El lector de boxeo

Escrita por en Columnistas

Algo borroneada por el paso del tiempo, la escena pertenece a 1988. A un día cualquiera, de abril o de agosto, de invierno o de primavera. Da igual. En la imponente puerta vidriada del Otto Krause, al 600 de Paseo Colón, seis alumnos de cuarto construcciones 3 rodean y escuchan al séptimo compañero, un flaco alto, de movimientos ampulosos, y pelo largo, desprolijo y lacio, contarles una noticia -un hallazgo, según él- sobre Locomotora Castro y su carrera deportiva. La voz quebradiza pero decidida. Y el tono bravío para decirles a esos oídos vírgenes y esas miradas ingenuas “esto sólo lo saben Dios, Locomotora… ¡y quien les habla!”.

Lo que queda de pelo, lo poco que sobrevive al transcurrir de los años, permanece rebelde como entonces. De aquella delgadez, en cambio, ya ni huellas existen. A una cuadra del colegio, que sigue teniendo ese portón tan llamativo, aquel muchacho que estudiaba para maestro mayor de obras pero se comía el diario Clarín como ningún otro pibe de su edad, le robaba las notas de Locomotora, y soñaba con dar primicias, entrevistar boxeadores y relatar partidos de fútbol, ocupa su oficina de la revista Paparazzi y siente al escribir esto lo mismo que en aquellas entrañables mañanas del 88: el periodismo hierve en la sangre de aquellos que lo practicamos en forma amateur o rentada, es pura pasión y adrenalina, la inmensa alegría de llegar antes, y la bronca interminable de no tener la información, o la foto, o el dato. La felicidad de firmar un buen artículo, o el sabor agrio de los textos descoloridos. El ardor fervoroso del título justo, la desesperante necesidad de más espacio cuando la nota es piola, esa incertidumbre inevitable cuando se viene la pregunta difícil y molesta, el dolor del reto del jefe si te primereó otra revista. Es estar en todo, saber si un sueco ganó Wimbledon por cuarta vez consecutiva, quién es la jermu del Chueco Suar o conocer el apellido del intendente de Coronel Pringles. Un laburo y un sentimiento al mismo tiempo, una vocación inagotable, la obligación de contar siempre la verdad, la exageración, los límites, una forma de ganarse la vida, y una manera de sentirla. Por todo eso, ya desde aquellos recreos del secundario, abracé al periodismo… y aun no lo solté.

Por Diego Marcos
Jefe de redacción de Revista Paparazzi

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