El desayunador de diarios

Escrita por en Columnistas

Si algo tuve claro siempre, desde muy chico, es que de mayor sería periodista. No me pasó, como sucede con la mayoría (y pude observarlo en el colegio secundario) lo de entrar en crisis por no saber qué sería de mí en el futuro. Tal vez por eso y por otros casos como el mío, estoy convencido de que la carrera de Periodismo tiene mucho de vocacional.

En mi caso, mi vínculo con el periodismo comenzó por dos vías distintas: la del deporte, especialmente el fútbol, por un lado, por provenir de un hogar muy futbolero pero, en general, amante de cualquier manifestación deportiva, y por el otro, por la lectura de diarios y revistas (especialmente, aquellos años de “El Gráfico” en los setenta).

Creo que hubo dos hechos fundamentales que, por suerte, generaron en mí el necesario paso del “Periodismo deportivo” al “Periodismo” a secas: la revista “Hum®” y el haber ingresado al Círculo de Periodistas Deportivos, en el que, paradójicamente, el título que otorgaban era el de Técnico Superior en Periodismo, a secas.

La revista “Humo®”, a la que accedí cuando aún era un adolescente, coincidió con la Guerra de Malvinas y con el final de la dictadura militar, lo que implicó una toma de conciencia de lo que ocurría en la sociedad, lo que despertó también mi interés, y luego ya entusiasmo y finalmente pasión, por la Sociología, hasta terminar los estudios en esta carrera en la UBA.

En aquella publicación, confluían las entrevistas a personalidades destacadas con grandes columnistas, excepcionales humoristas, grandes caricaturistas y una sección deportiva (“Pelota”) de verdaderos panzeristas que nunca más volví a encontrar hasta hoy, por más que muchos lo pregonen.

Esos años fueron de luchas en todos los ámbitos. En el centro de estudiantes del CPD, en las primeras redacciones, en la conformación de una comisión de colaboradores en la recién nacida UTPBA, para lo cual se debatió en encendidas asambleas entre los que provenían de la APBA y los del Sindicato de Periodistas, y fue allí, casi sin darme cuenta, que me fui forjando definitivamente como periodista cabal, en el sentido de que no pude aceptar más (al igual que tantos compañeros de aquellas generaciones) que se me designara como periodista “de-por-ti-vo”, como nos insistían quienes ya ejercían desde hacía rato, como si fuera un asunto más corporativo que de mirada ética de la realidad.

Fue por 1982 que lanzamos los estudiantes en el CPD la revista “Entrelíneas”, cuyas tapas no incluían a ningún ídolo deportivo, sino, muy lejos de ello, a los generales de la dictadura, con sangre chorreando de sus uniformes, con vasos de whisky o vino en sus manos. Y fue por aquel tiempo también cuando decidimos traer para conferencias, a Oscar Cardoso, Eduardo Aliverti o, en todo caso, a don Osvaldo Ardizzone como exponente de la especialidad.

Estábamos enfrentados a las autoridades del CPD que pretendía de nosotros una visión ingenua o corporativa que no nos convencía y en un contexto que no era el que estaban acostumbradas a vivir en tiempos de silencios y falta de disidencias. La realidad era otra y varios de nosotros nos pasábamos las tardes revoloteando las librerías de la avenida Corrientes, sorprendidos por las primeras apariciones de los Jauretche, Hernández Arregui, Lenin o Carlos Marx, y en plena aparición de los videograbadores y con ellos, la industria de las películas prohibidas hasta apenas meses atrás.

Imposible quedarse sólo con el periodismo de-por-ti-vo, sumado a que en aquellos tiempos de principios de los ochenta, nuestro norte lo señalaban las grandes plumas de entonces. Queríamos ser, definitivamente, como Robinson (la vieja versión de Cherquis Bialo), Juan de Biase, Horacio Pagani, Miguel Angel Merlo, Tomás Sanz o José María Suárez, “Walter Clos” (por favor, no confundir).

Nos enfrascábamos en las hermosas y novedosas discusiones desacartonadas de “Sport 80”, con Néstor Ibarra, Víctor Hugo Morales, Adrían Paenza y aquellos Fernando Niembro y Marcelo Araujo, y en especial, buceábamos en busca de los desvencijados libros de Dante Panzeri, perdidos en las ferias de parques o en negocios de antigüedades.

Periodista, en aquél tiempo, era el que escribía. No el de la TV, bastante lejos de nuestros sueños. De hecho, ya para el Mundial de México en 1986, que me tocó cubrir, el CPD presentó un prospecto de la escuela y en él, en una foto, aparecíamos nosotros en un aula, todos apretujados, leyendo….la Hum®

Tras los primeros pasos en la redacción de Diario Popular, mi ilusión creció cuando ingresé ya con más continuidad a una agencia nacional de noticias cuyos jefes sostenían el mismo discurso que tanto abrazaba desde mis inicios de estudiante, y fue entonces cuando tuve mi primer choque profundo: eso que se pregonaba no se condecía con los hechos.

El paso del tiempo me llevaría a comprender los círculos de amigos, la conformación de poderes fácticos a los que ni por asomo escapan los autodenominados “progresistas”, que no respetaron ámbito alguno y que terminaron renegando de todo aquello por lo que lucharon años antes.

Me caí y me levanté, volviendo a confiar, cada vez con más mecanismos de defensa y mayor experiencia. Aprendí a leer lo que no está escrito detrás de cada frase. Me equivoqué mucho, me corrigieron de buena y mala leche, edité con la mejor buena voluntad, me calumniaron mis enemigos (se dice que quien tiene menos de diez en su trayectoria, no es aún un periodista en serio), me movieron el piso, y hasta me exilié buscando un ambiente mejor y más limpio.

Pero jamás he perdido la pasión por el Periodismo, por desayunar con los diarios y las revistas extendidos en la mesa (y si es posible, subrayarlos), por buscar información desde todos los ángulos, por relacionar los hechos, por contextualizarlos, por desmenuzarlos.

Me sigo considerando, tal vez en la madurez que busca conciliar con las nuevas tecnologías sin quedar absorbido por ellas, un periodista de otra generación que le da valor a la buena pluma, a la seriedad investigativa, a la ética, y que le huye a los sistemas cercanos a cualquier poder y a los grupos de presión de cualquier tipo.

¿Eso significa ser independiente? Al menos lo pretendo, lo busco, lo necesito. En todo caso, es una lucha que no pienso abandonar y es más: creo que moriré, el día que me llegue el turno, dando mi cabeza contra el teclado de la computadora.

Por Sergio Levinsky
www.sergiolevinsky.com
@sergiole en Twitter

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