Cautivos

Escrita por en Columnistas

Los años y no las escuelas enseñan que las buenas preguntas sólo existen en el periodismo cuando generan un problema en las respuestas. Este teorema de don nadie es acaso una parábola de la situación en la que me encontré al momento de aceptar el ofrecimiento de mi amigo Alejandro Duchini: escribir acerca de por qué me hice periodista.

Si pudiera establecer un orden cronológico haría bien en sospechar que la pasión se gesta en la infancia o no se tendrá jamás (también de excepciones viven las leyes, claro). Pero si existe un denominador común entre los que practicamos este oficio es que, seguro, en alguna carpeta del disco rígido de la niñez vive esa necesidad inocente de incomodar a los padres con dudas impróvidas, la curiosidad por saber qué hay detrás de esa puerta que no debemos (¿todavía?) cruzar o por qué los trenes matan a los autos.

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Un breve relato de Borges titulado El cautivo habla de un niño que desaparece tras el paso de un malón. Reseña que el hecho tuvo lugar “en Junín o en Tapalqué”, no refiere fechas ni datos de los protagonistas tales como edad o procedencia y, finalmente, el autor aclara que se abstiene de inventar lo que desconoce.

No podría decirse que una buena crónica periodística tenga posibilidades de emerger de entre tal maleza. Por supuesto, está bien desconfiar en que todo se trata de una artimaña de Jorge Luis, que amaba jugar a las escondidas.

Informes de otro palo hablan con precisión de un caso singularmente similar, con un niño de 9 años como protagonista e identificado como Luis Laures, hijo de inmigrantes franceses, y arrancado de las manos de sus padres por un malón de indios ranqueles el 5 de junio de 1872, en las proximidades de Lincoln, mi pueblo. Cuentan a su vez la historia del regreso a casa, 11 años después, y que allí se quedaría a vivir para siempre.

En su cuento, Borges repara en un detalle que dice más o menos así: cuando regresa, el cautivo entra a su vieja casa, se dirige derecho a la cocina, hurga en un punto fijo y saca un cuchillito de mango de asta que había escondido allí en su niñez.

Lejos del final feliz, el chico parte hacia la conquista de su desierto. Se devuelve a su lugar.

“Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa”, concluye J.L.B.

Borges quería saber.

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Muchas veces me pregunto si llegué a aquel mismo sitio que soñé y que imaginé cuando estudiaba. El del olor a redacción, el de mística y Rodolfo Walsh. También si las historias son mejores de lo que aparentan o de como se las conoce. En ocasiones corro espantado, enajenado entre malones de ironía, desparpajo y cierto mal gusto; ahogado en los “cinco centímetros de profundidad” cuyo suelo es nuestro hábitat (nadie sabe si más lejos o más cerca de la realidad).

Es que… ¿Qué hay para contar desde aquí, sin rascar las paredes de la vieja casa ni desvestir un prejuicio que se hace carne en el desconocimiento del otro: el malviviente, el funcionario, la estrellita de la pelota y el vendedor ambulante? ¿Qué es el periodismo sino una serie de preguntas incómodas, el coqueteo con los límites, el buscar la historia detrás de la historia para saber un poco más y ofrecerlo sin regalías?

¿Habremos sido la parición de un capricho infantil?

Sucede que, ya entrados en años, debemos lograr un equilibrio entre aquella curiosidad siempre a punto de despertar, la decisión de mostrar mejor mostrada nuestra mercancía en la góndola de la información; y las pautas que, a fin de sobrevivir, siempre habrá que negociar con los ilustres intermediarios.

Ahí mismo es cuando solemos encontrarnos en cautiverio, sin caminos por recorrer ni historias para contar, enredados en una telaraña que un cuchillito de madera no puede ni quiere cortar. Porque en definitiva éste es nuestro lugar. Cautivante como ninguno, eso sí.

Pedro Fermanelli
@pfermanelli

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