EL NUEVO LIBRO DE HORACIO ELIZONDO

Escrita por en Libros

Por Alejandro Duchini.

“Hay que salir de la zona de confort”, me dijo Horacio Elizondo a fines del año pasado. Fue mientras él escribía su libro, Partido ganado, que se acaba de publicar esta semana, a través de editorial Conecta, y del que pueden enterarse más ingresando a este link.

Horacio y yo nos conocimos -a través de Cristian Rivero, su amigo y encargado de prensa- a mediados de 2014, cuando viajé a Luján a entrevistarlo para La palabra hecha pelota. Comenzamos aquella charla un sábado a la mañana en un bar alejado del centro y terminamos entrada la tarde. Tanto nos entusiasmamos hablando sobre fútbol y su manera de ver el juego y la vida que las horas se nos pasaron volando.

En septiembre pasado, el mismo día en que Galerna tenía listo mi libro, recibí un llamado de Cristian. Elizondo quería hablar de nuevo conmigo porque estaba por sacar el suyo y quería que le diera algunas opiniones.

Entonces con Cristian y Horacio empezamos a juntarnos para ver las ideas del ya ex árbitro. Yo leía sus textos, les daba mi opinión, Cristian decía lo suyo y Elizondo daba la última palabra. Quería transmitir a la gente en general –o sea, ir más allá del fútbol- sus conocimientos. Hablamos, obviamente, de aquel hecho fundamental en su vida: la expulsión de Zidane en la final del Mundial de Alemania, en 2006, por un cabezazo al italiano Materazzi. Lo primero que me contó fue cómo se animó a mostrarle la roja, con lo que eso significaba, ya que se daban varias cosas: el francés era la gran figura del campeonato, el estadio estaba lleno y él –Elizondo, apenas un árbitro- lo sacaba de la cancha. Y no sólo eso: el mundo entero, a través de la tele, veía en directo aquello.

Cristian y yo nos volvimos algo así como los analistas de Horacio. Seguimos leyendo sus textos, escuchando sus comentarios y tirándole ideas. Después contó sobre su familia, sobre cómo marca el entorno y sobre por qué es fundamental siempre ir a más; no quedarse en lo que él llama, como escribí antes, la zona de confort. “Siempre ir a más”, repetía. Y no compararse con los otros. Claro que puede haber parámetros, pero el camino lo tiene que tomar uno en base a sus sentimientos y pensamientos.

Lo que sigue es un adelanto: el prólogo de Partido ganado, para que conozcan el perfil de Horacio Elizondo, el árbitro argentino de mayor reconocimiento a nivel mundial.

PartidoGanado_elizondo“Para muchos soy el que se animó a expulsar al jugador francés Zinedine Zidane en la final de un Mundial. Aquella imagen del verano europeo del 2006 quedó y quedará grabada en la memoria colectiva del ambiente del fútbol. Me expuso de una forma que no esperaba, aunque -lo supe después- de alguna manera me había preparado por si alguna vez me sucedía un hecho de esas características. Ese partido definitorio, esa gran final entre Francia e Italia, que resultó el campeón, fue visto por más de 2.500 millones de personas a través de la televisión. Aún me parece que fue ayer nomás. El estadio Olímpico de Berlín -¡cuánta historia hay en ese escenario!- estaba colmado de público. Zinedine Zidane llegaba como la figura del encuentro, capitán de la selección gala, mejor jugador del mundo y, además, planificaba su retiro con la Copa en sus manos. O sea, soñaba retirarse con la mayor gloria posible. Deseaba escribir la historia y quedar como el gran héroe de aquella tarde. Ese era el partido del año, en todo sentido. No se hablaba de otra cosa. Pero en contra de lo que se esperaba, Zidane le dio un cabezazo al defensor italiano Marco Materazzi y lo tuve que expulsar. No quedaba otra. ¿Vieron cuando hay que tomar una decisión y enseguida se tiene que vencer al miedo que todos llevamos dentro y a la duda y resolver? Es una milésima de segundo en la que no queda otra que hacer lo que hay que hacer. No hay término medio; no hay otra opción. No se puede ir y venir porque en ese instante uno se juega su propia imagen ante los otros. Se pone en juego, además, todo el entrenamiento que uno hizo para cumplir consigo mismo. ¡Hay que tomar decisiones! El miedo está, claro. Siempre aparece. Es una sensación inconfundible pero hay traspasarla, superarla. Porque frente al miedo es uno mismo quien decide cómo actuar. O lo superás y seguís hacia adelante o dejás que te venza y estás frito. No hay otra. Esto se aplica para todos los ámbitos. No es algo exclusivo del fútbol ni del arbitraje. Abarca al ejecutivo, al empleado, al profesor, a mamá, a papá, ¡a todos! Cualquiera tiene que vencer los miedos para tomar una decisión. Cada paso que damos parte de una decisión. Para eso, claro, hay que prepararse. Recuerdo aún la cara de Zidane al mostrarle la tarjeta roja. Ahí hubo un quiebre en su leyenda. Sin querer ni esperarlo, pasé a ser uno de los protagonistas de esa historia. Me hice popular y aún hoy esa popularidad se mantiene. Cuando alguien busca su nombre en Google, al llegar al final de su carrera deportiva aparece mi apellido. Por eso digo que para muchos soy “el que se animó a expulsar a Zidane en la final de un Mundial”.

Pero para llegar a ser ése, o antes de ser ése, fui acumulando conocimientos, aprendizajes, valores, aciertos, errores y observaciones. Fui aprendiendo de mí mismo y de los demás. En otras palabras, fui creciendo. Acerté a veces y me equivoqué otras, pero seguí. ¿Vieron que hay ocasiones en que uno se queda en la queja? Bueno, aprendí que eso no sirve. Que hay que darle para adelante. Siempre. No fue fácil entenderlo. Por el contrario, me costó golpes y caídas. Aún hoy sigo cayendo pero me vuelvo a levantar. Tanto en las actividades públicas como en las más personales o íntimas. Entiendo que como cualquiera de ustedes, seguiré teniendo tropezones y luego aparecerán las dudas y los miedos. Mientras esto suceda, en el horizonte estarán los objetivos, que no son otra cosa que los sueños que se quieren alcanzar.

Todo lo que logramos tiene su sustento en las decisiones que se toman. En base a ellas, uno se va formando. Se avanza cuando se decide y viceversa. Estoy convencido de que sólo tomando decisiones, asumiendo riesgos pequeños o grandes, pero asumiendo riesgos al fin, es posible ir hacia adelante. Hay que “hacer”. Eso implica decidir.

En lo personal, trato de aprender de cada cosa que hago. Una vez, antes de empezar un partido, me asaltó una preocupación. Se jugaba un superclásico entre River y Boca y en los días previos el plantel de River había sido sacudido por una noticia muy íntima. Me refiero a un incidente personal entre dos de sus jugadores: Eduardo Tuzzio y Horacio Ameli, amigos íntimos hasta ese momento. Y eso tendría una gran incidencia entre sus compañeros. Ese grupo estaba golpeado y con los ánimos bastante caldeados. Entonces, antes del partido lo ví a Guillermo Barros Schelotto, que es un gran pibe, pero también alguien capaz de meter algún bocadillo para caldear aún más los ánimos de los rivales en pleno partido. Yo estaba preocupado por lo que pudiese hacer y entonces decidí tomar el toro por las astas. Me le acerqué y le dije: “Ojo con decirle algo a Ameli”. Él sonrió y me contestó, muy educadamente: “Quédese tranquilo, Horacio. No pasa nada. Le aseguro que no pasa nada”. Ese pequeño gesto sirve para graficar que hay que dejar de lado la preocupación para ocuparse. Es la distancia entre preocuparse y ocuparse. Ese “pre” es lo que nos lleva a pensar de gusto en vez de ponernos a hacer. No sirve de nada quedarnos en la preocupación porque es un obstáculo que nos separa de la acción, que es algo muy poderoso y que todos podemos poner en práctica. Hay que sacar el “pero”.

Creo, por experiencia propia, que son los hechos los que hablan por nosotros. Es habitual que nos quedemos en elucubraciones acerca de qué podríamos haber hecho o qué nos conviene hacer, que así se nos pase el tiempo y que cuando queremos darnos cuenta, haya pasado el tren. Después vienen los lamentos y no hay nada peor que lamentar aquello que no hicimos por no habernos animado a intentar. Hay una frase que me parece muy triste. Es esa que dice “¿qué hubiese pasado si me animaba a hacer esto…?”. La pregunta deja flotando una respuesta sin certeza pero que aun así, duele. Porque no se puede volver el tiempo atrás. Cuando uno toma una decisión, o no la toma, que es lo mismo que tomarla, ya no se pueden cambiar las cosas. Por eso suelo decir que hay que dejar de pensar en vano y ponerse a hacer. Eso es tomar decisiones. Conozco mucha gente que se la pasa hablando de proyectos personales. Que dice que hará esto o aquello pero que no avanza, que sólo se queda en palabras. Yo prefiero a los que hacen, aunque se equivoquen. Uno puede evaluar; incluso es saludable. Está bien que se piensen los pro y los contra de algo. Pero llega un punto en el que hay que poner manos a la obra y darle para adelante.

Si no hacemos aquello que tenemos ganas de hacer corremos el riesgo de quedar atrapados en el sentimiento de la frustración, que es uno de los más duros. No hay nada peor que quedarse frustrados. El conformismo y la resignación son dos peligrosos aliados de la frustración. Los tres conforman un cóctel explosivo que muchas veces, en vez de explotar, implota. Una implosión es muy dañina para quien la sufre.

Nadie está exento de padecer algo así. Todos tenemos dudas, miedos y hasta nos dormimos en la comodidad. A mí también me pasan esas cosas. Soy un ser humano, como decía antes. Lejos estoy de ser un súper hombre o algo que se le parezca. Por eso les refería lo que me pasó con Zidane en la final de aquel Mundial. Hay un punto en el que todos somos iguales. Es el hecho de que somos humanos y padecemos las mismas cosas: alegrías, angustias, penas, frustraciones.

Cada uno encontrará la manera de salir de determinada área de paralización o frustración para empezar a hacer y convertirse en quien se quiere ser. Y cada uno, también, hallará las herramientas adecuadas para conseguirlo. Yo tengo las mías, como supongo que ustedes tendrán las suyas: es posible que no las hayan descubierto aún o que no tomen conciencia del poder que hay en el interior de cada uno. Pero todos tienen en su interior el poder de cambiar, de ser mejores personas y de sentirse bien con ustedes mismos. De hacer lo que les gusta, aquello que los completa. Esos son pilares fundamentales para llegar a dónde se quiera. O al menos intentarlo.

En las próximas páginas voy a contarles mi experiencia. Ejemplificaré con hechos que llevé a cabo para sentirme realizado. Contaré cómo pude conseguir los objetivos que tenía, que muchas veces parecían imposibles. Cómo hice para no caerme cuando me pasaron cosas duras. Porque mi carrera arbitral no fue un lecho de rosas. No resultó todo sencillo. No es que llegué a la final del Mundial porque sí. Hubo antes un camino durísimo que incluyó quedar afuera del torneo anterior, el de Corea-Japón, en 2002. En ese entonces consideré injusto que no me hubieran elegido. Pero tenía dos caminos. O me quedaba lamentando por mi exclusión y lloraba por los rincones, que era casi como tirar la toalla, o me preparaba para el siguiente, cuatro años después. Hice lo segundo. Revisé mis propios errores. Ya les dije: nadie es perfecto. Me hablé a mismo. “¿En qué te equivocaste, Horacio?”, me pregunté ante un espejo, sincerándome. Pensé mucho en mis equivocaciones y en cómo solucionarlas. Medité sobre qué cosas no me gustaban de mí, cuáles tenía que cambiar y qué otras debía mantener. También pensé bien qué era lo que quería y hasta dónde iba a sacrificarme para conseguirlo. Cuando tuve todo eso en claro salí del lamento y empecé a trabajar para ser el mejor. Para ratificar, primero en mii país, que yo tenía para el 2006 las mismas o mejores condiciones como árbitro que en 2002. Después tenía que demostrar lo mismo ante los ojos de los demás.

Dirigir el primer partido de aquel torneo de Alemania fue como tocar el cielo con las manos. Porque el encuentro inaugural es el más importante para los árbitros. Incluso tanto o más que el final.

elizondoTenía que reinventarme. Había que dejar de lado la queja y ser un nuevo Horacio Elizondo utilizando las buenas aptitudes del anterior Horacio Elizondo. Tenía que acostumbrarme a manejar el optimismo y confiar, al mismo tiempo, en la intuición, que es una herramienta poderosa para cumplir objetivos. Eso también se trabaja. Doy fe. Uno no se vuelve optimista de la noche a la mañana. Cada uno tiene su forma de conseguirlo. Tuve que perderle el miedo a lo que se venía; o sea, a ese nuevo Horacio Elizondo que les contaba. En otras palabras, debía salir de determinada zona de confort para meterme en el barro y jugarme. Debía dejar de escuchar las críticas de los demás, que muchas veces eran injustas. Tenía que escucharme a mí mismo, sin trampas y con sinceridad. Eso también se trabaja. Es muy necesario saber qué siente uno en el fondo de sí mismo. Porque a veces lo más complicado es escucharse a uno mismo.

Como mis objetivos, en este caso profesionales, eran grupales, lo que hice fue armar un buen equipo de trabajo y confiar en sus integrantes. Los logros no se consiguen en soledad. Se necesita de los otros. Todos debemos tirar para adelante. La confianza es un bien necesario. El diálogo no es un tema menor. Saber delegar, hablar, sincerarse, comprometerse y trazarse objetivos son los pilares de un grupo y de un equipo de trabajo. Los factores que permiten que algo funcione son muchísimos. Uno los va descubriendo y analizando mientras las cosas transcurren. Con los demás y consigo mismo. La autoridad moral de una persona es fundamental para que algo funcione. Las virtudes se muestran en la cancha. Y cuando digo “cancha” no me refiero a ese terreno clásico que tiene una longitud máxima de 120 metros por un ancho de no más de 90 metros y con tribunas colmadas de gente que nos mira y no deja de juzgarnos. Hablo de otra cosa, que es más importante y más difícil. Hago referencia a ese escenario mágico, imprevisible y hermoso que es la vida misma. El más importante de todos”.

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