CHERNÓBIL, UN DOLOR QUE NO SE OLVIDA

Escrita por en Libros

Por Alejandro Duchini

“Mi mejor amigo se llamaba Andréi. Le han hecho dos operaciones y lo han mandado a casa. Al medio le esperaba una tercera operación. El chico se colgó de su cinturón. En la clase vacía, cuando todos se fueron corriendo a hacer gimnasia. Los médicos le habían prohibido correr y saltar. Y él se consideraba el mejor futbolista de la escuela. Hasta… hasta la operación. Aquí tengo muchos amigos. Yulia, Katia, Oxana, Oleg… Ahora Andréi.
-Nos moriremos y nos convertiremos en ciencia– decía Andréi”. El testimonio es de una chica de once años. Se lo cuenta a la Premio Nobel de Literatura 2015 Svetlana Alexiévich. Se lee en el genial “Voces de Chernóbil”, que en nuestro país lo publicó editorial Sudamericana a través de su sello Debate. En 405 páginas, la autora expone las palabras de quienes estuvieron ligados de una u otra manera con la explosión de la central atómica, ocurrida el 26 de abril de 1986, hace treinta años.
Cada entrevistado entrega dolor, pero también verdad. Es un libro creíble y formidable porque expresa lo ocurrido a través de los protagonistas. Se lo podrá leer dentro de treinta años como testimonio histórico. Cuando Alexiévich hizo las entrevistas no había internet. Pero hoy se pueden ver las fotos de cómo quedó aquello. Es la soledad del paso del tiempo, las preguntas aún sin respuestas. Sólo que ahora no hay el silencio impuesto por las autoridades de entonces, cuando prohibían contar. ¿Cuántas muertes y cuánto dolor se podrían haber evitado si se reconocía la gravedad del tema y se llamaba a la prevención?
“Hoy en día se desconocen muchas cifras. Se mantienen en secreto: tan monstruosas son. La Unión Soviética mandó al lugar de la catástrofe 800.000 soldados de reemplazo y ‘liquidadores’ llamados a filas; la edad media de estos últimos era de treinta y tres años. Y a los muchachos se los llevaron directamente del pupitre al cuartel. Sólo en las listas de los liquidadores de Belarús constan 115.493 personas. Según datos del Ministerio de Sanidad, desde 1990 hasta 2003 han fallecido 8.553 liquidadores. Dos personas al día”. Esta explicación está al comienzo del libro. Se les llama ‘liquidadores’ a quienes fueron a trabajar a la zona de emergencia sin protección efectiva. Las consecuencias fueron nefastas. Sólo para tener una aproximación de esos resultados alcanza con ir al primero de los testimonios, titulado “Una solitaria voz humana”. Liudmila Ignatenko es la esposa de uno de ellos. Y cuenta: “Lo vi… Estaba hinchado, todo inflamado… Casi no tenía ojos…”. Vamos por las primeras líneas de su testimonio y al asombro le falta crecer. Porque a medida que avance su relato, la mujer irá contando cómo se consumía su marido. Las autoridades no le cuentan qué sucede, no le dejan verlo y después no puede tocarlo por temor al contagio. Los liquidadores, con su suerte echada e internados, son peligrosas cajas químicas. “Ya no tiene que cocinar. Sus estómagos han dejado de asimilar alimentos”, le dicen. “Él empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia afuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas… Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas…, como si fueran unas películas blancas… El color de la cara, y el del cuerpo…., azul…, rojo…, de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!”, dice la mujer.

voces_de_chernobyl“Yo soy testigo de Chernóbil…, el acontecimiento más importante del siglo xx, a pesar de las terribles guerras y revoluciones que marcan esta época. Han pasado veinte años de la catástrofe, pero hasta hoy me persigue la misma pregunta: ¿de qué dar testimonio, del pasado o del futuro?”, escribe la autora en una imaginaria entrevista con ella misma. A partir de entonces, “Voces de Chenóbil” se convierte en una fila de comentarios de personas ubicadas en diferentes posiciones respecto del desastre. “Quiero dejar testimonio: mi hija murió por culpa de Chernóbil. Y aún quieren de nosotros que callemos”, protesta un padre. “Viene gente. Nos hacen películas, cintas que nosotros nunca veremos. No tenemos ni televisor, ni electricidad. Te queda sólo mirar por la ventana. Y rezar, claro. Un tiempo, en lugar de Dios, tuvimos a los comunistas, ahora, en cambio, sólo tenemos a Dios”, lamenta la habitante de una aldea. “En la puerta, una nota: ‘Querido buen hombre de paso: no busques objetos de valor. No los hay ni los hemos tenido. Haz uso de todo, pero no lo destroces. Regresaremos’”, cuenta un soldado que encontró ese cartel en la puerta de una casa cuyos dueños debieron evacuar la zona. Esperar regresar.
Leer este libro es una forma directa de conocer qué pasó hace treinta años. También sirve para comprender qué sienten los habitantes de ese lugar devastado, que a la vez son víctimas. Como por ejemplo el liquidador Alexandr Kudriaguin, quien le pregunta a Alexiévich:
-¿A ver si sabes cuál es mi mayor deseo?
-¿Cuál?
-Una muerte corriente y no como las de Chernóbil”.
Sin embargo, en las dos páginas finales hay un remate que dice tanto como el grueso del libro. En el epílogo, Alexiévich escribió sobre materiales publicados en diarios bielorrusos de 2005. En ellos se hablan de las ventajas de participar de los recorridos turísticos por la zona del desastre. “La oficina turística de Kiev les ofrece un viaje a la ciudad de Chernóbil y a las aldeas muertas”, se lee. También: “Los turistas examinan los altos edificios abandonados, con su ropa ennegrecida en los balcones y los coches de niños”, “la excursión prosigue por las aldeas muertas por donde corren entre las casas y a la luz del día los lobos y los jabalíes, que se han reproducido a miles”, “la experiencia no tiene punto de comparación con un viaje a las Islas Canarias o Miami” y “al final de la excursión se ofrece a los amantes del turismo extremo un picnic con comida hecha a base de productos ecológicamente puros, vino tinto y vodka ruso”.
Y en el último párrafo, cierra la autora: “¿Creen ustedes que todo esto es una idea demencial? Se equivocan, el turismo nuclear goza de una gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno. Visiten la meca nuclear. Y a unos precios moderados”.

Compartir
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestShare on TumblrShare on RedditDigg thisFlattr the authorShare on StumbleUponShare on VKShare on YummlyBuffer this pageEmail this to someonePrint this page