DÍAS Y NOCHES DE EDUARDO GALEANO

Escrita por en Libros, Notas

Por Alejandro Duchini

Un artesano de las palabras. Eso era Eduardo Galeano. Un relojero que hermanaba de manera perfecta las palabras que mejor expresaban su pensar y sentir. Escribió libros geniales, tras los cuales, después de leerlos, uno no era el mismo. En mi caso, me sirvió para entender un poco más al periodismo y para disfrutar del placer de la lectura como espejo de la vida.

Llegué a Galeano a través de Días y noches de amor y de guerra, que lo descubrí en una vieja librería de Parque Centenario, en Buenos Aires, enfrente del hospital donde mi padre estaba internado. Recuerdo que salí a caminar para despejar mi cabeza: en esos tiempos yo era el único que sabía que lo de mi viejo no daba para mucho más. Me metí en esa librería y husmeando di con ese título. Lo abrí y quedé maravillado después de leer algunas frases casi al pasar. Entonces ni imaginaba que ese libro se convertiría en mi compañero de ese tiempo y que esa compañía me duraría para siempre. “Perdí varias cosas en Buenos Aires. Por el apuro o la mala suerte, nadie sabe a dónde fueron a parar. Salí con un poco de ropa y un puñado de papeles. No me quejo. Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor”, se lee en sus primeras líneas.

Lo compré y lo devoré en colectivos, en subtes y en días y noches en que luchaba contra la impotencia por la enfermedad de mi papá. Ahí comprendí que las palabras acompañan; y cómo. Estoy hablando de libros que te marcan. Libros en los que subrayé frases. “La memoria guardará lo que valga la pena. La memoria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado” o “los cuerpos, abrazados, van cambiando de posición mientras dormimos, mirando hacia aquí, mirando hacia allá, tu cabeza sobre mi pecho, el muslo mío sobre tu vientre, y al girar los cuerpos van girando la cama y giran el cuarto y el mundo”, son algunas de ellas.

También me sentí espejado en ese asunto tan complicado de la religión: “Dos por tres me olvido, y regalo a la tristeza esta vida de yapa. Me dejo expulsar del Paraíso, dos por tres, por ese Dios castigador que no termina de irse de adentro de uno”, escribió él y marqué yo. Está también aquella charla con una puta, que le dijo: “¿Sabés una cosa? Yo, a los hombres, en la cama, no los miro nunca a los ojos. Yo trabajo con los ojos cerrados. Porque si los miro me quedo ciega, ¿sabés?”. O ese párrafo en el que suelta que “cada uno entra en la muerte de un modo que se le parece. Algunos, en silencio, caminando en puntillas; otros, reculando; otros, pidiendo perdón o permiso. Hay quien entra discutiendo o exigiendo explicaciones y hay quien se abre paso en ella a las trompadas y puteando. Hay quien la abraza. Hay quien se tapa los ojos; hay quien llora. Yo siempre pensé que Roque se metería en la muerte a carcajadas. Me pregunto si habrá podido. ¿No habrá sido más fuerte el dolor de morir asesinado por los que habían sido sus compañeros?”.

Dedicó en esos días y noches hechos libro unos textos bellísimos sobre sus hijos. Yo aún no era padre pero ahora que lo soy recuerdo cómo me impactó entonces leer esto: “Hace once años, en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de la casa. Ella era muy chica; caminaba como un osito. Yo la veía poco. Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida, a veces le llevaba chocolatines o juguetes.

La madre no estaba aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de la casa el ómnibus que traía a Florencia de la jardinera.

Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba el piso.

La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces volví a pedirle:

-Andá, decime.

Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería.

Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla.

Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado”.

Aprendí que siempre es bueno decir al que se quiere que se lo quiere cuando leí: “Hoy hace una semana que se lo llevaron y yo ya no tengo cómo decirle que lo quiero y que nunca se lo dije por la vergüenza o la pereza que me daba”.

Me sonreí con el escritor que llegó recomendado por Dios y me entristecí por aquel que apareció en el velorio de su padre con una manzana en la mano. “Dejó sobre el cajón una manzana roja y brillante. Lo viste dejar la manzana y él se alejó caminando. Después supiste que aquel muchacho era el hijo de Silvio. El padre le había pedido la manzana. Estaban comiendo, al mediodía, y él se levantó para alcanzarle la manzana cuando irrumpieron, de golpe, los asesinos”, describe.

Podría seguir hablando y recordando ese libro que tanta piel en el alma se me hizo. Pero no tiene sentido cuando sus páginas están ahí, esperando que nuevos lectores lo descubran y lo sientan.

Apasionado por el fútbol, fue autor de un clásico entre clásicos: El fútbol a sol y sombra, al que le agregaba un capítulo después de cada Mundial. Es tan insoslayable como Fiebre en las gradas, de Nick Hornby. En esas páginas, sobre el Mundial 2014 escribió, entre otras cosas, que se jugó “en un Brasil donde están estallando los volcanes de la indignación popular ante el derroche de las construcciones faraónicas en contraste con los fondos destinados a la salud pública y la enseñanza gratuita”.

Hincha de Nacional, de Montevideo, hizo una de las mejores crónicas sobre un futbolista. Hablo de la que tiene a Pelé como protagonista y que puede encontrarse en Nosotros decimos no. Fue en 1963. En medio de una minuciosa descripción de su encuentro con el brasileño, Pelé le dice: “Creo que el mejor jugador del mundo todavía no nació”. Diego Maradona había nacido tres años antes.

Laura Campagna, entonces integrante del equipo de prensa de Siglo XXI, la editorial que tiene los derechos de los libros de Galeano, me avisó en 2015 que iba a salir Mujeres, una recopilación de textos ya publicados. Cuando le pregunté qué posibilidades había de entrevistarlo me dijo que no, que ya no daba notas. Desconocía lo de su enfermedad. Fue mi segundo intento fallido. El primero había sido a fines del 2014, cuando le envié un mail directamente a él para contarle que quería tenerlo entre los entrevistados de un libro que escribí sobre fútbol y cultura. Me dijo que no podía.

Ahora que me entero de su muerte me asalta la frustración por la charla no lograda y me alivia saber que devoré tanta vida en cada uno de sus libros. Que no todo fue Las venas abiertas de América Latina, como señalan en los noticieros cada media hora, cuando entre los títulos repiten la información de su fallecimiento. El libro de los abrazos, Los hijos de los días, La canción de los otros, Vagamundo, Ser como ellos, las tres Memoria del fuego, Patas arriba, Bocas del tiempo, Las palabras andantes y Espejos son una invitación a la reflexión y al goce de la lectura.

Me hubiera gustado conocerlo. Darme ese pequeño lujo. Decirle que sus libros, y especialmente uno de ellos, fueron compañeros silenciosos. Que gracias a sus palabras encontré aire para respirar.

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