CRÓNICA DE UN REGRESO ¿TRIUNFAL?

Escrita por en Notas

Por Nicolás Borojovich

Quien firma el siguiente texto es fotógrafo. Pero sobre todo, buen tipo. Un amigo de la casa. Después de varios años volvió a jugar al fútbol. Antes de hacerlo, me mostró con orgullo unos botines azules que acababa de comprarse para la ocasión. Sin embargo, y a pesar de vestirse de gala, en la cancha “se le apagó el monitor”. A continuación cuenta por qué. Tal vez sea mejor que se siga dedicando a su pequeña hija, Jazmín. Aunque ya avisó que irá por la revancha. El fútbol también da una segunda oportunidad.

Estoy seguro que fueron cinco años, pero los pibes le calculan entre tres o cuatro, a lo sumo. La última vez que jugué a la pelota fue con esta misma gente: los compañeros del curso de fotografía. Fue hace casi cinco años (o tres, o cuatro) que nos organizamos para ir a una canchita debajo de la autopista, cerca de Constitución, después de clase. Antes de eso, también habían pasado uno o dos años sin tocar una pelota. Mi amor por el deporte, por el ejercicio físico, es comparable con el amor de Mafalda por la sopa.

De aquella oportunidad tengo un recuerdo con Hernán. Los dos estábamos destruidos, nos turnábamos para ir al arco. En un momento, yo como arquero, él como defensor, lo veo encorvado y apoyando las manos en sus rodillas. Giró medio cuerpo, me miró desencajado, pálido, todo transpirado, y me dijo: “Se me apagó el monitor”. Soy de los que entran a la cancha, se corren todo (como un perro siguiendo la pelota) y a los diez minutos están con problemas de agua en el tanque. No sé jugar al futbol, fui a la escuelita de chico pero no hubo caso, nunca aprendí. No puedo pedir mucho ahora, de grande.
El martes pasado no fue la excepción. Entré a la cancha, empezamos 4 contra 4 hasta que llegara el resto, y yo jugaba con toda la furia. Para cuando llegamos a los cinco de cada lado, mis piernas se fueron a casa. Para sumar pasión, porque garra no me falta, salí a cruzar a Nazareno, que hizo una voltereta-amague-caño y me lo llevé puesto, giré con la rodilla y caí al piso con una puntada en la pierna, a la altura de la pantorrilla. Tirado en el piso, agarrándome la pierna, es lo más parecido a un futbolista profesional que puedo aspirar en la vida.

LYP01“¿Cómo estas, Cabeza?”, me preguntó Naza, que antes del partido me confesó que él también hacia mucho que no jugaba: “Cuatro meses”. “Creo que mi hice mierda la rodilla”, le dije. Me dio la mano y me ayudó a pararme. “Cualquier cosa, avisá”, me aconsejó. El partido siguió. Mi presencia fue cada vez más incómoda. Si bien no aportaba mucho, con la rodilla dándome puntadas, restaba. Corría y me tiraba. Saltaba y me tiraba. Respiraba y me tiraba. Incluso en las pocas oportunidades de patear la pelota, con toda la potencia para despejar, me salió un flancito con dirección a los pies de un contrario.

La previa fue buena, vimos en partido Argentina-Paraguay en cuartos de finales de la Copa América, que ganamos 6 a 1. Entramos motivamos. En medio del partido, Fernando gritó “no te la puedo creer, Nico, nos parecemos a los paraguayos”, cuando me pasaron la pelota y, antes de tocarla siquiera, me la sacaron. “Me duele un poco la rodilla”, le dije a él y a cada uno con el que cruzaba la mirada. Yo fui a divertirme, a pasar un rato con amigos; Fernando estaba jugando la final del campeonato. “No me gusta perder, me gusta ganar”, me confesó más tarde.

LYP03Mis compañeros no me pasaban la pelota. Mauro se morfó unas cuantas por querer hacerla toda solo. Federico, cada tanto, mostraba piedad pasándome la pelota y pidiéndomela de nuevo. “Vuelve”, indicaba. Promediando el partido, tuve una revelación: que mis compañeros de equipo no quieran pasármela lo entendía, pero que los contrarios no se preocuparan en marcarme ya era grave. No valía la pena, total no me la iban a pasar y si lo hacían la iban a recuperar fácilmente. Pero no me rendí, di batalla. Por lo menos me aguanté todo el partido adentro de la cancha. Veremos qué pasará esta semana, porque si algo soy es cabeza dura. Por lo pronto tengo que encontrar la forma de caminar sin que me duela nada.

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