Con el periodismo en la sangre

Escrita por en Columnistas

Etchaleco se llamaba. Era petiso y, como para compensar, hablaba fuerte y seguro. Yo lo había tenido de profesor de Geografía en primero. Entró al aula y pidió un minuto de silencio para contarnos que él dirigía una academia de periodismo en Once. Nos dio a cada uno un pequeño volante de propaganda y se fue. Yo tenía 17 años, estaba a meses de terminar el bachillerato, leía regularmente Clarín y algunas revistas, pero jamás se me había ocurrido que detrás del papel impreso latía un oficio, una forma digna y a veces fascinante de ganarse la vida. El volante terminó en la basura, pero el veneno ya me corría silenciosamente por dentro.

El primer round en la carrera vocacional, de todos modos, lo ganaron mis padres. Mi viejo sólo había ido hasta séptimo grado y mi vieja, hasta tercero o cuarto. Supongo que eso los hacía sentir inferiores y pretendían reparar el complejo a través de sus hijos. Debíamos estudiar, seguir una carrera, y cuando ellos hablaban de una carrera pensaban únicamente en las clásicas, las que ellos conocían, Abogacía, Medicina, Ingeniería, Ciencias Económicas. A mí ninguna me venía bien. Sé que mamá hubiera querido que yo fuera médico, pero como mi hermana mayor (alumna ejemplar) iba camino a serlo en tiempo récord, se conformaba con menos, tal vez abogado “por la labia”.

Finalmente, engañado por lo interesante que me había parecido la materia en cuarto año, me decidí por Psicología. Imaginaba que siendo psicólogo podía meterme en la cabeza de los otros, anticipar sus jugadas, interpretar lo que tenían oculto, casi como un mentalista de la tele. Estudié dos años completitos, mientras trabajaba medio turno en la librería de un colegio industrial de Barracas. Jamás me lo tomé en serio. Era un pibe de Pompeya replicando en la Universidad los vicios de la secundaria de barrio, incluso la rateada. Arranqué bien, bastante bien, pero luego la falta de compromiso se volvió una bola de nieve imposible de parar. Siempre estaba diez libros atrasado. Encima, los contenidos me parecían demasiado inasibles, sobre todo frente a mis preocupaciones reales, las malas campañas de San Lorenzo y el descubrimiento de todos los cabarets de Buenos Aires. Al primer bochazo, diciembre de 1980, frente a un profesor de psicología general que valoró mi examen para un ocho pero que me puso un tres porque no me conocía la cara, largué. No tenía sentido seguir. Lo difícil fue decírselo a mis viejos, bancar la decepción que les provocaba el andar errático del nene, chico inteligente, sí, pero usted sabe, vago, medio tiro al aire, con nada en la cabeza.

El año siguiente fue de trabajo, reflexión y más fracasos: fundí una galletitería en Once y terminé prematuramente a las piñas una insólita experiencia como vendedor de helados en una casa de jueguitos electrónicos de Mar de Ajó. Me sentía en el fondo de un pantano (y acaso lo estaba). No sabía para qué lado disparar. Y salí gracias a Etchaleco. Me acordé de su academia de periodismo, investigué las opciones que figuraban en la Guía del Estudiante y me anoté, no en la escuela del petiso, sino en la del Círculo de Periodistas Deportivos. Calculé que si la tentación del abandono me agarraba a mitad de camino, la excusa del deporte podía servir como salvavidas para continuar a flote hasta el final.

Se habían inscripto 500 pibes y apenas entraban 50. El ingreso era un examen de Lógica y otro de Historia de los Mundiales. Estudié todo el verano de 1982. Entré con el número treinta y pico, junto a pibes que luego serían grandes periodistas, como Daniel Arcucci, Daniel Jacubovich, César Litvak, Claudio Destéfano, Marcelo Guerrero, Sergio Levinsky, Gustavo Nigrelli y Rodolfo Doria. De día trabajaba y de noche iba al edificio de Rodríguez Peña al 600, ya no por obligación o mandato. Jamás me rateaba. Estaba deslumbrado porque sentía un burbujeo desconocido en la sangre. A los pocos días me ofrecí para trabajar en una revistita de handbol que dirigían Ariel Scher, Alejandro Magaldi y Héctor Proverbio. Iba en bondi a la Sociedad Alemana de Gimnasia de Villa Ballester o al Parque Udabe, de Lanús, para ver y comentar partidos del que era único espectador. Llevaba ejemplares en un bolso y los vendía a los propios jugadores. Enseguida, con mis compañeros de curso, fundamos nuestra propia revistita. La bautizamos “Compromiso”. En el primer número escribí una nota sobre el trasfondo social del boxeo y Eduardo Aliverti la leyó en radio. Valió como un Pulitzer.

Abandonador al fin, largué un año más tarde, aunque aquella vez contra mi voluntad. El Círculo no te enseñaba gran cosa, pero funcionaba como una extraordinaria agencia de empleos. Unos meses antes de las elecciones que ganaría Alfonsín, la gente de Diario Popular pidió aspirantes para la sección Deportes, puesto que casi todos sus cronistas habían renunciado para irse a un diario nuevo, La Época. Caímos en masa. Nos tomaron una prueba, quedamos como colaboradores y, en noviembre de 1983, a Elías Perugino y a mí nos efectivizaron como redactores: sueldo de tres mil pesos en blanco. No pude retomar el estudio porque por entonces sólo había un turno y éste coincidía con mi horario laboral. Mi verdadera formación, entonces, se dio en las redacciones y no me arrepiento ni un poco así.

El periodismo fue el primer encuentro con la madurez, un destino inesperado que me ayudó a creer en mi mismo, un gen dormido que explotó furiosamente. Hoy, a treinta años de aquel examen de ingreso, todavía siento las burbujas en la sangre, gracias a Dios.

Por Horacio Convertini
Director del diario Muy

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