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PABLO ESCOBAR

PABLO ESCOBAR

Por Alejandro Duchini.

“Te lo resumo en una frase: a mi padre no le interesaban los negocios lícitos. No le parecían rentables. No se involucró en el fútbol nunca. Jamás fue un hombre de empresas. Nunca compró un jugador para lavar dinero. A él le gustaba su plata sucia y así de sucia y manchada de sangre todo el mundo era feliz recibiendo”, me contesta Sebastián Marroquín, el hijo del narco colombiano Pablo Escobar Gaviria, cuando le pregunto sobre su padre y el fútbol. Antes se llamaba Juan Pablo Escobar, pero desde que se vino a vivir a la Argentina junto a su madre y su hermana, a mediados de los 90, se cambiaron los nombres. Por eso ahora es Sebastián Marroquín. Nos juntamos a conversar en el bar Conde, en Colegiales. Me espera sentado a la mesa que da a la esquina, con la ventana abierta de par en par. En la Colombia de los 80 o 90 era impensado para él estar así de expuesto en un bar. Hubiese terminado acribillado. Tiene una botella de Coca Cola y luce, como en cada una de las muchas presentaciones televisivas que hizo en estos días, una chomba negra. Con nosotros está Cecilia Pintos, su asesora de prena, en representación de la editorial Planeta, que acaba de publicar su segundo libro, Pablo Escobar -In fraganti. Se basa en recuerdos de enemigos y allegados a su papá. El primer título, en cambio, que data de 2015, es una biografía: Pablo Escobar – Mi padre.

Algo de lo que cuenta Marroquín se lee en Mi padre: “En los primeros días de agosto de 1983 el presidente Betancur produjo el primer remezón ministerial de su gobierno. Designó a Rodrigo Lara Bonilla como ministro de Justicia. (…) Los primeros anuncios del brioso funcionario estuvieron dirigidos contra los carteles de la droga y específicamente contra mi padre y otros pocos narcos, pero nunca mencionó que Medellín era cuna de una gran cantidad de mafiosos con enorme poder económico. También señaló que el fútbol había sido infiltrado por los dineros calientes del narcotráfico”.

“Era fanático del fútbol, hincha del Independiente de Medellín y no del Nacional, como dice Netflix, que no lo conoció y yo sí, lo que te da la pauta de cuán seria es la serie”, me agrega, con una tranquilidad que no esconde reticencia hacias las películas que se vienen haciendo sobre la figura de su padre en los últimos años. “Me molesta que se inculque a los jóvenes la sensación de que Pablo Escobar es un antihéroe y por lo tanto es un héroe. No está bueno. No me opongo a que se cuenten las historias sino a que las cuenten modificadas, creando una epidemia de jóvenes dispuestos a ser narcos como no pasó nunca. Jóvenes que ven Narcos 1 y 2 y se creen unos ninjas”, se justifica.

En los dos libros, Marroquín escribe sobre la pasión de su padre por el fútbol. Y también por los aviones ultralivianos y las carreras de autos: “En medio del desparpajo por la novedad de participar en una carrera de carros, a mi padre se le ocurrió un chiste: que la Copa Renault debía llamarse Coca Renault. Y no le faltaba razón, porque ese año, además de él y Gustavo, también participaron otros narcos de Medellín y Cali”. Escobar afianzó vínculos con el automovilismo. Hay una anécdota que refiere a Ricardo ‘Cuchilla’ Londoño, el primer colombiano en competir en la Fórmula 1. “Tiempo después sería el encargado de satisfacer los caprichos de mi padre a través de una empresa de importaciones y exportaciones que montó en Miami”.

El fútbol le sirvió a Pablo Escobar como forma literal de escape. Preso en Yarumito, “se escapó durante un partido de fútbol con la complicidad de algunos jugadores, a quienes les pidió que patearan cada vez más fuerte y lejos el balón para ir por él”.

Las motos eran de gran interés para los Escobar. Su hijo recuerda en Mi padre que en la emblemática hacienda Nápoles, una suerte de ciudad familiar en la que había hasta un zoológico, se construyó la pista de motocross más grande de América Latina. Incluía estación gasolinera y taller mecánico. Sebastián Marroquín cuenta que al cumplir los 11 años “ya tenía una colección de cerca de treinta motos de alta velocidad, así como motocrós, triciclos, cuatrimotos, carts y buggies de las mejores marcas”. Y por si no alcanzara, “también treinta motos de agua”.

La inauguración de canchas de fútbol fueron una herramienta social. Pero los lujos de Escobar trascendieron las fronteras colombianas. Una de esas veces fue cuando un séquito numeroso viajó a Río de Janeiro. “Como no había límite en el gasto y la consigna era regresar sin un solo dólar de los 100.000 que había llevado cada uno alquilaron seis automóviles Rolls Royce que había en la ciudad y no tuvieron pudor alguno en ir al estadio Maracaná y entrar en los vehículos hasta la gramilla por el túnel por donde ingresan los futbolista. Ese día jugaban Fluminense y Flamengo por el torneo local. Al día siguiente un diario local publicó una reseña en página interior sobre la visita de una delegación de políticos y prestantes empresarios de Colombia que viajaron a conocer Brasil. Fue en ese viaje que mi padre trajo ilegalmente una hermosa y costosa lora hora azul para la Hacienda Nápoles”.

Pero tal vez lo más interesante para los futboleros sea la anécdota que Marroquín cuenta en el primer libro: “En La Catedral estaba en construcción una cancha de fútbol que como todas las obras del lugar eran financiadas por mi padre. Allí invirtió una fortuna, pues el sistema de drenaje debía garantizar la absorción del agua y evitar que el terreno de juego se llenara de charcos. Tampoco podía faltar la iluminación, tan potente que se veía a lo lejos desde buena parte de la ciudad. Una vez estuvo listo el escenario deportivo, mi padre organizó intensos partidos con invitados especiales que llegaban desde Medellín. El arquero René Higuita, los jugadores Luis Alfonso, el Bendito Fajardo, Leonel Álvarez, Víctor Hugo Aristizábal, Faustino Asprilla y el director técnico Francisco Maturana subieron algunas veces a jugar partidos de fútbol. En uno de esos encuentros me llamó la atención la agresividad de Lionel contra mi papá; le entraba más duro que a cualquiera pero él no decía nada. Sin duda era un jugador muy valiente. Hasta que Mugre (sicario y guardaespaldas de Escobar) lo llamó al lado de la cancha y le dijo: ‘cáigale más suave patrón, pues ese man no dice nada pero ya lo está mirando feo’. No está demás decir que los partidos de fútbol en La Catedral sólo terminaban cuando hubiese ganado el equipo en el que jugaba mi papá. Los encuentros podían durar hasta tres horas y con tal de ganar mi papá no tenía problema alguno en pasar a su equipo a los mejores jugadores contrarios. Y aunque había árbitro, vestido de riguroso negro, la duración del partido dependía de que el equipo de mi papá fuera delante en el marcador. Siempre se ha especulado con que mi padre fue dueño de equipos del fútbol colombiano como Medellín, Atlético Nacional, Envigado e incluso de algunos jugadores. Nada de lo anterior es cierto. El fútbol siempre fue una de sus pasiones, pero nunca le interesó meterse de dirigente o empresario”.

Para Pablo Escobar, la práctica de actividades deportivas era esencial. En una carta a su hijo fechada el 30 de junio de 1990 le recomienda: “Si te dedicas a practicar algún  deporte, podrás encontrar el lugar donde se oculta la felicidad”.

Sebastíán Marroquín ya no tiene tantas motos ni lujos. Escribe libros en los que  denuncia la complicidad de la DEA y la CIA con su padre. No lo justifica, lo sabe un asesino y dice que lo extraña “como cualquier hijo extrañaría a su padre”. Porque por más paradójico que resulte, en el interior de su hogar Pablo Escobar le daba todo el amor del mundo, recuerda, en contraposición con la violencia que ejercía puertas hacia afuera. Ya no tiene vínculos con aquel pasado, dice (aunque vuelve, aunque sea a través de la escritura). Repasa su crianza y los valores que le dieron los sicarios que le hicieron de niñera. Asegura que su papá se suicidó para que no lo apresen: “Él, antes muerto que preso. Se pegó un tiro del lado derecho, donde me dijo que se iba a disparar si alguna vez se encontraba sin salida”. Retomamos el tema futbolero: “Siempre estaba en contra del viejo y por eso era del Nacional. Lo sigo siendo. Me gusta el fútbol, pero sólo cada cuatro años”. Y me sonríe.

A VEINTE AÑOS DE LA MUERTE DE FABIÁN POLOSECKI

A VEINTE AÑOS DE LA MUERTE DE FABIÁN POLOSECKI

Por Alejandro Duchini

“El pasado no es algo terminado sino en permanente construcción, e intentamos hacer que responda a nuestras necesidades del presente”, escribe Pablo De Santis en el prólogo de “Polo – El Buscador. Vida y obra del periodista Fabián Polosecki”. Es el libro que Hugo Montero e Ignacio Portela escribieron -y publicaron a través de editorial Sudestada- sobre quien cambió la forma de hacer televisión a través de los programas “El otro lado” y “El visitante”. Fue publicado en 2010 pero no pierde vigencia. Lo leo y hablo con sus autores porque este sábado 3 de diciembre se cumplen 20 años de su muerte. Muchos, supongo, saben que Polo se suicidó. Se arrojó a las vías de un tren. Sobre el tema se explayan en este trabajo que recomiendo de principio a fin. Primero, porque es muy informativo sobre el personaje. Segundo, porque nunca cae en golpes bajos. Y tercero porque lo aceitaron muy bien, apelando a la memoria de quienes lo conocieron. Entre ellos, su mamá Aida, su hermano mayor Claudio y el mismo Pablo De Santis, que era su guionista. También sorprende -gratamente- la aparición de Tomás Abraham, quien elogia el trabajo de Polo. Hay más testimonios. Ninguno sobra. El objetivo de los autores, cuentan en las primeras páginas, no era armar una biografía “definitiva” ni hacer “enfoques ensayísticos sobre su obra”. “Lo que dominó a esta investigación desde el principio es la necesidad de saldar una vieja cuenta pendiente con un pibe llamado Fabián Polosecki, a quien le debemos como periodistas algo más que este proyecto”, escriben.

A continuación, mi entrevista a los autores de “Polo – el buscador” (hay también un documental muy bueno, “En la vereda de la sombra”).

-Hay un momento que me encantó del libro: es cuando habla Tomás Abraham. Ustedes le preguntan por qué se sigue recordando a Polo. ¿Por qué creen ustedes que se lo sigue recordando?

-(Hugo Montero) Te podemos contar por qué nosotros lo seguimos recordando… Elegimos escribir sobre la vida y la obra de Polo a partir de la influencia que tuvo para nosotros su trabajo. De alguna manera, elegimos la carrera de Periodismo por la impronta de Polo, por ser espectadores de su programa televisivo a una edad en la que se toman decisiones determinantes con respecto al oficio que uno quiere transitar en el futuro. Teníamos 16, 17 años. Así que, de algún modo, Polo fue el responsable directo para que sigamos el camino del Periodismo. Sus mundos cotidianos, su estilo como entrevistador, su carisma como periodista, sus personajes interesantes y urbanos, fueron los disparadores de nuestro interés por su trabajo en “El otro lado” primero y en “El visitante” después.

-(Ignacio Portela) Es cierto que hay otros elementos, más allá de su talento y creatividad, que lo vuelven un personaje interesante, como la muerte joven o la serie de mitos infundados que se construyeron a su alrededor. Pero cualquier observador atento que haya visto algún programa de Polo, de inmediato te puede mencionar que las particularidades del tipo eran bastante singulares, nada comunes en el mundo del periodismo televisivo. Polo es recordado, me animo a afirmar ahora, porque fue de los pocos que puso al otro, al entrevistado, en primer lugar.

-¿Cómo imaginan que trabajaría Polo en la televisión actual? ¿Se podría adaptar?

-(IP) Creo que sí… Si pudo trabajar en ATC en tiempos de Gerardo Sofovich y el corte de la manzana, está claro que podría trabajar ahora con ideas nuevas y un formato más modernizado. Aparte, hoy en televisión no existe nada parecido y, más allá de los vulgares plagios que pretendieron usufructuar algunos de sus hallazgos, y me refiero a engendros como los programas de Gastón Pauls, Juan Castro, “La Liga” o ahora ese amarillista “Lado B” de Martín Ciccioli en TN, nadie se anima a correrse del lugar protagónico y buscar en universos cotidianos la presencia de lo extraordinario. Ese ejercicio, desde que se fue Polo, está ausente de la tele.

libro-polosecki-¿Le daría, la televisión actual, un lugar a su formato?

-(HM) La verdad, ni idea, no es un mundo que conozcamos en profundidad, más allá de nuestro rol como televidentes. Pero creo que si un tipo creativo y talentoso como era Polo no tiene lugar en determinado formato por las razones técnicas que sean, el problema es, definitivamente, del formato.

-¿Cuales fueron los testimonios del libro que a su criterio mejor describieron a Polo?

-(HM) Muchos, la verdad. El testimonio de su mamá Aída, porque quizá sea la persona que mejor lo conoció. Pero también el cariño que se dejaba traslucir a lo largo de todas las notas con sus amigos y compañeros de militancia y de colegio. Ahora me acuerdo en particular el de Claudio Beiza, el camarógrafo del ciclo, que de algún modo fue el Sancho Panza de las quijotadas de Polo, el que lo seguía a todos lados e intentaba anticiparse a esos momentos de quiebre en los que Polo se conectaba con el entrevistado y ya no importaba más nada: dice Rubén Viñoles, otros de sus productores, que esos momentos concretos durante la entrevista, ese momento puntual en que el otro se abre, se rompe la cáscara de lo superficial y te cuenta algo verdadero, algo emotivo, algo profundo, era como ver a Maradona pararse antes de patear un tiro libre. Ese pálpito sentían los que conocían a Polo.

-¿Qué es lo más fuerte o lo que más los marcó de esta investigación?

-(IP) Creo que encontrarnos con la vida de un tipo luminoso, sociable en extremo, siempre lleno de proyectos y de vínculos entrañables… Nada que ver con el personaje oscuro que se dibujó desde cierta prensa o desde el mito que se fue construyendo a su alrededor a raíz de su muerte trágica. Después nos topamos con un flaco muy creativo, que supo aprovechar el resquicio que se le abría en televisión para experimentar: como en un puchero, juntó ingredientes de todos los mundos que a él y a su equipo de trabajo le apasionaban: la novela policial, el cine de autor, la literatura fantástica, la historieta, la crónica urbana y la historia de vida, la entrevista como herramienta, todo eso a partir de sus amigos… Todo eso mezclado en un programa de televisión.  Y después nos topamos con un sinnúmero de amigos y conocidos que se sumaron entusiasmados a volcar sus recuerdos sobre Polo, aún que hubieran compartido con él poco tiempo. Desde quien fue su compañero de banco en el primer día de primer grado del colegio, como Adrián Korol, pasando por sus compañeros de militancia de su paso en la Fede o compañeros de trabajo en el periodismo gráfico, o personajes de la calle que lo recordaban de un modo entrañable, como Pocho La Pantera, por ejemplo.

-¿Que les dice sobre Polo la gente más joven, la que casi no vio sus programas o que sólo pueden verlos hoy en la web, veinte años después?

-(IP) Nosotros, desde la salida del libro, hacemos el ejercicio de presentaron donde nos invitan y siempre pasamos uno o dos programas del ciclo. El impacto entre los pibes jóvenes sigue siendo llamativo: los primeros 7-8 minutos se los nota dispersos, como no habituados a un ritmo televisivo pausado y casi poético en algún punto: estamos hablando de un programa de hace más de 20 años, lo que en televisión es un siglo. Pero después, apenas surgen los personajes y se van metiendo en sus historias, Polo los engancha. Sucede siempre, nunca falla. Hay ciertos programas estratégicos para nosotros, claro, sabemos que generan un impacto fuerte porque son historias profundas, divertidas y emotivas, pero el efecto sigue marcando a los pibes jóvenes, que vienen con otra cultura televisiva encima. Es muy interesante el fenómeno,

-¿Cosas que destaquen de Polo o que lo hayan hecho un tipo especial en lo suyo?

-(HM) Para nosotros, Polo es una referencia del estilo de periodismo que defendemos: donde el protagonista siempre es el otro y nunca el cronista, donde los temas abordados tienen un perfil poético y literario, donde los personajes son respetados en su intimidad y cuidados a partir de preguntas que apuntan a la curiosidad y a generar un clima, una atmósfera. Esa textura que lograba Polo con sus entrevistados nos parece de lo más transgresor del periodismo televisivo argentino de los últimos treinta años: en tiempos de cámara oculta, de burlarse del otro, del diferente, con el recurso del porteño piola de la cámara oculta, como Tinelli, Pergolini y otros nefastos, en momentos en que el plagio y la copia se multiplicaba en diversos formatos y se imponía como moda la estética del video clip y de lo efímero, los programas de Polo eran todo lo contrario: un remanso de charla con personajes de la calle, vendedores ambulantes, payasos de circo, matarifes de un matadero, gente con una historia para contar. Eran eso: conversaciones con gente con la que convivimos todos los días. Y Polo era un especialista en seguir esas pistas que el entrevistado va sembrando por el camino…

IVÁN NOBLE: ROCK, FÚTBOL Y BOMBONERA

IVÁN NOBLE: ROCK, FÚTBOL Y BOMBONERA

Por Alejandro Duchini.

La presente entrevista fue publicada en la revista El Gráfico de este mes, que se puede conseguir en los kioscos. Acá, va otra forma de leerla.

“Anoche era un empate clavado / de los que se definen por brindis”, canta Iván Noble en su tema Donde gustes y cuando quieras. O también, como en su último disco, Perdido por perdido: “La muerte patea / fuerte y al medio”, en Fuerte y al medio. Las letras de sus canciones suelen tener imágenes futboleras. Estos son apenas dos ejemplos en los que el músico -ex Caballeros de la Quema- apeló en sus composiciones al fútbol, una de sus pasiones. Pasión pintada con los colores de Boca, del que es hincha desde los tiempos en que jugaba a la pelota en la calle de su barrio de infancia, en Ituzaingó, en el oeste del conurbano bonaerense. Hoy sigue dando rienda suelta a ese gusto, ya sea en La Bombonera, cuando va con su hijo, o cuando sigue los partidos “con el 55 pulgadas y comiendo facturas”, como le dice a esta revista durante la extensa entrevista que sigue.

-¿Por qué sos hincha de Boca?

-Mi viejo no era futbolero, así que no fue por mandato familiar. Se dio porque delante de mi casa, en Ituzaingó, vivía una familia con un hijo de cuatro o cinco años más que yo. Diferencia que ahora no es nada, pero en esa época parecía una eternidad. Con ese chico, Eduardito, jugaba al fútbol en la calle. Él me hizo de Boca. Sin embargo, mi papá trataba de ser generoso y de vez en cuando me llevaba a la cancha. A veces a la de Vélez y otras a la de Ferro, que eran las que quedan de paso yendo con el tren Sarmiento. De hecho, mi primera vez en una cancha fue en la de Ferro. Un partido entre Ferro y no sé quién. Pero la primera vez que fui a La Bombonera me llevaron mi amigo Germán y su papá, que también eran de Boca. En ese entonces tendría unos diez años. Íbamos a la platea alta. Eran los tiempos del equipo del Toto Lorenzo: 76, 77 y 78. Luego llegaron los tiempos de la adolescencia, de ir con amigos del colegio. Pero no era buena época de Boca: los años 84, 85. Y de adulto también fui, aunque no tan asiduamente. En la época de Bianchi fui bastante. Después iba con El Zorrito (Von Quintiero), amigo y colega, con quien sigo yendo. Ir a la cancha era una experiencia casi inconcebible. Hoy, por el contrario, el fútbol tiene una presencia cotidiana enorme. Pasás por un televisor y siempre hay fútbol. Antes había sólo dos campeonatos por año y había que esperar a los lunes para ver los goles. O más en los años 80 el programa Todos los goles, el domingo a la noche, siendo yo más adolescente, con Dante Zavatarelli, el del moñito. Mi oficio hace que muchos fines de semana esté afuera, así que cuando estoy en casa me cuesta ir desde Benavídez, donde vivo, hasta La Boca. Hoy me gusta mucho ir con Benito, mi hijo, que es futbolero. Sobre todo a los partidos de Copa, que se juegan de noche. A esta edad, mi vínculo emotivo con el fútbol sigue siendo con mi infancia o con mi hijo.

-¿Se disfruta más ir a la cancha con un hijo?

-Compartir el fútbol con mi hijo… Hay un nudo que cualquier psicólogo intentaría desatar. No le reclamo ni en pedo a mi viejo que no le haya gustado, pero trato de ir con mi hijo, que le guste. Claro que me hubiera gustado también compartir con mi papá. Cuando voy con mi hijo lo miro más a él que al partido. Es más conmovedor ver sus primeras reacciones en la cancha que el partido en sí. La primera vez que lo llevé fue en la época de Falcioni. Fuimos a un palco, como invitados. Era también mi primera vez en el palco. Desde ahí, fuimos varias veces. Vimos la vuelta olímpica contra Tigre. O sea, ya vi una vuelta olímpica con mi hijo en una cancha. También la final contra el Corinthians (Libertadores, 2012). Hoy en día lo que más me gusta es ir con él. Si es por mí, a esta altura, con 48 años y sobreadaptado a las comodidades burguesas del HD, veo los partidos en casa tomando mate y comiendo facturas en un 55 pulgadas. Ya no me sale un domingo arrancar a las 12 del mediodía desde Benavídez a la cancha. Pero la Copa es otra cosa, tiene algo especial.

-Si te digo “Boca”, ¿cuál es la primera formación que recordás?

-La del Toto Lorenzo. Esas cosas quedan incrustadas en la memoria de una forma particular. Se trata de mis héroes. Yo tenía los pósters de ese jugadores. Todos sentaditos. Y de aquella época, recuerdo más mis sensaciones que cómo jugaban. Me acuerdo de cosas puntuales, pero a veces desconfío de que hayan sido como las recuerdo. Por ejemplo, una Copa en la que Gatti le atajó un penal a Vanderley, que la ví en la casa de un vecino hincha de San Lorenzo. También recuerdo un Boca 1-Peñarol 0 en Montevideo, con gol de Mastrángelo. No sé cómo me quedó eso en la memoria. También el Boca 3-Borussia 0, que no se televisó. Fue un día de semana a la tarde, en invierno: yo jugaba al tenis y me escapaba para escucharlo por radio en el club. Nunca olvido el gol de Suñé a River en un final, una noche en la que mis viejos me dejaron solo en casa. !Te lo juro! Me acuerdo de todo eso. Si me preguntás por el Boca del 94, lo recuerdo pero más confusamente. Los momentos más fuertes son mi primer Boca -el de Lorenzo- y el de Bianchi, por motivos obvios…

-¿Por qué recordás más los equipos que viste de chico que los de adulto?

-Tiene que ver con que el fútbol jamás vuelve a tener el peso específico que tiene en la infancia. Porque el fútbol es la infancia. Tengo una teoría con un amigo según la cual los hombres, cuando nos ponemos grandes, somos rústicos y venimos sin levantavidrios eléctrico y queremos dos o tres cosas: que no nos rompan los huevos, que nos mimen y guardar un poquito de infancia. El fútbol ahí es la metáfora perfecta: ¿qué otra cosa somos, si no chicos, a los 48 años cuando gritamos ante el televisor por una pelota que dio en el palo? Sólo un chico tiene esas actitudes. No hay explicación racional. Un tipo que a sus 48 llora por un penal es un niño. Es una pasión tan absurda, y que por suerte tenemos, que permite conservar terrenos de la infancia. Para bien y para mal.

-¿Qué se pierde aquel al que no le gusta el fútbol?

-Tuve charlas con gente a la que no le gusta. No son muchos. Creo que se pierden, y es algo políticamente incorrecto con estos tiempos, una cuestión de masculinidad y camaradería varonil, cierto código del honor, de generosidad. Que no es que se aprenden sólo en el fútbol, pero que una cancha los pone en juego todo el tiempo: no se pega de atrás, no se es ventajero, se es responsable, se es generoso, si te tiran una pared, devolvela. Por mi parte, este deporte me dio recuerdos de esos tan vívidos que no se olvidan más. El Boca 3-River 0 no lo olvido más. Esa noche, con el gol de Maradona dejando en el piso al Pato Fillol. Tampoco olvido el gol de Perotti a Ferro, en el 81. Que lo escuché en la cancha de pelota a paleta del club donde escuchaba todos los partidos. De pocas cosas tengo recuerdos tan nítidos de la infancia como del fútbol. Aquel que no le guste el fútbol tendrá, supongo, los recuerdos en otro lado, pero me parece difícil que algo tan enorme y simbólico pueda ser reemplazado fácilmente.

-¿Somos, en términos generales, cómo jugamos?

-No lo sé. Pero supongo que el egoísta difícilmente devuelva una pared o dé muchos pases goles. Supongo que el vago en la vida difícilmente sea un cinco que raspa. Aunque puede ser. Sí creo que en la cancha se ven algunos rasgos de personalidad.

-¿Qué aprendiste del fútbol?

-Dudo acerca de si el fútbol fue una gran escuela de vida. Tal vez lo sea para el que se dedicó al fútbol, como un jugador o un técnico. En ese sentido, a lo mejor sí. A mí, en todo caso, me ayudó, primero, a tener héroes en la infancia, que es el momento en que hay que tenerlos. También me dio amigos, porque los primeros equipos de juego era con ellos, es parte de la socialización. Uno tenía la familia, el colegio y el fútbol. Amaba jugar en la calle al fútbol y a los autitos en una época en que no había nada digital. Hablo de un mundo analógico en el que no existían computadoras ni ipods. El fútbol en la calle era fundamental. Lamento que mi hijo no tenga eso. Trato de llevarlo a jugar a canchas, pero no es lo mismo.

-Y cuando se venía un coche se gritaba “auto” y el partido se detenía.

-¿Ves? !Esas cosas! Ahí también se veía cómo era uno. Cuando pasaba un auto todos se quedaban en el lugar. Y posiblemente alguno se corría un poco, se ubicaba mejor, más cerca del arco contrario o de la pelota. Se jugaban ahí ciertas reglas de caballerosidad. Pero no sé si me enseñó a vivir. Sí sé que el fútbol fue parte muy importante de mi vida. Hoy me sigue gustando, pero soy más crítico y estoy desencantado…

-Se idealiza menos.

-Son otras épocas. Yo tenía el poster de Mastrángelo o Gatti y sabía que iban a estar diez años en Boca. Mi hijo, cuando le empezó a gustar el fútbol, en la época de Falcioni, tenía todas las figuritas. Al otro año, al volver al colegio, cuando salieron las nuevas figuritas y se disponía a juntarlas, todo cambió. Recuerdo su cara de conmoción cuando veía que eran otros jugadores. “¿Dónde está Silva?”, me preguntaba. Le encantaba Silva porque una vez fuimos a un evento de Boca y él lo llevó al vestuario. Orión le dio unos guantes. Eso de juntar figuritas y que enseguida el equipo cambie a nosotros no nos pasaba. ¿Cómo vas a tener héroes, entonces? Los Riquelme son los últimos  representantes del heroísmo. A Benito le tuve que reconstruir la historia de Tévez. Pero no deja de ser un relato mío. Él no lo vio jugar antes.

-Además, en los tiempos de tu infancia y adolescencia los partidos se “imaginaban” gracias a la radio.

-Cuando Boca salió campeón con Maradona, en el 81, equipo que recuerdo mucho, consigue un título después de varios años. Porque paso de verlo campeón en mi cuarto grado, en el año 77, a la secundaria. Mi papá, cuando viene Maradona a Boca, me compró una radio chiquita sólo para escuchar la campaña de Boca, que la relataba Víctor Hugo. Yo tenía 13 años en ese entonces y todos los domingos escuchaba a Boca y en la semana me encerraba a escuchar Sport 80. Hoy cuando escucho algo de fútbol me acuerdo de eso.

-¿Qué tan importante es el fútbol para vos?

-De las cosas que no son importantes, es la más importante. No sé quién dijo eso, pero lo comparto. No te modifica la vida en nada lo que pase en un partido. Pero de todos modos uno se frustra cuando su equipo pierde, por ejemplo. En esos casos me digo “tengo un hijo hermoso, un lindo trabajo…”, y trato de racionalizar la decepción.

-Pudiste ser futbolista: te fuiste a probar a Ferro.

-Recuerdo haber ido sin demasiada convicción. Éramos 50 tipos a los que nos tiraron una pechera y nos hicieron correr 15 minutos. No tengo aquello como algo glorioso. Ni chances tenía. Fui con dos amigos y nos volvimos. El sueño del futbolista lo dejé hace mucho. Porque a la vez jugaba al tenis, donde tenía mejores condiciones. Ahí sí tuve chances de ser tenista. Jugaba en Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó en torneos interclubes, torneos de menores. Una vez jugué muy bien contra River y hablaron con mi papá para ofrecerme jugar para ellos. Eso significaba ir a estudiar al Instituto de River. Como vivía en Ituzaingó y mi viejo laburaba y no me podía llevar, era muy complicado ir hasta allá por mi cuenta. Además, en ese momento influía un poco mi condición de hincha de Boca. Igual, abandoné el tenis.

-¿Tus máximos ídolos?

-Gatti y Mastrángelo. Gatti, el prototipo del héroe para la época: colorido, teatral, y además era un arquerazo. Y Mastrángelo porque yo jugaba de delantero y tenía el número 7 en la camiseta, el que me pegaba mi vieja. Recuerdo el equipo de memoria: Gatti; Pernía, Sá, Mouzo y Tarantini; Benítez, Suñé, Ribolzi; Mastrángelo, Salinas y Perotti. También Brindisi, en el Boca de Maradona. Ya de más adulto, el Mellizo Guillermo fue otro héroe. Y Román y Palermo, claro. Pero el Mellizo era mi debilidad, por pillo, por todo lo que significaba.

-¿Y el segundo Maradona en Boca qué te pareció?

-Ese año fue muy intenso. Visto a la distancia, hay muchos otros jugadores que me dieron más alegrías boquenses. También porque creo que la vuelta de Maradona a Boca fue demasiado crepuscular, a mi gusto. No tristona pero sí sin pena ni gloria. Eso empañó un poco la situación. Maradona es más símbolo de la Selección que de Boca.

-En tus canciones solés hacer citas futboleras. En tu último disco, Perdido por perdido, cantás que “la muerte patea fuerte y al medio”, por ejemplo.

-Todo el tiempo. Porque uno escribe de lo que es y cómo es. Escribo así porque suelo hablar así. Confío mucho en el habla coloquial sin sobreactuar. No hay en eso un mérito literario. Así hablo con mis amigos cuando comemos. Entonces uso ese estilo en las canciones porque suelen ser metáforas.

-Hace poco, en una columna tuya en el programa Tocala (T&C Sports) presentaste a George Best como el quinto Beatle. ¿Te gustan esas historias?

-Me gustan, y mucho. También me pasa con el boxeo, que a mi papá le gustaba mucho en la época de Monzón, Galíndez. Cuando se veían las peleas, se paraba el país. Sin saber de boxeo, me parece que es otro gran lugar que ilustra mucho la vida. me da la sensación de que es un lugar más noble que el fútbol. Más en carne y hueso: dos tipos fajándose y abrazándose con cierta idea de la caballerosidad e hidalguía que excede al fútbol. En el boxeo nadie pide amarilla. Me interesa mucho eso. Y las historias de los personajes: los Best, los Bonavena, los Tyson, los Houseman. Tal vez el fútbol y el boxeo no sean más que el atajo para contar esas historias de vida. El otro día escuchaba la historia del Pichi Mercier, que jugaba en Flandria y se iba a dedo a entrenar. Y no fue hace mucho. Yo a los 17 ya era músico. Y en siete años él pasó de jugar en Flandria a ser campeón de la Libertadores con San Lorenzo. Creo que el deporte, estos deportes en realidad, tienen esas historias en que los héroes quedan en carne y hueso muy seguido y eso los hace entrañables para quienes nos gustan las historias de vida.

-¿Creés en el “ganar como sea”?

-Creo que hay que aprender a tener paciencia. Es sentido común, aunque el sentido común no es lo que abunda. En general, lo raro es ganar. Esas frases tipo “Boca es deportivo ganar siempre” están bien como arenga, pero cuando juegan treinta equipos, ¿por qué vas a ganar siempre? No me gustó lo que pasó con Falcioni en Boca y me gustó muy poco lo del Vasco.

-¿Y lo de Bianchi?

-Entiendo que fue casi una metáfora: el tipo que más alegrías le dio a Boca se tuvo que ir así. Tuve la sensación de que fue como cuando se vuelve a esos viejos amores. En un momento dije que la vuelta de Bianchi a Boca fue como dice el tango Como dos extraños, que me gusta mucho, por mi viejo: “Y ahora que estoy junto a ti / parecemos ya ves, dos extraños / lección que por fin aprendí / cómo cambian las cosas los años”. No era lo mismo. No había chances de que fuera lo mismo. Y al Melli hay que esperarlo, hay que bancarlo un mínimo de cuatro años. Creo que los técnicos imponen su sello cuando tienen sus jugadores. Le tengo fe, me gusta su idea. Además me gusta esta tendencia de los clubes a llevar a ídolos contemporáneos como técnicos. Pienso en Gallardo en River, en Milito en Independiente. Sigo creyendo, tal vez ilusamente, que son tipos que, aparte de ser profesionales, tienen el plus de amor que se lo pueden transmitir a los pibes que dirigen. Ese famoso “él sabe lo que es Boca”, “él sabe lo que es River”. Es un plus.

¿Cómo te llevás con la Selección?

-No soy muy hincha. Soy más bien como el prototipo más hincha de su club que del seleccionado. Me entusiasma en los Mundiales. Sin embargo, en la final perdida en 2014 me dio lástima. Me había acercado emocionalmente a la Selección. Sobre todo por mi hijo. Porque fue el primer campeonato del mundo que, con su razón futbolera, vimos juntos. Me hubiese gustado festejar el título con él en la calle. Pero se quedó angustiado después del partido contra Alemania y tuve que explicarle que ser segundo entre todos los equipos del mundo no está mal. No lo conformó mucho.

WASHINGTON CUCURTO: FÚTBOL, CUMBIA Y LIBROS

WASHINGTON CUCURTO: FÚTBOL, CUMBIA Y LIBROS

El escritor Washington Cucurto suele mezclar en sus novelas los temas que lo apasionan. Se define fanático de la Selección, luego de hacer pública su renuncia como hincha de Independiente.

Por Alejandro Duchini

Santiago Vega, conocido popularmente como Washington Cucurto, es un escritor y poeta de los buenos. En sus historias abundan el sexo y lo popular. Nunca falta la cumbia. Tampoco el fútbol. Sus personajes suelen ser de Boca, aunque él, desde pibe, era de Independiente. Era. Ya en la calle, de noche y después de una larga charla futbolera con El Gráfico en un bar del centro de Buenos Aires, se ríe y cuenta esa anécdota que le provocó críticas duras por parte de los seguidores del Rojo. “Dejaré de ser hincha de Independiente” tituló una columna y ¡zas! Eso fue el 30 de diciembre de 2013. El Diablo estaba en el infierno del ascenso. Lo que siguió fue el enojo de unos, las cargadas de otros y el hartazgo ante un equipo que en las últimas décadas no termina de levantar cabeza. “¡Qué lío que se armó!”, comenta en la vereda sin dejar de sonreír por aquella renuncia.

-Lo tomaste literal.

-Claro. Conté que no quería ser más del Rojo y lo hice. Tampoco es tan grave. Ahora disfruto el fútbol de otra manera. Veo los partidos sin hacerme tanta mala sangre.

-¿Dónde depositás el grito de gol?

-Hoy soy el primer hincha de la Selección. La prefiero por sobre cualquier club. Quiero que gane el seleccionado antes que Independiente, River o Boca. No cambio un Mundial por nada. La pasión futbolera sigue.

-¿Es cierto que te tira el Sporting de Cristal?

-En realidad, me interesa todo lo que sea de Perú. Y el Sporting es un club que acaparó mi atención en varias ocasiones puntuales, como una vez en que le jugó un partidazo al Velez de Bianchi, en los 90, por la Libertadores. Y luego me enteré de que mi poeta preferido, Antonio Cisneros, era hincha. Tanto al Sporting como a Cisneros les escribí un poema. Uno se llama ‘Adiós a Antonio Cisneros’. Y en mi libro Hatuchay hay otro al Sporting. Las preferencias por los clubes pueden surgir de las formas más raras.

INICIOS

-¿Cómo te llega el fútbol?

-Aparece como en la vida de cualquier pibe de barrio. Nací en Berazategui y me fui a Quilmes. Primero lo jugaba y después me nació el hincha, de esos atentos, preocupados. Pero uno va creciendo y, como pasa siempre, empieza a tener distintas actividades que demandan sus tiempos y uno deja algunas y toma otras. Después le entré por otro lado, el de los comentarios, algo más periodístico, si se quiere.

-¿Siempre fuiste de Independiente?

-Si. Pero no por mi papá, que no era futbolero. Además, mi hermano era de River. Yo me hice del Rojo por el equipo en sí. Nací en el 72, en su época de oro, cuando ganaba seguido, al igual que en los 80. Iba a la cancha. Pero no sólo a ver a Independiente, sino también a San Lorenzo, Huracán y varios más.

-¿Qué preferís: mirar o jugar?

-Me encanta jugarlo. Siempre lo jugué. Era defensor y a veces jugaba en el medio. No era malo. El fútbol se disfruta porque te da amigos, te hace relacionar con otros. Es una herramienta de transformación social. Está bueno, en ese sentido, aprender a usarlo. Es una actividad apasionante, que se va descubriendo con los años y que tiene sus etapas: de chico y de adolescente lo jugás, te permite hacer amigos. Cuando sos más grande lo disfrutás yendo a la cancha. Después se transmite a los hijos. Es muy valioso eso. Quizás es la actividad humana más importante del planeta, si uno se pone a pensar lo que significa a nivel mundial.

-¿Cuál fue el Independiente que te marcó?

-El del 83, con Percudani, Goyén, Bochini, Marangoni y Pastoriza de técnico. Era un gran equipo. Marangoni era mi ídolo. Jugaba muy bien, paraba la pelota, levantaba la cabeza, daba buenos pases. Era como un Fernando Redondo, pero anterior. Y Bochini, claro. Ni hablar de aquel del 94-95 con Usuriaga, Perico Pérez, Cagna, Rambert, Gustavito López; lo dirigía Brindisi. También me gustó el de Gallego, con Montenegro, en 2002. El Rojo tuvo grandes equipos. Aquel del Tolo fue el último de los buenos. Después no apareció ningún otro así. Y encima no veo que aparezca otro gran equipo del Rojo. Perdió identidad, Independiente.

-¿Te dolió el descenso?

-Si, mucho. Uno era hincha y resultaba imposible que no provoque alguna sensación rara. Pero de todos modos la cosa ya venía mal. Para que un equipo se vaya a la B tiene que venir mal desde mucho atrás. A River también le pasó.

-¿Sos de ponerte melancólico al pensar en aquellos tiempos mejores?

-No. Lo que no hago es mirar el fútbol malo de hoy en día. No lo tolero. Es una pérdida de tiempo. Aunque para mí sigue siendo un buen plan ver los partidos, si son malos los dejo. La Copa Libertadores me gusta mucho. Me encanta. Podés ver equipos y jugadores de otros lados. Además, juegan de otra manera. Cada partido es una final. Me gusta febrero porque empieza la Libertadores. Ahí comienza, al menos para mí, el año futbolero. Incluso me ordena la vida. La Libertadores tiene una cosa que me entusiasma. Porque en líneas generales he tomado una actitud negativa con el fútbol. Discuto mucho de eso con mis amigos.

-¿Puntualmente?

-Me considero muy futbolero, pero el fútbol tiene muchas cosas negativas y no ha cumplido con su finalidad social. Tiene una deuda social, más allá de que por otro lado posee una gran llegada a la gente. Es como que tiene mucho para dar pero no termina de darlo. Como Independiente, que tiene mucho para dar pero no lo da. Con el fútbol pasa lo mismo. Salvo con el Barcelona, que es el colmo de la belleza y no me pierdo ningún partido. En general, no hay grandes equipos. Ni en Inglaterra, donde tienen tantas figuras pero se juega como acá. El único que marca la diferencia es el Barcelona. Que además cuenta con Messi, un crack. Lo que hace ahí es increíble.

HÉROES Y TRAGEDIAS

-¿Que te provoca que se lo compare con Maradona?

-Es imposible no compararlos. Pero me quedo con Maradona, que es un héroe trágico, discepoliano. Como de obra de teatro. Tiene la tragedia del hombre encima. Messi no es así. Es otro tipo de persona, con otro carácter. Cada vez que aparecía en la cancha, Diego significaba más que un futbolista. Era al mismo tiempo un animal político. Messi es un extraordinario futbolista pero no más que eso. En ese sentido, Maradona rompió los límites; es el ejemplo de lo que debería ser el fútbol a nivel social. Él hablaba, tenía cosas para decir, transmitía, era entusiasta, ponía el cuerpo, cometía sus errores y no los escondía. Tenía cosas muy valiosas para los hombres. Además, en un ambiente como el del fútbol, ni antes ni después hubo algo parecido. De alguna manera sacó al fútbol de la cancha. Recuerdo cuando estaba en el Napoli y perdieron con el Milan y dijo “dejamos que gane el racismo”. Tenía otra cosa, Diego. Convertía al fútbol en una herramienta de transformación social. Lo que hacía él se expandía hacia el mundo: a los barrios, a la literatura, a la política. Lo de Messi nunca saldrá del Barcelona. No tiene esa carga trágica que hace a los héroes.

-¿Por qué en tus historias apelás al fútbol?

-Porque me gusta y me interesa más allá de los aspectos ideológicos que te cuento, que tienen que ver con lo social. El fútbol estuvo siempre en mí. También suelo mencionar a Maradona porque es un ejemplo de muchas cosas. Es bueno tenerlo en cuenta o utilizarlo para hacer comparaciones, metáforas. En mis columnas deportivas mi finalidad es hablar de la sociedad a través de este deporte tan popular. Al fútbol lo meto dentro de un contexto, de un movimiento social. Trato de que no esté aislado de la ciudad ni de los barrios. Mis crónicas comienzan con el fútbol, pero después se disparan hacia otro lado. El estadio, los partidos y los jugadores están dentro de un entorno en el que me interesa que haya un contacto con los vecinos, con los bares. Ahí es donde el fútbol se potencia y se lo puede entender mejor.

-Hay quienes sostienen que el fútbol es un reflejo de la sociedad. ¿Coincidís?

-No, para nada. Es, en todo caso y como decía antes, un actor social en deuda con una sociedad. No estoy a favor del fútbol súper profesionalizado, con tanta guita en el medio, tanto representante, barrabravas. Aporta más cosas malas que buenas. Habría que reflexionar qué parte de la cultura queremos. El súper profesionalismo, en todas las disciplinas, es bastante negativo. Porque separa. Al generar la alta competencia y tener tanta relación con el dinero rompe conductas entre los humanos. Eso no lo veo atractivo.

-Sin embargo, está lleno de fanatismos.

-Está bueno que uno sienta pasión o quiera algo con intensidad. Ya sea un equipo, una profesión, escribir o pintar. Igual hay diferencias entre lo que es el fanático y el irascible, el violento, el que no respeta normas sociales. Eso se confunde. Me parece que un barrabrava no es un fanático.

ARGENTINOS, BRASILEÑOS Y URUGUAYOS

-Con tu visión de lo popular, ¿qué opinás de la violencia en el fútbol?

-Es producto del fútbol como un espacio de competencia, de la relación con el dinero, con los centros de poder, con las grandes empresas, con los gobiernos. Esas cosas generan aspectos negativos en la sociedad. Todos se matan por el dinero y parece que no importara nada más. Hoy el fútbol tiene mucho de ganar a cualquier costo. Hay muchísima plata en juego. Me parece muy loco que un futbolista gane 50 millones de euros. Es parte de una ficción. ¿Te imaginás lo que es esa plata? Materialmente no existe. ¿Cuántos billetes son? A través de los equipos de fútbol, hoy parece que los países se dividen en pobres por un lado y ricos por otro. Hay una pérdida de identidad. Un ejemplo es el jugador africano que va a un equipo europeo y le pagan millones de dólares y termina siendo como un blanco europeo jugando en las canchas blancas de los mismos tipos que explotan su país. ¡Es una gran contradicción!

-Casi que sometés al fútbol al diván.

-Me gusta este deporte, pero lo reflexiono. Me doy cuenta de sus cosas malas. Al fin de cuentas, al fútbol lo podés jugar en el barrio, con tus amigos, y ya está. Lo más lindo es jugarlo, ¿no? Pero los futboleros a ultranza seguramente pensarán muy distinto.

-Si te pido que recuerdes un momento especialmente ligado al fútbol, ¿con cuál te quedás?

-Lo que más me marcó fue que la Selección quedara afuera del Mundial ‘98, con el cabezazo de Ortega a Van Der Saar, de Holanda. Fue la tristeza más grande que tuve a todo nivel. ¡Un garrón! Recuerdo que era un día horrendo, nublado y estaba trabajando. De repente, quedó todo muerto, ¿viste? Todo era como un enorme cementerio. Un garronazo ese gol de Bergkamp, cuando faltaba poco para terminar. Era como si se hubiese muerto alguien. En este de Brasil me di cuenta de que se había dado todo en la cancha. Además, ya estaba contento con que los brasileños hayan sido eliminados. Sigo creyendo que le podríamos haber ganado a los alemanes, que no eran tan gran equipo. Ningún equipo alemán fue tan gran equipo, salvo el del ‘86. Los equipos alemanes y el fútbol alemán son un bluff. No dejan una marca, nada.

-¿Dónde está el mejor fútbol?

-Entre los brasileños y los argentinos. No hay nada que los supere a nivel mundial. El de Inglaterra no existe. El de España, menos que menos. El campeón del mundo del 2010 era una lágrima. No alcanza con ganar un Mundial. Además hay que jugar bien y transmitir algo. Eso es lo que tenía la Selección con un Maradona. Tenía la tragedia. Superaba la adversidad a pesar de todo. No creo que ningún alemán, español, portugués, italiano o inglés pueda superar la adversidad. Eso sólo lo consiguen los argentinos y los brasileños. Y tal vez los uruguayos. El fútbol es Argentina y Brasil. Lo demás no existe. ¿Qué equipo inglés conocés bueno bueno de verdad? Ninguno se puede comparar con el Independiente del ‘83, que jugaba realmente bien. ¿Dónde viste que un inglés haga lo que hacía Bochini?

-¿Y el Barcelona, que tanto te gusta?

-Bueno, el Barcelona es distinto a todos. Pero tiene argentinos, brasileños y uruguayos.

EL DÍA QUE LE HIZO UN CAÑO A BASSEDAS

“A mis 10 años, un peronista que tenía una Unidad Básica y una canchita de papi nos llevó a jugar a Vélez con chicos de nuestra misma edad. Estábamos contentos porque era en cancha de once. Llegaron los pibes de Vélez con botines, remeras y pantaloncitos del club; nosotros estábamos en zapatillas y encima era la primera vez que jugábamos juntos: no sabíamos ni nuestros nombres”, presenta Cucurto uno de sus recuerdos futboleros. Continúa: “Me mandaron de 3 pero yo me tiraba para el medio y me chocaba con el volante derecho de ellos, un rubiecito flaquito que cada vez que lo apretaba me decía ‘no me toques, groncho’. No me olvido más. En una jugada ligué un rebote y lo agarré a contrapierna, entonces le tiré un caño y cuando lo quise pasar me pegó un codazo que todavía me duele. Después, viendo el recordado torneo Proyección 86 por televisión, enfocaron la cara de ese flaquito. ¡Era Bassedas!”.

QUIÉN ES CUCURTO

Uno de los personajes de su último libro, La serie negra, se llama Abal Medina Bello y es el “propietario del 99 % de las acciones de Coca Cola en el mundo”. Otro se llama Erik Lamela. Este tipo de delirios son comunes en las historias de Santiago Vega, más conocido como Washington Cucurto, escritor de novelas y cuentos, autor de poemas y comentarista deportivo. Nació en 1973 y es uno de los fundadores, en 2002, de la editorial Eloísa Cartonera, cuyos libros están hechos con portadas de cartón, compradas a cartoneros. En ella publican autores conocidos, como César Aira y Fabián Casas, y otros de menor exposición.

En los escritos de Cucurto abundan la cumbia, el sexo, los barrios del sur de la Ciudad de Buenos Aires y del conurbano bonaerense y el fútbol, al que muestra como una actividad que atraviesa a toda la sociedad. También suele aparecer Diego Maradona y él mismo, Washington Cucurto. En la novela Sexybondi, inspirada en un viaje habitual que hacía desde Constitución hasta Florencio Varela, el protagonista es un chofer de colectivo. “En esa novela el protagonista es de Boca. Surge porque yo tomaba el 148, el famoso Halcón que va hasta Florencio Varela. Termina su recorrido bien al sur, donde comienza el campo, en un lugar que se llama El Tropezón. La mayoría de la gente de allá es de Boca”, explica Cucurto. En la novela se lee: “El glorioso escudo de Boca Juniors que tengo atrás, en el asiento, tiembla emitiendo brillos de tachuelas azul y oro, brillos, brillos, fulguraciones azul y oro. El C.A.B.J. florido, peronista, alegre, me saluda, me alienta y juega pa’ mí, pa’ mí, pa mí siempre…”.

NI BOCHINI NI PLATINI: ¡BORGHI!

“Platiní y el Bocha tenían muchas cosas en común, eran casi almas gemelas. El fútbol a veces tiene esas cosas tan raras, como generar parentescos en Francia y en Avellaneda. Pero Bochini era mejor. Tenía fantasía, era un poeta”, compara Cucurto. Sigue: “Los jugadores europeos son buenos, pero les falta poesía, no tienen ese plus de chispa, tan necesario para todo en la vida”.

Enseguida toma aire y sorprende, hasta provocar una sonrisa: “Al que le sobraba chispa era a Claudio Borghi, el más grande. Una tarde me lo encontré en una esquina de Once, cruzado de brazos, con anteojos negros y mirando al cielo. ‘¿‘Bichi’, qué haces?’, le pregunté. ‘Estoy viendo si alguien me reconoce’, me contestó”.

LA RENUNCIA A INDEPENDIENTE

“Me cansé y dejé de ser hincha de Independiente. Me cansé del sufrimiento, del amargo sabor constante de la derrota. Pero digo mal, todavía no dejé de ser hincha del Rojo. Dejaré de serlo dentro de 24 horas, cuando las agujas marquen el último minuto de este 31 de diciembre de 2013”, así comenzaba aquella columna titulada “Dejaré de ser hincha de Independiente” que Washington Cucurto publicó en la web de ESPN y que le generó tantas broncas.

Luego se lee: “Simplemente me cansé, me aburrí de luchar por los colores, ya no siento la camiseta. Es difícil de comprender, pero no incomprensible. A todos los hombres nos pasa en la vida: una mañana, dejamos de amar a la novia con la cual estamos desde los 15 años; un buen día ya no queremos trabajar más o queremos librarnos de nuestros hijos adolescentes. E incluso hasta hay gente que amanece odiando su nombre y corren al registro civil a cambiárselo. Michael Jackson quería ser blanco, sin exagerar”.

Ahora, como le cuenta a El Gráfico, su pasión futbolera la vuelca a la Selección nacional. Aunque le cueste disimular los vestigios que hay en él del hincha del Rojo que no termina de morir. “De cierta manera me voy a arrepentir de haber colgado la camiseta para siempre. Pero a su vez no me arrepiento: lo volvería a hacer. Cuando escribí aquello me trataron de traidor. No debe haber ninguna persona en el mundo que haya tomado tal decisión. Pero me cansé de ser un gil, no me gusta la imagen del hincha como un gil. No le encuentro sentido a andar sufriendo siempre por un club que no gana nunca. ¡Me cansé de sufrir! La vida es linda y entendí que no es bueno el sufrimiento, ni siquiera por el club amado. El fútbol no es para sufrir ni para irse a la B. Conmigo no cuenten, ya demasiado tengo con mis fracasos personales para encima aguantarme los sufrimientos institucionales y de fútbol”, resume.

TOMÁS ABRAHAM: FILOSOFÍA Y FÚTBOL

TOMÁS ABRAHAM: FILOSOFÍA Y FÚTBOL

Esta semana entrevisté al filósofo con motivo de la salida de su nuevo libro, Ensayos de admiración. Ya son varias las veces que charlamos con el grabador en el medio. Una de ellas fue para La palabra hecha pelota. Parte de esa nota va a continuación.

Por Alejandro Duchini

-¿Vélez o la Selección?

-Yo soy más hincha de la Selección. Y soy antinacionalista, cosmopolita, judío, rumano, trilingüe… es decir: para mí el mundo es una mezcla, pero con la Selección, no. Con la Selección soy argentino. Y sufro mucho con los mundiales. Imagináte: hace casi tres décadas que no pasa nada. ¡Desde el 86!

-¿Con qué Mundial sufriste más?

-Me parece que con el del 98. Con aquel partido contra Inglaterra que se definió por penales. Recuerdo que vivía en un departamento que tenía una chimenea y estaba metido dentro de ella, rezando, como si esa chimenea fuese un altar. Eso es sufrir. Ese fue el Mundial que más sufrí, no sé por qué. No así el de 2002, que estaba decepcionado porque veía que la Selección jugaba siempre a lo mismo: algo repetitivo y monótono. Además, tuve un click con Bielsa: me pareció un tipo arrogante, que estaba por encima de todo el mundo, pero fundamentalmente de la hinchada. Hacía de Napoleón: se iba al campo como a la isla de Elba. Y repetía algo que me pareció una grosería: no saludar, no comunicarse con nosotros, despreciarnos. Yo iba a la cancha a verlo cuando dirigía a Vélez. Me gustaba. Además, me gustaba su locura. Pero después se me dio vuelta, me pareció un arrogante. De todas maneras uno no tiene opiniones blanco o negro siempre. Y ya lo de la Selección en 2006 me dolió, fue triste, pero con dignidad. Me revienta la gente que cuando pierde critica y no ve cómo se pierde. Argentina jugó bien en ese Mundial y tuvo mala suerte. Mirá si Cambiasso tiraba el penal para otro lado… Pero fue un buen equipo, bien pensado. Me gustaba Pekerman, esa personalidad, con un buen equipo, con buenos jugadores, con una cierta armonía.

Y ya el equipo de 2010 me pareció una lección, un golpe duro; el 4 a 0 ante Alemania me dejó frío, como un accidente inesperado. Y creo que de eso no aprendimos nada en cuatro años. Porque el equipo del Mundial de Brasil fue el mismo de 2010. Es más, la defensa era mejor en 2010. Pero Maradona tuvo la idea de hacer un planteo que para mí fue absolutamente surrealista frente a los alemanes: un 4-1-5 frente a cuatro o cinco alemanes en el medio… El problema no era la defensa.

-Todavía se dice que aquel equipo carecía de “identidad”. ¿Qué te sugiere la identidad en el fútbol?

-Odio la palabra identidad: me parece una palabra de policías. Los equipos tienen personalidad o no la tienen, como un jugador. Hay equipos con personalidad. Los de Bilardo tenían personalidad. Los de Estudiantes tenían personalidad. No porque me gustara el juego, pero tenían personalidad. ¿Cómo se logra la personalidad? Con el grupo, con el equipo, donde todos están con todos. Como el Atlético del Cholo Simeone. Tenés equipos que no son brillantes pero tienen personalidad: son difíciles de ganarles porque todos corren, todos meten, todos se sacrifican, todos tienen hambre. Equipos que no tienen simplemente fantasistas, como dicen los italianos: grandes Messis y demás. Pero tienen personalidad. Porque un equipo no se arma para un jugador. Brasil no se armaba para Pelé. Ni siquiera el Bilardo del 86 armó el equipo para Maradona. Ese año tenía jugadores como Cuciuffo, Garré, Olarticoechea y Brown. No estaba Didí, ¿viste? Y aparecieron el “Negro” Enrique, y Giusti, y Batista, y Burruchaga. Veías cómo se movían, cómo estaban, la concentración que tenían… Y hoy hay jugadores con una cultura diferente. Jugadores de 25 o 26 años que se van de la Argentina a veces de niños, a veces de adolescentes. Que hacen su vida hasta los 30 años, ya adultos, fuera del país. Millonarios que consiguen su fortuna afuera. Como decía Bielsa: “millonarios prematuros”. Y que luego de un Mundial siguen en la Liga y en la Champions a full.

Agüero es campeón con el Manchester, Messi es el mejor del mundo, Di María es Champions League, etcétera. Son grandes vedettes de un fútbol espectáculo global. ¿Qué tienen que ver con la Argentina? ¿Qué tienen que ver con los colores del club? ¿Agüero es Independiente? No es algo nuevo, pero se acentuó desde que los jugadores se van a los 20 años. Porque si al menos se fueran a los 25… ¿Qué relación pueden armar con un equipo acá? En Vélez apareció Romerito. ¡19 años! ¡Romerito se va! ¿Cuánto lo vimos? Nada. Y Vélez es un exportador. Otamendi estuvo una temporada. ¡Ricky Álvarez! ¿Cuántas veces jugó de titular? Tenía 22 años y hacía banco. Lo iban metiendo en la medida en que salía Maxi Moralez. Jugó 5, 6, 7 partidos y no lo vimos más: se fue al Inter. Entonces no conocemos a los jugadores más que por televisión o por las ligas europeas. En el Real Madrid, en el Barcelona, donde sea. Hacen su carrera afuera estos jugadores, no hay uno solo que juegue acá, no viven en la Argentina. ¡Zanetti es vicepresidente del Inter! Es todo ego.

Pero por otro lado, la política se apropió del fútbol en Argentina. A nivel internacional sabemos que es un gran negocio en el que entran las firmas que quieras, pero en la Argentina, además, está la política. Y Sabella se sacó la foto con Capitanich para anunciar quiénes son los jugadores que iban a viajar al Mundial de Brasil. ¿Qué quiere decir? No somos todos kirchneristas en este país. Una cosa es que vaya a saludarte a la concentración tu presidente, para la foto de él; pero otra es que vos vayas al pie, al recinto suyo. Entonces esta apropiación permanente del fútbol se suma al clima mundialista triunfalista de que si ganamos se tapa todo lo demás. Todo es una basura. En lo personal, tomo distancia de lo que quiero tomar distancia. Critico a todo el mundo. Hago un trabajo intelectual. No voy a ver al Papa Francisco.

-¿Cuán futbolero sos?

-Soy futbolero e hincha. Como futbolero, me interesa el fútbol, veo fútbol, me gusta el fútbol. Y me gusta ver buen fútbol. Y verlo en general hasta cuando es malo. Pero aparte soy hincha, porque de la Selección argentina soy hincha. Pero hoy esta parte del hincha la veo más chiquita y más grande la del futbolero. Para mí, la Selección es más importante que Vélez. Hasta ahora, porque creo que también desciende en importancia como descendió Vélez. Además, no tengo 18 años. No veo las cosas como a esa edad. Porque, como dice Muhammad Alí, “si yo pensara a los 50 como a los 20, entonces perdí 30 años de mi vida”.

-¿Qué sentís ante los festejos en las calles cuando hay un logro deportivo, como el de un Mundial?

-El único Mundial que salí a festejar a la calle fue el del 86. Estaba de festejo en general porque había muchas cosas que me gustaban. No era una cuestión política sino civil. Si no, huyo de los climas patrioteros. Existe el hincha solitario. Es muy importante eso hoy en día. Por cada persona que va a la cancha debe haber cien que lo ven por televisión. Somos millones de hinchas solitarios que vemos los partidos en la casa, que vemos Fútbol para Todos y después vamos a la oficina o al café y con otros hinchas solitarios comentamos “¡Qué cagada! ¿Viste lo que pasó?”. Y volvemos al sillón de casa. El fútbol hoy es del hincha solitario. Después ves en una cancha en general tres tribunas vacías y una llena. Hay excepciones, pero en general es así: va poca gente a la cancha.

Pero el hincha se mide por su sufrimiento. Hay dos tipos de hinchas: el triunfalista -que es un idiota- y el que sufre. Y se puede sufrir de diversas maneras. Vos podés sufrir en tu casa, cuando ves un partido en la televisión y la pasás mal. Y si estabas en la cancha, también. ¿Pero quién va a la cancha? En Vélez está la platea que se llama Norte. Están los gordos que van con hijos, sobrinos o el amigo a gritar, aullar puteadas contra el referí. Una cosa ridícula, grotesca. Son grotescos. No podés ir a la cancha para eso.

Esa especie de furia lanzada el domingo, conmigo no va. Esa es la platea. Y después está la tribuna, que es de los de 16 o 17 años. Puede haber alguno mayor, pero va la guardería. La guardería a veces es medio salvaje, ¿viste?, es la pendejada. Y la pendejada quiere hacer quilombo, pasarla bien, hacer pogo. No es muy atractivo. Y cuando estás habituado a la televisión el partido también se te hace largo y aburrido, porque hay tantos minutos en los que no pasa nada… pero a la tele la manejás: podés cambiar de canal e interrumpir el partido si querés. Los partidos de Vélez en general no los veo por televisión porque me pongo nervioso. Lo único que me importa en Vélez es el resultado. Nada más. ¡En Vélez! Y que gane. Pero me gustaría que gane bien, no a las patadas, con un fusil. En ese caso prefiero que pierda, porque si no carece de gracia, se pierde el sabor.

VILLORO, EN EL GRÁFICO

VILLORO, EN EL GRÁFICO

Como todos los meses, alguien del mundo de las letras habla de fútbol en una larga entrevista que se publica en la conocida revista. Esta vez Duchini charla con el reconocido escritor mexicano. A continuación, un extracto.

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

-¿Cómo llegás al fútbol?

-Mis padres se divorciaron cuando yo tenía nueve años y mi padre enfrentó el predicamento de los divorciados: ¿cómo entretener a su hijo? El fútbol resultó el mejor remedio. Me aficioné de inmediato y creí que él también era un hincha furibundo. Lo conmovedor fue que, muchos años después, descubrí que en realidad el fútbol le gustaba a medias y sólo iba al estadio para estar conmigo.

-Llama la atención que ustedes, en México, a diferencia de Argentina, digan que “le van a” en lugar de “soy hincha de”. ¿Cuál es la diferencia más allá de lo semántico?

-Hay una diferencia identitaria, que he discutido bastante con amigos argentinos. “Irle” al Necaxa significa seguirlo a una distancia prudente, entre otras cosas porque es posible que caiga al abismo. Ahora está en segunda división. En cambio “ser de” Rosario implica asumir la suerte del equipo, pase lo que pase. La calidad del fútbol argentino genera más estímulos de pertenencia, de eso no hay duda.

-¿El mexicano tiene alguna particularidad, en tanto hincha, respecto del argentino?

-La característica principal del hincha mexicano es que se sabe desentender del resultado. Su pasión no requiere de evidencia, es una eficaz forma del autoengaño. Por eso se resigna con facilidad. El verdadero espectáculo en nuestros estadios está en las gradas, donde el público siempre hace más esfuerzo que los jugadores.

-¿Qué te permite el fútbol?

-Cumplir a través de la palabra lo que no logré en la cancha. Fui un esforzado extremo derecho y terminé mis días en la hierba como un lateral de relativa torpeza. Pero la literatura existe para asignarte vidas posibles y ahí le puedes anotar a Brasil en Maracaná, en el último minuto del partido, en claro off-side, y salirte con la tuya.

-¿En qué se emparenta -si es que lo compartís- el fútbol con la vida en general?

-En que no tiene guión ni sentido aparente. Un jugador mete un golazo y el árbitro lo anula injustamente, del mismo modo en que a la mejor persona del mundo le da parálisis cerebral. Otras veces, la diosa Chiripa te depara una remontada de embrujo o que una chica que no mereces se fije en ti. Son muchas las semejanzas, pero como dijo el gran Beckett, hay una diferencia esencial: la vida no tiene partido de vuelta.

-Habitualmente se discute que es mejor perder jugando bien que ganar jugando mal. ¿Tenés alguna postura al respecto?

-Esa es una falacia. Te puedes resignar ante la derrota (en especial si eres mexicano y más en especial si el rival es Argentina), pero el triunfo es decisivo. Prefiero que el Necaxa gane jugando espantosamente a que sea un maravilloso ballet infructuoso. El romanticismo tiene un límite. Por eso es tan importante la lección de Guardiola, que demostró que la belleza puede ser una forma de la eficacia.

-Suele decirse que se aprende más de la derrota que de la victoria. ¿Coincidís?

-Por supuesto, sobre todo si vas a seguir jugando. Después del triunfo sólo se puede tomar vacaciones. Para competir, para escribir, para conquistar a una chica, necesitas tener hambre, capacidad de ponerte a prueba y mejorarte un poco. Por eso las derrotas a medio campeonato son tan pedagógicas. Si llegan más tarde duelen demasiado. También hay que saber perder a tiempo.

-¿Qué significa un Mundial para vos?

-La vida de un hincha tiene plazos de cuatro años. Luego de una larga espera, viene esa ilusión de que los países existen en el fútbol y que las ligas refutan a diario. Puedo recordar mi vida a través de los Mundiales, como cualquier otro aficionado al fútbol. A pesar de las corruptelas de la FIFA, los Mundiales permiten conjeturar en una relación de origen entre los jugadores, en un sentido de pertenencia que, si bien es ilusorio, porque hoy en día todo depende de las marcas y el mercado, genera la impresión de que, en efecto, una tribu se enfrenta con otra. Los Mundiales son tan importantes que Lionel Messi, el incontestable mejor futbolista de todos los tiempos, desde el punto de vista técnico, aún no tiene la estatura de Pelé o Maradona.

-¿Qué opinás de la Selección argentina? ¿Por qué creés que los argentinos siempre tenemos el mejor equipo y terminamos sin ganar mundiales?

-Han ganado dos y eso es bastante. En el pasado llegaron a la final y Messi tuvo una oportunidad de marcar y al final dispuso de un tiro libre que podría haber significado el empate. Los talentos individuales de Argentina son indiscutibles, pero la emigración, la participación en muchas ligas, la mafia de directivos que lleva el fútbol, todo eso elimina un poco el juego de conjunto. Por otra parte, suelen tener grandes jugadores de ataque, pero faltan porteros y defensas centrales. La calidad de la liga argentina es francamente baja y el entrenador no puede lograr una alquimia donde deportistas que militen en diez países encuentren acomodo.

-¿Quién es tu ídolo futbolero?

-Maradona, desde luego, porque es el jugador que más ha gravitado en los demás. Cristiano Ronaldo puede meter miles de goles pero no hace mejores a los suyos. Maradona podía transformar un equipo mediano en el mejor del mundo. Lo hizo con el Nápoles y la Argentina de 1986. Por otra parte, es un mitógrafo perfecto, que perfecciona su leyenda con sus rarezas y sus declaraciones.

-¿El libro de fútbol más lindo que leíste?

-Los cuentos de Fontanarrosa sobre fútbol son la insuperable demostración de que los partidos mejoran con la palabra y que suceden para discutir con los amigos.

-¿Por qué el fútbol refleja miserias de una sociedad? Me refiero, si coincidís, a que en Argentina tiene sus barras bravas; en Europa, muchos hinchas son racistas. Supongo que en cada sociedad debe ocurrir lo algo similar.

-Ningún partido se juega en Marte y si se  jugara representaría la identidad de sus microbios. Los hooligans no nacieron dentro de un estadio, eran el resultado de la descomposición de la sociedad inglesa, del mismo modo en que la “guerra del fútbol” entre Honduras y el Salvador no sucedió para arreglar el marcador. Se derivó de un partido, pero puso en juego las tensiones entre ambos países. El fútbol es un espejo acrecentado de la sociedad. Lo que fuera del estadio es una chispa ahí puede ser una hoguera.

-Fuiste testigo de los River-Boca y Boca-River. ¿Qué te genera el Superclásico argentino?

-Es la forma más exacerbada de la pasión futbolística. He visto dos Superclásicos, uno en el Monumental, otro en la Bombonera. En ambos, el agravio al equipo visitante me hizo simpatizar con él. Las dos experiencias me recordaron que soy mexicano: para nosotros, el fútbol es menos importante que la gente. Es una visión descafeinada de la gesta, lo sé, pero no puedo renunciar a una cultura donde lo mejor del partido es la comida que llevas al estadio.

-¿Boca o River?

-Ninguno de los dos. Hay que saber merecer las pasiones. Yo me esforzado por tener dos, el Necaxa y el Barça. Eso me basta.

Gracias a Daniel de Majo, de El Gráfico.