GIUNTA ME ARRUINÓ EL CUMPLE

Escrita por en Destacadas, Notas

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Hace tiempo tomé conciencia de que comencé uno de los pocos caminos sin retorno que tiene la vida: el de la vejez. Hoy cumplo 44 años pero hace rato que el pelo se me cae, que si no corro seguido me quedo sin aire, que si estiro los músculos bruscamente al levantarme me aparecen unos dolores tremendos y que si no uso anteojos, no leo tan clarito. También tengo canas, me duele la cintura si levanto algo más o menos pesado y me salen pelitos en los oídos. Pero hay otro síntoma inconfundible: cada vez que veo la foto de alguna persona de mi edad me doy cuenta de que está viejo, sobre todo quienes compartieron conmigo años de juventud. Algunos -la mayoría- tienen panza, ojeras y están más petisos. Un Koohinor, parecen. Y yo debo estar como ellos.

Sin posibilidad de regreso, sólo queda ir hacia adelante. El camino de la vida se asemeja a una ruta en la que en cualquier momento, a la vuelta de una curva peligrosa o de una recta aburrida, aparecerá el cartel de llegada. El de salida quedó definitivamente atrás y vamos amontonando cada vez más recuerdos. Magnificamos lo que fue e inventamos tiempos felices. Los feos dicen que fueron lindos, los solterones que se cansaron de cosechar mujeres y los futboleros que la rompían en cancha de once o de cinco mientras intentan aspirar una bocanada de aire en el fulbito con los sobrinos. No faltan las mujeres que, abandonadas y con kilos de más, se añoran hermosas y rompiendo corazones mientras salen, sin solución, de la peluquería del barrio. Nada es lo que fue.

Esto es lo que pienso a los 44, un número que no dice nada. En la lotería es la cárcel. Poco seductor, por cierto. Ni siquiera es redondo. Uno festeja con más ganas los 35 o los 40. ¡Ni hablar de los 20! Tampoco sirve como para darle un toque poético. Como el de Joaquín Sabina, que a sus 50 les decía sus “cuarenta y diez”. Obviamente no se puede decir “mis treinta y cuatro y diez”. No cierran por ningún lado, los 44. Pero es lo que hay. Al menos todavía tengo la capacidad de recordar.

Entre mis recuerdos me viene uno particular. Tiene que ver con mi cumpleaños número 18. Yo era joven y estaba feliz porque terminaba el colegio secundario. Tal vez una de las peores experiencias de mi vida. Por esos años Independiente andaba bárbaro. Ganaba campeonatos, jugaba lindo y lo tenía a Ricardo Bochini. Había sido campeón en ese invierno y el 29 de noviembre de 1989 jugaba en Avellaneda la final de la Supercopa contra un Boca temible. Tenía a Navarro Montoya, Marangoni y Giunta. Al otro día yo cumplía años, así que con mi papá y mi padrino fuimos a la cancha con la esperanza de celebrar el título y que ese sea mi mejor regalo.

Llegamos temprano y cuando entrábamos vimos que estacionaba el micro con los jugadores. Nos quedamos a verlos y me temblaron los pies cuando apareció mi ídolo, Bochini. Venía de una lesión desde la primera fase de ese torneo, contra el Santos, de Brasil. Yo no era de hablar. Más bien me podía la timidez. Pero cuando lo vi me salió decirle algo así como “mañana es mi cumpleaños. Por favor, regálenme el campeonato”. Él apenas esbozó una sonrisa y siguió su camino rumbo al vestuario. Siempre tan demostrativo. Nosotros nos fuimos a nuestras plateas.

Esa mañana, al leer la sección deportiva de Clarín, ya había algo que me hacía intuir que aquella noche no sería feliz. En un reportaje, Navarro Montoya decía “sólo pienso en ganar”, Bochini, que volvía a poco de recuperarse, no se había mostrado demasiado confiado: “Haremos todo lo posible”, creo que eran sus declaraciones. Desde el vamos, en Boca sobraba la confianza que nos faltaba a nosotros.

Aquel partido terminó 0 a 0 y hubo que definirlo por penales, cerca de la medianoche. No me olvido más que El Mono le atajó la pelota a Artime y que después, si Giunta hacía el gol, Boca era el campeón.

Los penales se pateaban a mi izquierda, en el arco que daba a donde estaba la hinchada de Independiente. Giunta fue caminando tranquilo y canchero. ¡Cómo lo odiaba, por Dios! Tanto como le temía. Porque era un guapo en la cancha y esos tipos siempre garpan más. Saben hacerse respetar. Todavía lo recuerdo marcando con su pie derecho el círculo donde iba a poner la pelota. Después la acomodó varias veces y retrocedió para tomar carrera. En esos minutos, yo todavía tenía 17 años. Me había llevado un montón de materias a diciembre y algunas menos a marzo. Mi año lectivo había sido un fracaso total. Ni siquiera iba a las clases de Gimnasia, que eran a la tarde, fuera del horario escolar, y también me la llevé. Salía del colegio y me rajaba a casa a dormir la siesta, así que siempre faltaba. Las pruebas de las otras materias las entregaba en blanco. Sólo las firmaba, me iba del aula y me quedaba deambulando como si tuviese hora libre. Sabía que mi destino era estudiar todo el verano si quería entrar a la escuela de periodismo. Mi rebeldía era un absurdo sin control. Mi papá ya me consideraba un caso perdido y los profesores también.

Lo único que me interesaba por aquellos años era Independiente, así que Giunta tenía en sus pies las llaves de mi felicidad. El uruguayo Eduardo Pereyra, nuestro arquero, atajaba bárbaro y ya estaba parado debajo del travesaño. El hombre que está solo y espera.

Marta Torres, la profesora de Filosofía, me había complicado la vida. Durante todo el año me preguntaba cosas que no sabía contestarle. En octubre ella ya sabía que no sabía nada. “Sólo sé que no sé nada, ¿no, Duchini?”, me citaba a los griegos delante de todos cuando le decía que no había estudiado. Sus clases eran de las más aburridas. Por suerte lo superé y hoy leo con placer a Nietzche, Foucault y Tomás Abraham. También sigo leyendo El Gráfico. En abril la rendí previa después de haberme preparado durante dos semanas enteras en las que supe todo, pero todo, de aquellos pensadores de la Antigua Grecia. Los terminé conociendo más que la formación de Independiente.  Podía armar mi equipo griego: Sócrates; Platón, Aristóteles, Pitágoras, Heráclito; Anaxágoras, Empédocles, Parménides, Georgias; Protágoras y Demócrito. Cuando aprobé, ya tenía 18 y cursaba Periodismo.

Pero en mis últimos minutos con 17 años la vida me ponía ante el abismo de la tristeza o la alegría. Giunta, en realidad. Le hice cuernitos, lo puteé por lo bajo cuando tomó carrera y maldecí a la vida misma cuando su derechazo se incrustó en el arco. La mitad de la cancha quedó en silencio. Desde mi derecha, donde estaban los de Boca, se escuchó un grito apagado, porque en la cancha siempre se escucha más fuerte a la hinchada propia que a la rival. Aquel estruendo subió y se perdió en mi somnolencia. Pareció apagarse. Lo abracé a mi papá y me senté. Me sentí fuera del tiempo. Vi a los jugadores de Independiente agachar la cabeza y a los rivales correr y explotar en una desaforada alegría. De su hinchada los separaba el alambrado y al mismo tiempo los unía esa felicidad que me era esquiva y envidiaba.

Tuve ganas de llorar pero me la aguanté con un dolor que me acompañaría mucho tiempo. Pensé que al otro día volvería a la realidad del colegio. Que diciembre estaba a la vuelta de la esquina y ahora sí tenía que estudiar.

Pero las cosas no podían ir bien, sobre todo aquello, porque Independiente había perdido el campeonato. Cuando la cancha quedó casi vacía, con unos pocos hinchas envueltos en banderas rojas, como la mía, enfilamos hacia el auto para emprender el camino de regreso. Ya era 30 de noviembre. Así cumplí 18 años.

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