MUÑEQUITOS DE TORTA

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Éramos muy chicos, jugábamos a la pelota en la calle y con eso nos alcanzaba para sentir que la cosa estaba bien. Si ganábamos, todos felices. Si perdíamos, el mundo se nos venía abajo y no levantábamos cabeza hasta jugar la revancha. Y ganarla.

‘Tenemos de genios lo que conservamos de niños’, escribió Baudelaire. La frase alude al origen de la creatividad pero también al optimismo con que solemos recordar una etapa no siempre feliz”, leí en Balón dividido, un gran libro del escritor mexicano Juan Villoro. Al respecto, agrega que “muchas veces concebimos la niñez como una arcadia donde todo es placentero. Gracias a la nostalgia, aquellos años que acaso fueron terribles se convierten en un campo que reverdece a medida que nos alejamos de él”.

Si la señorita Viviana, nuestra maestra de cuarto grado, nos viera hoy, a más de treinta años, tal vez no haría lo mismo que hizo cuando se casó. En ese momento, nos eligió a Pablo Apestandello y a mí como monaguillos de su ceremonia religiosa. Nos pidió que no les digamos a nuestros compañeros porque los quería sorprender. Lo logró. Aún recuerdo la cara de sorpresa de Fabián Ortiz minutos antes de que ella irrumpiera con su flamante marido aquel sábado en la iglesia. Parado junto a su madre, Fabián no hacía más que mirarnos y señalarnos como si fuésesmos dos delincuentes en el banquillo de los acusados. Habíamos cometido el delito de callar y ahora parecíamos dos ridículos con la sotana puesta. Literalmente. Para cuando llegaron los demás chicos del grado, ya éramos lo más importante de la noche. Dos muñequitos de torta parados en el palco del Señor. La mujer barbuda del circo. Estábamos fritos: en la semana nos iban a dilapidar. Inventarían que éramos los preferidos. Un típico pecado de tiempos colegiales que ningún alumno quisiera atravesar.

Todavía me acuerdo de que en los días previos hubo dos ensayos. Había que practicar muy bien: no sea cosa que nuestra injerencia tan determinante echara a perder la ceremonia. Así que fuimos con nuestras madres y practicamos. El cura nos exigió en tono solemne que le prestáramos mucha atención, que él nos iba a enseñar sus secretos para que todo salga perfecto. Se trataba de algo sumamente complicado, nos advirtió. Ante tamaña responsabilidad, estábamos más que asustados. Casi que el éxito de la noche dependía de nosotros. Lo que había que hacer era quedarnos a su lado y cuando él nos diera una orden extender unos platitos de plata (creo que se llaman patena) muy lindos hasta cerca de la pera de cada uno que comulgara. En esos momentos, y sobre todo cuando tuvimos que hacerlo en el casamiento, aquello nos provocaba unos nervios tremendos. Nunca me gustaron demasiado las exposiciones. A Apestandello tampoco. Además, sufría de hemorroides y cada vez que se ponía nervioso le venían unos dolores que le impedían hasta quedarse parado. Por eso lo cargábamos en el colegio. Porque cuando le agarraban se sentaba como torcido, de costado, y ponía una cara de dolor que daba miedo. Apretaba los dientes, entrecerraba los ojos y hacía unas muecas que por momentos parecía Mr. Bean. Yo esperaba que de un momento a otro me dijese que le había agarrado de nuevo, que le dolía el culo, que aunque había que quedarse derechitos en el altar, él no podría disimular las molestias y tendría que encorvarse, hacer algún movimiento que le alivianara al menos un poco. Si eso pasaba, seguramente debería irse y yo me quedaría solo con ese cura perfeccionista y ante la mirada de los demás chicos. Pero no le ocurrió nada de eso. Ni nos hablamos. Apenas nos miramos como diciendo “¿qué carajo estamos haciendo acá?”. Por delante teníamos la difícil misión de honrar a la maestra y a nuestros padres, que estaban ahí, a unos metros. Tal vez para sentirse orgullosos de sus hijos, algo que no se iba a repetir.

Pero también, cuando bajásemos del altar, todo volvería a su normalidad. El rico a su riqueza, el pobre a su pobreza y nosotros al fútbol para sentirnos chicos felices. Después, el lunes, vino lo peor: las cargadas de los compañeros por ser los elegidos. Sabíamos a qué nos exponíamos. Pero eso no viene a cuento ahora.

Lo que quiero contar es que en esos años, parecíamos felices. O al menos así nos veían los adultos. Porque aún recuerdo que en uno de esos ensayos mi mamá le preguntó a la señorita Viviana por qué nos elegía. “Porque siempre los veo sonrientes, alegres”, fue su respuesta. Pero pasaron los años. Más de treinta. Y la vida.

Pasamos de grado y a la señorita Viviana -señora, en realidad- no volvimos a verla. De Pablo Apestandello ya no sé nada. Hace mucho que no lo veo pero tengo entendido que no le fue bien. Que tampoco se ríe como en aquellos años. Me acuerdo de todo eso porque hace poco me encontré de casualidad con un ex compañero en común y me contó que Apestandello andaba deprimido, gordo y empastillado. También me dijo que había estado internado.

La última vez que vi a Apestandello me había llevado una sorpresa enorme porque su obesidad y la pelada contrastaban con la delgadez y los rulos de los tiempos en que éramos amigos y monaguillos en aquel casamiento. Tampoco reía ni se sacaba las manos de los bolsillos de un pantalón enorme. Yo trataba de disimular mi asombro. No sé si lo logré. Recuerdo que nos cruzamos de casualidad en la puerta de su negocio. Después de intercambiar recuerdos de rigor, me mostró, con aire de suficiencia, un desodorante Axe que llevaba en la guantera de su auto. Era para perfumarse en caso de que se encontrara con su amante después de una jornada laboral. Ahí entendí que poco y nada me interesaban sus trampas. Tampoco qué hacía con el resto de su vida. Desde o hacia dónde iba. Todavía lo veo sonriente, como diciendo “¡mirá qué loco soy!”. Ya no teníamos nada en común. Esa es mi última imagen suya. ¿En qué momento, sin darnos cuenta, dejamos de ser amigos? ¿Cuándo nos volvimos, como decía aquella vieja canción de Andrés Calamaro que solíamos escuchar juntos, “dos viejos desconocidos”?

Nos encontramos por primera vez en el colegio y desde entonces compartimos música y fútbol. En nuestra preadolescencia se fanatizaba con Charly García y yo con Los abuelos de la nada. Nos encerrábamos en mi habitación y durante tardes enteras escuchábamos música en un doble casetera que me habían regalado mis viejos. Él era hincha de River y yo de Independiente pero teníamos en común a Chicago, que era de nuestro Mataderos. A veces íbamos juntos a la cancha. Jugábamos muchísimo a la pelota en la plaza que aún está frente al Hospital Santojanni, en Liniers. Pero todo aquello se diluyó. Crecimos, cada uno se casó, tuvimos hijos y nos fuimos alejando. Hasta que nos encontramos aquella última vez. Tan distintos. Nos decíamos amigos pero ya no lo éramos. Tal vez nunca lo fuimos. Es posible que sólo hayamos compartido grandes momentos, inquietudes, canciones y goles. Es muy común confundir la palabra amistad.

Aquel conocido en común que me contó lo de Apestandello me dejó pensando; sobre todo por lo de su internación. ¿Cómo pudo pasar?, me pregunté. Entonces recordé aquel invierno de hace más de treinta años, cuando la señorita Viviana nos veía sonrientes y alegres y nos elegía para darle luz a su casamiento. Me pregunté qué diría ahora, si nos viera.

En mi cabeza, nos vi duritos mientras nuestros compañeros entraban a la iglesia y nos descubrían parados y temerosos sobre el altar. Como dos muñequitos de torta.

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