DIJO HOLA Y ADIÓS

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

 

…y el portazo sonó como

un signo de interrogación

(Joaquín Sabina)

 

Una de las escenas más importantes sobre el final de La Guerra de las Galaxias es aquella en la que Darth Vader se enfrenta, después de casi una vida (eso lo sabremos después, con el estreno de Episodio I – La Amenaza Fantasma), con Obi-Wan Kenobi. “Ahora yo soy el maestro”, le dice Vader minutos antes de matarlo. Pero ahí está la trampa: a veces hay que tener cuidado con lo que se desea. Vader siempre quiso matar a su viejo mentor. En esa escena está cerca de lograrlo, sólo que Obi-Wan se deja vencer después de asegurarse de que su nuevo alumno, Luke Skywalker (hijo de Vader, otra cosa que también sabremos después), está a salvo y será quien, finalmente, canalice el lado luminoso de la fuerza. El malo más malo del cine toma impulso y lo mata mientras su odio lo aleja de la realidad y de los rebeldes, que así podrán escapar. Enseguida el cuerpo jedi de Kenobi se esfuma y sólo queda su capa tirada en el suelo, que Vader toca con el pie, sabiendo que la desaparición es el certificado de que la fuerza del enemigo ahora es más poderosa. Vader sabe que se le viene una complicada.

Esa escena me viene a la cabeza con lo que pasa alrededor de Messi. Tanto se lo atacó que los deseos en su contra se hicieron realidad y ahora quiere dejar la Selección, que sin él no será la misma. De hecho, sólo por él llegó a tres finales consecutivas. Sin Messi, sería posible que hoy fuéramos un émulo del Brasil que se comió siete en su casa.

Hace años que muchos argentinos piden la cabeza de Messi. Es una cosa increíble. Es como decir que las milanesas recién hechas son una cagada porque la ensalada salió fea. Las milanesas salvaron la cena, pero como la comida no fue perfecta, maldecimos todo.

Entre lo que leí y escuché desde el domingo, cuando perdimos la final de la Copa América (¡por penales!), me quedo con algo del periodista y escritor Juan José Becerra. De una columna suya titulada Recursos humanos destaco esto: “Ciertos hinchas argentinos (muchos, más de lo que se piensa) atizados por ciertos periodistas deportivos inspirados en la escuela de lapidación petulante de Fernando Niembro (menos de lo que parece porque no son los que más se hacen notar) tienen el síndrome del director de personal. Sienten que los jugadores, los técnicos y hasta el juego son sus empleados informales. En su imaginación despiden gente, ponen y sacan, crucifican y endiosan a la velocidad de la luz: son predadores platónicos de recursos humanos. Desde el punto de vista clínico son maníacos depresivos, como la televisión en la que se crían y reproducen. Entonces, Messi, con los huevos de dinosaurio por el piso, se aleja del equipo hasta el Mundial de Rusia, si es que se da el milagro de clasificar sin él. Recortando con alguna frialdad el objeto (es difícil: estoy viendo de reojo a Toti Pasman en el programa de Pamela David contentarse con la renuncia de Messi mientras pide la cabeza de Martino: es insufrible cuando la tiene afuera) el partido terminó siendo parejo en la distribución de las tensiones y el ímpetu. Todo tendió a la trabazón física, las llaves de inmovilización y el cuidado de las espaldas. En ese pacto, Argentina fue un poco más claro en llegar al arco rival pero oscuro en la definición. ¿Por qué? Porque así es la vida, queridos”.

Mientras lo leía, pensaba en cuántos de los que acusan a Messi de pecho frío, de que no siente al equipo nacional (cuando se cansó de dar muestras en contrario) y de que ni siquiera sabía el Himno Nacional cumplen a la perfección no sólo con su vida, sino con su trabajo. ¿Qué pasaría si sus jefes tuviesen el derecho de cagarlos a puteadas cada vez que se equivocan? ¿Qué les significaría un insulto o una amenaza de despido, cuando no el despido, directamente? ¿Cómo se sentirían, aún cuando hubieran dejado todo para cumplir?

¿Qué cosas nos deshumanizan cuando llevamos las banderas del llamado folclore futbolero?

El sentimiento por la Selección es volátil. No digo nada nuevo. La mayoría de los argentinos nos hacemos hinchas del seleccionado cada cuatro años: en el Mundial. Hasta entonces preferimos a nuestros clubes de siempre (los jugadores del equipo nacional, agradecidos: al menos zafan de los insultos). De hecho, cuando empezaba esta Copa América Centenario lo que más se comentaba es que se trataba de un invento para darle más difusión al fútbol de los Estados Unidos. Incluso, cuando el año pasado la FIFA fue investigada por la Justicia no faltaron quienes expresaron que eso era un castigo por no elegir de nuevo a los norteamericanos como sede de otro Mundial. Sin embargo, con el correr de los partidos -como suele pasar- nos entusiasmamos. Messi estaba afuera, se incorporó, fue el mejor del equipo (como siempre) y nos volvimos a ver campeones. Encima ya le habíamos ganado a Chile y los monstruos no estaban: Brasil, Uruguay y Colombia. Pero ahí andaba nuestra sombra negra: Chile, que actualmente es uno de los mejores equipo del mundo, nos guste o no, y pese a que aún haya quien minimice el trabajo prolijo y serio que vienen haciendo en ese país con su seleccionado. Los fantasmas de las finales perdidas recientemente (Copa América 2015 y Mundial 2014) acechaban y como a esa altura ya estábamos fanatizados y futbolizados (y hasta copaamericanizados), no había lugar ni tolerancia para la frustración. ¡Qué cagada! Otra vez quedó demostrado que en fútbol nunca hay nada dicho.

Otra nota que me gustó fue escrita por Martín Zariello en su blog Il Corvino. La pueden leer acá. Lo que destaco de ese texto titulado Vindicación de la Selección argentina está sobre el final: “El año pasado conocí a un jugador de fútbol de Primera así que aproveché para hacerle preguntas cholulas sobre las intimidades de un plantel y la experiencia de ser jugador profesional. Me contó dos cosas que me parecen puntuales para dejar de ser una mala persona. Por un lado, que con los años el fútbol para él se había convertido en un trabajo más y que a veces no lo disfrutaba ni un poco. Por otro, que un día tuvo que ir a jugar un partido a alguna provincia lejana y erró un gol abajo del arco porque estaba pensando en que al mismo tiempo su mujer estaba dando a luz a uno de sus hijos. Yo miro fútbol desde que tengo cinco años pero recién ese día entendí en su real dimensión que los jugadores de fútbol son seres humanos. Larga vida entonces a Messi, a Mascherano, a Higuaín, a Banega y a Romero. Larga vida a quienes sin ningún tipo de preparación son obligados a llevar todo junto y en un solo puño la psiquis y el latido de su pueblo”.

En ese mismo blog, escribió Zariello en otro artículo (La máquina de pedirle a Messi): “La idea de ‘un país’ que insulta y denigra a un jugador por el simple hecho de errar un penal o no ganar una Copa es deleznable. Pero que ahora el mismo país, a través del chantaje emocional de periodistas compungidos, padres enajenados y maestras equivocadas, quiera convencer a ese mismo jugador de que no renuncie a la Selección es propio de un psicópata. Ojalá que Messi haga lo que se le cante”.

Nunca se habló tanto de Messi como en estas horas. En algunos noticieros se entrevistaba a la gente en la calle para saber qué opinaba. Algunos hasta le pedían a Messi que se quede para darle alegrías al pueblo, a la Argentina. Los periodistas, cuando volvían a estudios, les daban la razón. ¿Por qué esperamos, pretendemos u ordenamos a los jugadores de fútbol que sean ellos quienes nos den alegrías? ¿Por qué responsabilizar a los otros de nuestros sentimientos o nuestra propia vida? Si pretendemos eso, entonces vamos a terminar justificando los insultos y escupitajos a los jugadores rivales en la cancha, el empujón al que es hincha de otro equipo y hasta el desprecio sin anestesia en las redes sociales.

Así estamos: los 30 años del Mundial de México 86, que se cumplieron este 29 de junio y cuya celebración se esperaba con tanta alegría, se recuerdan empañados por lo de la Copa América. No queremos aceptar que perder es parte del juego. Messi no tiene la culpa ni la responsabilidad. Vivir y dejar vivir.

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