EL RUGBY Y UNA MUERTE MUY CERCANA

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

 

Gonzalo Castro, el pibe de 20 años que murió este sábado jugando al rugby, es el hijo de mi primo, Hernán. Una tía me llamó a las dos o tres horas de su muerte para contarme lo que pasó. Me quedé pasmado. Entendí -una vez más- qué tan fino es el hilo que separa la muerte de la vida. Pensé en el dolor de mi primo y en Romina, la mamá de Gonzalo. Escuché de fondo a mi otra tía -Alicia, la abuela de Gonzalo- llorar y no quise hablar con ella: no sabía qué decirle. La muerte no siempre tiene palabras. A veces es un espacio en blanco hasta que se pueda llenar con algo que valga la pena. Y si no, mejor el silencio. Pensé, también, que a Hernán y a Romina les pasaba lo peor que nos puede pasar: perder un hijo. Tuve miedo. Muchísimo miedo.

Nunca pensé que mi familia sería noticia. Menos por algo así. Pero pasa. A poco del hecho, algunos medios empezaron a informar. La agencia DYN despachó un cable en el que contaba cualquier cosa. Lo levantaron algunos portales. En consecuencia, se informó cualquier cosa. Este domingo la noticia se viralizó. Daban por seguro lo que aún es incierto. A esta hora, mientras escribo, el cuerpo de Gonzalo sigue en la morgue a la espera de que le hagan la autopsia. Hasta entonces no se puede saber algo. Hubo un portal -tal vez más- que publicó que el chico murió por un golpe en el tórax. ¿Nadie piensa en la culpa que puede sentir el presunto jugador que presuntamente lo golpeó y presuntamente le causó la muerte?

Hay, de momento, una sola certeza. Es la ausencia de una ambulancia. A Gonzalo lo tuvieron que trasladar en un auto particular hasta un hospital, donde aparentemente llegó muerto. ¿Cómo puede ser que no haya ambulancias en estos partidos, por más que sean de inferiores, intermedias o cualquier otra categoría? ¿Cuándo evolucionarán los dirigentes deportivos? No me refiero sólo a los del rugby, sino a los de todos los deportes. Pareciera que la vida humana les significa nada. Hace dos años, Emanuel Ortega, de San Martín de Burzaco, murió pocos días después de golpearse la cabeza contra un muro en un partido ante Juventud Unida, por la Primera C. Su muerte causó conmoción y promesas de que la seguridad mejoraría. Ni los dirigentes, ni Agremiados ni los propios jugadores avanzaron en ese sentido. Las canchas siguen rodeadas de paredes de cemento.

Gonzalo, me cuenta mi tía Alicia este domingo por la noche, estuvo un año sin jugar por un problema en la rodilla. Volvía este sábado, en el fatídico partido contra Floresta Rugby Club. El rugby era su pasión. “Si me muero en este partido, me creman y tiran mis cenizas en la cancha de Independiente”, le dijo a su madre en lo que ahora suena vaticinador. “¿Sabés por qué era hincha de Independiente?”, me pregunta mi tía. Lo sé: porque a su papá, Hernán, que era de Racing, mi viejo lo hizo del Rojo cuando era muy chiquito, a fines de los 70. Y él a su vez le transmitió el sentimiento Rojo a su hijo.

El miércoles pasado había cumplido 20 años. Los iba a celebrar en familia, en la casa de sus abuelos. En la heladera de mi tía quedó la torta. Tiene (¿tenía?) una hermana de seis años -Alma- que el sábado a la noche no entendía por qué los festejos se suspendían. Nadie sabía cómo contarle lo ocurrido. Hace unas horas alguien se las ingenió para que lo sepa. Esta semana, Gonzalo tenía una entrevista de laburo, me dice otro familiar. Había, como se ve, muchos sueños por delante.

Habrá que investigar los silencios y las complicidades, si es que las hubo. Entre ellas, que Gonzalo no tenía apto médico; o que jugó a nombre de otro. No entiendo por qué un dirigente del Berazategui Rugby Club llamó a su mamá para pedirle que no arme escándalo. El club, en su muro de facebook, lamenta lo ocurrido. Y dice:  “Otro ángel que nos alienta desde arriba”. Ahora, con la muerte consumada, entiendo que hay frases muy muy pelotudas. “Otro ángel nos alienta desde arriba” es una de ellas.

“Es un garrón”, me dice su papá, el sábado a la noche, desde el hospital. Un familiar me pasó con él sin que se lo pida. No sé qué decirle. Pero él me dice eso y me lo repite y lo noto lento. Todos están con rivotril para soportar el dolor. Recién unas horas después entenderán que un médico les dijo que no dejen todo así. Que esta muerte es una “muerte dudosa”.

La única certeza es el dolor. O lo que me tía Alicia define como “una agonía interminable”. “Una película de terror en la que somos protagonistas y que no tiene final”, compara enseguida.

Un rato más tarde (ahora, en la medianoche del domingo) siento en el pecho impotencia, tristeza y miedo. Subo a la habitación de Malena, mi hija de tres años, y me aseguro que duerme. Mis otros dos hijos, Ludmila y Santiago, están bien, me cuentan desde la casa de su madre.

Se viene una semana difícil.

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