EL ESCRITOR HORACIO CONVERTINI Y SU AMOR POR SAN LORENZO

Escrita por en Destacadas

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Al autor de novelas buenísimas, como New Pompey, lo entrevisté para el número actual de la revista El Gráfico. Habló con un amor y pasión azulgrana pocas veces. Momentos duros y buenos. Entrevista imperdible para los cuervos, bajo el título “Un escritor de corazón azulgrana”. Lo que sigue son algunas de sus declaraciones.

El fútbol es un escenario reconocible, universal, que tiene la enorme capacidad de catalizar sentimientos, situaciones, dramas y conflictos de una manera que hace que los puedas ver con nitidez. Me gusta el fútbol como escenario, pero no cómo lo único que se cuenta en un texto. El fútbol es el decorado, e incluso puede ser un actor, pero lo que se cuenta es otra cosa. El fútbol es una excusa para contar. En él aparecen el heroísmo, la traición, la corrupción, el amor absurdo, insensato. El fútbol es la olla en la que se cocinan esos elementos. Por eso me atrae utilizarlo, no en todos los textos pero sí en algunos. Además soy hincha del fútbol, me gusta verlo, me gusta ir a la cancha, conversar de fútbol. De alguna manera, estoy atravesado por el fútbol. ¿Por qué debería dejarlo afuera de lo que escribo?

-Me facilita las cosas (escribir sobre fútbol). Algunos de mis primeros cuentos tenían que ver con el fútbol. Mi primera novela, “El refuerzo”, es futbolera. El Tanque Millán es un delantero que no pudo llegar a Primera pero no renuncia al sueño del fútbol y entonces juega seis meses en un país del Caribe y después en África. Siempre con la ilusión de aterrizar en un lugar más o menos digno. De lo que se habla en realidad es de los sueños sin resolver. De esos sueños que son tan inalcanzables que te terminan aplastando. Aparece el fútbol en “La leyenda de los invencibles” y en “El misterio de los mutilados”. Y aparece en mi nuevo libro de cuentos, “Aguante”. Es un ambiente en el que me siento cómodo. No me sentiría tan cómodo contando mis historias en el ambiente de la economía, del arte o de la marina.

El fútbol no se aprende ni se siente de grande. Me sorprende cuando aparece algún mediático o modelo que dice “yo ahora soy hincha de Boca” y se pone la camiseta y va a ver a la Selección. Esas cosas se sienten y se aprenden de chico y están relacionadas con los afectos. Esa relación con tu origen dispara necesariamente la melancolía y la nostalgia. Nunca más seré ese chico de 8 años que fue por primera vez a la cancha a ver a San Lorenzo, en el Viejo Gasómetro, contra Platense, en un partido que empatamos 2 a 2. Pero el recuerdo de ese chico que fui queda para siempre. No soy nostálgico respecto del fútbol. Pero siento que está vinculado a mi adolescencia y lo que uno extraña no es tanto el fútbol sino la adolescencia. Incluso, eran épocas de ir a ver segundos tiempos de partidos en los que no jugaba mi equipo. Tenía amigos de Huracán, que vivían en la otra cuadra de casa. Pibes divinos que me cargaban pero que me habían dado un carnet de socio cuando uno de ellos pasó de categoría Infantil a Cadete. A ese carnet le ponía mi foto y su cuota vieja y podía entrar a la cancha gratis a ver a Huracán.

-(El mejor momento que viví por San Lorenzo fue) cuando ganamos la Mercosur. Más, incluso, que con la Libertadores. Porque la libertadores, por cómo veníamos, era algo posible. Fui a la cancha a ver algo posible. Pero cuando San Lorenzo jugó la final de la Mercosur, el mundo parecía conspirar contra eso. (…) Si tengo que contar el cuento de un drama que termina en gloria, es ése. Fue muy movilizante. Mi hijo se puso a llorar no cuando ganamos sino cuando erramos los penales. Él es de la generación de los marcados por ausencia de copas. Nació en el 87, creció con todos diciéndole Club Atlético Sin Libertadores. Esa noche, lo único que hacía yo era cerrar los ojos.

Lo tengo muy presente (el descenso). Nos habíamos salvado el año anterior, en el 80, en el final. San Lorenzo tenía un equipo muy malo, en el que Tomate Pena era la figura. También estaban Collavini y Mario Rizzi. El Tomate se lesionó y estaba en duda para un partido trascendental contra Tigre. Fuimos a la cancha con mis amigos y lo anunciaron. Cuando apareció, rengueaba. No me lo olvido más. Hizo un gol de cabeza, ganamos 3 a 0 y nos salvamos. Ese verano, el Tomate se murió: se estaba recuperando de esa lesión, tenía la pierna en agua y sal y cuando quiso cambiar el canal de televisión, al tocar la perilla se electrocutó. Murió a causa de esa lesión. Me acuerdo de enterarme de la noticia por la tapa de la sexta de Crónica. No lo podía creer. Ese fue el principio del fin. Se armó un equipo nuevo, con refuerzos que en principio entusiasmaban: Capurro, Suñé, que estaba veterano, Larrosa, que en el 78 había sido campeón del mundo con la Selección, y el Gringo Scotta, que venía de ser figura en Sevilla, donde aún lo adoran. Scotta había sido mi ídolo. Pensé nos iba a ir bien, pero fue un desastre. Estaba todo alineado para que salga mal. Creo que no hubo club que haya estado tan marcado por la desgracia como San Lorenzo. Scotta no jugó la última fecha, en Ferro, contra Argentinos, al que le llevábamos un punto y con sólo empatar nos alcanzaba para salvarnos. Pero se alinearon los planetas una vez más: Delgado erró un penal, Salinas acertó el suyo y nos fuimos a la B. Me acuerdo que lloraba en la cancha. Recuerdo que volvía por Avellaneda hacia Acoyte y vi un Falcon rojo con mis amigos de Huracán adentro, esperándome sin decir nada pero paladeando mi dolor. Llegué a casa y en la cuadra, donde había una empresa de transporte, en la que todos eran de Huracán, me esperaron con un bombo y me cantaron una serenata. Fue el 15 de agosto de 1981. Esa noche fui a ver la pelea entre Sergio Víctor Palma y Ricardo Cardona en el Luna Park. Fue una época terrible.

Fui al último partido (en el Viejo Gasómetro), contra Boca, en el Nacional del 79. Salimos 0 a 0 y Hugo Coscia erró un penal. Todos fuimos sabiendo que era el último partido ahí. Nadie vio lo que iba a significar eso. Sabíamos que el Viejo Gasómetro no se volvería a abrir, pero no había nostalgia en ese momento. La gran cargada era por el estadio de madera y no por la falta de la Libertadores. La idea era irnos de ahí y construir una cancha de cemento en la Ciudad Deportiva y entonces se iba a terminar esa gastada del estadio de madera. Nunca medimos la trascendencia de esa pérdida y hasta que volvimos a ser campeones pasaron 16 años. peregrinamos por canchas ajenas, sentimos la falta de pertenencia, no podíamos hacer valer la condición de local, padecimos una gran pérdida social porque el club como motor de una actividad que iba más allá del fútbol desaparecía. La gente no iba a la Ciudad Deportiva. Eso fue como una bomba neutrónica: todo seguía en pie pero nos habíamos empezado a morir con esa pérdida.

-(San Lorenzo) es una parte de mi infancia y adolescencia. Un lugar de encuentro con mis hijos (Daniel, 28 años; Franco, 16) y con mis amigos. Una forma de reconocerme ante otros. Es una pasión que me transforma en una persona insensata, irracional, que saca lo peor de mi. Que me mantiene en vilo y me hace sufrir mucho.

EL ESCRITOR

“Soy el Buffarini de las letras: a veces puedo acertar un buen centro, pero la banda derecha te la voy a cubrir seguro”, se define Horacio Convertini (1961), en humorístico tono futbolero, en cuanto a escritor. Al cierre de esta edición acababa de publicar su último libro, Aguante (editorial No tan Püan), compuesto por trece relatos. El primero de ellos es el que da título al trabajo. Todos sus libros son recomendables. Aunque no siempre, aparece el fútbol como tema central o, como le dice a esta revista, como disparador de otras temáticas. Los amigos, el barrio, los amores perdidos, la infancia y la melancolía suelen ser moneda corriente en sus novelas y relatos cortos.

Este año, Convertini ha publicado cuatro libros: El robo de la máscara sagrada, La orquídea de plata, la genial novela New Pompey y el reciente Aguante.

Sus otros títulos son El último milagro (novela, 2013. Ganadora del Concurso Extremo Negro-BAN!), La soledad del mal (novela, 2012. Premio Internacional de Novela Negra y Policial Azabache y del Memorial Silverio Cañada 2013 de la Semana Negra de Gijón, España), El refuerzo (novela, 2008), Los que están afuera -y otros cuentos infelices- (cuentos, 2008. Premio  Fondo Nacional de las Artes), El misterio de los mutilados, Terror en Diablo Perdido,  La noche que salvé al Universo y La leyenda de los Invencibles.

Compartir
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestShare on TumblrShare on RedditDigg thisFlattr the authorShare on StumbleUponShare on VKShare on YummlyBuffer this pageEmail this to someonePrint this page