DARTH VADER SE QUEDÓ SIN AMIGOS

Escrita por en Destacadas, Notas

Por Alejandro Duchini

En el Episodio III -La venganza de los Sith- de la saga de Star Wars hay una escena tremenda. Es aquella en la que se define el futuro de Anakin Skywalker en la pelea con Ben Kenobi, hasta poco antes su maestro y amigo. Espadean sobre un mar de lava. Los separa la bronca de uno y la paz del otro; el lado oscuro y el de la fuerza. Miden distancias, saltan, se esquivan y nunca dejan de observarse como si fuesen desconocidos, aunque son conscientes del sentimiento que los unió, del que ya no queda nada.

Esta parte de la película termina cuando Anakin pega un salto y desde la altura se prepara para destrozar a su maestro. Pero ese movimiento es su perdición, su gol errado en el minuto final. Porque en milésimas de segundos Kenobi le corta las piernas y lo deja como si fuese Maradona en el Mundial de Estados Unidos. Anakin cae y queda tendido sobre la lava. El dolor es intenso. Mira a su ahora ex amigo con toda la bronca posible. “Te odio”, le dice. Y Kenobi, dolido por la situación, le pregunta por qué se dio vuelta, por qué se pasó al otro equipo, al del rival de toda la vida. “Yo te quería como a un hermano”, le grita. La traición de Anakin se ha consumado casi como consumido está su cuerpo, y sólo le queda aullar mientras se quema. Después se sabe que se convierte en Darth Vader.

episodio3_1Hoy, cuando se celebra el Día del amigo, voy a hablar del anti-amigo. Y cada vez que veo esa lucha final me acuerdo de mi anti-amigo, Gustavo. Él también era como mi hermano. Nos habíamos conocido en segundo grado y desde entonces nos hicimos inseparables. Lo recuerdo en aquel invierno de nuestra infancia en el que se ponía una camiseta de River. No se cómo lo convencí de que se haga de Independiente. Con el tiempo, el club de fútbol sellaría nuestra amistad. Su primera vez en una cancha fue con mi papá, una tarde de domingo en la que jugábamos con Rosario Central. Mi viejo aceptó mi pedido de invitarlo y lo pasamos a buscar por su casa. No me acuerdo cómo terminó el partido, pero sí que yo me sentía feliz de integrarlo a ese mundo tan particular de tardes futboleras que teníamos con papá. Luego, él empezó a ir a ver los partidos por su cuenta y yo seguía yendo con mi viejo y mi padrino, Antonio. Sin embargo, nos encontrábamos en el entretiempo, donde estaba la reja que dividía la popular de la platea, y hablábamos del equipo, del colegio o de vaya uno a saber qué otras cosas.

Pasamos la primaria, compartimos el fútbol cinco con compañeros de la escuela, llegó la adolescencia y seguimos juntos en el secundario. Después viajamos a Bariloche y cuando terminamos de estudiar continuamos caminando las mismas calles de Liniers y jugando a la pelota. La noche de su casamiento me pidió que desde el altar de la iglesia dijera unas palabras. No recuerdo qué dije, pero sí que lo hice a pesar de mi tremenda timidez.

Años más tarde se divorció. Yo lo acompañaba todo el tiempo posible mientras él lloraba porque la mina tenía un amante. Me dio mucha pena y bronca porque era mi amigo y no quería que sufra. Después el que se separó fui yo.

Para sortear las penas, íbamos a la cancha. Independiente jugaba de local en Racing y algunas veces fuimos juntos. Una noche fría de 2007 vimos un Chicago-Independiente. Chicago nos gustaba porque era de Mataderos, un barrio con el que teníamos afinidad. Sobre todo yo, que había nacido cerca de su cancha. Cuando terminó el partido lo invité al Luna Park a ver una pelea de la Hiena Barrios. Así íbamos sobrellevando el rearmado de nuestras vidas post matrimoniales.

Creo que la última vez que nos encontramos en una cancha fue para un clásico de Avellaneda que se jugó en Vélez, una tarde de sábado. Desaforados, meses más tarde gritamos en mi departamento de soltero el agónico gol de Palermo contra Perú, que clasificaba a la selección de Maradona al Mundial de Sudáfrica. Pero algo se había roto. Ya venía haciendo cosas que los amigos no tienen que hacer. Me costaba creerlo; me dolía la sospecha de la mentira. Pero él se había vuelto otra cosa. O tal vez siempre había sido otra cosa. Cuando uno quiere de verdad a alguien, cuesta asumir que ese alguien traicione.

Lo último que compartimos fue una noche en el centro. Cuando terminamos de ver una obra de teatro basada en una historia de Eduardo Sacheri nos saludamos en Callao y Corrientes y cada uno fue a la parada de su colectivo. Supongo que ninguno imaginaba que tras treinta años de amistad no nos volveríamos a ver. A mí se me confirmaron la sospechas de su alcahuetería y ya no había vuelta atrás. Era imposible seguir.

“Hasta que se guardó el vuelto de una cobranza y tuve que despedirlo. Era lo menos que podía hacer por mi amigo del alma al que le preguntaba llorando por qué me había traicionado”, escribió el filósofo Tomás Abraham en su última novela, La dificultad (Sudamericana), al recordar ese gesto innoble. Tras leer ese libro, lo entrevisté y le pregunté puntualmente por ese episodio. La palabra traición es muy fea. Allí hay una traición a la amistad. Hay cosas que no se hacen. Hay distintos tipos de amistad. Estar con un amigo es estar con alguien con el que nos burlamos de lo mismo, con el que nos hacen sonreír las mismas cosas. Además, practicamos el silencio. No hace falta hacer ni decir nada. A veces alcanza con prender la tele. Ver un partido y no decir más que un comentario. Se comparte un mundo. No hace falta verse mucho”, me dijo. “Uno respeta el silencio de otro. No se dice todo. No es necesariamente confesional, la amistad. Pero hay una lealtad. Hay un respeto. Es decir, cuando se dice, se dice la verdad. Y cuando eso falla, no es lo mismo. Era fuerte esa imagen del libro. Llorarle a un amigo para no verlo más es muy fuerte. Y no es que se va uno y entra otro. No”, agregó.

Ahora, mientras escribo estas líneas, me viene a la cabeza una frase del Indio Solari: “No siento nostalgia, porque la traición tiene una cosa jodida. Arruina el pasado. La amistad es la amistad o no es. Si yo te cago a vos con algo, no puedo, se acabó. Sobre todo cuando depositaste mucho cariño, mucho amor, en alguien, la decepción es mucho más grande. La traición es jodida en los leales; de los que vos no esperás nada, te importa un queso”.

Creo que en esa declaración se encierra todo.

Vuelvo a Darth Vader, al fin de cuentas quien abrió este texto. El escritor Gonzalo Garcés lo piensa desde una óptica original en su libro Hacéte hombre. Escribe: “Se supone que esa película (Star Wars) tiene final feliz. El hijo busca al padre, al final lo encuentra. El hijo no se resigna a que su padre sea malvado y el padre al final le da la razón. Derrotado en el duelo con su hijo, Darth Vader le pide un último deseo: que le quite la máscara. Entonces, debajo de la efigie aterradora, aparece un anciano de ojos dulces que le dice:

-Luke, tenías razón sobre mí- y muere reconciliado.

A mí esto de chico me emocionaba. Cada vez que mi padre se portaba como un degenerado yo soñaba que alguna vez le iba a sacar la máscara y él me iba a decir con dulzura:

-Luke, tenías razón sobre mí.

Bueno, ahora me parece la basura más inmoral que vi en mi vida. Darth Vader, ¿a cuánta gente ha matado? Es responsable de la destrucción de todo un planeta. Es un asesino serial y un torturador. Si hubiera estado en los juicios de Nürenberg, lo condenan a muerte en tres minutos. ¿Y este genocida muere en paz sólo porque le dice unas palabras amables a su hijo? ¿Y el hijo acepta esto? En esa familia están tan absortos en su psicodrama personal que la galaxia puede hundirse y ellos no se enteran”.

No sé qué será de la vida de Gustavo. En estos días lo recordé mientras eliminaba fotos viejas de la computadora y nos vi. En una imagen puntual, junto a nosotros posa Ricardo Bochini, al que nos cruzamos en Atalaya, volviendo de Mar del Plata. El tiempo, el paso del tiempo, borra y aclara a la vez. Y pulso la tecla que dice “Supr”.

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