El chico que grita “¡hola!”

Escrita por en Columnistas

La camiseta de fútbol desteñida, una pelota casi sin gajos, zapatillas de lona o piecitos descalzos, un pantalón que alguna vez fue largo y hoy está cortado a la altura de las rodillas, el pelo que mece el viento, la bici desvencijada, los turistas desconfiados que levantan los vidrios polarizados de sus autos y el badén cubierto de agua que provoca el temor de quien debe cruzarlo.

“¡Hola! Señor: por acá, pase por acá”, advierte, sin que nadie se lo pregunte, en tono voluntario de ayuda. El automovilista frena y su mirada periférica capta los detalles: a un costado se divisan las bóvedas; al otro, una alameda que juega a hacerle cosquillas a las nubes. En el inicio de la ruta 149, el cartel indicador en Uspallata orienta sobre cuánto falta para la también mendocina San Alberto y para las sanjuaninas Barreal y Calingasta, pero nada dice del chico que grita “¡hola!”.

El conductor del vehículo se toma unos segundos para cerciorarse de que no va a ser incomodado. Quizá tome la decisión del cruce tras una breve consulta con sus acompañantes, en plena pulseada con el prejuicio. “¿Por ahí? ¿Es seguro, no?”, exclama, aún ganado por la desconfianza. La seña del niño-guía lo convence. Vuelve a activar el levantavidrios, pone primera, se tensiona cual si fuera a tutearse con el peligro, contiene la respiración durante la prueba de riesgo y ahora sí, victorioso, como a él le gusta que lo reconozcan, mete segunda y se aleja. No hay bocinazo ni pulgar levantado en señal de agradecimiento. Al chico no lo perturba: vuelve a su pelota; su planeta hecho pelota.

El chico que grita “¡hola!” no sabe si por su casa alguna vez han pasado los Reyes Magos. Él juega con autos de verdad. Apura el paso cuando percibe que viene otro, y otro, y otro más. “Por acá, pase por acá”, repite como si dar el aviso fuera su obligación. La recompensa – si es que la hay – tiene forma de saludo, esa mano amiga que se agita de lado a lado desde la ventanilla. Más que un pasatiempo, lo toma como el alimento imprescindible de cada día. El reconocimiento del otro lo vuelve introducir en un mundo que, más de una vez, parece querer expulsarlo.

Diez, once, doce años quizás. Mirada tensa, cual un guardabarrera de tren o el vigía de un faro. Padres y/o hermanos, ojalá. Él está solo y espera. Nunca sabrá qué es Disneyworld, pero alguna vez le explicarán que lo que hace se llama solidaridad. Y que el mundo sigue estando a favor de los que sueñan. Y que en el futuro, cuando siga gritando “¡hola!” las cuatro ventanillas del auto se bajarán y desde allí surgirán manos, y manos, y manos, y manos. Y también gritos que le respondan “¡gracias, gracias, gracias y gracias!”.

Cuando esto suceda, será un millonario sin bolsillos ni cuentas en paraísos fiscales. Su tesoro, incalculable, se compondrá de afectos y un lugar a la mesa de quienes prefieren compartir a segregar. A lo mejor no sepa quién es Atahualpa Yupanqui, pero se sentirá incluido en la frase del poeta: “¿Has visto algo más poderoso que mi gran esperanza?”.

Por Fabián Galdi
Jefe de Deportes del diario Los Andes, de Mendoza

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