y abúlica familia”, como recuerda Montes en su texto.

Gatica se recuperó, volvió a pelear, ganó plata e hizo su fiesta de casamiento. Sólo que eligió la iglesia de Pompeya, la zona de Prada, cuyos seguidores la colmaron al enterarse de la afrenta. “La hinchada no perdonó la intromisión y la ceremonia estuvo a punto de derivar en la cárcel o en el hospital”, escribió Montes en esta revista, y agregó que “la turba entró a la iglesia repartiendo empujones y trompadas”.

Gatica y su gente sobrevivieron a aquello y el 18 de septiembre peleó nuevamente con Prada. Fue, dicen, la pelea más dura entre ambos. “El Mono se repuso de aquello de la mandíbula, le ganó por puntos tras doce rounds y hasta volteó a Prada”, señala Demárcico antes de que Romio recuerde que tras aquella noche “los dos estuvieron casi un mes en reposo por cómo quedaron”.

Pasaron cinco años hasta que combatieron otra vez. Estaba en juego el título ligero argentino. Lo ganó Prada por nocaut en el sexto. Llegaba mejor preparado. Siempre había sido respetuoso del gimnasio. Gatica ya estaba en otra. 23 mil personas llenaron el Luna Park. Fue el último capítulo de la rivalidad en el ring. Sus vidas siguieron de tal manera que no pudieron desligarse. Aunque Gatica quedó en primer plano, se necesitaban uno al otro. Prada solía contar como chiste que si iba a la Cordillera de los Andes y gritaba “Praaaaadaaaaa” el eco devolvería “Gaticaaaaaaa”. Prada, que terminó sus estudios, era intelectualmente preparado. Gatica no sabía leer ni escribir. “Tenía un sentido muy básico, primitivo, pero era solidario. Incluso en un reportaje que le hacen dice ‘yo nunca me metí en política. Si siempre fui peronista…’”, describe Demárcico a Gatica, de quien también recuerda que “una vez la gente le pedía en la puerta del Luna Park entradas para una pelea y él decía que no tenía. Entonces alguien le dijo ‘pero Monito, si por allá están entregando entradas a mansalva’. Y él se enojó y entró a reclamar al Luna diciendo ‘¿cómo es esto? No hay entradas para Gatica, que pelea, y sí hay para el señor Mansalva?’. ¡Fijate lo que era! Creía que mansalva era una persona. Tiene muchísimas anécdotas así. O como esa que le dijo a Perón: ‘Dos potencias se saludan’, Mucha gente lo quería, otro sector lo aborrecía. Fue el fruto de una época”.

Prada tenía muy buena relación con el presidente Juan Domingo Perón, al igual que el Mono, el preferido de Evita. De hecho, una de sus hijas se llama María Eva (tuvo otras dos, Patricia y Viviana, con su tercera esposa) y es la actual titular de la Comisión de la Mujer en la FAB. De la noche en que Evita fue su madrina hay otra anécdota. La esposa de Perón esperó en la iglesia más de media hora la llegada de Gatica y su familia. “¡Hace treinta minutos que te espero!”, le recriminó, molesta, cuando él llegó. Victor Lupo recuerda que la respuesta fue: “Y bueno, ¿qué quiere? Usted será Evita pero yo soy Gatica”. Al otro día, los medios periodísticos evitaron la noticia.

“Era un atrevido. Gatica era Gatica. Tenía un ángel que hacía que lo quieran”, insiste Demárcico. “A nivel popular, Prada quedó como en un segundo plano. Prada era el campeón, pero Gatica era el hombre del pueblo, el campeón sin corona”, resume Romio.

LOS MITOS

Los mitos venden y se apoyan en historias que no siempre son reales. Gatica forma parte de varios mitos. Su final en la pobreza, como corolario a su decadencia física, también se contrarrestó con cierta solidez económica de Prada. La historia oficial dice que Gatica murió al salir de la cancha de Independiente, antes de que termine un partido contra River al que había ido a vender muñequitos para sacar unos pesos. Vivía de eso; y de la caridad. Pero la realidad es otra. “Cuando murió no estaba vendiendo muñequitos, como se dice. Él ayudaba a venderlos a un pibe en la cancha de Independiente, del que era hincha. Lo hizo para darle una mano, porque sabía que si lo veían a él iba a ser más fácil que la gente compre. Después pasó lo del colectivo que lo atropelló. Y mientras se muere, internado, en el hospital, le manda un mensaje al marido de su ex esposa, (el cantante) Rodolfo Lesica, en el que le dice ‘maestro, te agradezco porque estás cuidando a mi hija’”.

En su El Mono Gatica y yo, Montes arma el rompecabezas de las últimas horas de Gatica. Cita el testimonio de su amigo Emilio Sánchez a la revista Así: “Gatica nunca vendió muñequitos. Por otra parte yo mismo era la primera vez que iba a vender a la cancha. Al final nos entusiasmamos con el partido y no vendí ninguno. El único muñequito que José María tocó fue el que le dio a uno de los controles de la platea: ‘Flaco, pasame un muñeco -me dijo-, se lo voy a regalar a un amigo’. Tengo entendido que lo conocían y siempre lo dejaban pasar”. En el mismo libro se cuenta que esa tarde el Mono estaba provocador y que él y Sánchez se fueron hasta el café El As, en Herrera y Luján, en Barracas. La dueña le negó el coñac y el Mono, enojado, se fue con Sánchez. Intentó subirse al colectivo 295, que “prosiguió la marcha aunque a poca velocidad. Gatica corrió tras él y quiso treparse con el vehículo en movimiento. Intentó tomarse del pasamanos pero no pudo. El colectivo lo arrastró unos metros y finalmente cayó bajo las ruedas traseras”. Fracturas múltiples de cadera, luxación de vértebras, fracturas de apófisis transversal de la cuarta vértebra, fractura de pubis y rotura de uretra, se informó en el parte médico del Hospital Rawson. Dos días después, el 12 de noviembre de 1963, murió. En su multitudinario velorio la marcha peronista fue la música con la que se lo despidió en el cementerio de Avellaneda.

“Condición humilde”, coinciden Romio y Demárcico cuando hablan de cómo fueron sus últimos años. El mito dice que falleció sin un peso. Montes, según testimonios de allegados, cuenta que tenía una casa en La Plata entregada por el gobierno bonaerense de Oscar Alende, tras gestión de Prada. Justamente Prada le dio una mano en un mal momento cuando lo llevó a trabajar con él en la cantina Nock Out, en Paraná y Sarmiento, en Capital Federal. El “buenas noches, buen provecho” que decía el Mono a cada comensal fue una de sus frases en el delirio de sus últimos días.

Ese gesto de Prada para algunos fue una manera de aprovecharse de la decadencia de su ex rival. Romio entiende que “es mentira que Prada lo usaba. Todo lo contrario. Ponen el restaurante y piden un gancho. Y sale el nombre de Gatica”. “En algún punto, lo hizo socio. Le permitió ganarse unos mangos a Gatica. Gatica no podía hacer mucho. Una vez lo hablé con Prada”, agrega Demárcico. Y Romio: “Además le pagaba bien. Doy fe de eso. Pero Gatica no aguantó. Se fue. Le decían Monito y no le gustaba. Decía ‘buenas noches, buen provecho’ porque era parte de su forma de ser y no una exigencia. No comía vidrio. No era tonto. Era un inculto con millones de tipos que lo adoraban”.

Otro que también conoció a Prada es el periodista Gustavo Nigrelli. “Era un placer hablar con él”, dice al recordarlo. Y comenta que antes de cada pelea, Prada se acercaba a Gatica y le decía “categoría, ¡categoría!” para que se cuide y dé el peso. No hacía falta agregarle más. Así, se entendían. Alfredo Prada falleció el 25 de mayo de 2007, a sus 83 años. Ese día, Gatica hubiese cumplido 82.

En sus últimos años,también Martín Karadagián, el líder de Titanes en el ring, le dio una mano a Gatica, al invitarlo a participar de una exhibición de catch en la cancha de Boca. Otros dicen que fue sólo para convocar más público y que se aprovechó del boxeador que andaba falto de dinero. Aquel encuentro no terminó bien. Gatica, dicen, le pegó un cachetazo en serio y Karadagián le devolvió con un golpe que lo dejó rengo para siempre.

Osvaldo Soriano tituló Un odio que no conviene olvidar su genial perfil sobre Gatica. En ese texto aparecen datos inexactos, como señala Nigrelli a esta revista. Y cita, entre otros ejemplos: “Soriano escribe que ‘la última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia’, pero no fue así. Porque después de eso Gatica perdió una sola pelea y ganó trece, once de las cuales fueron por ko”. También recuerda que Soriano sostiene que “cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaban al ocaso” y lo niega: “Prada, después de su última victoria ante Gatica, hizo otras veintinueve peleas y las ganó casi todas. Sólo empató en dos”.

El 30 de septiembre próximo, a 75 años del primer combate, Gatica y Prada volverán a tener algo en común. Ese día, el club El Porvenir será el escenario de un homenaje a Horacio Accavallo, un grande de nuestro boxeo. La velada tendrá un momento emotivo cuando María Eva, la hija de Gatica, le entregue una plaqueta de homenaje por parte de la Uperbox al hijo de Prada, Ricardo. Será una forma de continuar una historia que, tal vez, nunca se cierre.

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