GALLARDO MONUMENTAL

Escrita por en Libros

Lo que sigue es la introducción del libro que Diego Borinsky acaba de publicar, a través de Aguilar, sobre la vida y la actualidad del técnico de River. Gracias a la gente de Sudamericana y al autor por ceder el siguiente texto.

—Tengo unos mangos para apostar con mis amigos, ¿vas a ser el próximo técnico de River?

—¡¿El próximo…?! Sé que lo voy a ser en algún momento pero no sé cuándo.

El bosquejo de ese libro comenzó a tomar forma en febrero de 2014. Me encontré con Marcelo en un bar de Avenida del Libertador, cerca de su casa, en Martínez, para la nota de las 100 preguntas que suelo hacer todos los meses en El Gráfico. La que encabeza esta introducción era la primera. No en términos cronológicos de la entrevista, pero sí la que elegí que fuera comoN° 1. Trucos válidos del ejercicio periodístico.

gallardo enteroA Marcelo lo conocía casi desde que debutó en la Primera de River, en 1993. Le había hecho 4 o 5 notas en diferentes momentos de su carrera, pero el vínculo nunca se extendió más allá de apagado el grabador. Aquella tarde de verano, sin embargo, cuando se aproximaba a cumplir dos años sabáticos como entrenador tras su consagración en Nacional, la charla se extendió por tres horas, las dos habituales que en promedio me demandan las 100 preguntas, más otra de riquísimo off. Me volví a mi casa más que satisfecho con el contenido de las respuestas, pero además sorprendido por un par de detalles. En principio, me llamó la atención que no hubiera puesto reparos para dar la nota. En aquel amanecer de la era D’Onofrio, se vislumbraba una travesía áspera en el vínculo entre la dirigencia y Ramón Díaz, y Gallardo era uno de los apellidos que sonaba, en los míticos pasillos del Monumental, como uno de los posibles sucesores. En casos así, se le aconseja a ese candidato que se guarde, que no aparezca. Incluso muchas veces ese entrenador suele ser más papista que el Papa y se esconde sin que se lo pidan, por si acaso. Pero Gallardo en ningún momento exhibió esa preocupación ni me pidió que tuviera cuidado con tal o cual respuesta. Daba muestras de su personalidad. Otra característica que percibí en ese encuentro, fue su claridad conceptual al hablar de fútbol. Y su seguridad para expresarlo.

“¡Qué lástima que no aposté con mis amigos, me hubiera hecho rico!”, le escribí por whatsapp meses después, cuando lo eligieron director técnico de River tras la renuncia de Ramón Díaz. Y le propuse vernos a la vuelta del Mundial de Brasil.

Yo había decidido parar un poco con mi modesta producción “literaria”. Venía de escribir la biografía de Matías Almeyda en 2012, dos selecciones de mis entrevistas de El Gráfico en 2013, y uno más vinculado a la historia de la Selección Argentina en los Mundiales a comienzos de 2014. Es un esfuerzo muy grande escribir un libro. Intelectual y físico. Es gratificante, sí, cuando uno observa el producto final y tiene a su hijito en brazos pero el camino suele ser una carrera contra el tiempo, los nervios, el insomnio y la angustia. Sin embargo, me alcanzó con ver cinco partidos del River de Gallardo y escuchar la lucidez de sus explicaciones en las ruedas de prensa, para recuperar violentamente el entusiasmo.

Por esos días, una mañana fui a ver un entrenamiento al predio de River en Ezeiza porque debía entrevistar a Leonardo Pisculichi y me reencontré, después de muchos años, con Matías Biscay, a quien había visto debutar en la Primera de River. Biscay me presentó a Hernán Buján, el otro ayudante de campo, y en una breve charla me explicó las herramientas básicas (pase y control) en las que sostenían ese comienzo precozmente alentador. Y me detalló un par de ejercicios para llevarlos a la práctica.

A fines de septiembre de 2014 quise entrevistar a Marcelo para Fox Sports y me contestó: “Mejor vení a tomar un café”. El jueves 2 de octubre, tres días antes de su primer superclásico como DT de River, el 1-1 bajo el diluvio en el Monumental, me citó en su oficina del primer piso del predio de Ezeiza. En otras épocas, con Daniel Passarella o Américo Gallego al mando del equipo, en circunstancias similares no me hubiera podido acercar ni a veinte cuadras a la redonda de donde practicaba el equipo. Esa tarde, el Muñeco volvió a exhibir su singularidad: estuvimos dos horas charlando y tomando mate, como si nada, en un clima de absoluta distensión. Unos cuantos testimonios que nutren este libro reafirmarían luego ese matiz de su personalidad: la tranquilidad que irradia. Y esa tranquilidad la irradia porque está muy convencido de lo que pretende.

La oficina de Ezeiza era un sitio que hasta su llegada como entrenador tenía un par de camas y se usaba para que se quedara a dormir algún utilero o empleado del predio. Gallardo lo transformó en su búnker: es el sitio donde se junta con sus colaboradores a desayunar, a leer los diarios y a planificar la práctica del día y, una vez terminada la misma, para pautar lo que sigue o discutir sobre las cosas que se están haciendo bien y mal. A la oficina se llega subiendo por una escalerita blanca muy próxima al vestuario de los futbolistas, ideal para cuando el Míster —tal como lo llaman algunos integrantes del cuerpo técnico— debe tener una reunión a solas con alguno de ellos. Es una sala de unos diez metros de largo por cuatro de ancho, con dos sillones a los costados y una mesa cuadrada grande con ocho sillas. En la sala, luminosa y austera, relucen tres cuadros: uno de Ángel Labruna en andas de sus jugadores, en los festejos por la obtención del Metro 75, una panorámica del Monumental con una bandera gigante que cubre la popular y una más pequeña, con el plantel de 1997 (Gallardo incluido) levantando la Supercopa. Sobre la pared del fondo hay una pizarra con dos recortes pinchados del diario La Nación: uno de Ezequiel Fernández Moores sobre Herr Pep, el libro que relata el primer año de Guardiola en el Bayern Munich (“Me sentí muy identificado con el contenido y quería que lo leyeran mis compañeros del cuerpo técnico”, me dijo), y otro de Fernando Pacini sobre el Borussia Dortmund. Al costado, un calendario gigante del semestre, dividido en semanas, con la cantidad de partidos de cada una, diferenciado con colores según la competencia, luego una heladera, una cafetera, tostadora, termo, mate, yerba, una computadora y tres diarios sobre la mesa (Clarín, La Nación y Olé), y una lista, sobre el armario, con los cumpleaños de todos: jugadores, cuerpo técnico, utileros y hasta cocineros. Una nómina de 57 apellidos, que arranca con el masajista Marcelo Sapienza (5/1) y termina con la doctora especialista en neurociencias Sandra Rossi (25/12). Para no olvidarse de felicitar a nadie. Importan los profesionales, pero sobre todo las personas.

También hay un silbato rojo colgado del ángulo de la pizarra y un cartel de prohibido fumar. Desde la mesa se ven las canchas principales del predio; los ventanales tienen el escudito de River ploteado en blanco. Al fondo existe un cuartito con un plasma gigante, en el que trabaja Nahuel Hidalgo, el videoanalista. Y un baño, donde suele ducharse Marcelo después de los entrenamientos. El resto del cuerpo técnico lo hace en el vestuario de abajo.

En aquel primer encuentro en su oficina de Ezeiza, me senté a su izquierda y a los pocos minutos me pidió si me podía cambiar de lado. ¿Cabulero? Para nada. Luego comprendí que, entre mate y mate, relojeaba por la ventana cómo estaban cortando el pasto de la cancha principal. Y yo obstruía su visión. En ese pequeño gesto, empezaba a conocer al técnico de River: está en todos los detalles.

“Había decidido no escribir libros por un tiempo pero nunca había visto jugar así a River, te digo la verdad. Esto va a hacer historia, necesita ir a un libro, y yo tengo ganas de hacerlo”, le propuse de entrada, mientras sacaba de mi bolso Pep Guardiola, otra manera de ganar, la biografía escrita por Guillem Balagué, que no es una semblanza clásica, sino un recorrido por los cuatro años del Barcelona de Guardiola, con su entrenador como eje. Un libro que me había fascinado porque contaba génesis y desarrollo del que para muchos (me incluyo) fue el mejor equipo de la historia. Marcelo abrió el paquete y me dijo que ya lo había leído y le había gustado (otra nueva y grata sorpresa). Luego charlamos por casi dos horas y antes de despedirme, cuando casi todos sus colaboradores estaban en la oficina para delinear la práctica que comenzaría en media hora (se avecinaba un superclásico, apenas eso), le recalqué mi inquietud del comienzo.

—¿Y, qué te parece lo del libro?

—Ehhh… bueno, te veo tan convencido a vos que vayamos para adelante.

Me fui contento otra vez después de un encuentro con Marcelo. Para ser sinceros: jamás pensé que en menos de un año River terminaría ganando cuatro copas internacionales, casi la misma cantidad que atesoraba en 54 años de competiciones internacionales (entre 1960 y 2014 había logrado apenas cinco), pero veía algo que me gustaba mucho de Gallardo. En el campo de juego y en el modo de conducir. Advertía su carisma y la fuerte comunión con la gente, que le cantó el “Muñeeeeeeco, Muñeeeeeeco” desde su primera vez como DT en el Monumental, ante Rosario Central (2-0).

Los hechos se sucedieron de modo vertiginoso en los dos meses siguientes. Empecé por el principio: la barrida de archivo para registrar datos, fechas, frases y personajes a consultar, pero River jugaba siempre entresemana, y encima la salud de su madre se había deteriorado bruscamente. Llegaron los partidos con Boca por la Sudamericana y no podía andar molestándolo. Nos juntamos el 23 de diciembre en un café cercano a la estación Martínez del Ferrocarril Mitre. Los futbolistas ya se habían ido de vacaciones, pero él no, seguía monitoreando desde Buenos Aires las negociaciones por los refuerzos. Es lo que le toca al conductor. “Esto es por la Sudamericana”, le dije, y saqué otra vez un libro de mi bolso: Papeles en el viento, la novela de Eduardo Sacheri. Me agradeció. Charlamos. Me habló bastante de su madre, también de Nahuel, su hijo mayor que había sido protagonista de un cuento de hadas: justo en la mitad del año que le tocaba ser alcanzapelotas resulta que su papá era elegido entrenador de la Primera División. Nahuel le estaba tirando la onda para prolongar su estadía al lado del banco de suplentes en 2015. El padre lo cortaría tajantemente: no pensaba pedir ninguna excepción por él.

Una señora mayor lo reconoció, le pidió una foto y Marcelo accedió y la abrazó con una sonrisa. Noté allí a una persona cálida y sencilla. No anda en pose, ni te mira de arriba con desdén. No se saca la foto o firma el autógrafo serio, como si se tratara de un trámite indeseable, como lo he visto en cientos de futbolistas y entrenadores. Lo hace siempre con una sonrisa, escuchando lo que le dicen y respondiendo con amabilidad. Camina por la vida con naturalidad, como uno más. O sea (para utilizar su muletilla preferida): no se la cree.

—No sé, Diego, no estoy seguro, no me gusta hablar demasiado de mí —admitió, y sentí una pequeña desazón.

—Hagamos así: pensalo en las vacaciones y lo hablamos en febrero; hacerlo si no tenés ganas no tiene mucho sentido, ¿te parece? —le propuse.

River arrancó el 2015 a los tumbos. La clasificación a octavos de final de la Libertadores se puso brava y, además, los viajes largos lo tenían muchos días fuera del país. Me costaba encontrar un momento para ver si, finalmente, arrancábamos con el proyecto. En esos meses intercambiamos un par de mensajes y siempre respondió mis whatsapps. Una hora después, a la noche, al otro día, como mucho. Es un punto que, personalmente, me ha generado muchísimas rabietas en el ejercicio de mi profesión y que incluso lo he discutido con los protagonistas: el jugador o el técnico o el que sea no tiene la obligación de dar la entrevista, pero sí de responder, aunque sea escuetamente, un mínimo gesto de respeto hacia la otra persona.

—Hola, Marcelo, si te parece, cuando termine esta primera ronda de porquería y hayamos clasificado, nos juntamos a ver qué hacemos con el gran proyecto gran. Te aconsejo que leas el libro que te regalé, que te va a sacar un poquito de la locura cotidiana —le escribí en marzo.

—Hola, Diego, el libro ya lo leí, también vi la película, y como suele pasar, el libro es mejor que la película —me contestó, y volvió a sorprenderme.

—¡Qué bueno! ¿Y cómo ves el tema de nuestro libro? —le tiré, intentando saber dónde estaba parado yo en ese momento, si más cerca del “sí” que me había dado en nuestro primer encuentro o del “no sé” del segundo.

—Bien, bien, lo veo bien —me respondió, y recuperé la alegría.

El jueves 16 de abril, un día después de la angustiante clasificación a octavos de final de la Libertadores, nos encontramos en su otra oficina, dentro del vestuario del Monumental. Esta es mucho más pequeña, de dos por tres metros, una mesa, una silla de cada lado, el mismo cronograma gigante colgado de la pared, a su derecha, un plasma a su izquierda y, de frente, la visión limpia del gimnasio y, más allá, del campo de juego del Monumental. Todo bajo control.

—Bueno, Marcelo, ¿qué hacemos? La idea es que hables vos pero también la gente que trabaja con vos, que entre todos expliquen cómo consiguieron todo esto —arranqué.

—Sí, me gusta la idea, solo que no me quiero comprometer con algo que después no pueda cumplir. ¿Para cuándo necesitás hacerlo?

—No lo sé aún, apunto a fin de año. Calculo que serán unos diez encuentros entre nosotros. Podemos aprovechar cuando estés concentrado, así no le saco tiempo a tu familia —le sugerí. En ese instante se quedó pensando unos segundos y llamó a sus colaboradores más cercanos, los BB, Biscay y Buján.

—¿Ustedes están dispuestos a juntarse con este señor para contarles cosas de nuestro trabajo? —les preguntó a ambos, que estaban paraditos a mi lado, mientras yo les ponía mi mejor sonrisa de “mejor que digan que sí porque si no los empiezo a correr ya mismo”.

Marcelo es expeditivo, partidario de resolver en el momento, de no patear las cosas para adelante. Buján asintió con una sonrisa, Biscay lo hizo con un poco más de pereza.

—Entonces, en esta sencilla pero emotiva ceremonia le damos puntapié inicial al futuro best seller —le dije a Marcelo y le tendí el brazo, al estilo pulseada, para luego chocar las manos y colocar, en ese instante, el cuentakilómetros en cero.

Comentamos unas cositas más, recogió su computadora y algunos papeles en su bolso de mano, se puso un gorrito de cuero (siempre le gustó usar gorros) y antes de salir miramos de reojo que estaba por comenzar Boca-Palestino, el partido que cerraba ese grupo. Las probabilidades de un cruce inminente de octavos con el rival eterno eran altísimas. “Quiero jugar con Boca, a mí me estimula”, dijo antes de despedirnos.

Me fui caminando por Udaondo a tomarme el tren, tirando piñas al aire, con la euforia de tantas jornadas felices que viví allí adentro, primero en la Belgrano media con mi viejo, luego en la popular local con mis amigos y más tarde en la Belgrano media otra vez, en el palco de prensa. La vida es circular.

La primera charla con grabador la hicimos en esa misma oficina. Me anticipó que tenía que irse a las 18. “Tengo que estar en el cine a las 19.15, si no mi mujer me mata, así de simple”, me explicó, sin vueltas. En la casa también le exigen, parece. Elige el cine del DOT porque puede subir directamente desde el estacionamiento y meterse cuando la película está empezando.

A ese primer encuentro lo siguieron otros cuatro en su auto, por una idea del propio Marcelo para aprovechar el tiempo. Es curioso ir del lado del acompañante como copiloto de un personaje tan popular. Escuchar la voz de sorpresa de los empleados del peaje de la Ricchieri cuando el cliente baja la ventanilla y aparece la cara inconfundible de Gallardo, porque el Muñeco es muy “fiaca” y no ha comprado el tag para que la barrera se suba automáticamente. “¡Uy, cuando le diga a mi novio!” o “¡Grande, Muñeco!” no faltan nunca.

Una vez, al hacer el rulo de la General Paz para tomar Avenida del Libertador rumbo a provincia, nos paró la Gendarmería. Le pidieron cédula verde y registro. Marcelo sacó el estuche del parasol, sin mirar de frente a quien se lo solicitaba. Cuando el gendarme fue hacia el fondo a chequear los datos con sus dos compañeros, se dieron cuenta. Escuché los murmullos.

—Todo bien, Muñeco, seguí nomás… ¡Y vamos el domingo que hay que ganarle a Boca, eh! —lo alentó uno de los gendarmes, que se acercó para devolverle sus documentos y mirarlo a la cara.

En todas las ocasiones en que salimos del predio, siempre últimos en irnos, había un grupito de unos diez hinchas esperando en la puerta para pedir fotos, saludos, autógrafos. Todas las veces se detuvo, bajó el vidrio, sonrió a través de la ventanilla y firmó. Siempre. “Qué sé yo, uno estuvo del otro lado —me contaría en mi primera vez como copiloto, mientras arrancaba—. A mí me molestaba cuando veía actitudes de algunos de mis compañeros no respetando a la gente, y se lo marcaba. No digo que un día no puedas tener cara de orto, porque terminamos siendo personas, con sus quilombos, pero trato de manejar la situación del modo más normal posible. Siempre traté de tener ese respeto”.

No hay tránsito en la Ricchieri, tampoco en la General Paz. No lo puedo creer. ¿En qué país estamos? Siempre maldiciendo las congestiones y los piquetes y hoy la General Paz fluye como el agua de las cataratas. “No te preocupes, después nos quedamos tomando algo en un café cerca de casa”, me tranquiliza y vamos a parar a Company Bar, el sitio donde nos juntamos en febrero de 2014 para hacer las 100 preguntas. Han pasado 19 meses y el hombre con el que tomo un café ahora es el campeón de la Libertadores. Y ha conquistado otras tres copas más.

Un mediodía que lo esperé en Ezeiza, se quedó corriendo más de la cuenta, se hizo tarde y encaró hacia el salón comedor, al fondo, pasadas las 2 de la tarde. Me hizo un gesto desde lejos para que fuera a comer con ellos. Como era previsible, Marcelo se sentó en la cabecera, bromeó con sus colaboradores y miró de reojo la tele. Comió dos pedazos de vacío, se sirvió ensalada y luego pidió café. Agradeció a los mozos, se despidió del asador, nos subimos al auto y antes de poner el motor en marcha habló con el secretario del club. Le explicó sus planes para reformar el predio y quedaron en encontrarse el martes de la semana siguiente. Está clarísimo: su función no pasa solo por elegir los once del domingo. Y su horario es de jornada completa. Luego me contará que mudó el entrenamiento del día siguiente de allí al Monumental porque las canchas de Ezeiza se encontraban en mal estado: esos detalles lo fastidian.

Durante las diferentes charlas revivió anécdotas divertidas y curiosas. Las relató con entusiasmo y gracia. Mi intención original era que el libro se centrara en su etapa como director técnico de River. Pero indagando en el pasado comprendí que estaba explicando el presente.

Veníamos perfecto, con vivencias increíbles de su paso por el fútbol de Francia y Estados Unidos, pero en un segundo se tocaron los cables y saltó la chispa.

—No sé si hago bien en contarte esto. A mí no me gusta hablar del pasado, no me gusta nada, lo hago porque vos me lo pedís, siempre prefiero mirar para adelante —se enojó, pero unos minutos después siguió como si nada.

Un cortocircuito por charla fue el promedio de estos cinco meses intensos y apasionantes. Se le nota enseguida cuando una pregunta le disgusta. No lo puede disimular. Ocurre con frecuencia en las conferencias de prensa, pero enseguida se le pasa. Es sanguíneo y visceral.

También es muy respetuoso y está atento a la otra persona. El futbolista, sobre todo, suele vivir en una burbuja. Marcelo no se cree una estrella. En la madrugada del 6 de agosto, luego de escribir el comentario de la consagración de River como campeón de América para la edición especial de El Gráfico, bajé al vestuario para saludarlo. Fue imposible. Un caos de gente y de agua. Los míticos pasillos del Monumental habían mutado a la bella Venecia. A las 2 y media de la mañana me volví a casa y desde el remis le mandé un whatsapp felicitándolo, agradeciéndole y expresándole mi alegría. No esperaba su respuesta, solo quería que le llegara mi mensaje. Uno más entre los miles que debía haber recibido en esas horas. Me contestó a los diez minutos: “Abrazo enorme, Diego! Y felicitaciones… vos también creíste en esto desde el principio”. En la viñeta de Condorito se hubiera leído un “¡plop!” y el periodista ya estaría en el piso.

El 7 de octubre, en nuestro anteúltimo encuentro, después de ir en auto desde Ezeiza y continuado con un café en Castañeda y Sucre, a unas diez cuadras del Monumental (porque a la tarde tenía una reunión en el club), viví una situación muy curiosa. Al irnos del restaurante italiano una mujer policía uniformada, que evidentemente había visto al Muñeco por el ventanal y estaba atenta a su salida, se nos vino directo y le dio un beso a Marcelo, como si fuera un amigo de toda la vida al que acababa de encontrar, mientras le pedía si podía sacarse una foto con él.

—¡Uy, qué susto, pensé que me llevabas detenido! —le respondió Marcelo, siempre con una sonrisa.

—Mirá que yo soy de otro cuadro, ¿eh? —le comentó la policía, quizás algo culposa.

—Esa palabra, cuadro, ya no se usa más; en Uruguay por ahí la usan —la corrigió.

Cuando Marcelo se subió al auto rumbo al Monumental, Luján, de 29 años, me confirmaría que su cuadro era Boca, pero que su marido es de River y que se pondría chocho con la foto. Eso despierta Gallardo.

Bien, nos acercamos al final y queda por contar el contenido del libro. Hay diez capítulos grandes, más extensos, con un recorrido cronológico de la vida de Gallardo, desde la infancia hasta el tercer semestre como DT de River (el actual), en los que habla el propio Gallardo, y luego hay nueve capitulitos (en diminutivo porque son más cortos), intercalados entre ellos, con vivencias de algunos de sus colaboradores o personas vinculadas a su trabajo, desde Matías Biscay a Enzo Francescoli. Por momentos esas vivencias se alejan del personaje principal para introducirse en historias de gallinismo explícito, y de golpe regresan para retratar a Gallardo desde una mirada diferente. Ese esquema nos permite ir y volver en el tiempo. Uno termina de leer la segunda etapa de Gallardo como futbolista de River, y de golpe entra en el capitulito de Rodolfo D’Onofrio, donde relata la charla íntima que mantuvo con el DT una hora antes de disputarse la final de la Copa Libertadores ante Tigres. No es una clásica biografía autorizada; es la vida de Marcelo Gallardo y la de sus satélites, que a su vez están repletas de River y que nos ayudan a apreciar a nuestro objeto de estudio desde otros ángulos.

Hay más de cuarenta y cinco testimonios recogidos especialmente para este libro, además de los de Gallardo, por supuesto. También existen charlas en off, que me han permitido terminar de entender ciertas situaciones. Se reproducen diálogos entre protagonistas que no son fruto de mi imaginación ni de un par de caipirinhas de más, ni siquiera estimaciones de lo que se deberían haber dicho tal o cual. No. Han sido contados por los propios entrevistados. Simplemente busqué volcarlo en un formato ágil, atractivo para el lector.

Nos despedimos para empezar de una vez con el libro, con un par de datos. Marcelo Gallardo fue campeón con las cinco camisetas de clubes que utilizó en toda su carrera (River, Mónaco, PSG, DC United y Nacional de Uruguay) e incluso con la de la Selección Nacional (Panamericanos Mar del Plata 95). Desde que lideró aquel Mónaco brillante que ganó la Liga en la temporada 99/00, el club del Principado no volvió a conquistarla. Como entrenador, también ya fue campeón en los dos clubes que dirigió. Algo tiene este muchacho.

Ingresó a River a los doce años y volvió por primera vez a los veintisiete. Un dato para detenerse, ahora que el mundo aplaude y se sorprende de que Carlos Tevez lo haga en su apogeo, a los treinta y uno. Muchos amagan con volver y no lo hacen nunca. El Muñeco no solo cumplió, sino que lo hizo dos veces. Eso habla de un auténtico sentido de pertenencia, de un verdadero sentimiento por los colores. No es el humo que se vende tan barato en el ambiente del fútbol.

El Muñeco fue querido y respetado como jugador, un emblema de la más fina escuela riverplatense del fútbol bien jugado. La dimensión que ya ha alcanzado como entrenador arrasó con todo. Es difícil medirla ahora. La perspectiva que nos brinda el tiempo terminará de posicionarlo. Pero sus logros, el respeto que impuso a través del juego desplegado por el equipo, su estilo de conducción y su carisma lo ubican en la repisa más alta de las vitrinas del Monumental.

Emprender esta aventura hermosa e intensa de escribir sobre la vida de Marcelo Gallardo, con Marcelo Gallardo y su gente, me regaló la posibilidad de aprender de fútbol y también de liderazgo. De entender qué se busca con un ejercicio determinado y cómo se delegan las tareas en un grupo de trabajo. Me permitió conocer a un personaje cálido, querible, frontal, calentón, firme, convencido de lo que piensa y capaz de expresarlo con claridad, que no esconde, que se toma unos segundos para pensar antes de responder, que te mira a los ojos, que se mueve por la vida de forma natural, como uno más, siempre con los piecitos sobre la tierra. Que camina con la emoción a flor de piel, y se le nota al declarar.

Un hombre que genera vínculos fuertes y perdurables en el tiempo: la misma mujer desde los quince años, el mismo representante desde los diecisiete, los amigos de la infancia ahí al lado, escoltándolo en esta aventura. Y River, por supuesto, al que nunca dejó solo por más de cuatro años desde que lo visitó por primera vez con doce.

El avión ya está carreteando con destino a Japón.

A disfrutar del viaje.

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