DICTADURA, DEPORTE Y LIBROS

Escrita por en Libros, Notas

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Uno de los trabajos más contundentes sobre el deporte y la dictadura se titula, justamente, Deportes, desaparecidos y dictadura. Lo escribió el gran periodista Gustavo Veiga; lo prologó otro enorme colega, Ariel Scher; y en la contratapa la firma es de Claudio Morresi. El libro fue editado por Al Arco y declarado de Interés por la Secretaría de Deportes de la Nación, la Dirección de Deporte de la Ciudad de Buenos Aires y la Confederación Argentina de Deporte. La edición que tengo en mi poder es de 2006. Creo que hay una actualizada. A cuarenta años del sangriento golpe de Estado, bien vale su lectura. Como tantas otras que impiden el olvido.

Veiga, minucioso en su trabajo, periodista de los mejores, expone en menos de 100 páginas historias con nombres y apellidos. Su libro tendría que ser material obligado en las escuelas de periodismo. También entre los periodistas. Habla de atletas desaparecidos, de civiles presos y militares impunes y patoteros; y del Mundial 78 como símbolo de esos años que empezaron, al menos de manera oficial, el 24 de marzo de 1976. Cierra con una lista de los deportistas desaparecidos. Recuerda a Marquitos Zucker, secuestrado e hijo del recordado actor. Cuenta que una tribuna de Defensores de Belgrano lleva su nombre. No olvida del papel de Juan Manuel Fangio -el gran ídolo de nuestro deporte- vinculado con la Mercedes Benz. “Como no todos saben quién fue Fangio, vale recordarlo: cinco veces campeón del mundo, piloto excepcional y uno de los tantos imbéciles que apoyó a la dictadura de Videla con alma”, lo refiere Pablo Llonto a través de un artículo que complementa el volumen.

En la portada, junto a otras fotos, se destaca la figura del atleta Miguel Sánchez, quien hoy tiene una carrera que le sirve de homenaje. Veiga también cuenta lo que ocurrió con los jugadores del La Plata Rugby Club. Ya volveré sobre el tema. “Como este es un libro hecho de huellas, resulta más que un libro”, prologa Scher. “Estos periodistas de raza eligen caminar por la vida contando lo que pasó y sintiendo que las puertas de la dignidad y el respeto siempre están abiertas de par en par, sostenidas por el pueblo al que pertenecen y defienden”, finaliza, desde la contratapa, Claudio Morresi en el verano de 2006.

EL MUNDIAL 78

La vergüenza de todos es otro de los libros imprescindibles para entender qué ocurrió en aquellos años de plomo. Su autor es Pablo Llonto. Al título publicado por Ediciones Madres de Plaza de Mayo agrega la frase “el dedo en la llaga del Mundial 78”. En la portada, Américo Gallego y Daniel Passarella levantan la Copa minutos después de la victoria ante Holanda, en el estadio de River, el 25 de junio. Más grande se ve la imagen del entonces presidente Jorge Rafael Videla; detrás suyo una multitud y banderas argentinas. Aquel invierno, efectivamente, el fútbol se lo comió todo. A metros, en la ESMA, había ciudadanos torturados o a punto de serlo; embarazadas, madres que no conocerían a sus hijos. Personas que serían lanzadas al Río de la Plata.

Llonto obliga a pensar. Porque no sólo explica el rol de los asesinos con uniforme, sino que también cuenta quiénes fueron sus cómplices y pregunta qué papel jugaron los ciudadanos comunes. López Rega en la portada de la revista peronista Las bases es la apertura para este libro. En sus páginas hay una radiografía de la Argentina de entonces. Están las tapas mentirosas, como la de Somos, de la editorial Atlántida, en la que anuncia un “Complot contra la Argentina” desde Europa. No falta aquella papelonera carta falseada al jugador holandés Krol, en la que supuestamente le contaba las bondades argentinas a su pequeña hija. Están los números de los gastos, las amenazas de bombas, los asesinatos. Es, tal vez, el libro más completo sobre el tema.

Tema que se complementa con otros dos: Fuimos campeones – la dictadura, el Mundial 78 y el misterio del 6 a 0 a Perú, de Ricardo Gotta, editado por Edhasa en 2008. Tremendo trabajo de investigación en el que se leen cosas como “ya brillaba Diego Armando Maradona, a quien el general Guillermo Suárez Mason seguía por las canchas argentinas, viajando en aviones de YPF”. Hay buenas entrevistas, mejores datos. La goleada a Perú está tratada como pocas veces. También se recuerda la bomba que estalló en la casa del ministro Juan Alemann tras el cuarto gol a los peruanos, la visita al vestuario visitante de Kissinger junto a Videla y los barcos con toneladas de trigo que viajaban a Perú unas semanas después del título argentino.

El tercero, insoslayable, es Hechos Pelota – El periodismo deportivo durante la dictadura militar, de Fernando Ferreira, también de Ediciones Al Arco, En la tapa, Videla y sus secuaces; adentro, una rigurosa investigación sobre el papel del periodismo de entonces. Hay secuestros, hay hechos, hay denuncias. Y Hay palabras, como las de Jorge Búsico, quien le dice al autor: “Descubrimos de a poco un mundo de horror que nos condicionó para siempre”. No faltan los recuerdos: “En Montecarlo, el 30 de junio de 1977, Carlos Monzón venció por puntos en fallo unánime al colombiano Rodrigo Valdés. Fue una pelea difícil y sólo su fortaleza anímica le permitió sobreponerse de una caída en el segundo round. Poco después, con catorce defensas exitosas y una vida intensa arriba y abajo del ring, haría oficial su retiro. Monzón había colaborado en exhibiciones para los soldados antes del golpe del 24 de marzo y en la campaña del llamado ‘Operativo Independencia’ en Tucumán”.

“En 1976 se acabó la risa y la broma. El país se cubrió de sangre. Exilio, cárcel, desaparición, secuestros, torturas, extorsiones, violaciones. Hasta los niños desaparecen” lamenta desde su pluma Osvaldo Bayer en su genial Fútbol argentino (Página 12). Al hacer historia, no puede pasar de largo aquellos tiempos. El capítulo se titula El triunfo triste.

“Nunca es demasiado halagüeño aceptar que la Dictadura cayó -o se fue, mejor- como consecuencia de la soberbia imbecilidad criminal de la guerra de Malvinas y no por otra cosa; menos lo es suponer que los militares podrían haberse ido mucho antes si en la tarde del 25 de junio de 1978 una pelota de fútbol que hacía casi una hora y media que circulaba por la colmada cancha de River entre jugadores de celeste y blanco y de naranja hubiera, en cierto momento, desviado su trayectoria hacia la derecha entre tres y cinco centímetros”, recuerda de manera magistral Juan Sasturain en el capítulo Menotti y el misterio de los tres palos del Diablo, donde refiere al Mundial 78 en su genial libro La patria transpirada – Argentina en los mundiales – 1930-2010 (Sudamericana). No puede -ni quiere- evitar el tema de la dictadura. Como tampoco lo hace Juan José Sebreli en su gran (y polémico, al menos para los futboleros) La era del fútbol (Sudamericana, 1998). Crítico acérrimo de este deporte, dedica un capítulo a aquellos tiempos. “La dictadura y el fútbol. Campeonato Mundial Argentina 1978”, lo titula. “Con el aval del fervor popular, las democracias burguesas europeas, las izquierdas y las bendición del Papa, la dictadura militar vivió su momento más glorioso con el Mundial de fútbol”, escribe, quien al comienzo del libro agradece “el espíritu crítico, raro en el deporte”, de Dante Panzeri. Refiere a un periodismo radial y televisivo “obsecuente”, menciona a José María Muñoz, recuerda el papel de Sergio Renán con su película oficialista La fiesta de todos y el de César Luis Menotti, el técnico, quien le dijo a la revista Gente que “derrotamos a la derrota”, tras haber alcanzado el título mundial, el primero de nuestro seleccionado. “El objetivo de la dictadura fue logrado y ésta salió fortalecida del Mundial. Havelange contribuyó al blanqueo de la dictadura en el exterior aceptando una condecoración de Videla, y declarando que ‘por fin el mundo pudo ver la verdadera imagen de la Argentina’”, escribe el autor.

Por ese lado va también Víctor Lupo en su imperdible Historia política del deporte argentino -1610-2002 (Corregidor). En un completísimo informe deportivo-político, dedica interesantes líneas a la dictadura. “‘Quiero agradecer a los que permitieron que la Argentina fuera sede de esta justa y le dieron la oportunidad para demostrar de lo que es capaz el pueblo argentino. Eso significó un voto de confianza’. Se refería a Havelange, en una devolución de agradecimiento por el apoyo del 28 de mayo de 1976, para agregar: ‘El resultado del campeonato permite pensar que aún es posible vivir en unidad y diversidad y es también el símbolo de la paz. Una paz que merezca ser vivida’”. Luego, Lupo se refiere también a la película La fiesta de todos, en la que menciona a sus participantes, entre quienes se encuentran Juan Carlos Calabró, Néstor Ibarra, Luis Landriscina, Nélida Lobato, Félix Luna, Rudy Chernicoff, Graciela Dufau, Enrique Macaya Márquez y Ricardo Darín. Cita también al libro El director técnico del proceso, de José Luis Ponsico y Roberto Gasparini, donde se cuenta que la designación de Menotti como entrenador “quedó acordada en una cena entre Bracuto, Menotti y el secretario de la UOM, Lorenzo Miguel, en el ex restaurante La raya de la calle Pavón entre Urquiza y La Rioja, en Buenos Aires”. Lupo destaca varios otros hechos que refrescan la memoria.

“Encapuchados y con grilletes, detenidos-desaparecidos y prisioneros de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) gritaron en junio de 1978 los goles de la selección argentina en el estadio de River Plate. Hambreados y muertos de frío, soldados de Malvinas siguieron por radio a la Argentina durante el Mundial de España 82. Mientras, las bombas estallaban a su lado”. Así comienza el sexto capítulo de Breve historia del deporte argentino, titulado Ganar en dictadura. El libro fue escrito por el periodista Ezequiel Fernández Moores (Editorial El Ateneo). “Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz 1980, cuenta que él mismo tampoco reprimió el grito de gol, junto con los demás presos, en la Unidad 9 de la Plata, donde los partidos se transmitían por un altavoz. Los goles de Mario Kempes y sus compañeros también se celebraron en las casas de Hebe de Bonafini y de Estela Carlotto, posteriores presidentes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, respectivamente, mientras lloraban la desaparición de sus hijos y nietos”, escribe Moores.Y después: “Argentina campeón del mundo, campeón en la organización de un campeonato que ha hecho con esfuerzo todo el país, cuando muchos no creían, Argentina logró esta hazaña… para que nuestros hermamos del mundo comprendan que hicimos un campeonato de humanidad, de solidaridad, porque así somos los hijos de esta tierra”. Quien eso relata no es otro que José María Muñoz.

Moores también recuerda a los desaparecidos del La Plata Rugby Club, no deja de lado la memoria del atleta Miguel Sánchez, quien “soñaba con ganar en el 78 la San Silvestre” y dedica unas líneas a Daniel Schapira, secuestrado el 7 de abril de 1977. No está de más el recuerdo que hace del título del seleccionado juvenil del 79, con Maradona a la cabeza. “La madre de Maradona, Doña Tota, fue invitada especial a los almuerzos televisivos de Mirtha Legrand el día del triunfo, el 7 de septiembre de 1979. ‘Vayamos a la plaza a ver esta espléndida fiesta del pueblo argentino’, pedía cada tanto la conductora de los almuerzos. Cientos de estudiantes, liberados por un asueto del Ministerio de Educación, celebraban el triunfo en la Plaza de Mayo. ‘Vayamos a la Plaza a demostrarles a esos señores de la OEA que los argentinos somos derechos y humanos’, alentaba el Gordo Muñoz por Rivadavia. En efecto, a metros de allí, familiares de desaparecidos hacían fila para elevar sus denuncias a la Comisión de Derechos Humanos de la OEA. Videla salió al balcón de la Casa Rosada para saludar a los estudiantes que habían ido a celebrar”.

En otro párrafo, Moores destaca que “en abril de 1982, cuando la dictadura estaba en plena aventura de Malvinas, deseosa de reconquistar apoyo popular, se inauguró una pileta en el Parque Sarmiento, de Buenos Aires. Había militares en la pileta, la gente cantaba enfervorizada el Himno y gritaba ¡Argentina, Argentina!”.

La barbarie, se titula el capítulo 13 de Deporte nacional – Dos siglos de historia, el gran libro escrito por Ariel Scher, Guillermo Blanco y Jorge Búsico en 2010 (Emecé). “Este país roto, fusilado, torturado, estafado y, en especial, desaparecido que diseñó la dictadura militar encaramada en el poder desde el 24 de marzo de 1976 silenció todo menos el fútbol. Menos el fútbol que, en medio de órdenes para prohibir y prohibir y prohibir, fue lo único que se permitió”, arranca. “El comunicado número 23 de la Junta Militar que había derrocado a María Estela Martínez de Perón…”, recuerda luego para continuar: “Se ha exceptuado de la transmisión por cadena nacional de radio y televisión la propalación programada para el día de la fecha del partido de fútbol que sostendrán las selecciones nacionales de Argentina y Polonia”. Entonces cuenta que los de Menotti ganaron 2 a 1, con goles de Héctor Scotta y René Houseman y que el encuentro amistoso se disputó “en la ciudad industrial de Chorzow”, en Polonia. “Teníamos mucho miedo a todo”, se cita a Scotta, y también se recuerda que Alfredo Cantilo, el entonces presidente de la AFA, anunciaba que “el cambio de gobierno no tiene nada que ver con el Mundial. Somos gente de fútbol y no políticos”. Sin embargo, el poder estaba en manos del marino Carlos Alberto Lacoste, vicepresidente del Ente Autártico Mundial 78. “No hubo proyecto político deportivo militar ni, tampoco, un modo de jugar de la dictadura”, señalan los autores. Enseguida se recuerda que en el Comité Olímpico Argentino su titular, el ex tirador Pablo Cagnasso, fue reemplazado por el Coronel Antonio Rodríguez, quien se quedó en el cargo hasta 2005. Acá también se menciona a Miguel Sánchez, quien “cuando estaba de regreso en Villa España, una patota de la dictadura militar lo secuestró y lo volvió un desaparecido”. Se lo define, en estas páginas, como ex futbolista, poeta aficionado, peronista y militante. No se deja en el olvido la desaparición de Norberto, el hermano de Claudio Morresi. Tampoco muchos otros, que son mencionados con nombre y apellido. Deporte Nacional es otro libro que no puede dejarse de leer.

Como Maten al rugbier – las historias detrás de los 20 desaparecidos de La Plata Rugby Club, al que ya hicimos referencia cuando salió, el año pasado. Un libro excepcional escrito por Claudio Gómez. En su momento dije, y ratifico, que fue escrito con profesionalismo y con pasión. Cuando ambas condiciones se juntan, suelen salir trabajos como éste. Gómez le puso el alma a los textos. Recordó cómo se respiraba entonces, lo duro que era tragar una gota de libertad, y entrevistó a protagonistas, testigos, abogados y familiares de las víctimas. Entre ellas, hay una gran gran gran entrevista, sentida y directa, a Velia Oliva, la mamá de Jorge Moura, recordado además porque sus hermanos fundaron el grupo Virus, un ícono del rock nacional de los 80. Jorge había jugado al rugby en ese club; hoy es uno de los desaparecidos de la dictadura militar. “Perder a un hijo es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Yo perdí a dos. Tengo ochenta y seis años y todos los días me pregunto para qué quiero seguir viviendo”, le dice Velia a Gómez. Lo releo ahora y vuelvo a sentir lo mismo que sentía hace unos meses, cuando leía el libro en subtes, colectivos y en mi casa y no podía ni quería despegarme de él. Analiza además el caso de cada uno de los deportistas desaparecidos.

Los militares llevaron a cabo un plan de exterminio total. A cualquier costo. Cuarenta años después aquello no se olvida. Tan clavado quedó en el corazón de un país. Por suerte, hay periodistas y libros y entrevistados y valientes que recuerdan, que escriben. Que no olvidan. Y que no nos dejan olvidar.

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