EL PADRE CONSTANCIO, UNA HISTORIA DEL COLEGIO

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

Tengo una cruzada personal contra los curas. Es algo que viene de mis tiempos del colegio religioso en el que los sacerdotes nos culpaban de la muerte de Cristo. Hablo de mi infancia y adolescencia en Mataderos, cuando aquellos tipos vestidos de negro nos recomendaban que tengamos cuidado con cualquier tentación. Después nos llevaban a confesarnos con un sermón interminable. El resultado siempre era el mismo: Dios estaba enojado con nosotros y nosotros no éramos dignos de Él y además corríamos el riesgo de ir derecho al infierno, donde el fuego era tan intenso que quemaría nuestras almas. !Ay, de nosotros!

Años más tarde encontré un aliado en aquella, mi lucha. Fue gracias a Patagonia Express, un formidable libro del chileno Luis Sepúlveda. Me queda de esa historia, aún a veinte años de haberla leído, ese abuelo que le hacía beber mucho jugo a su nieto –el protagonista- para que le den ganas de orinar. Lo hacía aguantar y cuando mear se le volvía urgente lo llevaba a la puerta de una iglesia a que descargue. Luego, mientras el cura protestaba por su vereda meada, ambos se iban, pero el abuelo le gritaba: “¡Asesino de la conciencia social!”. Lamento no haber leído ese comienzo de Patagonia Express en mis tiempos de primaria o secundaria para entender hasta dónde pueden llevar los curas a la gente. Sobre todo a los más chicos.

Mi colegio era el San Pío X. Fui ahí desde los 5 hasta los 18, cuando rendí mi última materia previa, Filosofía. En todos esos años, era común que el cura-director se apareciera para decirnos que debíamos formar e ir a la capilla. La clase se suspendía automáticamente para ir a lo que él llamaba la Casa de Dios a rezar. El sacerdote nos hacía repetir “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” mientras golpeábamos la palma de la mano derecha en el centro del pecho. No habíamos matado a Cristo ni robado el banco de la esquina, pero éramos culpables de vaya a saber qué cosa. Culpógenos y condenados, volvíamos al aula.

Esa costumbre la mantuvo un nuevo cura que llegó de España y se llamaba Constancio Sánchez. Tenía una tonada tan característica que nosotros decíamos, en voz baja, que era de puto. “Constancio es puto”, repetíamos en medio de risas. Se limitaba a darnos clases de Religión y, salvo que nos tuviese que confesar, no nos hablaba.

Manejaba un Citroen importado, de color gris. Muy lindo para esos mediados de los 80. Terminábamos la primaria, desconfiábamos de Dios y de la vida y aún todo estaba por hacerse. Ni siquiera éramos jóvenes. Éramos chicos rozando la adolescencia. Anhelando pornos y soñando con conquistar a nuestras compañeras mientras nos reventábamos los granitos de la cara ante el espejo roto de los propios miedos. El futuro era un problema de los grandes. Pero ahí estaba ese cura al que nunca le tuvimos aprecio. Para nosotros era el puto cura que venía a vigilarnos y a darnos lecciones de moral mientras manejaba un buen coche para aquellos tiempos.

Hasta que empezó a salirnos el diablo y ese auto se convirtió en nuestro objetivo. Era el símbolo del mal, del cura aprovechador. Ese españolito no podía salirse con la suya como si nada. Hablarnos de Dios, culparnos de todo y, como si fuese poco, andar por la vida con un coche nuevo. Era demasiado. Porque además parecía disfrutar al escucharnos asumir aquello de “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, mientras no dejábamos de golpear la palma de la mano en el medio del pecho. Pasaba el tiempo y la bronca crecía a medida que lo veíamos estacionar el Citroen en un garage chiquito dentro de la escuela, pegado al patio enorme donde en las horas libres nos permitían jugar a la pelota. Ese garage estaba un metro debajo del nivel del suelo y lo separaba del patio una puerta que sólo se abría un instante: lo que tardara Constancio Sánchez en entrar o salir. Desde nuestra posición, entonces, apenas veíamos el techo del auto siempre brilloso. Una mañana cambió todo. Se cerró un capítulo del que no volvió a hablarse sino en murmullos. Porque ya nada sería igual. Las autoridades del colegio impusieron otras normas y se llamaron al silencio. Del tema no se supo más. Era como si lo que pasó no hubiese pasado. Ya no había Dios que alcanzara ni aceptación de culpa que salvara del infierno a los responsables de lo ocurrido. Había quedado declarada una nueva Cruzada: Constancio Sánchez, enojado, rumiante y callado, contra los blasfemos que nunca descubrió, aunque estuviese lleno de sospechas. No había conseguido nuestra confesión ni siquiera a través de la amenaza de hacernos arder en el fuego eterno. “Dios mira todo desde el Cielo”, empezó a decir en las misas. Y quien nos miraba era él.

Era invierno cuando ocurrió. Recuerdo un día de sol. Como había faltado un profesor, a media mañana nos dejaron jugar al fútbol en el patio. La condición era no gritar, porque los alumnos del resto de las divisiones estaban en clases. Así que éramos unos diez varones que nos pusimos a pelotear. Hasta que la pelota, mansa y lenta, se fue hacia la puerta abierta del garage y picó sobre el techo del Citroen para caer al suelo. ¿Cómo era posible que aquella puerta siempre cerrada estuviese abierta en ese momento? ¿Quién iría a buscar la pelota? ¿Quién tendría el valor de cruzar la frontera de lo prohibido? ¿Quién de los diez inminentes pecadores? No hicieron falta las palabras. Bastaron las miradas. Primero uno miró al otro y el otro a uno y después a un tercero. Un cuarto se sumó y un quinto y un sexto y así. Llegamos a los diez. Casi un equipo de fútbol. Siempre yendo hacia delante, hacia la pelota escondida detrás del Citroen. Caminamos lento, empezamos a trotar y en un segundo corríamos. Éramos diez posesos corriendo hacia el garage. Ávidos de silenciosa venganza. Cuando el diablo tomó esos cuerpos enajenados, no había quien detenga los saltos sobre el techo del Citroen que se aboyaba bajo nuestras zapatillas. Fue el goce de la venganza. Como si en cada movimiento sacásemos al diablo que, al fin de cuentas, teníamos adentro. Una liberación, podría decirse.

Nadie tuvo la culpa.

Compartir
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestShare on TumblrShare on RedditDigg thisFlattr the authorShare on StumbleUponShare on VKShare on YummlyBuffer this pageEmail this to someonePrint this page