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EL PEPE DEL SUR

EL PEPE DEL SUR

Si José Sand jugase en Boca o River hubiese sido la noticia destacada de los últimos días. Los dos goles que hizo para que Lanús le gane al San Pablo 3 a 2 en la ida por la Sudamericana y el del inicio del torneo argentino en la caída ante Boca (1-2) muestran lo demoledor que es en el área. Casi convierte en la revancha de la Sudamericana, en Brasil, donde pese a la derrota por 4 a 3 su equipo clasificó de manera heroica. En ese equipo que alegra a los hinchas, Sand es fundamental. Tiene la virtud que no le debe faltar a los goleadores de raza: estar parados en el lugar correcto y en el momento correcto. A los 4o años, el correntino ratifica su vigencia.

Nacido en Bella Vista, Corrientes, el 17 de julio de 1980, es de los más veteranos del fútbol argentino. Debutó en Primera jugando para Colón de Santa Fe en 1999, por lo que pertenece a una generación de jugadores argentinos marcada por los Riquelme y antecesora de los Messi. Tiene un físico privilegiado y su condición de ídolo de Lanús lo coloca como titular indiscutido. Con 40 años, 3 meses y 14 días, el gol (con la mano) que le hizo a Boca lo convirtió en el más veterano del fútbol argentino en marcar en un torneo local. Detrás quedó Ángel Labruna, quien tenía esa marca desde un partido de 1958 en el que le anotó a Rosario Central con 40 años, un mes y 14 días. 

Sand tuvo tres etapas en Lanús. La primera empezó en 2007, tras su paso por River y Colón. Fue goleador del Apertura que ganó el equipo dirigido por Ramón Cabrero. Quince goles suyos ayudaron a que Lanús fuese campeón de Primera División por primera vez. Además, la participación en la Copa Libertadores. Sand siguió haciendo goles y dos años después se fue a jugar a Emiratos Árabes, España y México. No le fue bien en Racing, a donde llegó en 2012 como el jugador mejor pago del plantel. De entrada se puso al hincha en el bolsillo con dos goles a Independiente pero su estrella se apagó. Le siguieron Tigre, Boca Unidos y Aldosivi. Alguna vez dijo que en esos años se consideraba un jugador retirado.

Su segunda etapa granate se inició en 2015. Hizo goles y hasta fue parte del inolvidable Lanús campeón que le ganó la final del 2016 a San Lorenzo. Ese mismo año Lanús ganó la Copa Bicentenario ante Racing y al siguiente la Supercopa Argentina frente a River. 

La tercera, tras pasar por el Deportivo Cali, comenzó en 2018 y tiene fecha de vencimiento. En 205 partidos con Lanús hizo 130 goles y es el máximo goleador del club. Una marca impresionante si además se tiene en cuenta que anotó 272 goles en toda su carrera.

En julio firmó contrato por un año más. Su condición de ídolo no lo aleja de las diferencias con los dirigentes. Hubo choques y el último fue por la duración del nuevo acuerdo. La dirigencia encabezada por el presidente Nicolás Russo quería acordar por seis meses y el jugador por un año. Ganó, pero avisó que en 2021 se retira. Lo cansa, dice, tener que sentarse a negociar su futuro cada seis meses.

En Lanús logró lo mejor de su carrera. Sand tiene ese destino raro que se les cruza a determinados jugadores que no pueden afianzarse en los poderosos. Su prometedor pasado goleador en las inferiores de River no lo pudo ratificar cuando llegó a la Primera ni tampoco en Racing. Como contrapartida, se metió en el corazón del hincha de Lanús. Allí parece haber encontrado su lugar en el mundo.

Hoy no sorprende que Lanús avance en la Sudamericana. Es uno de los equipos que mejor juega en el campeonato argentino. Como institución consiguió un sólido sentido de pertenencia barrial, donde Independiente y Racing -los grandes del sur bonaerense- tenían incidencia y el Granate era el segundo equipo, el del barrio. Ahora los pibes eligen “ser de Lanús” y compran camisetas con el nombre de Sand. 

Desde 1992, cuando Lanús regresó a Primera tras vivir un largo período de pesares, inició un gran trabajo en divisiones inferiores. No invirtió fortunas en jugadores estrellas sino en formar a los propios. Leandro Gioda, Agustín Pelletieri, Rodrigo Archubi, Cristian Fabbiani, Diego Valeri, Lautaro Acosta, Eduardo Salvio y Pedro de la Vega, entre otros. Lo mismo pasó con los entrenadores. Ramón Cabrero y Luis Zubeldía son el ejemplo. 

Tras su gran noche en Brasil, Lanús deberá viajar a Córdoba este lunes para enfrentar a Talleres por la segunda fecha del torneo. La derrota del debut ante Boca lo obliga a ganar para no perder terreno en el Grupo 4, que completa Newell’s. Tiene con qué. Y tiene a Sand.

UNA HISTORIA DETRÁS DE UN RIVER-BOCA

UNA HISTORIA DETRÁS DE UN RIVER-BOCA

Por Alejandro Duchini.
Cada vez que se juega un River-Boca me acuerdo de uno de hace 10 años en el Monumental que terminó 1 a 1. River aún no había descendido ni nadie imaginaba que alguna vez se disputaría la final de un superclásico por Copa Libertadores en Madrid. El superclásico del que hablo se jugó el 25 de octubre de 2009 y Gallardo hizo el primer gol, Abbondanzieri le atajó un penal al Burrito Ortega y Palermo lo empató. Esa tarde Riquelme la rompió y yo fui al Monumental a escribir sobre eso para Infobae, donde trabajaba como periodista.

Aquel 25 de octubre me resultó particular porque después del partido me encontré con Marian, a quien había conocido 24 horas antes. Ese domingo a la noche Marian se quedó a dormir en mi casa de soltero y a la mañana siguiente, cuando fui a Infobae, donde entraba a las 6 de la mañana, le dejé un juego de llaves para que se fuera a su trabajo cuando quisiera. Al llegar le conté a mi amigo Pedro Fermanelli que había conocido a una chica y que le había dejado las llaves de casa. “¿Y si te afana todo?”, me preguntó sorprendido, asustado. Nunca pensé que algo de eso pasara: en mi departamento de padre soltero y separado no había cosas de valor, más allá de una computadora personal. Mi ropa era vieja, yo no tenía ahorros sino deudas, casi no había muebles y no creía posible que se llevase una heladera o una cama sin levantar las sospechas de una portera que no se movía de la puerta del edificio. No había más que eso. Ya volveré a Marian.

Ahora lo que quiero contar es que me acuerdo gracias al fútbol de cada cosa que hice ese fin de semana. El escritor Nick Hornby cuenta en su Fiebre en las gradas que recuerda los momentos clave de su vida gracias al fútbol. Hincha del Arsenal inglés, sabe cómo contar en un libro y con palabras geniales lo que nos pasa a muchos gracias al fútbol. El divorcio de sus padres, el casamiento de un amigo, discusiones de alcoba y otros hechos Hornby los sostiene en tiempo y espacio gracias al Arsenal. A mí me pasa lo mismo con Independiente y la Selección. No conozco persona futbolera a la que no le ocurra algo así.

Aquel fin de semana de octubre lo había comenzado el viernes en San Isidro, donde entrevisté al regatista Julio Alsogaray. El viaje hasta el club náutico donde nos juntamos lo hice con el periodista Fernando Arauz. Fuimos en una 4 x 4 Mercedes Benz, negra, cero kilómetro, hermosa, que le habían dado para que probase. En esos tiempos, además de trabajar juntos en Infobae, él se dedicaba a probar coches de alta gama. Era un placer viajar en aquel cuasi avión. Como estábamos a fin de mes y no teníamos un peso partido al medio, hablábamos de lo contradictorio de ir en semejante auto. Si alguien nos secuestraba, especulábamos, no nos iban a creer que teníamos apenas unos 20 pesos de ahora y que éramos dos ratas subidas a un coche de lujo que no era nuestro. A la vuelta, Arauz me llevó hasta Infobae, donde tenía que retirar la computadora del trabajo para llevar al Monumental. Cuando fue a estacionar en doble mano, y bajo una lluvia tremenda, los de seguridad se nos acercaron y corrieron los conos para que estacionemos donde únicamente estacionaban Daniel Hadad y otros privilegiados. Creerían que en esa 4 x 4 viajaría el mismísimo Hadad; por eso su sorpresa al ver que bajaba yo, cansado y mojado después de que la lluvia me hubiese agarrado en San Isidro, mientras terminaba mi entrevista con Alsogaray. Esa noche me pedí una pizza y comí solo mientras veía Rosario Central-Independiente. Fue un 2 a 0 en contra: perder era ya una costumbre. También fue la noche en que Charly tocó en Vélez bajo la lluvia. Antes de irme a dormir me contacté por primera vez con Marian, a quien aún no conocía personalmente. Nos quedamos conversando hasta las 8 de la mañana del sábado.

El sábado a la tarde tomé una cerveza con otro amigo periodista y velezano, Alejandro Perandones, y nos fuimos a mi casa a ver Vélez-Newell’s. Ni me acuerdo de cómo terminó el partido. Pero no me olvido de que en el entretiempo él se quedó en el departamento en tanto yo me iba a conocer a Marian personalmente y volvería en poco tiempo, porque ella tenía que irse a un cumpleaños. Cuando volví ya había terminado el partido, pero Alejandro había pedido las empanadas que comimos con mucha cerveza mientras le contaba que me había enamorado. Estuve con Marian menos de una hora pero fue suficiente para saber que yo empezaba de nuevo. Que la vida estaba para adelante y que podía ser en compañía. Marian y yo nos habíamos besado por primera vez antes de que ella se fuese al cumpleaños y yo regresara a mi casa.

A la madrugada Perandones se fue y yo me tiré a dormir de corrido. Me levanté cerca del mediodía, agarré el auto y me fui a la cancha. Me costó concentrarme en el partido de tanto pensar en aquella chica que acababa de conocer, pero cuando se está inmerso en un River-Boca a la larga o a la corta es imposible abstraerse del clima. La situación te chupa cualquier otro pensamiento y lo único que parece existir es lo que se vive ahí. Jamás olvidaré los detalles de aquella tarde de sol con las hinchadas alentando sin parar. Unos cantaban que la cancha -ésa cancha- parecía una heladera; los otros, heridos, devolvían con la xenofobia.

El partido había sido bastante malo, como suelen ser los River-Boca. Porque mayormente el espectáculo de los superclásicos está en las tribunas. Aunque cada tanto un panadero apunta con un gas a los rivales o unos barras tiran piedras al micro de los jugadores contrarios y todo se va al demonio. O a Madrid. Hay determinados partidos que no deberían jugarse sin visitantes. River-Boca, Independiente-Racing, Estudiantes-Gimnasia o Central-Newell’s son apenas ejemplos de que el fútbol es también la fiesta en las tribunas. Las autoridades deberían ser competentes para cuidar el show.

River -dirigido por Astrada- no venía bien. Estaba en el peor momento de la gestión de Aguilar, Los borrachos del tablón copaban las noticias policiales y el Ogro Fabbiani era el jugador llamado a revolucionar a una institución en caída libre hacia el impensado descenso. A Boca lo dirigía Basile y Riquelme era su figura. Pero además, Boca hizo valer su condición de visitante: sin miedo a perder, se quitó la presión que sí tuvo River. De ese partido no me olvido más.

Y tampoco me olvido de ese partido por otra cuestión: acá es cuando vuelvo a Marian, que no se llevó nada sino que con los días dejó algunas pocas cosas. El lunes antes del anochecer, Marian volvió a casa después de su trabajo. El martes hizo lo mismo y también el miércoles y el jueves y así. Poco después me acompañó a la cancha a ver a Independiente en Avellaneda. Así conoció el Libertadores de América. Le ganamos a Banfield y nos abrazamos cuando hicimos un gol. Nos mudamos juntos, cambiamos de empleos, ella se hizo del Rojo y dos años después nos casamos: pensé que no lo intentaría de nuevo pero sí. Fermanelli, el que se preocupaba por mis cosas, fue testigo de ese casamiento en el que estrenó una novia que hoy es la madre de sus dos hijos. Son una familia feliz aunque no perfecta: son hinchas de Huracán.

Hubo algo más; algo que puedo ver ahora mismo, mientras escribo éste recuerdo del Boca-River porque el domingo que viene vuelven a enfrentarse. Lo que veo es a Malena, que tiene 5 años y dibuja en la mesa, frente a mí: Malena es el resultado más hermoso de estos casi diez años con Marian, que por suerte se quedó. Por supuesto, Malena es de Independiente.

TATA BROWN, EL HÉROE QUE SE FUE EN SILENCIO

TATA BROWN, EL HÉROE QUE SE FUE EN SILENCIO

Por Alejandro Duchini.

“Muchacha, ojos de papel, ¿a dónde vas? / quédate hasta el día”. Florencia Brown entonaba la canción del Flaco Spinetta al oído de su padre, internado en una clínica de La Plata. Ella tiene una voz hermosa. Es cantante y profesora de canto. “Sé que me escuchó. Nos conectamos con ésa y con otras muchas canciones”, me dice Florencia la mañana después del primer recital que dio tras la muerte del Tata Brown, emblemático jugador del fútbol argentino. A los 62 años murió el lunes pasado. Tuvo Alzheimer, una enfermedad que desgastó no sólo a él sino a sus íntimos. Con música, Florencia encontró una conexión. Me cuenta también de otras canciones y en especial de un cántico que le hizo al día siguiente de su muerte. Lo tituló Plegaria para papá. “‘Vuela vuela muy alto, papá te amo, papá por eso vuela’. Es como el permiso, la entrega de aceptar que era el momento para él de descansar en paz. Porque estoy segurísima de que es así”. Me lo hace escuchar y es imposible no emocionarse. Se sentó al piano y dejó ante el teclado todo el sentimiento que tenía.

Tal vez el mismo sentimiento heredado de su padre, quien se lastimó el hombro derecho en la final contra Alemania del Mundial de México 86 y, para no dejar la cancha, se hizo un agujero en la camiseta, metió el dedo y jugó como si lo tuviese enyesado. Un rato antes había puesto de cabeza el 1 a 0. Burruchaga haría el gol definitorio pero nadie, ni Maradona, había hecho algo tan heroico como lo del Tata. “Ni loco me sacaban”, diría después el Tata al recordar aquella final que le dio a la Argentina su segundo título del mundo.

José Luis Brown está en el corazón de todo hincha de Estudiantes. Fue uno de los símbolos de aquel equipo dirigido por Bilardo primero y Manera después que salió bicampeón en el 82-83. Siempre ante un Independiente emblemático con Bochini, Marangoni y Trossero. Pero aquel Estudiantes, minimizado por ser de Bilardo, jugaba increíble. Me lo reafirma Osvaldo Príncipi, maestro en el periodismo de boxeo y fanático Pincha. “Dista y es ajeno al Brown de la Selección nacional, que festejamos, pero ese era un producto integral y masivo. El nuestro era el zaguero de Estudiantes. Con Gette, con el Negro Agüero, con Landucci, con quien fuese. Aquel que daba precisamente sentido de huracán al Estudiantes de 57 y 1 de tablones, que nunca será olvidado jamás, porque aquel Estudiantes con Sabella de 10, paradójicamente, trazaría también una línea de tiempo para el Estudiantes campeón de América con Sabella en el banco”.

Horas después de su muerte, el periodista Ezequiel Fernández Moores escribió en su habitual columna de La Nación una nota genial en la que recordaba su relación con el Tata. Eligió para recordarlo una anécdota que compartieron gracias a unas charlas que dieron por Chile. Dice que en Temuco, mientras en la pantalla gigante y ante 200 personas pasaban el video con su gol en la final ante Alemania y la imagen de la lesión, él lo miró: “Me impresionó que tenía los ojos vidriosos. ‘Tata, estás llorando’, le dije. ‘La puta madre, esto siempre me pone así’, me contestó en voz bajita. Me conmovió ver esa cosa de lágrima silenciosa de él por lo bajo. Que se emocionaba así. Realmente me conmovió. Lo quise mucho”.

Otros periodistas tampoco escatiman elogios. Osvaldo Fanjul, de La Plata, lo recuerda con alegría. Se lo cruzó muchas veces. Hasta compartieron un partido de fútbol en el que el Tata era árbitro. “Una vez vino a jugar Maradona y el Tata cobraba todo para él”, se ríe. Luis Genín, de Diario Popular, fue compañero en la Liga de Villa General Belgrano, cercana a Ranchos, donde nació el Tata. Después uno siguió su carrera de jugador en Estudiantes y otro en Gimnasia y Esgrima La Plata. “Pero siempre que nos cruzábamos nos dábamos un abrazo”. Para Genín el fútbol se terminó antes de tiempo y se dedicó al periodismo, profesión que le permitió mantener el contacto con su amigo. La última vez que se vieron, me dice, fue en un recital de pueblo en el que se presentaba Facundo Saravia. “Como eran muy amigos, me pidió que me siente con ellos”.

Su hijo mayor, Juan Ignacio, empezó a despedirlo antes, cuando sabía que el final se avecinaba. El Día del Padre le dedicó una despedida anticipada. “Fue una manera de expresar que yo sentía que hacía un tiempo a esta parte que él que estaba ahí en la clínica y al que íbamos a ver no era papá, porque producto de su enfermedad el deterioro avanzaba cada vez más. Si bien uno lo iba a ver y compartía momentos con él, no había un ida y vuelta, no había el poder compartir algo, una charla, nada”.

“Pero lo disfruté muchísimo. Más que mi papá fue un amigo. El fútbol nos unió muchísimo. Tuve la suerte de compartir vacaciones con él en familia. Tuve la suerte de compartir un Mundial como el de Alemania 2006, que la pasamos muy lindo los dos. Fue algo que disfrutamos muchísimo. Tuve la suerte de tenerlo como técnico y que nos haya ido muy bien. Porque peleamos un campeonato con Almagro que terminó ganando Godoy Cruz, que fue el año que ascendió Godoy Cruz”, dice el ex futbolista y director técnico.

Miguel Ángel, su hermano mellizo y compinche desde siempre, me dice que se llamaban Miguelito y Tatita desde siempre. Tal el cariño que se tenían. Miguel Ángel sufrió en marzo de este año la muerte de un hijo. Ahora que se suma la de su hermano me dice: “La sigo peleando por mis otros hijos y nietos y porque amo la vida”. Y ensaya una sonrisa para sintetizar lo que era el Tata como persona: “Cuando fui el velatorio, a la sede del club, sabía que me iba a encontrar con mucha cantidad de gente, pero me quedé corto. Cuando ví la cantidad de medios de prensa y la gente que estaba en la sede me asombró, para bien, por supuesto. Y las demostraciones de afecto, de cariño, que le dieron todos. Estudiantes de La Plata como institución, los dirigentes, compañeros, ex jugadores, incluso, me enteré después, gente de Gimnasia y Esgrima La Plata, lo cual habla del tipo de persona que fue”.

Su primera esposa, Silvia Curi, madre de Juan Ignacio y de Florencia, también lo recuerda de la mejor manera. “El legado que nos deja es el de una persona humilde, trabajadora y muy muy buena gente, ante todo”. En la misma línea va Viviana Cavaliero, su actual pareja y madre de Diego, de 13 años, el tercer hijo del Tata. “Todo este afecto que le da la gente hoy es lo que su papá era, no futbolísticamente, sino humanamente. Era un gran tipo. Fue un excelente profesional que dejó la vida en cada partido. Se esforzó para llegar a donde llegó y la vida lo premió con ese gol en la final del Mundo y con haber sido campeón con Argentina. Pero él era mucho más campeón como persona que como futbolista”. No lo puede resumir mejor.

LA APASIONANTE HISTORIA DE LAS MARCAS DEPORTIVAS

LA APASIONANTE HISTORIA DE LAS MARCAS DEPORTIVAS

Por Alejandro Duchini. Apenas el fútbol y muy pocos otros deportes contaban, a fines del siglo XIX, con calzado deportivo propio. Las botas de fútbol que se fabricaron en Inglaterra hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial eran de cuero rígido y pesado. Cada una pesaba medio kilo. Eran incómodas y de caña alta para proteger los tobillos. Estaban reforzadas con acero en la punta. Pesadisimas, si llovía era insoportable moverse con ellas. Después les agregaron tapones de metal. Recién a comienzos del siglo XX, cuando el fútbol ya era más popular, irrumpieron nuevas marcas, más competencias y mejores modelos. La anécdota la cuenta detalladamente el periodista e investigador en marcas deportivas Eugenio Palópoli en su libro “Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas” (editorial Blatt & Ríos). Un libro que sirve para conocer cómo se crearon Adidas y Nike, cómo hizo Puma para salir de la bancarrota y colocarse en la actualidad en la tercera marca deportiva mayormente elegida y de qué manera otras empresas cuidan con recelo (y buenos modelos) su lugar en el mercado mundial.

Pero no es sólo eso. Palópoli detalla qué hubo detrás de éstas marcas: el odio entre los hermanos alemanes Adolf y Rudolf Dassler los llevó a crear Adidas y Puma. Nike era apenas una distribuidora de un calzado japonés antes de convertirse en la multinacional que conocemos: sus directivos tomaban cada decisión en medio de fiestas con borracheras que asemejaban más la adolescencia que la adultez. A Le Coq Sportif la crearon para engañar a familiares. La FIFA fue fundamental para el crecimiento de Adidas y los deportistas de la NBA con mayor proyección fueron la gran y millonaria apuesta de Nike para ganarse el máximo lugar en el mercado.

-Empecé con un blog que se llama arteysport.com hace como diez años, como hobbie. Junté información sobre cosas que me llamaban la atención desde chico y cuando me quise dar cuenta tenía un montón de historias.

Así cuenta Palópoli el surgimiento de lo que sería el libro de 400 páginas que se lee como una novela.

-¿Qué te llevó a investigar y escribir sobre las marcas deportivas?

-Me gustaba el fútbol. Me llamaban la atención la indumentaria, los jugadores. Encontré información e historias sueltas que publicaba sin mayor repercusión. Hasta que descubrí que se publicaban libros en otros países sobre estos temas. Me di cuenta de que tenía cada vez más información que no había en castellano. Cuando junté todo el material empecé a escribir el libro.

-¿Cuál fue la historia, detrás de las marcas deportivas, que más te llamó la atención?

-La de los hermanos Dassler. Había alrededor de ellos información desconocida. Empezaron juntos, se pelearon, crearon Adidas y Puma. Se la pasaron compitiendo. Creo que es una historia muy interesante que sintetiza todo.

-Alrededor de cada marca deportiva hay una historia. ¿Sentís que tenés una potencial novela, además de un libro de información?

-La de los hermanos Dassler sistematiza las leyendas urbanas sobre las dos marcas. En ese caso puntual, quise saber qué de todo lo que se decía y dice de ellos era cierto y qué es fantasía. Su historia es apasionante porque además había un contexto histórico. Esa historia se hizo luego más conocida. Incluso hay una serie en Alemania sobre la familia. Y creo que otra en Estados Unidos. En ese punto coincido en tu pregunta.

-¿En dónde encontraste un punto máximo de asombro?

-En la historia de los fundadores de Nike. Me sorprendió que su origen haya sido muy humilde. Hoy Oregón es una zona más en boga, más a la altura de las ciudades avanzadas. Pero en esos 60 o 70 era un lugar curioso, sin relevancia económica ni cultural. La empresa empieza como importadora y después como marca propia. Y Phil Knight lideró a un grupo de personas muy particular. Casi todos de la Universidad de Oregón. Hoy Nike es muy poderosa, pero debieron atravesar mucho para ser lo que son. Era una empresa que siempre estuvo al borde del precipicio. Recién en los 80 se transforma, cotiza en bolsa. Surgió como un proyecto de loquitos universitarios, excéntricos, que tienen sus crisis, sus problemas. Pero una vez que se instala, Nike no suelta más el número uno.

-Otro caso llamativo.

-Que hoy se llama cultura corporativa, donde hay excentricidades, gente muy rústica, si se quiere. En su mayoría abogados y contadores, pero de lugares marginales, como Portland, en Oregón. Un costado tal vez salvaje, con gente dispuesta a sacrificar todo por su sueño. Alguno hasta murió de un ataque al corazón de cómo vivía. Se laburaban todo. Eran como una especie de cruzados, una especie de secta. Todo por alcanzar a Adidas.

-Y lo que era una marca deportiva se transformó en símbolo cultural.

-Más hacia la actualidad puede ser que ese espíritu de Nike sea como una fuerza contracultural, de rebeldía. Eso viene del fondo de esa historia. Nike propone contratos muy caros a deportistas, algo que no se hacía. Casi que pone la marca al servicio del deportista. Un caso es el de Michael Jordan. Eran contratos polémicos. Pero a la larga fueron un salvavidas.

-¿Qué fue más importante en el crecimiento de la industria del deporte? ¿Las marcas o la actividad en sí?

-Es difícil determinar eso. Hay como una interacción. Hoy se vuelve a discutir el rol de la marca. El caso de Colin Kaepernick es un ejemplo. Nike lo tomó como emblema. Son combos sociales y culturales que hay en Estados Unidos. El empoderamiento femenino es un ejemplo: en los 90 Nike tuvo que pensar en productos para mujeres. Esto que hay ahora demuestra que siempre se produce un ida y vuelta. Creo que las empresas tuvieron más peso para imponer sus necesidades en el mercado. También lo hizo Adidas. Cuando Dassler se relaciona con la FIFA, Adidas demuestra que tiene influencia en el mundo del deporte y, sobre todo, en el del fútbol. Las marcas parecían tener mayor peso para imponerse. Hoy me da la impresión de que con la pérdida de influencia por parte de los grandes medios y la aparición de las redes sociales debieron aprender a dialogar con la sociedad y manejarse de otra manera: no imponer tanto sino responder a las necesidades de la gente.

-¿Innovar constantemente?

-Hoy la innovación de las marcas no tiene sólo auge en lo deportivo, sino más en la moda. Casi que se volvieron productos de diseño. Incuso trabajan con diseñadores de moda importantes. Se hace más énfasis en el mercado informal que en el deportivo.

-Esto me recuerda a la transformación de Puma.

-Claro. A mediados de los 90 Puma estaba muerta. Su situación financiera era malísima. Los bancos que se quedaron con la marca no sabía qué hacer. Y empieza a repuntar a mediados de los 90. Sin figuras deportivas pero con un espíritu cultural algo indie. Puma fue para ese lado. Aunque tarde, salió a buscar equipos de fútbol porque se dio cuenta de que descuidó ese costado. Empezó con el Arsenal inglés y recuperó protagonismo. Las marcas tienen sus altibajos, sus crisis internas.

-Otro caso emblemático es el de Asics.

-Es una marca japonesa con una cultura muy distinta. Es una marca que nunca tuvo ambición de ser la número uno, como quisieron Adidas o Nike. Asics más bien tuvo un estilo más enfocado en lo técnico. Incluso hoy, siendo sociedad anónima, se enfoca en productos que suelen apreciar los especialistas. Tiene, por ejemplo, una muy buena reputación en running. Progresó con menos altibajos, pero se limita en cuanto a que a veces le cuesta entrar en nuevos mercados. No pudo entrar en el fútbol, por ejemplo, pero sí en el rugby, donde auspicia a equipos importantes. Pero parecen iniciativas más aisladas que persistentes.

-¿El mercado argentino de qué lado está?

-Al menos en Argentina siempre me dio la impresión de que Adidas tenía una imagen muy buena. Sobre todo porque llegó al país pronto: la trajo Gatic en 1971 o 1972. O sea, hace mucho. Y Gatic fue la que revolucionó al mercado argentino de los deportes: Adidas estuvo en casi todas las disciplinas. Y prácticamente en todas las disciplinas olímpicas. Para mi generación Adidas era un producto de calidad superior. Tal vez lo mismo ocurrió con Le Coq, que en su momento trajo Gatic y que se relaciona con buenos recuerdos por la Selección del 86, que fue campeona mundial con Maradona. Después Nike genera una buena imagen a nivel social: la del renegado. Cada marca con su estilo atrae por igual. Se puede preferir a una u otra de acuerdo a las necesidades personales.

-También hay lados oscuros, como los vínculos de Adidas con la FIFA o el Comité Olímpico Internacional.

-Son cuestiones que van más con los negocios modernos. Esas historias ocultas no trascienden tanto. Pero existen.

-¿Cuál es tu marca deportiva preferida?

-No tengo una preferida. Uso de todo. Pero cuando se trata de usar algo busco lo mejor. Salgo a correr y juego al fútbol una vez por semana. En calzado, debido a la sensibilidad del pie, busco lo que me hace sentir cómodo. Hoy elijo New Balance. En cuanto al fútbol me gustan las camisetas más allá de las marcas: tengo una colección de ellas.

-¿Qué vuelve interesante este tipo de historias?

-En primer lugar, que sean historias de gente común, de familias con proyectos, conflictos, quilombos. Y que dejaron un legado. Además, son al mismo tiempo la historia del deporte: los Juegos Olímpicos del 36, el deporte moderno, con sus grandísimos eventos. Es al mismo tiempo la historia de productos que usamos todo el tiempo para practicar deportes o para vestirnos informalmente. Es la historia de las cosas que usamos y de las que no solemos tener bien en claro de dónde salen.

LA HISTORIA DE UN LIBRO ESCRITO CON LA CAMISETA

LA HISTORIA DE UN LIBRO ESCRITO CON LA CAMISETA

Por Alejandro Duchini. La final de nuestras vidas, de Andrés Burgo, es un libro escrito en caliente: semanas antes de la definición de la Copa Libertadores 2018 entre River y Boca, la editorial Planeta le propuso a dos periodistas-escritores contar el antes, el durante y el después de la final. Juan José Becerra por el lado de Boca, Andrés Burgo por el de River. Sólo después de la revancha se sabría cuál afrontaría los casi 200 mil caracteres de texto en tiempo urgente. Ganó River, le tocó escribir a Burgo.

“El que ganaba escribía el libro”, me dice Burgo a escasas horas de que La final de nuestras vidas esté disponible en papel y electrónico. El superclásico copero mantuvo en vilo al país por distintos motivos. Una lluvia postergó la primera final, en La Bombonera, por 24 horas (2 a 2 el resultado). Para la revancha, el ataque nunca aclarado al micro con los jugadores de Boca, a pocas cuadras del Monumental, llevó a la suspensión para el día siguiente, cuando se volvió a postergar ya con el público en la cancha. Días después se resolvió que el escenario sería el Santiago Bernabéu. Los presidentes de Boca, Daniel Angelici, y de River, Rodolfo D’Onofrio, se terminaron peleando. El presidente de la Nación, Mauricio Macri, intervino al afirmar que ambos encuentros se jugarían con hinchas visitantes para mostrar al mundo de lo que somos capaces los argentinos. “Vamos a hacer que esta final tenga todos los condimentos que tuvieron otras finales en otro momento de la Argentina”, anunció. Y agregó: “Esta oportunidad histórica la tenemos que inmortalizar con un espectáculo completo y completo es que haya hinchada visitante”.

Nada de eso fue posible. La final de nuestras vidas (o la de los hinchas de River y Boca) la disfrutaron en la cancha los españoles y la miramos por televisión los argentinos. Salvo, claro, aquellos que viajaron a Madrid. Entre ellos, Burgo. 

“Al principio dudé porque había que entregar el libro diez días después de la final. Me preguntaba qué podía contar. Era difícil. Pero después me dije que sí, que era la gran final de mi vida. Y eso que en un momento decía lo mismo que la mayoría: que no había que sumarse al circo de llevarla a otro país. Pero el miércoles previo al partido en el Bernabéu entendí que quería estar, que tal vez nunca iba a vivir algo así. El jueves decidí viajar a España, llegué el domingo a las 7 de la mañana a Barcelona, de ahí me fui a Madrid y llegué como a las 13.30. Conseguí una entrada y fui como hincha, no como periodista. En todo caso fui como posible autor de un libro, si ganaba River”, cuenta Burgo.

También define que “es una crónica visceral de 40 días que fueron un delirio. De hecho, en un capítulo cuento desde las intervenciones de Macri a las de la comunidad judía para que no se juegue. También apelo a la primera persona. Porque soy hincha y ser hincha de un equipo de fútbol es un poco reconocer los miedos: estábamos todos aterrados. Para los de River, perder ese partido era un jaque mate. Si nos daban la vuelta olímpica en nuestra cancha… de ésa no volvíamos. River no volvía de eso”.

En La final de nuestras vidas, Burgo cuenta además la historia de las primeras rivalidades entre los hinchas, cuando convivían en el barrio de La Boca. Hurga en recortes de archivo y llega a los últimos tiempos, cuando sucedió aquello del gas pimienta “que marcó un quiebre en la relación entre River y Boca y que recrudeció mucho con los quilombos de Avenida del Libertador y Quinteros”, opina. Pero sobre todo, el libro es una crónica de cuarenta días que mantuvieron en vilo no sólo al ambiente futbolero sino al país en general: “En un momento era tal el caos que creo que la Argentina entera cabía en el partido”, sonríe.

Si se le pregunta acerca de si recomienda la lectura a los de Boca responde: “Por decoro no se la recomendaría. Les va a doler. La herida está abierta. Porque en ningún momento traté de ser binario”. Y refiere a su libro anterior, Ser de River, en el que cuenta su dolor al acompañar al equipo de sus amores por su periplo en el descenso. “Entonces lo leyeron hinchas de otros clubes: daba igual que seas o no de River. Pero en este caso, no lo sé. Ser de River era un abrazo en medio del dolor. Este es una cerveza de verano. De momento, un hincha de Huracán me dijo que La final de nuestras vidas le gustó. Pero la verdad es que no sé si es sólo para los de River”.

Para Burgo, el hincha de River aún “está en el cielo” porque la Libertadores ante Boca “es más de lo imaginado. Así como nos cargan por el descenso, ganarle la Copa al clásico rival es la estratósfera de la felicidad. Sabíamos que River era nuestra felicidad diaria, pero no sabíamos que nos podía hacer tan felices. No sabía que el fútbol te podía hacer tan feliz”.

Su amor riverplatense le impidió a Burgo disfrutar de los últimos minutos de la final. Recuerda: “Al momento del tercer gol quedé medio en blanco. Por eso el libro empieza recordando los minutos que pasan entre el gol de Juan Fernando Quintero y el de Pity Martínez. En un momento dejé de ver el partido. Cuando terminó le pregunté a un amigo un par de cosas porque estaba perdido. Por ejemplo, la del palo no la ví. Me la contó un flaco. Yo me agachaba para no ver. En ese tiro en el palo tuvimos la suerte del campeón”.

El nervio acumulado lo llevó a la confirmación íntima de que, además de tener que volver a Buenos Aires a escribir con las urgencias del periodismo, ya tenía el título: “Cuando terminó el partido pensé que tenía que ser ése: La final de nuestras vidas. Porque sí, fue la final de mi vida”.

¿Cómo queda ahora la cosa con las cargadas de la B por parte de los hinchas de Boca?, le pregunta este diario a Burgo. Y contesta: “¿La cargada por la B? Esto es un retruco. Ellos dirán una; nosotros, otra. Ahora lo que queda es la eterna discusión de qué es peor. Evidentemente acá hay para responder: el partido que tenía que ganar, te lo gané”.