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UNA NOTA SOBRE LA AMISTAD QUE NO HABLA DE ICARDI NI DE AMELI

UNA NOTA SOBRE LA AMISTAD QUE NO HABLA DE ICARDI NI DE AMELI

Por Alejandro Duchini.- Una buena canción sobre la amistad podría ser Adiós, amigos, adiós, de Andrés Calamaro. Está en su mejor disco, Nadie sale vivo de aquí, con el que despidió los años 80 y se despidió, además, de una Argentina que no le daba pelota. Se fue a España, armó Los Rodríguez y volvió con la frente en alto en los 90. Aquel disco es de 1989, año en que yo terminaba la escuela secundaria. Recuerdo que mi canción del viaje a Bariloche fue Ni hablar, tema de difusión con el que abría el Lado B. Adiós, amigos, adiós cerraba el Lado A. Era una canción de borracheras, acorde a los tiempos de una adolescencia como la nuestra, testigos de la explosión del rock nacional. Soy de los que crecieron con Serú Girán, el mejor García, Soda Stereo, Zas, Virus, Sumo y Los abuelos de la nada, entre otras bandas. Padecimos el miedo a la dictadura, sufrimos con Malvinas y celebramos a Alfonsín y al mejor Maradona.

Con la voz pastosa, como patinada (tal vez al grabarla Calamaro estaba borracho de verdad), la canción invitaba a la esperanza del nuevo día. Aquella esperanza que sigue al descontrol que terminó. Con mis amigos del barrio, en Liniers, nos identificaba aquello de “esta vez soy yo / que se queda en silencio y en soledad” y que “no importa pues sé que la noche / no tiene principio ni tiene final”. Nos pasaba eso que decía Calamaro: “La fiesta ya terminó / adiós, amigos, adiós / déjenme solo / que alguien seguro compartirá el ultimo trago”.

1989 fue un año que tuvo sus cosas buenas porque no sólo terminaba el colegio, sino que Independiente había sido campeón. No sabía aún qué carrera universitaria o terciaria seguiría porque tenía que rendir casi 15 materias entre diciembre y marzo. Recién logré el título secundario en abril, cuando aprobé Filosofía. Me seguí viendo apenas con un puñado de compañeros pero no establecimos una amistad duradera, así que en poco tiempo más, si te he visto no me acuerdo. Mis amigos eran los del edificio. Todavía nos vemos, más viejos, separados algunos, padres otros, con primera novia en un caso, con segunda esposa en otros. Pero amigos.

A veces me encuentro con Alejandro Castelao. Vivía en la casa de arriba de la mía, en un edificio en Mataderos. Su mamá sigue ahí. Yo no puedo ni quiero volver al barrio. Alejandro fue el primer amigo que tuve. Un sábado a la tarde de esos de siesta barrial, a nuestros 7 u 8 años, creo, le desinflamos la rueda trasera al taxi de un vecino. Nos turnamos para poner el dedo en la válvula. Era felicidad pura ver cómo bajaba lenta pero sin pausas la rueda. Nos miramos, sonreímos y seguimos desinflando. Le dimos hasta que quedó bien chata contra el pavimento. En el momento en que terminamos nuestra obra de arte percibimos la sombra del dueño del coche, un tipo bigotudo y altísimo que nos conocía y que además era policía. Se apareció de la nada y lanzó una puteada. No necesitamos decirnos nada para salir disparados de ahí. Corrimos hacia la misma esquina. Nos detuvimos al asegurarnos de que no nos seguía: se habría quedado viendo lo de la rueda. No olvido la manera en que nos miramos. Cómo si con los ojos dijésemos “estamos a salvo, amigo”. Me recuerda a una frase de Dolina que leí en su Libro del fantasma: “A veces, mientras corremos entre carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas, necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que significa ‘atención, muchachos, que no me he olvidado de nada'”.

El periodismo me dio tantísimos amigos. La lista, lejos de terminarse, aumenta. Uno de ellos, Pedro Fermanelli, esta semana presentó su libro, La final bastarda, que escribió junto al colega Marcelo Benini. Fueron tres años de laburo, más de 120 entrevistas. Lo publicaron de manera independiente. Pusieron una fortuna de sus bolsillos. “Compren libros”, pidió mi amigo durante la presentación. “No importa que sea el que escribimos nosotros. Compren el libro que sea, pero apoyen a la cultura”, dijo. También por eso es mi amigo.

Y porque una noche de julio de 2014, cuando los dos acabábamos de ser padres, vino con su esposa y su hijo Matías a cenar a mi casa. Hacía un frío del demonio cuando, ya bastante tomados y de madrugada, nos fuimos al balcón y nos sentamos a fumar porro. Nos quedamos fumando, chupando frío y sin hablar. Ahí recordé una vez más aquella vieja canción de Calamaro que hablaba del silencio y de que siempre hay un amigo con el que compartir el último trago.

AMIA: EL GRITO QUE CALLAN LAS TRIBUNAS

AMIA: EL GRITO QUE CALLAN LAS TRIBUNAS

A 25 años del atentado, no hubo desde el ámbito deportivo sólidos reclamos de justicia. Al menos hay hechos y voces que nos dejan un legado.

Por Alejandro Duchini.

En 1994 hubo tres equipos que quedaron en la historia: el River campeón con Passarella y Gallego; el Independiente de Brindisi que se quedó con el otro torneo del año y el Vélez de Bianchi que conquistó la Libertadores y, después, la Intercontinental ante el Milan. Ese mismo año, la Selección quedó afuera del Mundial. “Me cortaron las piernas”, dijo Maradona tras el doping positivo en Estados Unidos. En los partidos de fútbol de primera división se inauguraba el uso de mangas inflables para la salida de los equipos. Era la forma de evitar los piedrazos de algunos hinchas hacia los jugadores. Se afianzaba la televisión por sistema codificado. En febrero San Lorenzo volvía a tener estadio: en su primer partido le ganó 1 a 0 a Belgrano de Córdoba en el Bajo Flores. Eran los años de Hernán Crespo como goleador, la aparición de Ariel Ortega, Sebastián Rambert y Gustavo López.

En medio de aquello sucedió uno de los hechos más trágicos de la historia argentina. El 18 de julio se produjo el atentado a la AMIA, en el barrio de Once. 86 muertos (entre ellos el autor del hecho) y 300 heridos. Desde el deporte no hubo hasta hoy grandes reclamos. Hagan la prueba. Busquen en los archivos de los diarios: casi no hay noticias desde ese ámbito. Quizás el detalle sería que los dirigentes de nuestro país no suelen permitir reclamos. Sucedió con los docentes. Más acá en el tiempo, con la desaparición de Santiago Maldonado. Ni hablar de los pedidos de justicia de los familiares de víctimas de la violencia en las canchas.

Entre los sobrevivientes hay un deportista. Alejandro Mirochnik era triatleta. Trabajaba en la sección de prensa de la AMIA. Al momento de la explosión iba en el ascensor del edificio de Pasteur 633 hacia el quinto piso. El ascensor cayó y quedó entre los escombros durante nueve horas. Lo rescató un perro. Una de sus piernas quedó destrozada. “En ese atentado murió el triatleta campeón argentino. Pero nació otro luchador, un guerrero, que no será campeón argentino pero será un guerrero de superación. Ese guerrero ya corrió 13 ironman”, se define a sí mismo en una entrevista a Misiones On Line Tv.

Después del atentado tuvo un hijo, empezó a estudiar psicología social, se recuperó físicamente y abrió una escuela de guardavidas en La Matanza. Quiere irse a vivir a Córdoba. Y no olvida: “Aquel no fue un ataque a la comunidad judía sino a la sociedad argentina en general”, dice. “Fijate que muy pocos hablan de judíos”.

Al cumplirse diez años, los periodistas argentinos que cubrían los entrenamientos del seleccionado dirigido por Marcelo Bielsa en la Copa América, en la localidad peruana de Chiclayo, hicieron un minuto de silencio. Se les sumaron los jugadores. Me lo recuerda una de las mejores personas que conocí, un colega que prefiere el anonimato y que esa mañana fue uno de los impulsores de la idea en Perú. 

El periodista deportivo Ezequiel Scher habla con orgullo de su abuela paterna, Tamara, sobreviviente del ataque. En 2014 le hizo una entrevista para hablar del tema. Escribió luego que “A Tamara siempre hay un momento en que le cuesta: solloza, respira y necesita un vaso de agua. No es la primera vez que le pasa y no va a ser la última. El mismo relato se lo contó a dos presidentes argentinos, a jueces de todo el mundo, a Baltasar Garzón, a sobrevivientes de atentados en todos los continentes, a conductoras de televisión prime-time, a miles de periodistas, a embajadores, a cuánto estudiante se le acercó y al verdulero de su barrio. Pero, cuando habla de lo que vio en el momento en que bajó el turbio humo que desprendió la bomba que atacó la AMIA en 1994, la voz se le quiebra y, por unos segundos, no puede hablar”. Tamara trabajaba en la AMIA como secretaria de la presidencia. Cuando estaba por tomarse un café todo voló por los aires.

Entre otras cosas le dice a Scher:

“Hay momentos, hay días, hay fechas. O un olor determinado. O un ruido que suena y, de repente, te hace recordar. Los sobrevivientes, que no todos eran amigos míos, nos juntamos cada ciertas fechas. Yo siempre digo, parafraseando a Borges, no nos une el amor sino el espanto. Con algunos, no nos unía nada más que ser compañeros de trabajo, pero la vida nos juntó en algo. Afortunadamente, existe el tiempo. La vida tiene sus compensaciones”.

“(…) son papeles que quedaron en el medio de la explosión y que después trajeron al edificio siguiente y los tiraron en una mesa y ahí los agarramos. Esas cosas me hacían sentir que me encontraba con un antes. Porque existe un antes y un después. Nada es igual. Es muy terrible cuando vos te das cuenta de que algo que estaba vivo ya no está. Sobre todo, si es de repente. Porque cuando las personas se enferman, lamentablemente, uno se hace a la idea de que puede pasar. Esto es muy cruel. Es difícil de aprehender, hablo de aprehender con h”.

“Vos sabés que yo tuve dos veces cáncer. Una vez, fue antes del atentado y otra vez, después. Es terrible porque uno piensa miles de cosas, pero en el fondo uno no quiere creer que está ahí al borde. En el momento en el que explotó la bomba y se veía todo oscuro y yo sentía ese olor a amoníaco, al explosivo, y cuando sentía la casa moviéndose, cayéndose todo, en un momento determinado, yo sentí la presencia de algo tenebroso como la muerte. Es más: yo en ese momento pensé que había muerto, que eso era el tránsito. A mí no me había entrado todavía en la cabeza, pese a que mi compañera Silvina, en ese momento, gritaba ‘es una bomba, es una bomba’. Cuando empezás a entender, empezás a pensar en los demás. ‘Dónde está este’ y lo primero que atinás es decirle a tus seres queridos que estás viva. No se piensa mucho. Es muy difícil pensar y hacerse una idea de lo que pasa. Pero nadie queda igual. Las pesadillas, los miedos y, principalmente, los ruidos. A mí los fuegos artificiales, en Navidad y en año nuevo, me ponen mal porque los ruidos son parecidos, aunque en un nivel menor”.

“Tengo una sensación vívida de que fue ayer. Tengo el recuerdo de mi última conversación ahí. Yo iba a subir al cuarto piso, iba a ir a tomar un café y me llamó el Presidente para que le escribiera una carta. Esa carta me salvó porque yo no subí y, donde estuve yo, que era sobre Uriburu, porque la AMIA era un edificio angosto y largo que llegaba hasta Pasteur, se cayeron los vidrios y todo, pero justo ahí empezaba la parte que no se cayó. ¿Vos podés creer que yo me acuerdo a quién le tenía que escribir la carta y qué decir? Me acuerdo siempre”.

“No me acuerdo sólo de las cosas tristes. Me acuerdo de cosas felices. De cuando nacieron ustedes. De cuando tu papá llamó y dijo simplemente Ezequiel y yo ya sabía que habías nacido. Las cosas así también te quedan. La vida se compone de cosas duras y de cosas lindas y todo se siente”.

“La vida es así. Hay que tener voluntad. Yo hice un esfuerzo y seguí. Me hace muy bien escribir. Arranqué con mis memorias, pero las dejé plantadas, aunque las voy a seguir”.

“Se puede elegir no saber. Pero hay una cuestión que es el antisemitismo. El atentado a la AMIA fue un atentado contra la República Argentina que le hizo mucho daño a la sociedad y yo tengo un reconocimiento por todas las personas que lo sienten así, pero en el fondo de mi corazón yo estoy convencida de que fue un brutal acto antisemita. Fue a la comunidad judía a la que quisieron destruir. Uno piensa que ojalá sea algo que no tengan que ver ni mis nietos ni mis bisnietos. Lamentablemente, hoy, es algo que no puedo asegurarles”.

Ahora, a 25 años del atentado, Ezequiel Scher comenta que “el periodismo deportivo le falta el respeto al atentado cada vez que define a una noticia como ‘bomba’. Al menos en mi experiencia personal, sé que la palabra bomba a mi abuela le sigue haciendo mucho daño emocional. Creo que Tamara nunca salió de ahí adentro, pero es muy inteligente como para haber creado otros mundos donde vivir. Pero sigue ahí. Se dice ‘tengo una noticia bomba’ cuando se piensa en cuánto va a repercutir. Y su significado es parecido al real porque una bomba es un elemento que se acciona y el después puede durar 100 años. Creo que banalizar el dolor de otros es faltar el respeto. No creo que haya intención, creo que no hay conciencia. Las palabras duelen, alteran. Y educan. Mi abuela habla de ‘la bomba’. Y sé que cierra los ojos cuando dice la palabra, así esté tratando de explicármelo cuando yo tenía 10 años”.

La entrevista a su abuela mientras cubría el Mundial de Brasil, una fecha particular para Scher: “Cuando la hicimos había muerto mi amigo el Topo López. Yo cené con él y lo acompañé al taxi donde murió (en un hecho policial). Y me caminaba la cabeza qué podría haber hecho yo para cambiarlo. No me lo explicaba. No me lo explico. Y en parte tuvimos esa charla que se volvió entrevista porque yo necesitaba explicarme unas cuantas cosas sobre la muerte repentina”.

“Tamara para mí es como la cancha de Racing. Es como un lugar donde estás y te sentís seguro de vos mismo porque hay algo de amor que parece incondicional. No sé por qué me dejaría de querer mi abuela. Tamara tuvo dos cáncer y sobrevivió a un atentado y a la vez es mi abuela y a la vez es infinitamente inteligente. Va más rápido que todos los demás. Y sabe decir las cosas”, agrega.

A veinticinco años del atentado a la AMIA, las palabras de Tamara siguen vigentes. Y posiblemente hasta con más fuerza.

LOS GUSTOS FUTBOLEROS DE SERRAT Y SABINA

LOS GUSTOS FUTBOLEROS DE SERRAT Y SABINA

Por Alejandro Duchini.

“Y cuando gana el Barsa cree que hay Dios y es azulgrana”, le dedicó Joaquín Sabina a su amigo Joan Manuel Serrat en su canción Mi primo el Nano, del disco Yo, mi, me contigo. El fútbol es una constante para el madrileño y el catalán, que volverán a nuestro país el 2, 3, 7 y 8 de noviembre, cuando en el polémico BA Arena presenten su No hay dos sin tres, espectáculo que continúa al ya clásico Dos pájaros de un tiro, iniciado en 2007. Sabina es del Atlético de Madrid y Serrat del Barcelona. Y hay un triángulo entre ellos y es argentino: Roberto Fontanarrosa, amigo de ambos e hincha de Rosario Central, fue quien diseñó en 2007 el pájaro bicéfalo que representa a los dos pájaros. El Negro moriría sin saber que su dibujo se convertiría en un emblema del disco y hasta imagen de remeras.

El ídolo máximo de Serrat es Ladislao Kubala, símbolo del Barcelona. En 1999, para el centenario del club, interpretó ante 100 mil espectadores el Himno del Barsa. “Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón”, entonó en Temps era temps (Había una vez). Y jugó con Kubala un amistoso de veteranos. El Nano además admira a Maradona, Ronaldinho, Riquelme, Cruyff y Messi. Para Román en 2002 pidió más minutos de juego en el Barcelona dirigido por el holandés Louis Van Gaal. “Riquelme tiene ganas de hacer cosas. Sólo hace falta que le den minutos de juego”, dijo. Y también: “Van Gaal es un buen técnico… para el Ajax”.

Serrat también pidió por Messi, cuando hace dos años se demoraba la renovación de su contrato y peligraba su continuidad en el Barcelona. En una carta publicada en el diario español El País opinaba que “nunca se me ocurriría discutirle el salario al jugador que mejor se lo gana y se lo hace ganar al equipo” y que “cuando dicen que hay futbolistas que devengan barbaridades, estoy de acuerdo en que es así, pero no puedo evitar pensar en lo que se llevan los directores generales de sociedades bancarias y que, al contrario de Messi, en lugar de hacernos felices provocan con sus decisiones en la mayor parte de la sociedad disgustos irreparables”. “Será muy difícil que este club disfrute de otro jugador como tú”, le dedicó al jugador; y además: “La gratitud de los aficionados del FC Barcelona a tí, a pesar de lo efímeros que somos, será eterna”.

En 1969 Serrat vio su primer partido en un cancha argentina. Fue un Quilmes 0 – Independiente 2 en el viejo estadio cervecero. De esa vez lo que más recuerda es un hincha que orinaba en la popular como si estuviese en el baño de su casa. Con los años, Serrat elegiría a Boca como su club argentino. De hecho, fue asiduo asistente a La Bombonera. “Llegué acá en el ’69, cuando Boca Juniors tenía un equipo realmente envidiable, que no ha vuelto a repetir desde entonces. Era aquel que alineaba con Sánchez; Suñé, Marzolini, Rogel y el Negro Meléndez; en el mediocampo estaban Medina y Madurga; tenía a Ponce y Peña como wines, estaba Rojitas también”, le dijo en 1998 a la revista El Gráfico.

La letra de Dieguitos y Mafaldas es uno de los guiños futboleros de Joaquín Sabina. “Aquel año Boca salió campeón / en la Bombonera”. Lo escribió para recordar el título del equipo de Bianchi y en concordancia con su entonces novia argentina. También menciona a Martín Palermo. Al igual que su colega catalán, Sabina es de Boca en Argentina. Más fútbol: “Hoy dice el periódico / que ha muerto una mujer que conocí­ / Que ha perdido en su campo el Atleti / y que ha amanecido nevando en Parí­s” arranca Eclipse de mar. De su padre heredó el gusto por el Atlético. En 2003, para el centenario, compuso el himno junto con el ex arquero y músico Germán Burgos.

“Es el mejor. Nadie escribe canciones como él. Hablamos seguido por teléfono y hasta nos veíamos. Una vez, en un recital, me regaló su gorro y después me lo puse para salir a la cancha”, lo refirió Riquelme. Caballero, Sabina devolvió gentilezas y compuso en su honor un soneto por el penal errado en las semifinales de la Liga de Campeones de 2006, contra el Arsenal inglés, cuando jugaba para el Villarreal.

En 1999 Sabina fue una de las estrellas de La Biblia y el calefón, conducido por Jorge Guinzburg. La referencia es al programa en el que además estuvieron Diego Maradona, Charly García y Graciela Alfano. Maradona y Sabina también se cruzaron en La noche del Diez. Y en otra ocasión Diego fue invitado a subir a un escenario de Sabina a cantar Y nos dieron las diez. Sobre Lionel Messi comentó: “No es un futbolista, es Leonardo Da Vinci”. Pero pocas veces se mostró tan contento como cuando se enteró de la detención de Joseph Blatter, el ex mandamás de la FIFA: “Son una banda de gángsters”, disparó.

LOS MUCHACHOS DE MATADEROS

LOS MUCHACHOS DE MATADEROS

Por Alejandro Duchini.

En estas horas en las que se cumplieron 43 años del inicio de la dictadura militar más sangrienta de la historia argentina, hay un hecho particular y medio perdido en el fondo de los tiempos: el 24 de octubre de 1981, 49 hinchas de Nueva Chicago fueron detenidos por cantar la Marcha Peronista. Los reprimió la Policía que los obligó, literalmente, a trotar hasta la comisaría 42, a unas seis cuadras de la cancha del club de Mataderos. Nueve fueron a la cárcel de Devoto por treinta días y los otros quedaron en libertad. Era la primera vez desde el 24 de marzo del 76, cuando asumieron los genocidas, que se producía una manifestación popular de esta envergadura. Desde el fútbol se desafiaba al régimen. 

Esa tarde Chicago le ganó a Defensores de Belgrano 3 a 0, se afianzaba en la punta de la tabla de posiciones de la B y se preparaba para dar el salto a Primera División. Imaginen, entonces, una cancha completa. Un barrio popular como pocos otros barrios de Buenos Aires. E imaginen, también, un barrio feliz. 

La historia de Mataderos no se puede contar sin Chicago y sin el peronismo. Dicen que su hinchada es como la de Boca pero en versión ascenso. Chicago siempre fue para los vecinos su lugar de pertenencia. Su modo de pertenecer al deporte y la cultura. Todos pertenecen, de alguna manera, a Chicago. Hasta los hinchas de cualquier club grande de Primera que hayan nacido en Mataderos van a decir que Chicago tiene un lugar en su corazón. 

Tampoco se puede hablar de Mataderos sin hablar de luchas sociales. Va como ejemplo el Frigorífico Lisandro de la Torre. Casi 9.000 empleados. Buenos sueldos. La pertenencia barrial era total. Hasta que en 1959 el gobierno de Frondizi decidió su privatización. Hubo una revuelta de obreros y toma del edificio. Los vecinos cerraron sus comercios y ayudaron a los trabajadores con barricadas y huelgas. La represión no se hizo esperar. Las fuerzas del supuesto orden arreciaron con los empleados, que tenían el apoyo de otros 10 mil trabajadores de otros rubros. Después, 6.000 despidos. La desocupación se expandió por el barrio. La historia argentina y su eterno retorno. Antes, el peronismo había hecho pie con la inauguración de barrios. Entre ellos, el Manuel Dorrego, conocido como Los Perales, a metros de la cancha. Lo inauguró Evita en persona en 1949. Los sindicatos, ligados al peronismo, también se vincularon al barrio y por ende al club. Lorenzo Miguel, histórico dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica, era del vecino Lugano y aquel sábado de 1981 estaba en la cancha. Me lo asegura Gerardo Scola, uno de los 49 detenidos, desde su casa de Mataderos, llena de cuadros alusivos a Chicago. 

Scola me cuenta también que en Devoto no les pegaron porque eran algo así como detenidos políticos. Y recuerda: “Cuando nos enteramos de que Lorenzo Miguel estaba en la platea, lo aplaudimos, se paró y entonces se cantó más. El doble de lo que se cantaba. Para nosotros, cantar la Marcha Peronista era como cantar Chicago campeón”. La presencia de Miguel, sindicalista de la vieja guardia, de esos que metían miedo y a cuyo alrededor giraban historias tenebrosas, era un respaldo implícito para los hinchas.

“Lorenzo Miguel ayudó mucho a Chicago. Donaba bombos, banderas para la barra. También los frigoríficos ayudaban para que Chicago ascienda. ¿Sabés qué pasa?”, me dice y me pregunta Scola antes de responder su fanatismo: “Que grandes hay cinco, pero gigantes, uno solo”.

Aquel episodio tiene un documental. Se llama “Al trote”, dura poco más de media hora y fue dirigido por Gabriel Dodero, hijo de Enrique, un ex arquero del club, además de hincha. Una de las entrevistadas es la filósofa María Teresa Sirvent, exiliada durante la dictadura y que a su regreso al país hizo un trabajo social sobre Mataderos, tras un convenio entre la Facultad de Filosofía y Nueva Chicago. Su conclusión la publicó en el libro “Cultura popular y participación social”. 

El domingo pasado, en su casa de La Paternal, cuando le pregunté por qué se dio justamente en la cancha de Chicago y no en otro lugar eso de cantar la prohibida Marcha Peronista, Sirvent me dijo: “Mi supuesto es que se trata de un barrio peronista y el club pertenece a un barrio peronista. Hay algo especial de valentía de ese momento. Era 1981. Creo que en el 76 hubiese sido imposible. Pero, pensando un poco más, no tengo una respuesta exacta”.

Otro de los detenidos de aquella tarde, Miguel Aquino, me cuenta por estos días, sentado a la mesa de la pizzería El Cedrón, ícono gastronómico del barrio, que “Mataderos fue siempre un foco de la resistencia peronista”. 

“Para muchos de nosotros, cantar la marcha era un grito de guerra. Porque éramos peronistas. Pero en ese momento, cuando la cantamos, se sumó toda la cancha. Era una cuestión de identificación”, me dijo.

Las detenciones llegaron a tapas de Crónica y Clarín. “Por cantar veinticinco marcharon a la gayola”, tituló Crónica. Y debajo se puede leer: “Hubo algunos excesos verbales por parte de los muchachos del tablón, quienes además entonaron durante varios minutos una marcha partidaria. Ello motivó la intervención de la policía, que se hizo presente en las graderías que dan la espalda al barrio Los Perales para llevarse a algunos revoltosos”.

Clarín fue en su tapa con “Incidentes y detenidos, en una cancha de fútbol”, y agregó que “La Policía arrestó a 49 personas en Nueva Chicago por cantar la marcha peronista”. 

El Partido Justicialista, bajo la conducción de Deolindo Bittel debido a que María Estela Martínez de Perón estaba prohibida por los militares, reclamó la libertad de los detenidos y envió un telegrama al ministro del Interior, general Horacio Liendo. “En homenaje a la paz social, respeto por las ideas y convivencia democrática en la República, solicito la libertad de simpatizantes peronistas que aún permanecen detenidos por haber entonado la Marcha partidaria”. La comisión directiva de Chicago, por su lado, denunció excesos en la intervención policial y pidió una urgente investigación.

Estas detenciones complicaban un llamado a la paz social que por esas horas hacía el gobierno. 

Sin embargo, dos semanas después, el 7 de noviembre, Mataderos volvería a ser una fiesta. Chicago le ganó 1 a 0 a Estudiantes de Buenos Aires y logró el ascenso. Hubo dos invitados especiales: el ministro de Acción Social, Carlos Lacoste; y el Jefe de la Policía Federal, general de Brigada (RE) Juan Bautista Sasiaiñ. Ambos integrantes de la maquinaria asesina de la dictadura.

Soy nacido en el barrio de Mataderos. Celebré con mis amigos aquel ascenso del 81 desde la vereda de mi casa, en la calle Guardia Nacional. Tenía 9 años. Crecí con aquella historia que el tiempo y los vecinos se encargaron de agrandar hasta darle rasgos épicos. Hoy creo que fue épica de verdad. Tanto como cuando al sábado siguiente a la detención Chicago le ganó a Atlanta en Villa Crespo. De regreso al barrio, la barra se detuvo frente a la comisaría 42, en la avenida Tellier, y ante la adusta mirada de los policías cantó el Arroz con leche. “Arroz con leche, me quiero casar, con una señorita de San Nicolás”. A los policías no les salió otra que reírse.

SPINETTA: RIVER, LOS AUTOS Y LA MÚSICA

SPINETTA: RIVER, LOS AUTOS Y LA MÚSICA

Por Alejandro Duchini

“Yo soy fanático de Chacarita Juniors. Justo habíamos ascendido a la A. Llevaba mi camiseta de Chaca y la ponía desplegada en el sillón. La vio y expresó lo mismo que Fontanarrosa en su libro No te vayas campeón. Los dos coinciden en que la camiseta de Chaca es la más linda del mundo. Le contesté: ‘el rojo del socialismo, el blanco de las purezas de sus leyes y el negro de lo fúnebre’. Él flasheó. Y me dijo: ‘Soy de River, tengo mi corazón en Platense, ya que mi papi era hincha de ese equipo; pero me encanta Chaca porque son anarquistas’”. La anécdota la cuenta Juan Carlos Giacobino, iluminador y manager de Luis Alberto Spinetta. La escena descripta la protagonizaron ambos en un hotel de Córdoba. Giacobino la cuenta para el libro Spinetta – un vuelo al infinito, de Eliana Pirillo y Jorge Battilana, periodista de Mar del Plata y amigo del Flaco.

Spinetta, de quien este 8 de febrero se cumplen cinco años de su muerte, era futbolero. Respetaba a los hinchas de Boca, de quienes destacaba el aliento hacia sus jugadores. En 2008, a treinta años de que Argentina ganara el Mundial, cantó en el Monumental, tras un partido en el que participaron integrantes de aquel plantel dirigido por Menotti. Se trataba de La otra final, el postergado desagravio a las víctimas del terrorismo de Estado durante la disputa del torneo. A mediados de los 80 hizo una canción sobre la violencia en el fútbol: La bengala perdida. Hizo también un tema mítico como El anillo del capitán Beto, del que popularmente se cree que está dedicado a Norberto Alonso; él mismo lo desmintió. Fue amigo de tenistas, como Guillermo Vilas y Tito Vázquez, ex capitán del equipo argentino de la Copa Davis y padrino de su hijo Dante. También le apasionaban los autos, correr en karting y se divertía jugando al ping pong. “Durante su infancia los autos y las carreras de Juan Manuel Fangio fueron otras de sus pasiones que perduraron con el tiempo”, escriben Pirillo y Battilana, quienes agregan: “Ese pibe, además, contaba con otra pasión: el fútbol, especialmente el de su club favorito, River Plate”. El mismo Battilana recuerda que una vez lo encontró en una esquina de Buenos Aires escuchando un Unión-River: “Cómodamente recostado sobre la vereda con una pequeña radio a su lado transmitiendo el partido. Ni entonces, ni más tarde, lo cotidiano se alejaría de su vivir”.

Con su mirada marplatense, Battilana lo refiere además como integrante del equipo de Almendra en un partido de fútbol contra músicos de esa ciudad costera; luego lo recordará como espectador en el Mundialista de Mar del Plata de un Argentinos-River en el que hubo roces entre Diego Maradona (ya vendido a Boca) y Reynaldo Merlo. También viendo por televisión la semifinal en dobles de la Davis de 1981, con la pareja Vilas-Clerc. Un amigo suyo y luthier, Cristian Iannamico, lo describe como fierrero: “Le gustaban mucho los autos, los motores, el diseño, la tecnología y todo eso”. Y habla particularmente de una vez que salieron a dar vueltas a bordo de una coupé Mitsubishi Eclipse roja “escuchando Voodo Lounge de los Stones con un equipo Infinity de puta madre”.

“Hoy Spinetta cumpliría 67 años. Todo River te va a recordar por siempre, Flaco”, se leyó en las cuentas oficiales de Twitter y Facebook millonarias el 23 de enero pasado.  Al texto lo acompaña una foto de los 80 en la que el Flaco luce, en un recital, una camiseta del Millonario. En su honor, esa es la fecha en que se conmemora el Día Nacional del Músico.

En 1989, en una entrevista con El Gráfico, dijo sobre sí mismo: “No me considero el prototipo del hincha de River. Es demasiado cómodo. Si gana, está bien. En cambio si pierde todo es una porquería asquerosa. Me van a matar, pero me parece mejor hinchada la de Boca. Pierdan o ganen, los monitos están siempre ahí gritando por el equipo”.

Su primera guitarra y River tuvieron relación e incidencia en su niñez. A sus 12 o 13 años, unos vecinos de su familia, los hermanos Pilar y José “Machín” Gomezza, le prestaron una criolla de 1923. Con ella “Luis escribió la mayoría de sus primeras canciones, incluso varias que luego grabaría con Almendra”. La anécdota la cuenta el periodista y escritor Eduardo Berti, autor, junto con el Flaco, del ya mítico Spinetta – crónica e iluminaciones. Y agrega, en boca del músico: “El viejo Machín fue muy importante en la historia del club River Plate. Fue socio fundador y también masajista de equipos gloriosos como La Máquina. Él me llevó muchas veces a la cancha, a ver partidos o a estar en la concentración con los jugadores”.

En este mismo libro Spinetta detalla cómo llegó a grabar en los Estados Unidos, en 1979, por intermedio de Guillermo Vilas: “Only love can sustain se llama el disco (…) cuyo resultado no lo satisface. ‘Yo hubiera pretendido algo menos ampuloso y espectacular, y más Spinetta’, dice sobre el aspecto musical; sin embargo, el título del álbum (Sólo el amor puede sostener) es más Spinetta que ninguno, y en esa frase se resume uno de los ejes principales de su obra”. En ese disco colaboró Torrie Zito, quien también había trabajado con Tony Bennett; y con John Lennon, en Imagine. Hubo además otros músicos reconocidos. Todos contactados gracias a Vilas, admirador de Spinetta. “Vilas y Spinetta llegaron a ser amigos. Fueron reporteados a dúo en el primer número de la revista Expreso Imaginario, luego el tenista escribió una carta en esa misma publicación donde decía que ‘un músico como Spinetta es un lujo para la Argentina’, y más adelante, ya con la Banda, Spinetta musicalizó un poema de Vilas titulado Tu destino es el de morir de amor, algo atípico para alguien que siempre escribió sus propias letras y partió de la música para luego adosarle los versos”, se lee en el mismo trabajo de Berti. “La concreción del proyecto se demoró casi tres años y ése fue también el lapso que duró la amistad entre Vilas y Luis, que se vio resquebrajada al finalizar esta historia”, agrega. Y después dice Spinetta: “Ese disco fue un poco el final de mi relación con Vilas, porque Guillermo también pretendía que yo musicalizara y cantara sus poesías y en castellano, y ése no era el acuerdo que habíamos establecido. Sólo habíamos hablado de su participación en el material cantado en inglés, debido a sus conocimientos del idioma y de poesía inglesa. Pero a mí no me gustaban los poemas que él aspiraba a que yo musicalizara”.

Hay un mito alrededor de su canción El anillo del capitán Beto. Se dice que está dedicada a Norberto Alonso. Sobre todo porque en su letra habla de “un banderín de River Plate” y de un “Beto”. Spinetta lo desmintió. En el libro Martropía – conversaciones con Spinetta, habla largo sobre el tema con el autor, el periodista Juan Carlos Diez. Entre otras cosas le dice sobre el supuesto Beto: “No lo llegué a conocer aunque intuía que tenía que existir un tipo así”. También ficcionaliza: “Dejó de ser colectivero una noche en que la cana quiso usar su colectivo para llevar pibes detenidos, a la salida de un concierto del Flaco Spinetta. El motor se paró porque, en Beto, hombre y máquina se conjugaban. Bajó y le dijo a los canas: ‘No me arranca más’. (…) Se dio cuenta de que estaba todo podrido y como argentino no lo quería permitir”. Y luego: “Escuchaba a Gardel, era hincha de River y le gustaban las plantas. Religioso el hombre, con su estampita de San Cayetano en el colectivo”.

Uno de sus temas más lindos, al menos para mí, es La bengala perdida, de su disco Tester de violencia, de 1988. El título de este trabajo está inspirado en dos libros de Foucault: Historia de la sexualidad y Vigilar y castigar. “Estaba en el Festival de La Falda en un clima de mucha violencia. La gente estaba separada del escenario por una reja, nunca vi una cosa igual. Eran leones y romanos. En medio de esto Fito Páez salió a tocar y yo le dije: ‘Loco, vos sos un tester de violencia´, y él me contestó: ‘Sí, todos lo somos’. Yo ya estaba escribiendo con esa terminología lo que después serían El cuerpo como lacrimal y El torrente de espera. Los dos textos que son el eje de donde nace Tester de violencia”, le cuenta a Diez. Y La bengala perdida está dedicado a las barras bravas del fútbol a partir de la muerte de Roberto Basile (25 años), un hincha de Racing que, en la cancha de Boca, el 3 de agosto de 1983, recibió desde la tribuna local una bengala marina que le impactó y lo dejó sin vida en el acto. Aquella fue la cuarta bengala de la noche. El partido se jugó igual. Los responsables recibieron penas benévolas y no tardaron en recuperar la libertad. En ese tema Spinetta canta cosas como “adentro queda un cuerpo / la bengala perdida se le posó / allí donde se dice gol”, “de las tribunas se puede regresar / tan sólo hace falta ser de masa gris” y “por un color, sólo por un color / no somos tan malos / todo va a estallar”.

Spinetta marcó mi vida. En mi adolescencia, cuando escuché por primera vez Ludmila, me dije que si tenía una hija le pondría ese nombre: hace 16 años que cumplí la promesa. Después de mi separación, una tarde en la que hice dormir a Santiago, que entonces tenía nueve meses, le canté Plegaria para un niño dormido. Y Malena, que tiene 3 años, desde los 2 canta Muchacha y Alma de diamante. No exagero; tengo videos. Anoche, justamente, me pidió, para irse a dormir, que le cante Muchacha en la oscuridad de la habitación. La empezamos juntos y la terminé solo porque la venció el sueño.

El fondo de pantalla de mi computadora tiene una imagen de Spinetta. En el 92, en un Musimundo de Florida, compré Peluson of Milk porque en el sobre interno del cassette leí la letra de Cielo de ti y quedé maravillado: sólo Spinetta puede dedicar algo tan lindo a una hija. Cada una de sus canciones dejó algún sello en mí. Siempre en la pared, Bajan, la versión hermosa del tango Grisell junto a Fito Páez, Durazno sangrando, Yo quiero ver un tren, Camafeo. Siempre vuelvo a Spinetta.

El Flaco supo, también a través del deporte, pintar a nuestra sociedad y a cada hombre, a cada mujer, como sólo los grandes artistas pueden hacerlo. Sus canciones, sus letras, son la mejor prueba.

 

OTRO ENCUENTRO ENTRE EL BOXEO Y LA VILLA

OTRO ENCUENTRO ENTRE EL BOXEO Y LA VILLA

El 4 de enero, el día de su cumpleaños, el ex boxeador Jesús Romero, vecino de la Villa 1.11.14 del Bajo Flores, fue entrevistado por pibas y pibes que viven en la parroquia Santa María Madre del Pueblo. La charla -en el marco del Ciclo de Entrevistas de la radio El Encuentro- fue en el Centro de Día “La Otra Base de Encuentro”, donde se trabaja con chicos en situaciones de consumo problemático de diferentes sustancias.

Si quieren escuchar la entrevista completa, pueden hacer click acáQuienes quieran conocer más de Romero, y por ende de qué hablamos cuando hablamos de cosas que pasan en el Bajo Flores, pueden leer la siguiente crónica, publicada en agosto de 2017 en la revista El Gráfico.

UN VERDADERO RING DE LA VIDA

Boxeador destacado entre los 70 y los 80, Jesús Romero siempre vivió en la zona del Bajo Flores, a donde llegó desde Chaco con sólo 9 años. Ahora tiene un gimnasio cuyo propósito es sacar a los chicos de la calle y darles un plato de comida a través del comedor comunitario de su esposa.

“Cuando boxeaba me ofrecieron un departamento en la zona de Cabildo y Juramento, en Belgrano. En Moldes al 2200, para ser un poco más exacto. Dije que no. Mi mundo, mi vida, están acá”, dice Jesús Eugenio Romero, destacado boxeador argentino de los 70 y 80, en la puerta de su gimnasio. Ese mundo y esa vida que refiere son las calles del Bajo Flores. Barrio Rivadavia I. Es la zona de la conocida 1.11.14. Llegó a fines de 1963, a sus 9 años. Sus padres lo habían dejado al cuidado de la abuela paterna, en Chaco. Ya apasionado por el boxeo y con el sueño de conocer el Luna Park y ser boxeador, dejó una carta a su familia en la que avisaba que se marchaba a Buenos Aires. Se subió a un tren, llegó a Retiro y de ahí se tomó un colectivo “hasta el final” del recorrido.

-¿Pero a dónde vas?-, le preguntó el colectivero del 139.

-Hasta dónde me alcance la plata- contestó mientras entregaba un puñado de billetes y a cambio el chofer le cortaba su destino en forma de boleto.

Se bajó en esa zona de Flores que no era lo que es hoy: tal vez la más marginal de la ciudad de Buenos Aires. “Picante”, la define Romero.

En ese Chaco-Buenos Aires apenas había comido un sandwiche de milanesa. “Te imaginás cómo estaba”, le comenta a El Gráfico. Al llegar al barrio, ofreció a un comerciante ayudarlo con el traslado de garrafas. Cuando le quisieron pagar con plata, dijo que no: quería comida: se devoró en minutos unas medialunas acompañadas de un café con leche. Después contó su historia a los policías de la zona y lo dejaron dormir en la comisaría local. “Si querés ser boxeador, te vas todos los días a correr al Parque Chacabuco y te olvidás de la joda. Nada de fumar ni esas cosas”, le advirtieron. Su primer negocio en Buenos Aires estaba hecho. Romero todavía se acuerda de los nombres de algunos de esos policías: Patalano, Beguil, Bravo y Sampedro.

Nunca más se fue del barrio en el que tiene su gimnasio desde 2009. “Jesús Romero – gimnasio – team boxing”. Todos los días da clases de boxeo a chicos que intenta rescatar de las drogas. A veces saca un campeón, como el welter Víctor Hugo Velázquez, en 2014. También a veces salva a un chico de la calle. El Bajo Flores siempre es noticia por hechos policiales. Que el paco, que los tiros, que los narcos bolivianos, que los narcos paraguayos y que los narcos argentinos.

En la mañana del sábado 13 de mayo el Bajo Flores es un mundo en el que se mezcla todo: chicos “colocados” a plena luz del día y a metros de un comedor comunitario en el que algunos jóvenes inventan actividades lúdicas para algunos chiquitos. Pibes que entrenan boxeo a las órdenes de Romero y sus ayudantes y pibes que en la plaza de enfrente patean una pelota. A metros, en la casa de Romero, funciona un comedor comunitario (Santa Rita, se llama) que maneja su esposa, Ana Toloza, que se levanta a las 3 de la mañana para preparar la comida. Son 200 viandas diarias. Pueden ser más. “Sin ella, esto no funcionaría”, elogia Romero. “Nosotros, con salvar a un par de pibes de las drogas, de la calle, estamos hechos. A veces se puede, a veces no. Es una pelea constante. Los veo entrenar y me acuerdo de mí cuando tenía 8 o 9 años”.

DÍGANME RINGO

Esta nota comenzó en el destacamento de Gendarmería en Cobo y Curapaligüe. “Me esperan ahí, justo en la esquina, que los voy a buscar y entramos al barrio”, anuncia Romero un día antes del encuentro. Cuando llega lo acompaña un perro negro y grande que mete miedo pero que resulta más bueno que Lassie. Se llama Ringo. Obvio homenaje a Bonavena, uno de los boxeadores que admira Romero. Cuando con el fotógrafo Emiliano Lasalvia emprendemos el camino hacia el gimnasio, Ringo ya se nos hizo amigo.

Dos cuadras hacia adentro, en una cortada, está el gimnasio de Romero. En Camilo Torres y Tenorio 2081. En la calle, un grupo de jóvenes entrena soga y tira golpes. Adentro, un ring de tamaño reglamentario y unas cuantas máquinas de entrenamiento. Sobre una bici fija, una piba de no más de 20 años pedalea y pedalea con tanta intensidad que pareciera intentar llegar a los Estados Unidos. Si quisiera seguirle el ritmo, no llegaría a Caballito, piensa este cronista. Habrá que ver eso de volver a correr aunque sea dos o tres veces a la semana.

En ocasiones llegó a tener 300 chicos inscriptos. En otras, 200. Y alguna vez, sólo asistieron 5. “Hay pibes que reciben casa y comida. Tengo una habitación chiquita, con cuchetas. Pero el que se queda tienen que entrenar. Entrenar en serio”, avisa.

Algo que llama la atención son los ojos claros de Karina Celeste Gómez. A sus 33 años tiene una belleza que eclipsa y un pasado complicado que supera cada día. “Fui adicta, toqué fondo”, explica. “La noche”, suelta después, como si ese “la noche” alcanzara para entender qué le pasó. Tiene razón: no hace falta aclarar. La pelea por salir es constante.

Karina practica boxeo con Romero desde hace siete años. Tiene dos hijos (Valentina, de 17, y Lorenzo, de 3) y marido, Carlos, que “también está ‘limpio’”. “Me salvó el deporte. Me salvó el boxeo”, cuenta quien además es profesora de danza árabe. Dice que siempre le interesó hacer actividad física. Su caso llegó a la portada de una revista europea como historia de superación. Hoy tiene licencia amateur y participa de exhibiciones. Su anhelo era formar una familia. “Lo conseguí”, dice con una sonrisa enorme. Y luego: “Es muy importante salir del mundo de la noche, de las drogas, sobre todo viviendo acá, en el mismo barrio en el que todo eso pasa por al lado tuyo como si nada”.

“Mirá qué lindo eso”, señalará unas horas después Romero, cuando caminando las calles del barrio volvamos a ver a unos metros a Karina con su pareja y su hijo más pequeño.

EL LUNA, LA MECA DEL BOXEO

Jesús Romero nació el 4 de enero de 1954 en el departamento jujeño de Abra Pampa. Plena puna. 3.500 metros sobre el nivel del mar. Cerca de la frontera con Bolivia. En invierno las temperaturas pueden descender a los 22 grados bajo cero. “La Siberia argentina”, se iba a llamar antes de llamarse Abra Pampa. Vicente, el papá de Romero, era gendarme. Esther, su mamá, ama de una casa en la que había trece hijos, contando a Jesús. Cuando a su padre lo trasladaron a La Quiaca, a Jesús lo llevaron a vivir con la abuela paterna en Villa Ángela, Chaco. A los 8 años empezó a ir al gimnasio El litoral. Las historias de boxeo y boxeadores que escuchaba se le hicieron pasión. Ahí supo que quería ser boxeador. Entonces ocurrió aquello de venir a Buenos Aires. En su bolso, recuerda todavía, había “poca ropa y un par de guantes chiquitos”. “Aún los tengo esos guantes”, comenta.

Ya en el Bajo Flores, los policías lo vincularon con gente del Club Unidos de Pompeya. Arnaldo Romero era su profesor. “Uno de los mejores que tuve”, recuerda. Como también se acuerda del maestro de boxeadores Paco Bermúdez, quien en una visita al Chaco le dio el primer gran consejo de su vida: “El que quiere ser boxeador tiene que ir al Luna Park”. Por eso vino a Buenos Aires.

“Pude conocer el Luna. Y a Tito Lectoure, una persona maravillosa”, define Romero. De aquellos años como boxeador guarda los mejores recuerdos. Desde el 72 empezó a prepararse para el profesionalismo, al que llegó avalado por títulos juveniles. En el 76 empezaron los triunfos importantes. Primero le quitó el título argentino liviano a Oscar Méndez y luego el sudamericano al paraguayo Sebastián Mosquera. El 15 de mayo de ese año debutó oficialmente en el Luna. Fue con un triunfo ante Hugo Amílcar Díaz. Durante su carrera, que terminó con una derrota ante Alberto Cortés el 6 de agosto del 88 en la Federación de Box, enfrentó a varios importantes. Lorenzo García, entre ellos. 63 triunfos (16 por ko), 10 derrotas y 11 empates. También se codeó con grandes entrenadores. “Exigente y de buena madera”, dice sobre Santos Zacarías: “Siempre lo voy a extrañar. Un maestro, un consejero. Enérgico cuando había que ser enérgico”. No escatima elogios hacia Amílcar Brusa: “Entrené con él y con Monzón. Hacíamos exhibiciones”.

Por el boxeo recorrió varios países. Australia, Brasil, Bolivia, Sudáfrica, Uruguay, Francia, Italia: “Conocí el mundo. No me fue mal en lo económico, pero tampoco es que gané como para despilfarrar. Pero lo más importante es que el boxeo también me dio una familia”. “No me quisieron pelear por el título mundial. Dicen que yo era un boxeador difícil”, lamenta.

Y del gimnasio nos lleva a su casa-comedor comunitario.

DONDE LAS CALLES NO TIENEN NOMBRE

Romero da un rodeo y camina hacia su infancia. Le muestra a El Gráfico cada rincón del barrio que marcó su vida. “Acá vivía Ana cuando nos conocimos”, señala la casa que, de dos pisos, se ubica en el número 782 de una calle que, a primera vista, no tiene nombre. Los números no van en pares de una vereda e impares en la de enfrente. Acá todo es correlativo: 782, 783 y 784. Se casaron en el 81.

“Este pibe te puede contar lo que le dio el deporte”, suelta mientras señala a un muchacho que camina hacia nosotros. Se llama Javier Horacio Castro y tiene 41 años. Es docente de una escuela del barrio. Hace siete años tuvo un ACV: hemiplejia, internaciones, recuperación médica y domiciliaria. “No alcanzaba: venían a mi casa una vez por semana y a la hora se iban. Así nunca me iba a recuperar”, explica Javier mientras Romero escucha. Siguieron tres derrames cerebrales -el último en diciembre- a raíz de una esclerosis múltiple. “La pasás mal. El cuerpo la pasa mal”. Padre de cuatro chicos y con una esposa que -se ríe al mencionar- se llama María Eugenia Vidal (pero no gobierna la provincia de Buenos Aires), Romero lo invitó al gimnasio. “Jesús me venía a buscar, me llevaba, me recomendaba ejercicios. Así empecé a salir de mi casa, a relacionarme de nuevo con la gente, porque cuando te pasa algo así todo te da vergüenza. Me sentí muy contenido por el grupo de gente. Así me recuperé”, explica. “Ahora voy al gimnasio todos los días, hago cada vez más ejercicios y cuando estoy bien ayudo a guantear”, se ríe. “No queda otra que tomarse las cosas con humor, hermano”, concluye.

Volvemos con Romero a la casa. Como en todos lados, abunda el fútbol. Nos cruzamos con una adolescente que luce una camiseta de Chicago. A un lado de la casa de Romero hay pintado un enorme escudo de Independiente. Para ratificar sentimientos, del otro lado se repite el escudo del Rojo. Romero es de Racing. La diablura la hicieron sus hijos, que le salieron de la contra.

Ellos y un numeroso grupo de amigos esperan a El Gráfico en la casa. “¿Qué te pareció el barrio?”, pregunta alguien y, sin esperar respuesta, suelta: “Es cierto que este es un lugar conflictivo, pero no tanto como lo pintan. ¿Sabés qué pasa? Hay mucho prejuicio”. Romero interviene: “Nosotros hacemos que el barrio sea un poco menos conflictivo”. La World Boxing Organization (WBO) seleccionó a su gimnasio como una de las 20 instituciones deportivas a nivel mundial por su acción social y comunitaria. En abril, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires lo reconoció como ciudadano ilustre del Bajo Flores.

DESTINO ESCRITO

Pero de pronto Romero parece quedado en el tiempo. Se detiene y cuenta una anécdota que ya contó en otras entrevistas. Los ojos se le humedecen. Hay algo que le emociona aún más que un pibe que se libera de las drogas o que una chica que sale del infierno y arma su familia o que un maestro que gracias a su gimnasio se recupera de un ACV. Lo que lo emociona más que todo es el recuerdo de su madre, que sale sin que medie pregunta. “Yo tenía 18 años cuando en un partido de fútbol un pibe más grande se me plantó para pelearme. Le pegué una trompada tan fuerte que lo dejé tirado. Después nos hicimos amigos. Recuerdo que lo acompañé al Hospital Piñeyro porque iba a visitar a una tía que tuvo un accidente. Cuando llegamos la mujer me miró de una forma rara y me dijo ‘¡Tito!’. ‘¿Y usted cómo me conoce?’, le pregunté. ‘¡Cómo no te voy a conocer si te parí!’, me dijo. ¡La tía de mi amigo era mi mamá, que no me veía desde hacía diez años!”. Entonces Romero vuelve a meter el dedo en su propio Vietnam y no puede creer que el destino haya sido eso. Que el destino haya sido, al fin de cuentas y sin saberlo hasta entonces, que sus padres vivieran en Ciudad Oculta, otro barrio marginal y cercano al suyo. “Después pude comprarles un terrenito”, cuenta, orgulloso, casi al pasar. Es ahí cuando se saca los anteojos, se seca las lágrimas y dice que a los chicos siempre les pide que valoren a la madre: “Los padres son importantes, pero la madre es la madre. No hay como la madre”. “No tengo dudas de que hay un destino escrito”, sentencia.

A veces volvemos al lugar en el que empezamos.